Mi mujer en bikini azul y miradas que no pedimos
Cuando Lara y yo decidimos escaparnos quince días al pueblo costero de Almagrín, no buscábamos aventuras. Los chicos quedaron con los abuelos y nosotros dos necesitábamos respirar lejos del barullo cotidiano. Lo que no imaginé fue que esas vacaciones me iban a mostrar una versión de mi mujer que ni ella misma sabía que existía.
Lara tiene treinta y dos años, una cara dulce salpicada de pecas y un cuerpo que el gimnasio mantiene firme a pesar de dos embarazos. Pelo castaño claro hasta media espalda, voz suave y unas tetas grandes que siguen desafiando a la gravedad. Yo le llevo cuatro años y le saco más de treinta centímetros. Nos casamos a los veinticinco y, hasta esa semana, creía conocerla de memoria.
La cabaña era pequeña y daba al mar. Apenas entramos, dejamos las valijas tiradas y le propuse bajar a la playa antes de que se nos fuera la tarde.
—Esperá que me cambie —dijo ella.
Cuando salió del baño me quedé sin palabras. En lugar de su clásico bikini floreado, tenía puesto uno azul tornasolado: dos triángulos minúsculos arriba y una bombachita que adelante apenas cubría y atrás directamente desaparecía.
—¿Y eso? —pregunté con la boca seca.
—Una sorpresa para vos. Si te parece mucho, me cambio.
—Ni se te ocurra.
Bajamos a la playa tomados de la mano. Era fin de temporada y había pocas personas. Cuando se sacó el pareo y se acostó boca abajo, yo me metí al mar a nadar un poco. A los pocos minutos miré hacia la orilla y la vi rodeada por dos hombres de unos cuarenta años que charlaban sin sacarle los ojos de encima. Sentí una mezcla rara: celos, sí, pero también algo más debajo, una corriente extraña que no supe nombrar.
***
El segundo día salimos a caminar por la orilla. Lara llevaba el mismo bikini y yo el short. Habíamos andado cuarenta minutos cuando escuché que alguien me gritaba mi nombre. Era Tomás, un excompañero de oficina al que no veía desde hacía dos años. Estaba con su primo Bruno, un morocho fornido al que no conocía.
—¿Qué hacen por acá? —preguntó Tomás.
—Nos escapamos sin los chicos.
—Pará, ¿esta es Lara? La última vez que la vi tenía la panza enorme con el segundo.
Bruno le dio un beso en la mejilla y, por más que disimulara, no pudo evitar quedarse pegado a esas tetas que el bikini apenas contenía. Tomás nos invitó a su sombrilla. Tenían cerveza fría y sándwiches de fiambre.
—Quedate, amor —le dije en voz baja, leyéndole la incomodidad en la cara—. Un rato y seguimos.
Aceptó sin ganas. Bruno le cedió la reposera. Las latas empezaron a circular y Tomás sacó un porro de cosecha propia. Después de la segunda cerveza y dos pitadas, Lara ya tenía las mejillas encendidas y la risa más fácil. La conversación derivó en anécdotas viejas de la oficina.
—Hace un calor bárbaro. Vamos al agua —propuso Bruno.
Cuando salimos del mar fue cuando me di cuenta: el bikini de Lara, mojado, se volvía casi traslúcido. Las areolas se adivinaban perfectas bajo la tela. No le dije nada. Quería ver qué pasaba.
Tomás sacó una pelota de vóley y armaron un partido improvisado en una cancha pública. Mientras yo iba al kiosco a buscar más cerveza, los dejé peloteando. Cuando volví, encontré a Tomás de espaldas a la red, congelado, mirándole un pezón que se le había escapado a Lara en un salto. Ella estaba colorada hasta las orejas, acomodándose.
—Perdón, qué vergüenza —repetía.
Pero noté otra cosa: los pezones le seguían marcados, durísimos, y no era solamente la brisa fresca. La conocía hacía demasiados años como para no darme cuenta.
Armamos los equipos: yo con Bruno, ella con Tomás. El partido se puso lindo. La última jugada fue absurda: Bruno remató, Lara saltó a bloquear con los brazos arriba y las dos tetas se le escaparon enteras del bikini. Ninguno respiró. En la euforia del punto, Tomás se le acercó por detrás y la abrazó gritando «¡campeona!». Ella se dio vuelta y quedaron pegados, piel contra piel, ese torso desnudo contra esos pezones erectos. Yo lo miraba como quien mira una película.
Cuando se separaron, Lara guardó primero una teta y después la otra, sin apuro, frente a los tres. Después dijo que necesitaba un chapuzón.
El regreso a la cabaña fue casi en silencio. Yo no podía sacarme de la cabeza la imagen. Ella tampoco hablaba, miraba el suelo, mordiéndose el labio.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Es el alcohol —contestó, sin convicción.
Llegamos liquidados. Una ducha, algo rápido para picar y al colchón. Ni siquiera intentamos nada. Las vacaciones recién empezaban.
***
El tercer día amaneció radiante. Bruno me había recomendado una playa escondida, a media hora en auto, a la que se llegaba por un sendero entre médanos. Cargamos la conservadora con cerveza, picada y mate, y arrancamos.
Al final del sendero encontramos un cartel: «En esta playa está permitido practicar nudismo». Debajo, en letra chica, aclaraba que no era obligatorio.
—¡Este boludo de Bruno te recomendó una nudista! ¿Vos sabías? —me reclamó Lara.
—Te juro que no. Si querés nos vamos.
—Dale, ya que vinimos…
La playa era un paraíso. Quinientos metros de arena cercados por médanos y acantilados. Tres parejas dispersas, ninguna joven, todos en su mundo. Una de las mujeres hacía topless. Eso a Lara la tranquilizó. Nos instalamos cerca de unos arbustos, abrió la primera cerveza y nos quedamos charlando.
—Te podrías animar al topless —le tiré—. Más que tapar, ese bikini insinúa.
—No sé si tengo ovarios.
—Acá no nos conoce nadie.
Después de dos cervezas y de una charla larga sobre lo que había pasado el día anterior, donde le dejé claro que no me había molestado para nada, se desató el corpiño y se lo sacó por la cabeza. Las tetas le quedaron al aire, blancas, las areolas marrón clarito, los pezones grandes apuntando al cielo. Sentí cómo se me empezaba a parar dentro del short.
—Te las chuparía acá mismo.
—Ni se te ocurra que me cubro.
Encendimos un porro que nos había sobrado del día anterior. Nos metimos al agua. Lara se animó a entrar en topless, riéndose como una nena que rompe una regla por primera vez. «Al fin y al cabo son solo tetas», dijo, repitiéndoselo más a ella que a mí.
Estábamos a la altura del pecho cuando escuchamos un grito desde la orilla. Tomás y Bruno otra vez. Tenían parrilla, hamburguesas y una sombrilla a treinta metros de la nuestra.
—No puedo creer que sea casualidad —murmuró Lara.
—Te juro que no sabía.
—Estoy en tetas, Damián.
—Estás en una playa nudista. Y ayer ya te vieron. Relajate y disfrutá. Si te incomoda, te ponés el bikini.
Nos miramos. Y en esa mirada hubo algo que ya no era el matrimonio prolijo de los últimos años. Era un acuerdo silencioso de empujar un poquito más el límite, los dos juntos, sin decirlo en voz alta.
Salimos del agua y caminamos hasta donde estaban ellos. Tomás y Bruno intentaron mirar a los ojos, pero los pezones de Lara, gigantes y duros por el agua fresca, hacían imposible la cortesía. Bruno largó un chiste sobre lo poco que parecía molestarle la playa nudista y todos nos reímos. La tensión bajó.
Me ofrecí a hacer el fuego porque Bruno admitió ser un desastre con la parrilla. A los diez minutos, mientras yo acomodaba carbones con las manos negras, Lara pidió que alguien le pusiera protector solar.
—Yo le paso, si querés —se ofreció Bruno con tono amable.
La miré. Ella me miró. Otra vez ese acuerdo mudo. Asentí.
—Bueno, dale.
Bruno se untó las manos. Lara se puso de pie, de espaldas a él, frente a Tomás y a mí. Las manos de Bruno empezaron por la nuca, los hombros, la parte alta de la espalda. Iba despacio, demasiado despacio, demorándose en cada centímetro como quien sabe que una oportunidad así no se repite. Lara cerró los ojos dos segundos, mordiéndose el labio. Yo registré ese gesto que conozco desde siempre y que no aparece por casualidad.
Bruno bajó por la espalda, llegó a la cintura y se puso en cuclillas para alcanzar el culo. La bombachita azul se perdía entre esas curvas. Sin pedir permiso, agregó más crema y empezó a amasarle los muslos y las nalgas. Tomás miraba con la boca entreabierta. Yo no podía moverme. Mi mujer, manoseada delante de mis narices por un desconocido, y a mí se me había puesto durísima dentro del short.
—Ahora por delante —dijo Bruno levantándose.
Pasó al frente. Empezó por la cara, el cuello, los brazos. Cuando llegó al pecho, justo encima de las tetas, se quedó suspendido un instante, midiendo. Lara no dijo nada. Yo tampoco. Los pezones lo invitaban. Se puso más crema y bajó las palmas, suaves, rodeando, dando vueltas alrededor sin tocar las puntas, como si quisiera estirar el momento hasta el infinito. Cuando bajó por el vientre y le pasó la crema en las piernas, noté que en la tela de la tanga había aparecido una manchita de humedad.
—Listo, ya estás protegida —dijo Bruno, como si nada.
—Gracias —contestó ella, con la voz un poco quebrada.
Yo lo miré bajar la vista. En el short de Bruno se marcaba un bulto enorme.
Comimos las hamburguesas en un silencio cargado y volvimos al agua a refrescarnos. A esa altura, Lara ya estaba diferente. Andaba en topless con naturalidad, no se cubría, no se reía nerviosa. Las miradas descaradas de Tomás y Bruno, en lugar de incomodarla, parecían encenderla. A mí me pasaba algo parecido. Era una calentura que no sabía nombrar, ese punto donde los celos se convierten en otra cosa.
***
A las seis de la tarde empezaron a juntarse nubes negras en el horizonte. Avisamos que nos íbamos. Bruno comentó que esa noche jugaban un fútbol cinco con los pibes y que les faltaba uno. Me ofrecieron botines prestados. Acepté.
—¿Y yo qué hago mientras? —protestó Lara, en broma.
—Vení a vernos. A veces van novias.
Se puso el corpiño y el pareo blanco, una tela tan fina que apenas tapaba. Subimos al auto y los seguimos hasta unas canchas a veinte minutos. Llegamos justo a las siete.
Los pibes ya estaban todos. Cuando me presentaron, no podían creer que esa mujer del pareo transparente fuera mi esposa. Lara se sintió un poco fuera de lugar, pero después de todo el día en topless no le dio importancia. Se sentó en unos bancos a mirar. A los diez minutos se aburrió, vio los vestuarios femeninos y decidió aprovechar para ducharse y sacarse la sal.
Mientras tanto, las nubes se rompieron sobre nuestras cabezas. Una lluvia torrencial con viento que en cinco minutos hizo intransitables las canchas. Salimos corriendo. El vestuario masculino se llenó al instante. Yo me fui hasta el auto pensando que Lara estaría refugiada ahí. No la encontré. Tomás, Bruno y tres pibes más, sin pensarlo dos veces, se metieron al vestuario femenino. Estaba siempre vacío, era casi una costumbre.
Lara, debajo de la ducha, con el pelo lleno de espuma y los ojos cerrados, no había escuchado nada de la tormenta. Su pareo y su bikini estaban en el banco, debajo de la toalla, invisibles para cualquiera que entrara.
Cuando Tomás, Bruno y un tercero al que llamaban Martín se desnudaron y empujaron la puerta de las duchas, lo que encontraron los dejó mudos. Mi mujer, desnuda completa, las tetas enormes con la espuma resbalando, el sexo depilado, el agua corriéndole por todo el cuerpo. Una imagen que no se olvida.
Lara sintió la presencia, abrió los ojos y se quedó sin reacción. Tres hombres en pelotas a dos metros de ella. La verga de Martín, gruesa y normal. La de Tomás, parecida a la mía. La de Bruno, enorme, larga y circuncidada, todavía sin endurecerse del todo y ya impresionante. Sus pezones, otra vez, hicieron lo suyo.
Cuando entré yo, empapado, buscando refugio del agua que caía afuera, los encontré así. Lara en el medio del cuadro, los tres parados sin moverse, todos en pelotas. Nadie sabía qué decir.
Cerré la puerta detrás de mí. Lara me miró desde la ducha, con una expresión que no le había visto nunca. No era miedo. No era vergüenza. Era una pregunta.
Continuará…