Sin ropa interior en el súper: el anciano que me observaba
Soy Camila y vuelvo a escribirles para contarles otra de mis aventuras de día. Después de aquel episodio en el club deportivo, pasé varias noches sin poder dormir bien, dándole vueltas a lo mismo: ya no me alcanzaba con pasearme desnuda en el descampado. Quería algo más. Quería que alguien me viera.
Al principio, cuando empecé con esto, me bastaba con caminar entre los árboles sin ropa y tocarme un rato. Era suficiente. Pero después de provocar a aquellos desconocidos del club, donde cualquiera podía descubrirme, entendí que lo mío no era estar desnuda, sino ser mirada. El placer estaba en sus ojos sobre mi cuerpo, en saber que estaban fantaseando conmigo aunque nunca me lo dijeran en voz alta.
El problema era que el descampado seguía siendo mi refugio. Si me reconocían allí, lo perdía. Y después del susto con el chico que me vio con el plug puesto, no podía sacarme de la cabeza la posibilidad de que alguien me identificara. Por eso decidí salirme del molde y empezar a exhibirme en pleno centro, donde nadie me conocía y donde el anonimato lo daba la multitud. Ahí, paradójicamente, me sentía más libre.
Tenía algunos trámites pendientes para el sábado, así que armé mi atuendo con cuidado. Una falda de tela liviana, no demasiado corta: me tapaba lo justo de pie, pero al inclinarme me dejaba el culo entero al aire. Arriba, una remera naranja de algodón fino que se transparentaba cuando le pegaba la luz. Cero ropa interior, cero sostén. Para completar el conjunto me metí mi plug de joya, ese que adoraba tanto por la sensación como por lo que veía al mirarme al espejo. Y en una cartera pequeña guardé el vibrador, por si la cosa se ponía intensa más tarde.
Preparar el plug se había vuelto un ritual. Podía meterlo rápido si quisiera, pero hacerlo despacio era parte del juego. Lubricante, dos dedos abriéndome con calma, la otra mano apartando una nalga, y la pieza entrando milímetro a milímetro mientras yo imaginaba qué iba a pasar esa mañana. Para cuando estaba colocado, los pezones ya se marcaban bajo la remera y me notaba húmeda. Lista. A la calle.
***
Mi primera parada era el supermercado de la esquina grande, ese de la avenida de seis carriles. Para entrar tenía que cruzar el semáforo y, justo cuando llegué al medio del paso peatonal, la luz cambió y me quedé atrapada en la mediana esperando que volviera a habilitar. Los autos pasaban rápido, levantando viento contra mi falda.
Sentí una corriente fría en el culo y me giré, todavía sin entender. La falda se me había levantado por detrás con el roce del aire de los coches. Estaba ahí parada, con todo expuesto, en una avenida llena de gente esperando del otro lado. Me apuré a sostenerla con una mano, pero entonces pasó un camión por delante y la levantó hacia el otro lado. Conchita al aire, esta vez de frente.
Se me prendieron las mejillas. No sé si fue de vergüenza o de calentura, sospecho que de las dos cosas mezcladas. Vi a un par de personas en la vereda mirándome fijo, sin disimular. Una señora con cara de asco. Un chico joven con una sonrisa apenas insinuada, como si entendiera que era algo voluntario. Me apoyé contra el poste del semáforo, sujetando la falda por los dos costados como pude, y aguanté los treinta segundos más largos de mi vida hasta que volvió el verde.
Cuando entré al súper, no me podía sacar la imagen de la cabeza. Acababan de verme el trasero y el sexo por lo menos diez personas. Me ardían las orejas. Y, abajo, el plug se movía con cada paso.
***
Fui directo a la góndola de las mermeladas. Necesitaba una de naranja amarga, esas que solo entran en frasco chico y siempre las ponen arriba de todo, como si fueran trofeos. Miré para los costados: nadie. Solo, a unos pasos, un señor mayor apoyado en un bastón, revisando etiquetas con un anteojo en la mano.
Me paré en el borde inferior de la estantería, levantando una pierna para hacer fuerza, y estiré el brazo. Faltaban dos dedos. Probé en puntas de pie. Nada. Resoplé.
Y entonces sentí la mano.
Fue una palma firme, abierta, apoyada sobre la nalga derecha por encima de la tela. No un toque accidental ni un roce de empujón: una mano que se quedaba ahí, midiendo. Me giré despacio, con el frasco a medio agarrar, y me encontré con el señor del bastón. Tenía la mano todavía sobre mi falda y los ojos abiertos de una manera difícil de leer.
—Señor, ¿qué hace? ¿Necesita algo? —le dije, más por reflejo que por enojo.
—La vi complicada, señorita —contestó con un tono entre inocente y socarrón—. Quería ayudarla.
Tendría que haberme apartado. Esa era la reacción esperable. Y sin embargo, en los dos segundos que tardé en procesar lo que estaba pasando, algo en mí cambió de signo. Pasé de la indignación a la curiosidad, y de la curiosidad a un calor que me subió por la nuca. Un viejo se acababa de animar a tocarme el culo en el medio del supermercado, y yo estaba feliz. Reírme de mí misma habría sido lo más sano, pero no quería reírme. Quería más.
El señor, mientras tanto, vio que yo no me movía y empezó a aflojar el gesto. Había leído mal mi quietud.
—Le pido disculpas, señorita. Mejor le ofrezco mi bastón para que alcance el frasco.
El tono había cambiado a un nerviosismo que casi me daba ternura. Le sonreí apenas, miré los dos extremos del pasillo para confirmar que estaba vacío y le tomé la mano que él estaba retirando. Sin soltársela, la guié por debajo del ruedo de la falda hasta apoyármela en la piel desnuda de la nalga.
—Así me ayuda más —le dije, bajito—. Si quiere, use las dos manos. Para impulsarme.
Lo vi sorprenderse y, al mismo tiempo, vi cómo se le iluminaba la cara.
—Claro, señorita. Le ayudo encantado.
Me volví hacia la estantería y me impulsé. Él subió la otra mano por debajo de la tela y me agarró las dos nalgas con una firmeza que no me esperaba. Eran manos de un hombre que había trabajado toda la vida con ellas: piel áspera, dedos fuertes. Apretaba sin pudor, como si supiera que tenía permiso. Yo me tomé mi tiempo para sacar el frasco. Moví un poco la cadera, fingiendo que buscaba equilibrio, y dejé que se entretuviera con esa pequeña danza. Se me escapó un gemido tan bajo que él no debe haberlo oído.
Cuando ya tenía el frasco en la mano, bajé despacio. Apoyé un pie en el suelo y, en ese movimiento, sentí cómo su mano derecha se deslizaba desde la nalga hacia adelante, pasando por la cadera, saliendo de la falda y volviendo a entrar por debajo de la remera. La palma se quedó un instante en la panza y siguió subiendo hasta apretarme un pecho desde abajo. Apretó con ganas. Yo solté otro suspiro que ya no pude reprimir.
Bajé el otro pie. La mano se retiró igual de despacio que había entrado, sin dejar de rozarme con los dedos a cada centímetro. Para cuando estuve de los dos pies en el piso, yo tenía la falda enroscada en la cintura y la remera arrugada por encima del ombligo. Tuve que acomodarme las dos prendas a la vez, riéndome por dentro de lo poco que cubrían a esa altura.
Me di vuelta para agradecerle, y él estaba por decirme algo cuando se le congeló la cara. Miraba detrás de mí.
—Señorita, ¿está bien? ¿Necesita ayuda? ¿El hombre la está molestando?
Era un guardia de seguridad, dos cabezas más alto que el señor, parado a tres metros con los brazos cruzados. Por la cara que tenía, debía haber visto el final de la maniobra y se había hecho la película equivocada.
—No, no me está molestando —contesté con la voz más natural que pude—. El señor me estaba ayudando a alcanzar el frasco de mermelada y estábamos discutiendo cuál era el mejor sabor. Muchísimas gracias, todo bien por acá.
El señor estaba blanco. Le temblaba la mano que sujetaba el bastón. Me giré hacia él y, antes de que el guardia decidiera quedarse a investigar, lo agarré del brazo libre con una sonrisa de sobrina cariñosa.
—¿Cuál era la marca que usted me recomendaba?
—La que… está más adelante, por aquí —balbuceó.
Caminamos unos metros y nos paramos delante de otro estante, fingiendo que evaluábamos frascos y precios. Yo le hablaba como si nada, comentando azúcares y conservantes que no me importaban. Por el rabillo del ojo vi al guardia hacer una pausa, mirarnos sin estar seguro y finalmente darse vuelta y desaparecer por el final del pasillo.
—Ya se fue —le dije al señor.
Él soltó el aire de golpe, como si lo hubiera estado guardando dos minutos enteros.
—Señorita, muchísimas gracias por no decirle nada. De verdad. Me retiro ahora mismo, le agradezco.
Le tomé las dos manos. Le seguían temblando.
—Don, no se disculpe. Yo necesitaba ayuda, usted me ayudó como un caballero, y por eso le voy a hacer un regalo.
Se quedó mirándome sin entender. Le pasé el frasco para que me lo sostuviera y caminé despacio hasta donde su bastón se había caído contra la góndola. Me incliné con los pies juntos y las rodillas apenas dobladas, levantando todo el culo en su dirección. La falda subió sola. Le di tres segundos largos a la imagen. Moví la cadera de izquierda a derecha, una vez. Después levanté el bastón, me erguí y se lo entregué.
—Aquí tiene. Gracias por todo.
Él no me decía nada, pero le brillaban los ojos. Me acerqué a su oreja y le susurré:
—Sígame de lejos. Que no se note.
Asintió como si le hubieran dado una orden militar.
***
Seguí mis compras. Entré al pasillo de higiene a buscar un champú. Por la otra punta lo vi aparecer, apoyado en su bastón, fingiendo leer cajas de pasta dental. Me incliné a recoger el frasco de la repisa más baja y me levanté la falda por delante con la mano libre, dejándome al aire de frente durante el tiempo justo. Me erguí, lo miré, y él hizo un gesto mínimo con la cabeza, como diciendo gracias.
Repetí el truco cuatro o cinco veces más, en distintos pasillos. Pan, yogur, fideos, jabón. Siempre con la excusa de buscar algo abajo, siempre con un segundo para mostrarle lo que él estaba esperando ver. Yo nunca había hecho algo así en un lugar lleno de gente. Y cuanto más lo hacía, más me animaba.
Cuando llegué a las cajas rápidas, ya tenía la conchita empapada bajo la falda. Había dos personas delante de mí. Y entonces, otra vez, su voz.
—Señorita, disculpe. Siempre quise usar estas cajas, pero no las entiendo. ¿Usted me podría ayudar?
Llevaba apenas dos cosas en la mano. Era una excusa transparente. Le sonreí.
—Claro, don. Encantada.
Le mostré paso a paso cómo escanear, cómo pagar, cómo confirmar la operación. Él me prestó tanta atención como si fuera a haber un examen final, aunque dudo que haya entendido nada. Cuando salimos juntos a la vereda, ya con las bolsas, me agarró la mano y me la apretó suave.
—Señorita, déjeme decirle algo. Soy un hombre mayor, ando con bastón hace años, perdí a mi señora en aquellos meses que fueron tan duros para todos. Hace mucho que no tenía una conversación con una mujer como usted. Hoy me alegró el día. Y este día me va a durar muchos más días. Eso quiero que lo sepa.
Me puso un bombón envuelto en papel dorado en la palma de la mano. Me quedé un segundo sin saber qué decir. La ternura me ganó. Le pregunté el nombre.
—Aurelio —dijo.
—Don Aurelio, usted es un caballero. Le deseo lo mejor.
Le di un beso en la mejilla. Antes de irme me di vuelta una vez más, le moví las caderas con la falda apenas levantada y le guiñé un ojo. Él se quedó parado en la puerta del súper, sonriendo como si acabara de ganar la lotería.
***
Camino a casa con las bolsas, no podía dejar de pensar en lo que había pasado. Yo, en pleno mediodía, había dejado que un señor de setenta y pico me agarrara las nalgas y un pecho en una góndola, le había mostrado el culo en cinco pasillos distintos y había salido del supermercado con un bombón y una sonrisa. No era la chica que había empezado este diario hace unos meses. Era otra. Y esa otra me gustaba.
Mi día no terminó ahí, pero esta primera parte sí. Les mando un beso a todos y todas. Gracias por escribirme al correo, por las palabras lindas, por seguirme la corriente en este pequeño descubrimiento. Espero que esta anécdota les guste tanto como a mí me gustó vivirla.