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Relatos Ardientes

Espié a una pareja desde mi terraza esa noche

Llegué a casa pasada la hora habitual del viernes. A los treinta y muchos, los viernes ya no significaban lo mismo que a los veinte. Sobre todo cuando uno tenía hipoteca, esposa y un crío que devoraba cada minuto disponible de la semana.

Esa noche, sin embargo, la casa era mía. Carla, mi mujer, había salido por la mañana hacia casa de sus padres con el pequeño Mateo. El sábado le tocaba turno temprano y dormir allí le ahorraba más de una hora de carretera. Me iba a quedar solo hasta el domingo por la tarde.

La libertad de un padre treintón, claro, no se parece a la de un soltero. Mi gran plan consistía en cuatro latas de cerveza artesanal compradas de camino, una pizza congelada y la promesa silenciosa de no abrir ni un correo del trabajo. Me había detenido en el supermercado del barrio para llenar la bolsa: cervezas de medio litro, una pizza de jamón y una tableta de chocolate que sabía que iba a sobrar.

El horno ya calentaba la cena. En la mano sostenía la segunda lata. El verano apretaba con un calor seco que hacía sudar incluso sin moverse, y yo me había puesto los shorts del pijama y nada más. La ventana del salón estaba abierta de par en par, pero la brisa apenas movía las cortinas.

Comí en el sofá viendo una serie cualquiera. Bebí. Jugué un rato a la consola, perdí dos partidas seguidas y apagué con un bostezo. Cuando miré el reloj eran casi las dos de la madrugada. Cerré la ventana del salón, abrí la nevera, agarré la última lata y subí por la escalera interior hasta la terraza.

La casa era de dos plantas, y lo mejor de la planta superior era esa azotea estrecha pero acogedora que daba al parque de enfrente. Las farolas nuevas, esas de led que solo apuntan al suelo, dejaban el cielo limpio. Sin luna esa noche. Solo estrellas y el zumbido lejano de algún coche.

Me eché en la tumbona y abrí la cerveza con ese chasquido satisfactorio que siempre disfruto. Aspiré el olor a tierra húmeda que venía del riego del parque. El silencio era casi total. Mis vecinos eran jóvenes con planes de fin de semana, y los viernes la calle se vaciaba.

***

Llevaba veinte minutos medio adormilado cuando un motor se acercó por la calle. Reconocí el ruido grave de un monovolumen antes incluso de verlo. Aparcó justo debajo de mi terraza, en uno de los huecos en batería que pegaban con la fachada.

Esperé el ruido de las puertas. No llegó. En su lugar, una música tenue empezó a sonar dentro del coche, algo de electrónica suave que no terminaba de reconocer. Eso me picó la curiosidad.

Me levanté de la tumbona con cuidado, sin hacer ruido sobre las baldosas, y me acerqué al pretil. Desde abajo era casi imposible verme: la pared me cubría hasta el pecho y la oscuridad de la azotea hacía el resto. Aun así, me agaché un poco. Por instinto.

El coche era un monovolumen oscuro, gris o azul marino, no sabía decir con esa luz. La luneta trasera era enorme, casi un escaparate, y dentro había una pareja joven. Estaban abriendo una bolsa de papel con el logo de la hamburguesería del polígono, esa que conocía bien: estaba a tres calles, abierta hasta tarde.

Genial. Mañana voy a tener la acera llena de mierda.

Le calculé a la chica veintipocos. Él parecía un poco mayor, quizá veinticinco. Llevaba un polo claro y vaqueros ajustados, y se notaba que había pasado el verano en la playa por el moreno que tenía. Brazos trabajados, hombros anchos. Ella, en cambio, era rubia, de pelo rizado abundante recogido a un lado, con gafas de montura gruesa que le daban un aire de estudiante despistada. Llevaba una camisa negra con los dos botones de arriba sueltos y una falda blanca que le subía hasta media pierna.

Desde mi posición, casi en perpendicular sobre el coche, le veía los muslos. Bronceados, firmes, con esa línea clara que dejan los bañadores. La visión duró poco: apoyó la bandeja de cartón sobre las rodillas y se puso a comer, tapándose por completo.

Volví a la tumbona. Volví a la cerveza. Que se vayan rápido y dejen la acera limpia.

***

A los pocos minutos llegó el ruido que esperaba: cosas cayendo al asfalto. Me levanté de nuevo y miré por encima de la pared. Habían acabado de comer y habían tirado los envoltorios por la ventanilla. Cartones, servilletas, salsas pegajosas. Lo único que les quedaba dentro eran los vasos grandes de refresco.

Apreté los dientes. Estuve a punto de gritarles algo desde arriba. Casi lo hice. Pero no lo hice. Porque entonces noté que la chica se había girado.

Ahora estaba de lado, la espalda apoyada entre el respaldo y la puerta, las piernas estiradas sobre el asiento. Desde mi ángulo veía bien los muslos otra vez. Estaba descalza. La postura era despreocupada, casi felina, y le subía la falda un par de centímetros más. Nada explícito todavía, pero suficiente para que algo se me empezara a despertar entre los shorts.

Él se reía de algo que ella le contaba. Apuró su refresco y, con un movimiento perezoso, dejó caer el vaso por la ventanilla. El plástico rebotó contra el bordillo y el hielo se desparramó por toda la acera. Hijo de puta. Pero ya no tenía energía para enfadarme. Mi cabeza estaba en otro lado.

Él se encendió un cigarro. Ella seguía bebiendo con la pajita. Yo me aparté del muro y fui rápido al baño, porque las dos cervezas y media me reclamaban con urgencia. Meé sin encender la luz, apoyado en los azulejos fríos, y cuando volví a subir a la terraza estaba casi seguro de que se habrían ido.

No se habían ido.

***

El segundo vaso también estaba en el suelo. Del cigarro no había rastro. Y la boca de él tampoco estaba ocupada en fumar.

Se había inclinado sobre ella. Una mano apoyada en el cabezal del asiento, la otra sosteniéndole la cara por la mejilla. Se besaban despacio al principio, con esa lentitud calculada de quien sabe que tiene tiempo. Vi cómo la lengua de él se deslizaba entre los labios de ella, vi cómo ella respondía con la suya, cómo se le movía un mechón de pelo cada vez que giraba la cabeza.

La falda se le había subido casi hasta la cadera. La mano de él, esa misma que antes le sostenía la cara, había bajado al muslo. Subía por la cara externa, despacio, dibujando un círculo con el pulgar.

Y luego pasó a la interna.

Ella separó las piernas. Lo justo. Lo suficiente para que él subiera más. Lo suficiente para que yo, desde la terraza, viera la ropa interior celeste enmarcada por la piel morena de los muslos y el blanco arrugado de la falda. Un triángulo pequeño, sencillo, brillante por la humedad o por la tela, no sabría decir.

La tenía ya dura cuando me di cuenta de que la había sacado por encima de la cinturilla del short.

***

Él recorrió la tela con dos dedos. Despacio, presionando apenas. Ella le mordió el labio inferior. Creí oír un gemido, aunque la distancia y el cristal cerrado me dejaban con la duda. La música seguía sonando dentro del coche, ese bajo electrónico que ahora me parecía perfecto para lo que estaba pasando.

Las manos de ella subieron a la camisa de él. Empezaron a desabrocharle los botones, uno a uno, sin prisa. Mientras tanto, él hizo lo mismo con la camisa negra de ella. Botón a botón. Lentamente. Debajo llevaba un sujetador blanco que parecía dos tallas más pequeño de lo que necesitaba. Los pechos asomaban por arriba, marcados también por la línea del bikini.

Le sacó un pecho por encima de la tela, sin quitarle el sujetador. Lo vi con una claridad que parecía irreal: el pezón oscuro, la piel más pálida, la mano grande de él que lo apretaba, lo soltaba, lo volvía a apretar. Ella echó la cabeza hacia atrás contra el cristal. Tenía los ojos cerrados detrás de las gafas y la boca entreabierta.

Él bajó la cara y se metió el pezón en la boca.

Yo me bajé el short hasta los tobillos.

***

No tenía sentido fingir más. Estaba allí, en mi propia terraza, con el aire caliente pegándome la espalda y la mano agarrada a mi miembro como si fuera la primera vez. La situación era absurda y maravillosa al mismo tiempo. Cualquier vecino que mirara hacia arriba me vería, pero la oscuridad de la azotea me hacía sentir invisible. Y, francamente, en ese momento me daba igual.

Ella se quitó las gafas con un gesto teatral y las dejó sobre el salpicadero. Después la camisa entera. Después el sujetador. Dos pechos jóvenes, firmes, con el pezón duro apuntando al techo del coche. Se recogió el pelo rizado en una coleta improvisada y entendí, con un escalofrío, lo que venía a continuación.

Él se desabrochó el pantalón. Se lo bajó solo lo justo. Su verga, dura y curvada, asomó entre los pliegues de la tela vaquera. Se la agarró un par de veces, casi como una presentación, antes de que ella se la quitara de la mano.

La chica se arrodilló sobre su asiento, le comió la boca un segundo, y bajó.

***

Desde mi posición no veía la felación directamente, pero veía el movimiento. El bamboleo de los pechos al ritmo de la cabeza de ella. El gesto de él, con los ojos cerrados y la mano sobre la nuca de la chica, marcándole el compás. Una de las manos de ella le apretaba la base. La otra se apoyaba en el muslo de él para no perder el equilibrio sobre la palanca de cambios.

Yo me la trabajaba despacio. Quería que durara.

En un momento ella se incorporó, soltó un hilo largo de saliva sobre él y volvió a bajar. Él susurró algo. Ella bajó la cabeza un poco más y vi cómo le besaba los testículos, cómo los lamía con paciencia, cómo subía y volvía a bajar.

Y entonces aparecieron las luces.

***

Una patrulla policial entró por el extremo de la calle. Los faros barrieron el monovolumen de lado a lado y se me cortó la respiración. Di un paso atrás, lo justo para que no me vieran desde abajo, y observé.

Él reaccionó rápido. Empujó la cabeza de ella contra el regazo, manteniéndola escondida bajo el nivel de la ventanilla, y se llevó una mano a la mejilla como quien se rasca distraído. La patrulla pasó despacio. Demasiado despacio. Los agentes giraron la cabeza hacia el monovolumen un instante, pero no se detuvieron. Siguieron de largo, doblaron la esquina y se perdieron.

Solté el aire que llevaba dos minutos conteniendo. Tenía miedo de que aquello arruinara el momento. Que se asustaran y arrancaran. Pero no. En cuanto el último faro desapareció, ella volvió a bajar la cabeza, y él volvió a echar la suya hacia atrás.

El espectáculo continuaba.

***

Ella se incorporó después de un rato y se quitó la ropa interior celeste con un gesto rápido. La lanzó al salpicadero. Levantó las rodillas, las apoyó contra el cristal del parabrisas, y se abrió de piernas para él.

Desde donde yo estaba veía perfectamente su sexo. Depilado por completo, brillante por la humedad de la propia excitación. Él se inclinó, le agarró las caderas con las dos manos, y empezó a comérselo. Despacio. Con método.

Ahora sí. Ahora los gemidos llegaban claros hasta mi terraza. La chica se mordía un dedo, abría la boca, dejaba caer la cabeza contra la puerta del coche. Los suspiros se mezclaban con la música y con el zumbido lejano del aire acondicionado de algún vecino.

Yo me tenía que detener cada pocos segundos. Estaba a un paso de correrme y todavía no quería. Todavía no.

***

Él no aguantó tanto como ella. Después de unos minutos lamiéndola y metiéndole dos dedos, se incorporó. Sacó un preservativo de algún sitio, se lo puso con la torpeza típica del momento, y le dijo algo a la chica.

Ella obedeció sin abrir la boca. Pasó por encima de la palanca de cambios, se quitó la falda por la cabeza, se sentó a horcajadas sobre él y, agarrándolo con una mano, se la metió hasta el fondo de un solo movimiento.

Empezó a moverse encima de él con un ritmo que no admitía descanso. Yo veía las marcas blancas del bikini en su trasero, los músculos contrayéndose, las gotas de sudor brillando entre los omóplatos. Él le agarró las nalgas con una mano y le dio una palmada que me llegó como un eco entre los edificios.

Otro coche apareció entonces por el otro extremo de la calle. Esta vez un turismo normal. Pensé que se acabaría el espectáculo otra vez, pero ella no se detuvo. Siguió moviéndose. Los del coche que pasaba bajaron la velocidad un segundo, miraron, y siguieron como si no hubieran visto nada.

Él se corrió primero. Lo supe por el espasmo, por el gemido ahogado, por la palmada final en la cadera de ella. La chica se detuvo. Apoyó la frente contra la de él, respiró hondo.

***

El muy cabrón, sin pudor, se quitó el preservativo y lo tiró por la ventanilla. Junto con un pañuelo de papel arrugado. Sumó dos elementos más a la colección de basura de la acera. Pero a mí ya no me importaba. Ya no.

Ella seguía desnuda, despatarrada sobre el asiento del copiloto. Y entonces hizo algo que no esperaba. Lo miró a él de reojo, sonrió, y bajó la mano hasta su propio sexo.

Se masturbó delante de él. Para él. Con la otra mano se separó los labios y le enseñó el interior rosado, brillante, mientras dos dedos entraban y salían a un ritmo cada vez más violento. Él la miraba con la boca entreabierta, como un crío que descubre algo por primera vez.

Yo me la trabajé con todas mis fuerzas. La leche llamaba ya con desesperación. Vi cómo ella se mordía el labio, cómo cerraba los ojos, cómo su cuerpo entero se tensaba durante un segundo larguísimo antes de relajarse.

Y ahí me corrí. Un chorro largo que cayó contra la pared del pretil, y tres más que dejaron un charco brillante sobre las baldosas. Me agarré al borde para no perder el equilibrio.

***

Abajo, la pareja se besó con calma. Él le dijo algo al oído que la hizo reírse. Ella se vistió sin prisa: bragas, falda, sujetador, camisa. Las gafas volvieron a su sitio. En cinco minutos el monovolumen arrancó y se perdió calle abajo.

Quedaron de testigos los cartones de hamburguesa, los vasos de refresco vacíos, el condón usado y el pañuelo. Y yo, arriba, con los shorts en los tobillos y una mancha de mi propio semen sobre el suelo de la terraza.

Subí los shorts. Agarré la lata de cerveza, le di un trago largo y la escupí al instante. Estaba caliente y agria. El espectáculo había durado más de lo que pensé.

Entré en casa a buscar algo con que limpiar la terraza. Mañana, después de tomarme un café, tocaría barrer la acera. Me daba pereza solo de pensarlo, pero sonreí al imaginarme allí abajo, escoba en mano, recordando lo que había pasado a esa hora en ese mismo trozo de calle.

Decidí que podía dejar la basura de la acera un rato más. Por si volvían.

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Comentarios (4)

felipemdz22

excelente!!! uno de los mejores de esta seccion

Nando_Baires

por favor que haya segunda parte, una situacion tan buena no puede quedar ahi. Saludos desde Buenos Aires

Miron_BA

jaja me paso algo parecido desde el balcon de mi departamento, uno no puede evitar mirar... buenisimo el relato

PatoCba

increible, se me hizo cortito pero muy bueno :)

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