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Relatos Ardientes

Me citó en el parque y luego abrió la puerta del baño

Me llamo Camila, tengo veintitrés años y soy una de esas mujeres a las que nadie mira dos veces en la calle. Soy bajita, delgada, con el pelo castaño cortado a la altura de los hombros. La gente me describe como discreta. Si supieran.

Aquella mañana de febrero hacía calor desde temprano. Estaba terminando mi café cuando el mensaje entró en el teléfono.

—Te quiero en el parque del Olivar a las dos. Te paso la ubicación. Ya sabes cómo te quiero, putita.

Era Mateo. Lo había conocido tres semanas antes en el autobús que me llevaba a mi primer día de prácticas en el centro de salud. Me había hablado sin presentarse, como si ya nos conociéramos, y a la tercera parada yo le estaba dando mi número con las mejillas ardiendo. La segunda vez que nos vimos me hizo correrme tantas veces que perdí la cuenta. Desde entonces yo era otra cuando él me escribía. Era ese «tú» al que se refería en los mensajes.

Me quedé mirando el mensaje un buen rato, mordiéndome el labio. Solo de pensarlo se me cortaba la respiración. No entendía cómo había dejado que me dominara tan rápido, pero tampoco quería entenderlo. Me gustaba no saber hasta dónde iba a llegar.

Me probé tres conjuntos antes de decidirme. Una blusa blanca de tirantes, suelta, que dejaba el ombligo al aire. Una falda negra cortísima, fresca. Tenis blancos. Debajo, un conjunto de encaje negro semitransparente que él no me había pedido pero que sabía que iba a notar. Me eché perfume detrás de las orejas y entre los pechos, y salí de casa con las piernas temblándome un poco.

El parque del Olivar tiene una zona de bancos en lo alto de una loma, bajo unos pinos. Llegué quince minutos antes. Me senté con las rodillas juntas y la mochila sobre las piernas, fingiendo mirar el teléfono. Cada vez que alguien pasaba corriendo por el sendero, sentía la mirada del corredor recorrerme las piernas. No sé si me lo imaginaba o no. Empecé a sentirme observada incluso antes de que él llegara.

El teléfono vibró.

—¿Dónde estás?

—Banco de arriba, a la izquierda.

Lo vi subir la cuesta con esa forma de caminar suya, las manos en los bolsillos del pantalón, sin sonreír. Me incorporé a medias, y antes de que pudiera decir hola me sujetó la cara con las dos manos y me besó tan profundo que tuve que agarrarme de su cintura para no perder el equilibrio. Su lengua buscó la mía sin permiso y yo abrí más la boca, dejándolo entrar.

—Qué rica te ves, putita —murmuró contra mis labios.

Volvimos a sentarnos. Hablamos de tonterías durante un rato largo, como si fuéramos una pareja cualquiera. Pero sus manos no se quedaron quietas. Cuando no había nadie cerca, una se deslizaba por debajo de mi blusa y me apretaba el pezón hasta hacerme cerrar los ojos. La otra subía por mi muslo y se metía bajo la falda, separándome la tela del conjunto.

—Mira cómo estás, ya te encharcas —dijo en voz baja.

Pasó una pareja con un perro. Me quedé mirándolos fijamente con la mano de Mateo entre las piernas, rezando para que no se dieran cuenta. La mujer me miró un segundo de más antes de seguir bajando, y yo no supe si había visto algo o si me lo estaba imaginando. La idea de que alguien me hubiera pillado me hizo apretar los muslos contra su mano. Él se rio bajo.

—Te gusta, ¿verdad? Te gusta que alguien lo vea.

No respondí. Tampoco hacía falta.

Después de un rato me tomó del brazo y me puso de pie.

—Camina —dijo.

Me llevó por un sendero lateral hasta unos baños públicos escondidos entre los setos. El edificio era pequeño, de ladrillo, con dos pasillos cortos que doblaban a la entrada de los aseos. Cualquiera que pasara por el sendero principal no veía quién entraba ni quién salía. Era un cubo prefabricado al que nadie le prestaba atención. Mateo lo había estudiado antes.

Empujó la puerta del aseo de mujeres y me metió en el último cubículo, el del fondo. Cerró el pestillo. Olía a desinfectante de pino. Yo respiraba con la boca abierta y él todavía no me había tocado en serio.

Me pegó la espalda contra la puerta. Se agachó delante de mí, me subió la falda hasta la cintura y me apartó la tanga con un dedo. La primera lamida me arrancó un gemido que tuve que ahogar contra el dorso de mi mano. Su lengua era gruesa y caliente, y me recorría sin prisa, como si tuviéramos toda la tarde. Cuando jugó con el clítoris las piernas empezaron a temblarme de verdad y tuve que apoyarme en sus hombros.

Fuera, escuché unos pasos. Alguien entró en el cuarto y abrió un grifo. Mateo no paró. Al contrario, me clavó la lengua dentro y me dio una palmada en el muslo que casi me hizo gritar. Mordí el cuello de mi blusa. El grifo se cerró. Los pasos se alejaron. Estuvieron a tres metros y no supieron nada.

Cuando creí que iba a correrme, se levantó. Se desabrochó el pantalón y me empujó hacia abajo agarrándome del pelo.

—Lámelo.

Me arrodillé encima de la falda revuelta y se la pasé entera por la lengua, desde la base hasta la punta, una y otra vez. Después me metí solo la cabeza en la boca y la envolví con cuidado. Lo oí soltar el aire por la nariz. Me agarró del pelo y me empujó hasta el fondo. Me ahogué un segundo, me lloraron los ojos, pero no me aparté. Era esa la parte de mí que no entendía y que él había aprendido a usar.

—Así, putita. Toda.

Me folló la boca un par de minutos largos. Cuando se le aceleró la respiración me sacó y me levantó del pelo.

—Date la vuelta. En cuatro.

Me apoyé en la tapa del inodoro, con las manos en los azulejos fríos y el culo en el aire. Me dio tres nalgadas seguidas, fuertes, y me entró de golpe sin avisar. El grito se me escapó.

—Chsss.

Justo en ese momento se abrió la puerta del cuarto otra vez. Dos voces de mujer. Hablaban entre ellas, riéndose de algo del trabajo. Mateo no aflojó. Siguió entrando y saliendo, despacio ahora, mirándome la cara reflejada en el azulejo, disfrutando la cara que ponía mientras me tapaba la boca con la mano. Yo escuchaba a las dos mujeres a metro y medio. Una de ellas se metió en el cubículo de al lado. Oí el ruido del pestillo.

Mateo se inclinó sobre mi espalda y me susurró al oído.

—Te está escuchando.

Cerré los ojos. El primer orgasmo me reventó así, en silencio, con la mano apretada contra los dientes y la chica de al lado a un palmo. Se me sacudió todo el cuerpo y le clavé las uñas en la muñeca. Cuando descargó el agua del inodoro de al lado, él aprovechó el ruido para arremeter más fuerte, dos, tres veces. Tuve que morderme el brazo para no aullar.

Las dos mujeres se lavaron las manos y se fueron entre risas. Cuando volvió el silencio, todavía me temblaban las rodillas.

—Casi te oye —me dijo—. Y aun así te has corrido.

Asentí sin poder hablar. Estaba empapada. Sentí dos de sus dedos buscarme por detrás y se me escapó otro gemido.

Me soltó, me dio la vuelta y me cargó. Me sujetó las piernas alrededor de su cintura y volvió a entrar. Esta vez sin contención. Me subía y me bajaba como si yo no pesara nada, y a cada empujón me golpeaba contra la puerta del cubículo, que vibraba con un ruido sordo. Me besó el cuello, me lo mordió. Sentí el segundo orgasmo formarse desde la base de la espalda y subir, lento y enorme, y cuando me alcanzó dejé de intentar tapar nada. Gemí con todo. Si alguien hubiera entrado en ese segundo, yo no habría podido parar.

—Ah, putita, ya casi —jadeó—. Me encanta llenarte.

Se vino dentro con un gruñido apagado contra mi cuello. Sentí su calor expandirse por dentro y me aferré a sus hombros. Me dejó otra vez de pie con cuidado y se sentó en la tapa del inodoro, recuperándose. Yo estaba en el suelo, apoyada contra la pared, con la falda enrollada en la cintura y el conjunto bajo la mano, intentando recordar cómo se respiraba.

—¿Ya te cansaste? —dijo riéndose—. Esto solo es el principio.

Lo miré sin entender. Él se puso de pie, abrió el pestillo del cubículo y, más allá, abrió también la puerta principal del aseo. Una sombra se movió en el pasillo.

Entró un chico alto, ancho, con la cara afilada y los brazos marcados bajo la camiseta. No lo había visto en mi vida. Cerró tras de sí y miró el cubículo abierto con una sonrisa tranquila.

—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí?

—Una parejita calentita —dijo Mateo—. ¿Te apuntas?

El chico me miró de arriba abajo. Yo no me cubrí. Sentí las mejillas calientes, pero ya no era vergüenza. Era algo más sucio, más profundo. Mateo me observaba. Esperaba que yo dijera que no, y los dos sabíamos que no iba a decirlo.

—¿Y tú qué dices? —me preguntó el desconocido.

Tragué saliva.

—Cierra la puerta —dije.

La cerró. El pestillo principal del aseo hizo un clic seco que me dejó sin aire.

Mateo se sentó en la tapa del inodoro y me agarró del pelo. Me arrastró hasta arrodillarme entre sus piernas y me la metió en la boca otra vez, ya dura de nuevo, hasta el fondo. Las lágrimas me salieron solas. El otro chico se desabrochó detrás de mí. Lo oí escupirse la mano. Cuando sentí lo suyo entre mis nalgas, casi me atraganto. Era más grande. Lo bastante para asustarme un instante antes de que me obligara a olvidarlo.

Me agarró las caderas y entró despacio, dejándome sentirlo centímetro a centímetro. Cuando llegó al fondo soltó un silbido entre los dientes.

—Aprieta de verdad esta zorrita.

—Dale como le gusta —dijo Mateo desde arriba, sin sacarme de la boca.

No tuvo que decirlo dos veces. Empezó a follarme con un ritmo brutal, sujetándome por las caderas, y yo, con la boca llena de uno y los embates del otro detrás, dejé de pensar. No quedaba nada de la chica discreta del autobús. Era solo un cuerpo entre dos hombres en un baño público al que cualquier mujer podía entrar a maquillarse.

De hecho, alguien entró.

Lo oí. La puerta principal volvió a abrirse y unos tacones se acercaron al espejo. Nadie probó nuestra puerta, pero los tacones se quedaron ahí, lavándose las manos, retocándose el pintalabios. Mateo lo notó: paré de chupar un segundo, asustada. Él me sujetó la nuca y me obligó a continuar más despacio, midiendo cada movimiento contra mi lengua para no hacer ruido. Detrás, el desconocido siguió moviéndose, pero también acompasado, profundo, sin estrellarse contra mí. Tres respiraciones contenidas. La mujer del espejo tarareaba algo. No sé cuánto duró. Para mí fue una eternidad pegajosa en la que cada centímetro dentro y fuera era una pequeña tortura. Cuando por fin se cerró la puerta de salida, los dos volvieron a soltarse con más fuerza, como si hubieran estado conteniendo algo.

Mateo se vino en mi garganta sin avisar, agarrándome la cabeza para que tragara todo. El otro chico lo hizo casi a la vez, dentro, sin sacarla, llenándome hasta que sentí su líquido bajándome por dentro de los muslos. Yo me corrí por tercera o cuarta vez sin saber cómo, con la boca todavía abierta y el cuerpo entero temblando. El desconocido salió de mí, dio la vuelta y me la metió en la boca también.

—Límpialo, zorrita.

Lo hice. Lo lamí entero, despacio, mirándolo desde abajo. Él soltaba pequeños gemidos cada vez que la punta tocaba el fondo de mi boca. Cuando me la sacó, se la guardó, me sonrió y me dio una palmada en la mejilla.

—Estuvo rico. Nos vemos.

Abrió la puerta del aseo y salió. Así, sin más. Nunca supe su nombre.

Mateo me ayudó a levantarme. Me bajó la falda, me acomodó el pelo con una ternura extraña, como si lo que acabábamos de hacer no tuviera nada que ver con la chica a la que le ajustaba ahora la blusa. Me miré en el espejo. Tenía el rímel corrido, los labios hinchados, una marca roja en el cuello que me iba a costar tapar.

—Vámonos, putita —dijo.

Salí del baño con las piernas temblando y dos hombres derramándose por el interior de mis muslos. Pasé al lado de una señora que dejaba a su nieto en los columpios. Me miró. No supe si vio lo que vio o si fue mi propio cuerpo el que se delataba. Bajé la loma con Mateo a mi lado, pensando que esa misma noche iba a contestar al siguiente mensaje sin pensarlo, y que tampoco esta vez iba a saber hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

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Comentarios (1)

nocturno_lector

tremendo relato!! me dejo sin palabras

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