Mi compañero se desnudó a medio metro de mí
Me llamo Adrián, tengo dieciocho años y soy probablemente el chico más pudoroso del instituto. No exagero. Me da vergüenza incluso quedarme en calzoncillos delante de otra persona, y cuando me toca clase de educación física, llevo siempre una sudadera que me llega hasta medio muslo para que nadie me vea cambiarme. Sé que suena ridículo. Llevo años viviendo con eso.
Físicamente no ayudo. Soy bajito, mi cara no es la que la gente recuerda y tengo un problema visual desde pequeño que me obliga a mirar las cosas muy fijo para verlas bien. Eso ya basta para sentirme expuesto en cualquier sitio donde haya un espejo grande. Imagínate en un vestuario.
Este año he empezado segundo de bachillerato, rama de ciencias, y mi clase es un caso raro. Somos veintidós alumnos, pero solo dos chicos: yo y Bruno. El resto, mujeres. Los demás chicos de mi promoción o abandonaron o repitieron. Así que Bruno y yo pasamos el día pegados, sin hablar mucho, pero juntos.
Bruno es exactamente lo contrario que yo. Mide casi uno noventa, ancho de espalda, callado pero con una seguridad tranquila que se nota nada más entrar en una sala. Es más inteligente que yo, más guapo, y aun así nunca lo restriega. Lo aprecio, aunque a veces no pueda evitar sentir un poco de envidia.
Lo que él y yo compartimos es una cosa muy concreta: somos pudorosos. El curso pasado, en clase de gimnasia, Bruno no se cambió de ropa ni una sola vez. Yo al menos me ponía el chándal limpio. Ese era todo el contacto íntimo que teníamos con el vestuario.
El año pasado la profesora de educación física era tranquila y no nos exigía. No sudábamos. No había de qué ducharse. Pero este curso el profesor es nuevo, se llama Ricardo, y el primer día nos soltó la noticia.
—La higiene no se negocia —dijo, mirándonos a Bruno y a mí—. Después de cada clase os ducháis y os cambiáis de ropa. Si no, entro yo al vestuario a comprobarlo.
Se me cortó la respiración. Bruno, para sorpresa mía, asintió como si nada y dijo que sí, que sin problema. Yo no abrí la boca. Iba a tener que pensar algo.
Esa semana no dormí bien pensando en la siguiente clase. Mi plan, mi único plan, era llevar los calzoncillos puestos hasta debajo del agua. Si era necesario, fingiría ducharme: me metería un segundo, me mojaría el pelo y saldría. Lo importante era no desnudarme jamás delante de Bruno. Le suponía la misma vergüenza que a mí. No le había contado nada, pero estaba seguro.
***
Llegó el primer día. La clase fue intensa. Ricardo nos hizo correr, saltar y un circuito que nos dejó empapados. Cuando entramos al vestuario, yo ya tenía la estrategia montada en la cabeza. Me quité la sudadera y el pantalón a toda velocidad, me envolví en la toalla y cogí el bote de gel.
—¿Te importa que vaya yo primero a la ducha? —pregunté.
Bruno se quedó parado un segundo. Luego asintió.
—Vale, sí. Tú primero.
Fue como respirar después de aguantar mucho tiempo. Me fui a la ducha con la toalla puesta y los calzoncillos también, y me duché sin quitármelos, mirando todo el rato hacia la entrada por si a Bruno se le ocurría aparecer. No apareció. Es un tío respetuoso, lo era el año pasado y lo seguía siendo.
Cuando volví a los bancos con la toalla a la cintura, Bruno seguía sentado con la suya. Se levantó, recogió sus cosas y se fue hacia las duchas sin mirarme.
Aproveché ese rato para cambiarme tranquilo. Me quité los calzoncillos mojados, me puse los limpios y la ropa, y me senté con el móvil. Aliviadísimo. Había sobrevivido al primer día sin que nadie me viese la polla. Y, por cómo había reaccionado Bruno, daba por hecho que la siguiente vez funcionaría igual.
Lo que no me esperaba era lo que pasó después.
Bruno salió de la ducha con su toalla a la cintura y vino directo a la zona de los bancos. Su mochila estaba a apenas un metro de la mía, a mi izquierda. Yo seguí con la cabeza fija en el teléfono, esperando que me pidiera que mirara hacia otro lado o que me girara. No me lo pidió.
Lo que oí fue el ruido de la toalla cayendo al banco.
Bruno empezó a secarse desnudo a mi izquierda. No giré la cabeza. No podía. Tenía la respiración cortada y la vista clavada en la pantalla del móvil, leyendo dos veces el mismo mensaje sin entender nada. Si hubiese movido los ojos diez centímetros lo hubiese visto entero, la polla colgando, el culo tenso al agacharse, los cojones oscuros balanceándose entre los muslos. No lo hice. Por respeto, por miedo, por las dos cosas a la vez. Pero se me puso dura debajo de los calzoncillos limpios y tuve que cruzar las piernas para que no se notara el bulto.
Cuando terminó de vestirse y nos fuimos, Ricardo nos esperaba en la puerta. Nos miró el pelo y la ropa, dijo «vale» y nos dejó pasar.
Esa noche no me lo pude quitar de la cabeza. Bruno, el tío más pudoroso que conozco, secándose desnudo a medio metro de mí como si nada. ¿Y si hubiese mirado? ¿Se habría enfadado? ¿Se habría tapado? ¿Por qué tanta naturalidad de repente? ¿Pensaría que con mis ojos no puedo distinguir bien lo que tengo delante? Una pregunta detrás de otra, y por debajo, lo confieso, la polla dura otra vez debajo del pijama, imaginando lo que no había visto. Me la meneé pensando en él, pensando en la polla que no había mirado, y me corrí en menos de dos minutos con la boca apretada para que no me oyera nadie. ¿Será que me gustan los tíos? Pero las chicas me siguen pareciendo guapas. ¿Bisexual? Un lío.
***
La semana siguiente cambió todo.
El vestuario de esa clase no era el de la otra vez. En el instituto tenemos tres y los van rotando con los grupos de formación profesional. El de aquel día tenía la zona de bancos en forma de pasillo estrecho, con bancos pegados a las paredes y una estantería corrida encima, a algo más de un metro setenta de altura. Yo mido un sesenta. Bruno casi uno noventa. La estantería, para mí, me tapaba la mirada por completo si me sentaba. Para él, era una repisa donde dejar las cosas a la altura de la cara.
—Yo lo dejo aquí arriba —dijo, colocando la mochila sobre la estantería.
Y ahí entendí el problema. Si repetíamos la rutina de la semana anterior, su cuerpo me iba a quedar a la izquierda, sin estantería de por medio, mientras que el mío quedaría escondido. Una asimetría perfecta. Lo único que pedí mentalmente fue ducharme yo primero, otra vez.
—¿Voy yo? —pregunté con la voz un poco demasiado rápida.
—Sí, ve.
Me duché igual que la otra vez: calzoncillos puestos, mirando a la entrada, sin tocarme de más aunque la tenía medio dura solo de pensar. Salí, llegué al banco, me sequé la espalda, me cambié los calzoncillos por unos limpios y me senté apoyado en la pared, móvil en mano. Bruno ya estaba bajo el agua. Esta vez no podía verle ni el equipaje, porque lo tenía todo en la balda alta.
Cuando oí cerrar el grifo, el corazón se me aceleró. Sabía que iba a pasar algo, no sabía qué.
Bruno salió con la toalla anudada a la cintura y un neceser en la mano. Se acercó. Se paró a medio metro de mí, frente a la estantería, dándome el costado.
Esperé que dijese algo. «Gírate». «Tápate los ojos». «Mira hacia allá». Cualquier cosa.
No dijo nada.
Soltó la toalla.
Yo seguía con el móvil en alto, pero ya no leía. Estaba pendiente de él con todo el cuerpo. Empezó a secarse el pecho, después la barriga plana de músculo tenso, después la espalda alzando los codos, el culo prieto contrayéndose con cada movimiento. La toalla anterior le había cubierto hasta medio muslo. Ahora no había nada cubriéndolo.
Y vi.
Dios mío, vaya pedazo de polla. Grande no es la palabra, gigantesca tampoco. Era una verga que no parecía proporcional a ningún cuerpo, ni siquiera al de un tío de su altura. Estaba a menos de un metro de mis ojos, colgando pesada, espesísima de vello negro que le subía hasta el ombligo, tan oscura que el resto de la piel parecía blanca al lado. No estaba operado. La piel del prepucio le tapaba casi todo el glande, y el capullo asomaba apenas rosado por la punta, justo por encima de la rodilla, con una gota diminuta de agua colgando de la abertura. Los cojones le colgaban dentro de una bolsa oscura, pesada, como dos huevos gruesos que se le balanceaban entre los muslos cada vez que cambiaba el peso de una pierna a la otra.
Me quedé pegado a la pantalla del móvil con la mirada baja, pero no leía. Los ojos se me iban una y otra vez a la polla y a los huevos. Subía un segundo a comprobar si me estaba mirando, y al confirmar que seguía secándose tranquilo con la toalla por la nuca, volvía a bajar la vista a su entrepierna como si nadie pudiese darse cuenta. Se me estaba poniendo la mía tan dura dentro de los calzoncillos que me la tuve que aplastar contra el muslo con la mano libre para que no levantase el chándal. Era una situación tan absurdamente excitante que no supe qué hacer con mi propio cuerpo. Se le movía la polla al secarse. Cuando se pasó la toalla por el vientre, la bajó un momento por encima del capullo, y yo juro que vi cómo se le engordaba medio centímetro y le subía sola, como si respondiera al roce. Aparté la vista un segundo, aterrado, y volví a mirarla enseguida.
¿Y si le hago una foto?
La idea me atravesó como un calambre. Tenía el móvil en la mano. Bastaba con girarlo medio centímetro. Bruno ni siquiera me miraba, estaba ocupado pasándose el desodorante por las axilas, totalmente desnudo, con la polla balanceándose libre entre los muslos, durante lo que parecía una eternidad y eran probablemente dos minutos. Nadie sabría nada nunca.
Pero pensé en él. Pensé en que me había dejado ducharme primero las dos veces sin preguntar, que entendía mi vergüenza sin hablar de ella, que confiaba en mí lo suficiente como para hacer lo que estaba haciendo. Hacerle una foto era una traición demasiado grande para un favor tan delicado. Bajé el móvil.
Bruno se puso los calzoncillos, después el resto de la ropa, recogió la mochila de la estantería y, sin mirarme apenas, dijo que ya estaba. Nos fuimos. Ricardo nos chequeó en la puerta, asintió y entramos a la siguiente clase.
Tutoría. Una hora entera sentado a su lado, con la polla todavía hinchada dentro del calzoncillo, mirando al frente, sin saber qué decir. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la verga aquella, gruesa y oscura, colgándole entre los muslos. Bruno empezó a hablar de una serie que estaban echando esa semana, y yo le seguí la conversación como pude, agradecido de que me sacase del bucle.
***
Esa noche se lo conté a mi hermano. Detalle por detalle, casi todo, hasta el tamaño de la polla y lo espeso del vello. Le omití solo la parte de la foto. Mi hermano siempre se ríe de mi pudor, lleva años diciéndome que tengo que ir a la ducha en pelotas y volver en pelotas mojadas, que nadie se va a fijar en mi polla.
Se quedó callado un momento cuando le conté lo del segundo día. Después dijo:
—A ver, Adrián, una cosa. ¿Tú por qué no le hiciste una foto?
—¿Qué? —respondí—. ¿Estás loco?
—No, en serio. Si tan monstruosa era la polla, yo también quiero verla. Y mientras no la publiques ni la enseñes por ahí, ¿quién se va a enterar? ¿Tú te crees que eres el primero al que se le ocurre eso en un vestuario? Te aseguro que no.
Me quedé sin saber qué decir. No me ofendió. Me asustó descubrir cuántas vueltas le había dado yo a la misma idea en silencio, sin atreverme a formularla en voz alta. Y me asustó más sentir, en algún sitio del estómago y de los huevos, que mi hermano podía tener razón.
***
Ya han pasado varias semanas desde aquello. Hemos seguido teniendo clase de educación física, hemos seguido duchándonos, y han pasado más cosas. Algunas todavía no sé cómo contarlas del todo. La más gorda fue el tercer viernes.
Ese día él salió primero de la ducha, sin decirlo, y yo entré después. Cuando volví, con la toalla a la cintura y los calzoncillos otra vez puestos debajo, me senté en el banco a mi sitio de siempre, y Bruno estaba de pie a mi izquierda, ya en calzoncillos negros ajustados, con la polla marcada por encima de la tela hinchándose por momentos. No la disimulaba. La tenía a la altura de mi cara, a medio metro escaso, y no la disimulaba.
—Sé que la miras —dijo, bajito, sin mover casi la boca—. Desde el primer día.
Me quedé sin saliva. No supe qué contestar. Balbuceé algo, un «perdón» que salió como un susurro. Él se rio muy suave, negó con la cabeza y se bajó la goma del calzoncillo con dos dedos, lo justo para que la polla le saltara fuera, medio dura ya, gruesa, apuntando hacia mí. La tenía a un palmo de mi cara.
—Tócamela si quieres —susurró—. Antes de que entre alguien.
Le miré la cara buscando la trampa. No había trampa. Estaba serio, con las orejas rojas, y le temblaba un poco el labio de abajo. Tan pudoroso como yo, pero decidido de una manera que a mí no me salía. Levanté la mano despacio y le agarré la polla por la mitad. Me cabía justa en el puño y me sobraba glande por arriba. Estaba caliente, muy caliente, y pesaba de verdad, como si tuviese vida propia. Se le puso dura del todo en tres segundos dentro de mi mano, empujando contra mis dedos, engordando hasta que apenas la pude cerrar del todo.
—Muévela —murmuró.
Empecé a subir y bajar el puño, torpe, sin ritmo. La piel del prepucio se le corría entera con cada pasada, dejando el glande al descubierto, rojo oscuro, brillante, con una gota gorda de líquido asomando por la punta. Me la quedé mirando de cerca, hipnotizado. Nunca había tenido otra polla que no fuera la mía en la mano. Era el doble de gruesa que la mía, casi el doble de larga, y me quemaba la palma.
—Chúpamela —dijo, con la voz rota—. Rápido.
No lo pensé. Me incliné hacia delante desde el banco, saqué la lengua y le pasé la punta por el glande. Salado, denso, con sabor a jabón por debajo. Abrí la boca y me metí la cabeza entera, hasta donde pude. Me llegó a la garganta enseguida y tuve que retirarme un poco. Empecé a mamársela como pude, subiendo y bajando la boca por la mitad de la verga, apretando los labios contra la piel, mientras con la mano le apretaba el tronco y con la otra le cogía los cojones pesados por debajo. Se le escapó un jadeo, se tapó la boca con el antebrazo y me empujó despacio la nuca con la otra mano, no fuerte, solo marcándome el ritmo. Sentí cómo se le tensaban los huevos en mi palma, cómo se le endurecía todavía más la polla dentro de mi boca, y a los pocos segundos me apartó con un gesto seco.
—Espera, no dentro —susurró.
Me terminó de correr en el propio puño, la polla temblando en mi mano, con chorros gruesos y calientes de leche que le cayeron entre los dedos y le mancharon la mata de vello negro del pubis y una gota en el muslo. Se corrió mucho, muchísimo, apretando los dientes para no gritar, con el vientre contraído, dos, tres, cuatro chorros seguidos hasta que se le quedó la polla temblando y goteando la última gota sobre la baldosa. Yo tenía la polla mía a punto de reventar dentro de los calzoncillos, hinchada contra la tela mojada. Me la saqué torpemente por encima de la goma del bóxer y me la meneé rápido, dos, tres veces, mirándole la corrida caliente entre los dedos, y me corrí yo también, casi sin tocarme, salpicándome el pecho, el vientre y la parte de dentro del muslo.
Nos quedamos los dos jadeando, mirándonos con los ojos muy abiertos, mi mano llena de su semen y la mía manchándome medio cuerpo. Bruno cogió su toalla, se limpió la polla y me pasó la toalla a mí, sin decir nada. Nos vestimos deprisa, en silencio, escuchando pasos en el pasillo que por suerte no llegaron. Ricardo estaba en la puerta, como siempre. Nos miró el pelo y la ropa, dijo «vale» y nos dejó pasar. Yo llevaba todavía el sabor de la polla de Bruno en la boca y el olor de su semen en la mano.
Lo único que tengo claro es que ahora, cuando entro a un vestuario, ya no soy exactamente el mismo chico pudoroso que era en septiembre. Algo se desplazó dentro de mí ese segundo viernes, frente a una estantería de un metro setenta, mirando hacia abajo con el móvil en la mano.
Sigo sin haberle hecho la foto. De momento.
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