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Relatos Ardientes

Llamé a un seguidor para que me viera desnuda

Aquella mañana me desperté con la boca llena de Damián y las piernas todavía cruzadas sobre las suyas. Hacía semanas que les venía anunciando a mis seguidores una experiencia distinta, algo con una cámara y un extraño al otro lado de la pantalla. Esa fantasía sigue pendiente, pero lo que pasó después se le acercó tanto que necesito escribirlo antes de que se me olvide algún detalle.

Me había dejado de rodillas durante un rato larguísimo, jugando con mi boca como si fuera de su propiedad. Después me llevó al living, me empujó contra el sillón y me pasó los dedos por encima de la tanga hasta dejarla pegada a la piel. No me dejaba acabar. Cada vez que estaba a punto, paraba y se reía.

—Hoy te toca aguantar —me dijo, y me palmeó el muslo.

Me obligó a andar por la casa con esa tirita de hilo dental encajada en el medio del culo. Damián vive en una casa amplia, con un parque cerrado, pero hay un lateral que da a la calle y que cualquiera puede ver si tiene la altura suficiente. Los vecinos, según él, son buena gente. Le gusta que me asome al patio así, casi sin nada, sabiendo que del otro lado del cerco hay alguien que podría levantar la cabeza en cualquier momento.

Para las cuatro de la tarde ya estaba al borde de mí misma. Hacía un calor seco, de esos que pegan la lengua al paladar, y se me ocurrió que un baño en la pileta me iba a calmar. Mentira. Yo no me iba a calmar con nada. Iba a buscar la forma de seguir prendiéndome fuego.

Bajé al patio con el celular en la mano y me senté en el borde de la pileta, con los pies todavía dentro del agua. Tenía Instagram abierto. Empecé a mirar los puntitos verdes de los seguidores conectados. Había uno cualquiera, con una foto de perfil de un auto antiguo, y antes de que se me cayera el coraje le escribí.

«¿Querés verme? Mi macho me va a filmar en la pileta».

El mensaje quedó ahí, con doble tilde, esperando una respuesta. Yo no respiraba. Sentí la nuca caliente, las palmas sudorosas. Era la primera vez que le proponía algo así a alguien que ni siquiera había escuchado mi voz. Mientras tanto, Damián andaba por la casa en silencio, como un animal calmo que sabe lo que está por pasar antes de que pase.

«Hola. Sí, seguro».

Tres palabras y ya tenía el clítoris pulsando. Le grité a Damián que bajara y le di el teléfono. Él se acomodó al borde, con las piernas separadas y una pierna apoyada en el escalón, mientras yo me sacaba la tanga frente a la cámara. Vi cómo se le marcaba la verga debajo del short y me reí, pero no me animé a mirarlo a los ojos.

—Tirate —me ordenó.

Me tiré.

El agua estaba fresca y me cubrió todo de golpe. Cuando saqué la cabeza, Damián ya tenía el teléfono pegado a la oreja escuchando el tono. Yo no escuchaba nada, pero veía cómo le brillaban los ojos. La llamada no entraba. Una vez, dos veces, tres. Cada tono me sonaba como un golpe en el pecho.

El agua me había despertado cada centímetro de piel, pero adentro seguía hirviendo. Bajé la mano por debajo, entre los muslos, y me toqué despacio. Ni cuenta me di. Lo hice como respira el que tiene asma. Damián me vio y se mordió el labio, y desde abajo del agua noté cómo se le ponía dura debajo de la tela.

Entonces conectó la llamada.

—Nadá —me dijo, sin más.

Le hice caso. Salí nadando hacia el otro extremo, sacando el culo del agua a cada brazada, exhibiendo la espalda mojada y los hombros para la pantalla. Sentía la mirada del desconocido como una mano apoyada en la nuca. No sé si era la mirada de él o la idea de que existía esa mirada. Me daba igual. Lo importante era que ahí, en esa agua cristalina, estaba desnuda para alguien que jamás había visto mi cara entera, mientras mi novio dirigía la escena con la voz tranquila de un fotógrafo profesional.

—Volvé nadando —me dijo—. Mostrame ese culito. Despacio.

Volví despacio. Me detuve a mitad de camino, me di vuelta de espaldas y dejé que la corriente del agua me moviera el pelo sobre los hombros. Damián caminó por el borde siguiéndome con el teléfono. Yo levantaba las caderas para que las nalgas asomaran por encima de la línea del agua, y cada vez que lo hacía me llegaba un cosquilleo en el estómago.

Y entonces el desconocido se cortó.

—Se fue —dijo Damián, y movió la pantalla para mostrarme—. Se le bajó la señal.

Me quedé clavada en el escalón. Por dentro me reí, pero también sentí algo parecido a la rabia. Estaba lista para que me viera entera, lista para terminar mirando esa pantalla negra mientras me acababa. Y de repente, nada. El teléfono apagado, el silencio del patio, el zumbido lejano de una cortadora.

***

Damián dejó el celular en el suelo, sobre una toalla, y siguió mirándome igual. Yo me eché hacia atrás contra los escalones, con la espalda apoyada en el cemento húmedo, las piernas todavía dentro del agua y el cuerpo bajo el sol. El cielo era una lámina azul sin nubes. El sol me pegaba en la panza, en los pechos, en la cara. Me ardía la piel y me ardía adentro.

Abrí las piernas.

No miré a Damián. No necesitaba mirarlo. Sabía que me estaba mirando como se mira algo que ya es tuyo. Me llevé los dos dedos a los labios y empecé a acariciarme con la misma lentitud con la que se enciende un cigarrillo. Después subí al clítoris y me apreté un poco, y se me escapó un quejido que rebotó contra las paredes del patio.

Con la otra mano me agarré una teta. Tenía los pezones tan duros que dolían. Me los pellizqué y empecé a masturbarme más fuerte, sin importarme nada. Que escucharan los vecinos. Que escucharan los del barrio entero. En ese momento no me importaba si la mitad de la cuadra se asomaba a mirar.

—Metételos —me dijo Damián desde arriba.

Me metí los dedos. Dos al principio, tres después. Estaba toda empapada por dentro, una mezcla de agua de la pileta y de mí. Me los metía hasta el fondo y los sacaba con un sonido líquido que me daba todavía más calentura. Damián seguía vestido. Yo veía cómo se le marcaba el bulto y me concentraba en eso, en la sombra de su verga debajo de la tela, mientras me hacía a mí misma lo que tendría que estar haciéndome él.

Acabé con un grito que no controlé. Salió solo, agudo, como un mordisco. Las piernas me temblaron tan fuerte que las tuve que estirar contra el agua para no caerme. Cerré los ojos un segundo. Solo un segundo.

Cuando los abrí, Damián ya estaba adentro de la pileta. No lo escuché meterse. No me di cuenta. Se había bajado el short y estaba parado entre mis piernas, con el agua a la cintura, y me agarró de la cadera para darme vuelta sobre los escalones. Me puso en cuatro, con las rodillas apoyadas en el cemento y los codos en el borde, y la primera embestida me arrancó otro grito.

—Esta vez te van a escuchar todos —me dijo al oído.

Me daba duro, muy duro. Sentía cada centímetro entrando y saliendo, raspándome por dentro de una manera que solo él sabe lograr. Me nalgueaba con la palma abierta y el sonido era seco, fuerte, sobre la piel mojada. Una nalgada me dejaba el ardor durante el embate siguiente, y eso me volvía loca. Lo que más me enloquecía era que estábamos al aire libre. Cualquier vecino que se asomara por el cerco nos veía. Yo lo sabía. Damián lo sabía. Y a los dos nos calentaba más.

Me agarró el pelo en un puño y me tiró la cabeza hacia atrás. Esa era su forma de avisar. Lo hace siempre. Cuando está por terminar, busca mi pelo, me deja con la garganta estirada hacia el cielo y la otra mano se cierra sobre mi cintura como si quisiera dejarme la marca de los dedos. Esta vez me apretó más fuerte que de costumbre. Me clavó las uñas. Yo abrí la boca para gritar y solo me salió un jadeo largo, como si me estuviera quedando sin aire.

Se enterró hasta el fondo y se quedó ahí, quieto. Lo sentí latir. Después vino el chorro caliente, espeso, llenándome despacio. Yo apretaba los músculos por dentro para no dejar caer una sola gota, y le sentía cada pulso. Mis labios se le ajustaban al tronco como si lo estuvieran exprimiendo. No quise que saliera. Quise que se quedara así, tapón, hasta que se le pasara todo.

—Sos mía —me dijo bajito, con la voz rota.

Yo no le contesté. No podía. Tenía la cara apoyada contra el borde de cemento, el pelo enredado, los ojos cerrados.

***

Damián salió despacio. Me dio vuelta sobre la espalda otra vez y me empujó suave hasta volver a quedar tumbada sobre los escalones. Después se acomodó arriba mío y me la pasó por la boca. Sin decir nada. Yo sabía qué quería. La limpié con la lengua, con los labios, con saliva. Le pasé la lengua por toda la punta hasta dejarla brillando. Él me miró y me sonrió, esa sonrisa torcida que pone cuando ya consiguió lo que vino a buscar.

—Buena chica —me dijo—. Quedate ahí.

Se subió el short y se fue. Lo escuché caminar por el sendero de piedra, abrir la puerta de la casa y subir las escaleras. Lo conozco. Le gusta dejarme tirada después. Cree que eso me enseña a esperarlo. La verdad es que algo de eso funciona. Quedarme sola, en esa pileta, con los muslos pegajosos y el sol todavía pegándome en la cara, es una de las mejores partes.

Me quedé un rato así. Mirando el cielo. Mirando hacia el cerco del fondo, hacia esa medianera baja donde alguien podría estar mirando todavía. Pensé en el desconocido de Instagram, en el que se le había cortado la señal. Me lo imaginé golpeando el teléfono, recargando la conexión, maldiciendo en algún departamento de algún barrio que no conozco. No iba a saber nunca lo que se perdió. Y eso, en el fondo, también me calentaba.

Cuando me recuperé, salí del agua y me fui a la ducha. Tenía marcas rojas en la cintura, en las nalgas, en el cuello. Las miré en el espejo del baño antes de meterme bajo el chorro y pensé que algunas todavía estarían ahí mañana, cuando subiera la próxima historia. Iban a preguntarme. Y yo, capaz, contesto.

O capaz que llamo a otro.

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Comentarios (5)

nochero91

que relato mas rico, se hizo cortisimo!!!

MiraFurtiva

Quede con ganas de saber como reacciono el seguidor cuando lo vio en pantalla jaja, necesito una segunda parte!!

RominaGde

Me encanto la forma de contarlo, se siente autentico. Esa mezcla de morbo y exposicion voluntaria esta muy bien lograda. Sigue subiendo!

Ferchu22

increible, de lo mejor que lei en mucho tiempo

ElSolitarioLect

Lo que mas me atrapo fue la decision inicial, ese momento en que decide mandarle el mensaje sin saber bien lo que va a pasar. La tension previa es lo mejor del relato.

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