Me desnudé en plena calle y él me encontró así
Salí del gimnasio pasadas las once de la noche con el cuerpo todavía caliente y la cabeza llena de imágenes que no debía tener. Miré la hora en el teléfono y decidí volver por el atajo, esas calles intermedias que cruzan el barrio y que de noche quedan casi desiertas. Llevaba puesta una calza fina y un top deportivo, y el aire había empezado a bajar de temperatura. Cada paso me recordaba lo que había pasado un rato antes con aquel chico de la sala de pesas —cómo me había arrinconado en los vestuarios, cómo me había metido dos dedos hasta el fondo del coño por encima de la calza, cómo me había hecho correrme mordiéndome el cuello— y sentía la entrepierna empapada, los labios hinchados y latiendo, el clítoris tan sensible que la costura de la calza me raspaba con cada paso.
Mientras caminaba iba mirando las ventanas de las casas. En algunas las luces seguían encendidas; en otras había gente fumando en los balcones, sombras quietas detrás de las cortinas. Y entonces se me cruzó una idea absurda, de esas que no se piensan, que simplemente aparecen y te calientan más. ¿Y si me cambio acá mismo, en plena calle?
Me acerqué a un árbol pequeño que crecía torcido junto a la vereda y me metí debajo de sus ramas. Miré a un lado, miré al otro. No había nadie. El corazón me golpeaba el pecho con una mezcla de miedo y excitación que no sentía hacía años.
Lo primero fue el top. Me lo saqué despacio y el aire frío me tocó las tetas de golpe. Los pezones se me pararon durísimos, como dos piedritas, y solté un suspiro. Me los pellizqué yo misma, una vez, dos, y sentí una corriente que me bajó directo al coño. Después bajé la calza, deslizándola por mis piernas, y quedé completamente desnuda en medio de la noche, con las zapatillas como única prenda. La tela de la calza salió pegajosa, con una mancha oscura de humedad justo donde había estado apoyado mi sexo. Me la acerqué a la nariz sin pensarlo y respiré mi propio olor, denso, a hembra caliente. Me agaché para guardar la ropa sudada en el bolso y sacar la limpia, y en esa posición sentí cómo un hilo de flujo me resbalaba por la cara interna del muslo.
Fue en ese momento, encorvada y desnuda, con el culo al aire y el coño abierto apuntando a la calle, cuando escuché unos quejidos raros viniendo de la esquina.
***
Me paralicé. Me escondí instintivamente detrás del tronco y me asomé apenas, con el bolso apretado contra el cuerpo. No era un peligro. Era Genaro, el borracho del barrio, ese hombre que siempre andaba dando vueltas con una botella en la mano y una sonrisa perdida. Venía tambaleándose, hablando solo, dando pasos torcidos que no llevaban a ningún lado.
De repente se fue de costado y cayó al suelo de manera brusca. El golpe sonó seco. Me olvidé por completo de que estaba sin ropa y corrí a ayudarlo.
—Genaro, ¿estás bien? ¿Me escuchás? —le pregunté, arrodillándome a su lado.
Le saqué la botella de la mano y la dejé a un costado. Me crucé sobre él y lo tomé por debajo de los hombros para intentar levantarlo. Pesaba muchísimo. Logré enderezarle un poco el torso y entonces él abrió apenas los ojos, me miró y empezó a reírse.
—Ya me morí —murmuró arrastrando las palabras—. Estoy viendo un angelito sin ropa. Con qué tetas grandes me recibe Dios, la puta madre.
Recién ahí volví a recordar que seguía desnuda, en mitad de la calle, sobre un hombre tirado en el piso. Me apuré a levantarlo mientras sus manos resbalaban torpemente por mi espalda, por mis costados, rozándome un pecho, apretándome una nalga sin darse cuenta. Conseguí ponerlo de pie y arrastrarlo hasta el árbol. No paraba de mirar las ventanas, esperando que en cualquier momento una luz me delatara.
Lo apoyé contra el tronco y me separé para ir hacia mi bolso y vestirme rápido. Pero Genaro me agarró de la cintura con una fuerza que no esperaba y me pegó contra su cuerpo.
—Genaro, ¿qué hacés? —dije, tratando de zafarme.
Sentí cómo me apretaba más fuerte. Con la otra mano empezó a recorrerme, torpe y errático: bajó por mis piernas, me apretó el trasero, subió hasta los pechos. Sus manos eran ásperas, callosas, con esa piel dura de los que trabajan afuera. Una de esas manos rugosas me atrapó una teta entera y me la amasó sin ninguna delicadeza, pellizcándome el pezón entre el pulgar y el índice hasta que se me escapó un gemido que traté de tragarme.
—Si estoy muerto —balbuceó—, entonces estoy disfrutando del cielo con este angelito. Qué culito me mandó Dios.
Y lo peor fue que con la calentura que traía del gimnasio, empezó a gustarme. Lo mismo que un rato antes, pero ahora estaba completamente desnuda, entregada a un hombre que ni siquiera sabía dónde estaba. Forcejeé cada vez con menos ganas. Sin darme cuenta empecé a frotar mi coño mojado contra el muslo áspero de su pantalón, dejando una marca húmeda en la tela, moviendo la cadera como una perra en celo. Sentí que a él se le paraba la verga bajo el pantalón, un bulto duro que me tocaba la panza cada vez que me apretaba contra él. Mi temperatura subía. Le mordí el hombro por encima de la camisa mugrienta y me odié un poco por lo mucho que me estaba gustando.
De golpe él aflojó el brazo y pude separarme. Estaba jadeando, con los pezones erectos, el coño chorreando por los muslos. Estaba mucho más excitada de lo que quería admitir.
—Genaro —le dije, recuperando el aire—, este angelito te va a llevar a tu casa, así que portate bien, ¿sí?
Él no me miraba. Se quedó callado, con la vista clavada en el suelo, tan quieto que pensé que se había desmayado de nuevo. Y entonces una voz cortó la noche desde una de las ventanas.
—¡Eh! ¿Qué están haciendo ahí? ¡Váyanse o llamo a la policía!
***
El susto me hizo reaccionar. Tomé el bolso y me puse rápido una remera y una pollera, pero no llegué a ponerme la ropa interior. Me acerqué a Genaro, que seguía inmóvil, le pasé el brazo izquierdo por mi cuello y cargué con su peso. Lo sostuve como pude y empecé a caminar antes de que esa voz cumpliera la amenaza.
Total, él vivía a unas pocas cuadras. El plan era simple: dejarlo en la puerta de su casa y volver a la mía. Eso pensaba, al menos. Avanzamos un par de calles intermedias hasta salir a una avenida más transitada. Ahí Genaro empezó a moverse otra vez. Le bajé el brazo del cuello y lo sostuve de frente.
—Genaro, tranquilo, te estoy llevando a tu casa.
Me miró sin entender nada, sin saber quién era yo ni cómo había llegado hasta ahí, pero asintió con la cabeza.
—Vamos a cruzar una avenida grande, así que tenemos que ir bien pegados —le dije.
Esperé a que los autos frenaran y empezamos a cruzar. En medio del paso, Genaro deslizó la mano por mi espalda y la bajó hasta el trasero. Me frené un segundo por reflejo, pero tuve que seguir. Los autos empezaron a tocar bocina y un hombre me gritó desde la ventanilla.
—¡Señorita, qué lindas nalgas tiene, mi amor! ¡Ese culo lo quiero yo para mí solo!
Me pasé la mano por atrás y descubrí que tenía el culo al aire. Genaro me había levantado la pollera sin que yo lo notara. No podía soltarlo para arreglarme la ropa en mitad de la calle, así que seguí caminando así, expuesta, con los faros de los autos iluminándome las nalgas desnudas y el coño hinchado asomando entre los muslos. Sentí cómo una gota de mi propio flujo me caía por el interior del muslo mientras cruzaba, y la cara me ardía. Le acomodé la mano de Genaro sobre la nalga para que se sostuviera mejor y él, entre borracho y consciente, me clavó los dedos gruesos en la carne y me la apretó fuerte, separándome un poco los cachetes. Estoy segura de que más de un conductor me vio el ojete al pasar. Aceleré el paso.
Cruzamos. Avanzamos unas cuadras más, pero yo ya estaba agotada de cargarlo. En una calle oscura encontré una banca artesanal, de esas que algún vecino arma con tablones. Senté a Genaro y me dejé caer a su lado para descansar. Eran casi las doce. Estábamos cerca de casa.
El problema era que seguía caliente. Cada vez peor. El hecho de haber cruzado media avenida con el trasero al aire, todo el mundo mirándome el culo y probablemente el coño, me había encendido de una manera que no podía apagar. Sentía los labios inferiores tan hinchados que me molestaban al sentarme, y el clítoris me palpitaba solo, sin que nadie lo tocara. Miré alrededor: la calle estaba completamente sola, sin una luz prendida, sin un alma. Miré a Genaro, que balbuceaba palabras sueltas y tenía todavía un bulto notorio marcado en el pantalón.
—Genaro —le susurré, acercándome—, el angelito ya casi te lleva a tu casa. Hacele caso un ratito más.
Él me miró y, sin decir nada, me puso la mano izquierda en la pierna desnuda. Me estremecí. La subió por la piel de la cara interna del muslo, despacio, muy despacio para lo borracho que estaba, como si supiera exactamente adónde iba. Los dedos rugosos me llegaron al pliegue y se toparon con la humedad tibia que me chorreaba desde hacía rato.
—Mirá cómo estás, angelito —murmuró con la voz pastosa—. Estás toda mojada.
Me apoyé en mis manos para separarme apenas del banco y dejar que él subiera la suya más. Un dedo grueso me separó los labios y me tocó el clítoris hinchado. Solté un gemido que se me escapó sin permiso. Después me metió el dedo del medio adentro, entero, hasta los nudillos. El coño me apretó al recibirlo, húmedo, sonoro, y yo me mordí el labio para no gritar. No sabía qué hacer. Una parte de mí quería ayudarlo a llegar a su casa; la otra no quería que sacara nunca ese dedo mugriento de mi coño.
***
Detrás de la banca había una zanja que recorría toda la calle, de poco más de un metro de profundidad. La miré apenas un segundo. Estaba como una loca, no me importaba si terminaba en la cama de un hotel caro con un hombre elegante o en una zanja sucia con un borracho del barrio. Solo quería que me cogieran. Solo quería una verga adentro, la que fuera, y correrme hasta ver estrellas.
—Genaro, el angelito te necesita ahora mismo —le dije con la voz temblando—. Necesito que me cojas.
Lo tomé de las manos, lo puse de pie y lo hice bajar conmigo, despacio. Una vez dentro de la zanja lo dejé recostarse boca arriba. Llevaba un impermeable viejo que olía espantoso, así que se lo saqué y lo tiré a un lado. Me acosté junto a él y le puse las manos sobre las tetas. Empezó a manosearlas sin control, apretándomelas fuerte, torciéndome los pezones entre los dedos ásperos hasta que me arqueé de placer. Bajó hasta mi cintura, hasta el culo. Yo me retorcía, gimiendo bajito contra su hombro, restregándole el muslo contra el bulto duro del pantalón.
El suelo estaba frío y duro, con piedritas que se me clavaban en la espalda. Pero lo que más me calentaba no eran sus manos: era la situación. Estaba en una zanja, a la intemperie, dejándome manosear por un desconocido borracho, con el coño chorreado y las tetas al aire, mientras cualquiera podía pasar por arriba y encontrarnos. Me saqué la remera y la pollera y volví a quedar desnuda con las zapatillas puestas, entregada del todo.
Le bajé el cierre del pantalón sin esperar más y le metí la mano adentro. Encontré la verga dura, más gruesa de lo que hubiera imaginado, caliente y palpitando entre la mata de vello áspero. Se la saqué al aire y me quedé mirándola un segundo. Estaba fea, con la piel arrugada del prepucio a medio bajar, pero estaba dura como una piedra y era todo lo que necesitaba. La agarré con las dos manos y empecé a pajearlo con fuerza, subiendo y bajando la piel, mientras me acercaba y le pasaba la lengua por la punta.
Sabía a sudor y a algo agrio, pero me la metí entera en la boca igual. La mamé como si me fuera la vida en eso, con la garganta abierta, apretando los cachetes para que él sintiera todo. Genaro soltó un gruñido animal y me clavó la mano en la nuca, empujándome hacia abajo. Se la chupé hasta el fondo, hasta sentir la punta golpearme el paladar, mientras con la otra mano me pellizcaba el clítoris a mí misma, mojándome cada vez más.
—Qué angelito más puta —balbuceó él—. Chupá, chupá bien esa verga.
Genaro ya no daba para mucho más, demasiado ebrio para hacerme el trabajo. Así que tomé las riendas. Lo dejé bien estirado de espaldas, con la verga apuntando al cielo, y me subí encima. Acomodé la punta contra la entrada empapada de mi coño y me dejé caer de golpe, ensartándome hasta el fondo. Grité. Sentí cómo me abría entera, cómo me raspaba las paredes, cómo me llenaba de una manera que no había sentido en meses. Me quedé quieta un segundo, respirando fuerte, dejando que el coño se acostumbrara al ancho, sintiendo cada latido de esa verga adentro mío.
Después empecé a moverme. Lento al principio, subiendo y bajando sobre él, sintiendo cómo la verga me entraba y salía haciendo un ruido húmedo, obsceno, que rebotaba en las paredes de la zanja. Me llevé las manos a las tetas y me las apreté yo misma, torciéndome los pezones. Genaro tenía los ojos entrecerrados y las manos flojas sobre mis caderas, dejándome hacer.
Aumenté el ritmo. Empecé a rebotar más rápido, más fuerte, sintiendo cómo las nalgas me chocaban contra sus muslos con un chasquido de piel contra piel. El coño me hacía ruido, un chapoteo mojado que se escuchaba en toda la calle. Estaba montando a un borracho tirado en una zanja como si fuera una perra en celo, y me encantaba. Me tocaba el clítoris con dos dedos, dando vueltas rápidas, sintiendo cómo el orgasmo se me juntaba en la panza como una bola de calor.
Y justo entonces escuché voces que se acercaban por la calle. Traté de callarme, pero el cuerpo no me obedecía. Sin dejar de coger, sin dejar de moverme sobre la verga de Genaro, estiré el brazo, agarré el impermeable mugriento y me lo eché por encima de la espalda, dejando el trasero y las piernas completamente al aire, todavía cabalgándolo debajo de la tela.
Los pasos pasaron a nuestro lado. El coño me apretaba la verga cada vez más fuerte, involuntario, y sentí que el clímax me llegaba como una ola. Gemí sin disimulo, temblando entera sobre él, aferrándome a su ropa con las dos manos mientras me venía a chorros, empapándole las bolas y el pantalón, sintiendo cómo el líquido me caía por los muslos. No me importaba nada.
—¿Esos están cogiendo? —dijo una voz.
—Es el borrachito de siempre. Parece que se consiguió compañía —contestó otra, divertida.
—Mirá el culito que le está dando —rió un tercero—. Dejalos, están en lo suyo.
Los pasos se alejaron y yo seguí moviéndome sobre él, en cámara lenta ahora, extendiendo el orgasmo hasta el último temblor. Genaro empezó a gemir más fuerte debajo mío, a clavarme los dedos en las caderas, y supe que se venía. Me bajé rápido, le agarré la verga con las dos manos y me la volví a meter en la boca justo a tiempo. La corrida me llenó la garganta de golpe, tibia y espesa, chorro tras chorro. Tragué todo lo que pude y lo que se me escapó me quedó chorreando por la barbilla hasta el pecho.
***
Me quedé un rato así, con la verga floja adentro de la boca, chupándole las últimas gotas, sintiendo cómo se me iba deshaciendo en la lengua. Cuando por fin la solté, me pasé el dorso de la mano por la boca y le toqué la cara a Genaro. Seguía ido, perdido en su borrachera, sin enterarse del todo de lo que acababa de pasar.
Me dio un poco de culpa haberlo usado así, como un juguete, como un consolador de carne. Pero en ese momento no había podido resistirme. Me quedé unos minutos apoyada sobre él, recuperando el aliento, con el coño todavía palpitando y la corrida secándomela en el pecho, mirando el cielo entre los bordes de la zanja.
Cuando me sentí mejor, busqué mi ropa y me vestí, sintiendo cómo el semen que me quedaba en el coño se me empezaba a escapar por dentro de la pollera. Saqué a Genaro de la zanja con bastante esfuerzo, le acomodé la verga floja dentro del pantalón, le subí el cierre, le volví a pasar el brazo por mi cuello y seguimos camino. Pasé por la puerta de mi propia casa sin entrar, porque todavía me faltaba dejarlo a él. Llegamos a su reja, que estaba entreabierta, y lo apoyé contra el portón. Después me fui rápido, antes de que se hiciera más tarde.
Ya en casa, me metí en la ducha y dejé que el agua caliente me cayera encima mientras revivía la noche entera: los dedos del chico del gimnasio metiéndose en mi coño, el atajo, el árbol, la verga de Genaro rompiéndome adentro de la zanja. Vi cómo el semen espeso me chorreaba entre las piernas y desaparecía en el desagüe. Me sentía salvaje, viva, un poco avergonzada y profundamente satisfecha. Cerré los ojos, apoyé la espalda en los azulejos, y me metí tres dedos en el coño mientras con la otra mano me castigaba el clítoris. Me corrí una vez más, mordiéndome el brazo para no gritar, imaginándome que era Genaro el que me estaba cogiendo otra vez contra la pared de la ducha, antes de irme a dormir con las piernas todavía temblando.





