Me exhibí desnudo ante dos amigas en la playa
Lo mejor de ser exhibicionista es que casi no importa con quién: lo único imprescindible es que la otra persona tenga hambre. Hambre de hombre, de mirar, de algo que normalmente no se atreve a pedir. Las que van calientes por la vida son mis favoritas, y con los años he aprendido a olerlas a distancia.
Esta es una experiencia bastante reciente. He dejado a Patricia fuera del relato a propósito, porque si las chicas hubieran sabido que existía se habrían cohibido y todo se habría ido al traste. Ella, en cambio, fue la que me pidió que lo grabara todo.
Entreno en el gimnasio con un amigo, Marcos, cuya hermana es una de las personas más insoportables que conozco. Egoísta hasta extremos que dan risa: da igual de qué hables, que ella lo reconduce a cómo se siente, a lo que le pasó, a lo cansada que está. De esas que te vacían las pilas en diez minutos.
Y aun así, cada vez que la oigo llamarme «cari» desde la otra punta del gimnasio, sé que tengo media partida ganada. Se le cae la baba porque, según ella, «estoy buenísimo». No se corta un pelo, y eso que tiene novio.
Le saco más de diez años. Ella ronda los veinticuatro. Suele aparecer con una amiga a la que también le gusto, por las sonrisitas y por lo rápido que me pidió el Instagram el primer día.
La hermana de Marcos se llama Vanesa. Estatura media, un culo grande que ha endurecido a base de sentadillas, melena negra larguísima, unas gafas horrorosas y una cara que, si quisiera, sería bonita. El problema es que pone gesto de estar oliendo algo podrido cada vez que escucha a alguien que no sea ella.
Su amiga Rocío es justo lo contrario: más bajita, más rellenita, menos vistosa, pero mil veces más lista y más agradable. Con ella se puede hablar.
***
Estaba yo entrenando cuando un martes me soltaron que se iban a la playa el fin de semana y que si me apuntaba.
No me lo había planteado siquiera, pero la idea me pareció perfecta al instante. Sentí el cosquilleo de siempre en la entrepierna y una voz gritando dentro de mi cabeza.
Les voy a pasear la polla por delante hasta que no puedan mirar otra cosa.
Me ofrecí enseguida a llevarlas en mi coche y a usar el apartamento que mi familia tiene en un pueblo de la costa de Almería. No tener que pagar un piso turístico les pareció el mejor plan del verano.
El apartamento es minúsculo: un salón con un sofá cama y una cocina pegada, un baño y un dormitorio pequeño con dos camas casi juntas. Apenas iba a haber intimidad, lo cual era exactamente lo que yo necesitaba.
Que Marcos me perdonara, porque le iba a caer un buen sermón de su hermana contándole con pelos y señales cómo la tengo. Así es Vanesa: cada vez que se enrollaba con un amigo de su hermano, este tenía que aguantar el repaso completo de lo bueno que estaba el tío y de todo lo demás.
Rocío también iba a disfrutar del espectáculo. Según me había dejado caer Vanesa, llevaba más de medio año sin acostarse con nadie y ya soñaba despierta con cualquier cosa que se moviera.
En mi cabeza las fantasías ya volaban solas. Exhibición y mamada es la mejor combinación que existe, y yo iba directo a por ella.
***
Las recogí un viernes después de comer. Cuatro horas de coche más tarde, llegamos al apartamento con el sol todavía alto. Iba a ser como revivir aquella escapada de hacía más de diez años, cuando en otra playa les paseé el paquete a unas amigas. Solo que esta vez viajaba con dos que me devoraban con los ojos y que me recordaban lo guapo que estaba un día sí y otro también.
Hicimos la compra y las chicas venían con ganas de fiesta. Después de cenar, les faltó tiempo para abalanzarse sobre la ginebra y meterse dos cubatas cada una.
Cuando las vi lo bastante achispadas, saqué el tema de dónde íbamos a dormir y solté la bomba sin rodeos.
—A ver, chicas. Hay dos ventiladores, porque con el calor y la humedad de aquí dormir es un infierno —empecé—. El problema es que yo duermo sin nada de ropa. Para no incomodaros, me quedo yo en el sofá, aunque sea más incómodo.
Analicé sus reacciones con calma. Al oír lo de «sin ropa», Rocío abrió un poco más los ojos por encima del vaso. Vanesa me miró fijamente, esperando a que terminara.
—Yo igual —dijo Vanesa—. En verano no me puedo poner pijama, lo paso fatal.
—Pues yo me pongo un tanga y una camiseta de tirantes y voy tirando —apuntó Rocío.
Esperaba que alguna propusiera turnarse las camas, justo lo que yo quería. Vanesa abordó el asunto, pero, cómo no, desde su rincón egoísta del universo.
—Oye, Rocío, podrías dormir tú en el sofá, ya que vas a dormir vestida.
La cara de Rocío fue un poema entero.
—¿Y eso qué tiene que ver? —contestó.
Antes de que Vanesa intentara defender semejante tontería, intervine yo con la idea que tenía preparada desde el principio.
—¿Y si nos vamos turnando? Una noche duerme uno en el sofá, y a la siguiente otro.
—Vale, ¿pero quién empieza? —preguntó Vanesa.
—Eso lo hablamos a la vuelta. De momento, a beber, que nos vamos de fiesta.
Yo ya había decidido que esa primera noche dormiría con Vanesa. Tenía unas ganas enormes de pasearle el rabo delante de la cara y ver esa mirada salida clavada en él. Solo de pensarlo me ponía tonto.
***
La discoteca del paseo marítimo cumplió de sobra. Vanesa y Rocío se peleaban por ver cuál de las dos pegaba más el cuerpo al mío en cada canción.
Sabiendo lo que venía, me había puesto unos calzoncillos anchos y un pantalón fino. Al segundo baile la tenía dura y el culo enorme de Vanesa se llevaba todos mis restregones.
Ya borracha del todo, decía lo que pensaba sin filtro.
—Eh, la tienes enorme, ¿lo sabes? —me soltó al oído—. Iván, mi novio, la tiene una cuarta parte menos. Cuando me lo hace por detrás no me llega ni a la mitad.
Y me tocaba el bulto por encima del pantalón sin el menor disimulo, como si estuviera soltera.
Iba alternando canciones para frotarme con una y con otra. Mientras me restregaba con Rocío, uno de los camareros aprovechaba para meterle mano a Vanesa, que se dejaba sin protestar. Menudo elemento.
Rocío no decía gran cosa. Se limitaba a disfrutar, y cuando se giraba y me miraba la entrepierna se reía sola. La invité a un par de chupitos para terminar de dejarla fuera de combate, y vaya si lo conseguí.
Media hora más tarde la cargaba en brazos camino del apartamento, con una Vanesa tambaleándose al lado que tardó menos de cinco minutos en decidir que ella dormía en el sofá y que nosotros nos quedábamos en las camas del cuarto. Camas que, recordemos, estaban casi pegadas.
Me sabía la jugada de memoria, y el alcohol me ayudaba a mantenerme medio empalmado sin esfuerzo.
***
Dejé a Rocío en el sofá, ya preparado, y le encendí el ventilador para que no se asara. Pasamos por el baño y, mientras Vanesa se desmaquillaba, yo hice tiempo recogiendo cosas en la cocina. Coloqué la cámara apuntando a las camas, la dejé grabando y preparé el agua.
Terminó antes de lo que esperaba, porque casi no se había pintado. Ya no se me ocurría con qué más retrasar el momento de desnudarme delante de ella, así que encendí solo la lamparita del cuarto para que hubiera apenas un hilo de luz y esperé.
Vanesa entró comentando lo borracha que iba, cómo el camarero le había metido mano, cómo Rocío siempre intentaba quitarle a los tíos que ella ligaba. Conversaciones muy maduras, ya se ve.
Se sentó en la cama y yo empecé a desnudarme mientras ella seguía hablando, como si tal cosa.
Esa parte es la que más me pone: fingir que no pasa nada mientras una mujer no pierde detalle de cómo me quito la ropa. Me la sacaba prenda a prenda, la doblaba y la dejaba sobre la cama, plantado frente a ella, que no hacía más que mirarme y soltar tonterías.
Cuando me quedé en calzoncillos, llegó el comentario de siempre.
—Estás muy bueno, cabrón, ¿lo sabes o no? —dijo.
—Bah, eso lo dices tú.
—No, en serio. Todas mis amigas opinan igual. Te follarían todas.
Fingí la mayor naturalidad del mundo mientras me bajaba los calzoncillos y liberaba el rabo, ya bastante hinchado. Vanesa puso su gesto característico de oler algo podrido, solo que esta vez mirando otra cosa.
—Jo-der… Con razón lo notaba antes en la pista. ¿Cuánto te mide?
—Unos veinte centímetros —contesté, encogiéndome de hombros.
—Vaya pollón. Ojalá Iván la tuviera así.
Seguí de pie frente a ella, doblando la ropa con una parsimonia absurda, y ella no apartaba la vista. Cuanto más me la miraba, más se me levantaba, y Vanesa era justo la clase de persona con la que me moría por exhibirme.
—Igual es la más grande que he visto en mi vida —murmuró.
—Eres una exagerada.
—Que no, que es enorme. Si Iván tuviera una así, se la chuparía todos los días, te lo juro.
Aquello no ayudaba a bajarla, precisamente.
—Voy a por agua —dije, cuando ya la tenía casi horizontal.
—Tráeme a mí también.
Esa frase nunca fallaba, y era la excusa perfecta para acercarme. Llené dos vasos en la cocina mientras con la otra mano me la acariciaba despacio. Eché un vistazo a Rocío: seguía en coma profundo en el sofá.
Volví al cuarto y Vanesa estaba tumbada, los ojos clavados en el rabo y los huevos sin el menor disimulo. Me coloqué junto a la cama y le acerqué el vaso a la altura justa para que tuviera que mirar sí o sí.
Bebía despacito, sin recostarse ni alejarse, con mi erección a veinte centímetros de su cara.
—De cerca es todavía más grande —dijo al devolverme el vaso—. No creo ni que me dé la mano para abarcarla.
—Pruébalo.
Demasiado borracha y demasiado embelesada para pensar en lo que acababa de decirle, alargó la mano y me agarró. Su mano no era grande y mi rabo era ancho: no llegaba a cerrarla.
—Dios… Es como una botella —susurró, masturbándome despacio.
—Prueba con las dos, a ver si llegas.
Obedeció sin darse cuenta siquiera de que le estaba dando una orden. Y ahí la tenía, con las dos manos rodeándome, hipnotizada, la boca entreabierta.
—Jooooder… Sobra un montón.
No dije nada. Yo, con un vaso en cada mano, dejaba que me la frotara con las dos suyas mientras soltaba sus «madre mía», «es brutal», «qué pasada». La dejé hacer un par de minutos, disfrutando del silencio.
De pronto me soltó y me miró.
—Oye, de esto a Iván o a mi hermano, ni una palabra, eh. Y a la guarra de Rocío menos todavía.
—Tranquila, yo callado como una tumba.
—Bien, bien.
Y volvió a agarrarla, embobada otra vez, frotándome lento.
—¿Me dejas rellenar los vasos? —dije.
—Ay, sí, perdona, que se me va el santo al cielo. ¡Es que si me la pones en la cara, qué quieres!
***
Rellené los vasos. Rocío seguía sin enterarse de nada. Volví al cuarto, le di el suyo a Vanesa y bebimos otra vez en la misma posición. Ella me miraba el rabo, pensativa.
—¿Qué pasa, Vane? ¿Quieres seguir jugando con él?
—Sí… Pero tengo novio y no quiero engañarle.
—Mujer, si tú misma me contaste que se lio con otra al mes de empezar contigo.
Me sostuvo la mirada y me agarró de nuevo.
—Es verdad. Tengo todo el derecho.
—Además, no hace falta que follemos. Puedes hacer lo que quieras con él para desquitarte —dije.
No contestó. Se relamió, se acercó y me la metió en la boca.
La tenía pequeña y al principio me rozaba un poco con los dientes.
—Perdona, es que es enorme y no estoy acostumbrada.
—Nada, tú sigue a tu ritmo.
Y ahí estaba, mamando a media velocidad, como solo maman las borrachas relajadas. Cuando se le cansaba la mandíbula me lamía de arriba abajo y me masturbaba con el glande pegado a sus labios. Aquello me daba un gusto enorme, y como iba despacio aguantaba sin problema.
Qué bien le venía a esa boca servir para algo más que para hablar de sí misma todo el día. Y, sobre todo, qué bien lo hacía. No tuve que darle ni una sola instrucción.
Le puse la mano en la nuca y se la sujeté con firmeza; respondió con un gemido apagado. Se la sacó, sacó la lengua y se dio un par de golpecitos con el glande mientras me miraba por encima de las gafas.
—Joder, Vane, qué bien lo haces —dije.
—Es que con una así la inspiración viene sola.
Aceleró. La cabeza iba y venía acompasada con la mano. Se dejó caer de rodillas en el suelo y, con la otra mano, me acariciaba los huevos. Solo se había quitado el pantalón, así que podía recrearme en su culo enorme apretado por aquel tanga minúsculo. La escena era perfecta, y que se hubiera dejado puestas las gafas le daba un punto extra.
Empezaron los calambres por la espalda. No iba a aguantar mucho más. Le sujeté la cabeza con las dos manos y me corrí dentro de su boca, mucho, mientras ella se quedaba quieta, mirándome. La escuché tragar y siguió chupando despacio para no dejarse nada. Al final me lamió entero, hasta dejarme limpio.
—Mmm… Sabes bien, ¿eh? No a todos les sabe así —dijo, relamiéndose.
—La mamas increíble.
—Eso dice Iván, que está enganchado.
—¿Te gusta una grande?
—Si el tío está bueno, me encanta. Si tú fueras mi novio, te la chuparía todos los días, así te lo digo.
Fui al baño a por papel y le acerqué agua para quitarse el sabor. Nos acostamos cada uno en su cama, apagué la cámara y dormí del tirón.
***
No suelo dormir desnudo salvo que haya una mujer cerca: el roce de las sábanas me la termina poniendo dura. Eso fue exactamente lo que pasó a las nueve de la mañana, cuando me desperté empalmado y con ganas de mear. Vanesa seguía k.o., como si la hubieran desnucado.
Salí del cuarto sin hacer ruido. Rocío tenía mejor cara que la noche anterior y, por lo menos, se había quitado el pantalón. Entré al baño, meé y me limpié un poco; por si acaso a Vanesa le entraban ganas de repetir, mejor estar listo. Solo de acordarme de la mamada se me hinchó otra vez.
Confiaba, además, en que el ruido espabilara a Rocío y viera un anticipo de lo que le tocaría esa noche. El rabo, relajado tras la meada pero ya creciendo de nuevo, apuntaba casi horizontal cuando abrí la puerta y me la encontré sentada en el sofá, todavía adormilada, que me saludó y me repasó de arriba abajo para confirmar que iba desnudo.
Al verme el rabo, giró la cara de vergüenza.
—¿Estás mejor, Rocío?
—Sí… —contestó bajito.
—¿Quieres agua?
Asintió sin abrir la boca.
Antes de volver a la cama, pensé, le iba a dar una probadita visual. Fui a por un vaso y se lo di fingiendo la mayor naturalidad del mundo, con mi polla bien orgullosa de estar siendo vista a primera hora. Ahí estaba ella, sentada, mientras yo de pie la señalaba sin querer queriendo.
Bebió, me dio las gracias y volvió a mirar. Me quedé un momento más, solo por incomodarla un poquito.
—Anoche te cogiste un buen pedo.
—Sí, no me acuerdo del final, je —dijo, y otra miradita rápida.
—Te traje en brazos.
—Gracias… —y otra mirada más.
—Bueno, me vuelvo a dormir un rato.
Le di un beso en la mejilla y, al girarme, la pillé mirándome por última vez. Perfecto. Esa noche le tocaba a ella.





