Salí al parque desnuda esperando que alguien me viera
No podía dormir. Era una de esas noches de febrero en Puerto Sabal en que el calor no afloja ni cuando el sol lleva horas escondido, y el aire entra por la ventana cargado de sal y de algo más, una vibración que se pega al cuerpo y no se va con sábanas frescas ni con vasos de agua. Llevaba dos horas dando vueltas, escuchando al ventilador del techo girar como un mosquito grande, y nada conseguía calmar lo que tenía adentro. El coño me latía. Así de simple. Me latía como si tuviera un segundo corazón entre las piernas, hinchado, mojado, pidiendo que alguien lo abriera de una vez.
Llevaba puesto un camisón negro de algodón, ajustado, corto, sin nada debajo. Me lo había puesto sin pensar al volver del baño, y ahora, tendida sobre las sábanas, sentía la tela tirando en los pezones cada vez que respiraba. Los tenía duros desde hacía rato, tan duros que dolían, y cada vez que me giraba la tela los raspaba y me subía un tirón directo hasta el clítoris. Todo el cuerpo me pedía algo que no estaba en la cama, algo que no se solucionaba sola entre las sábanas como tantas otras noches. Me había metido dos dedos hacía un rato, casi por deporte, y los había sacado empapados, brillando de flujo, y había entendido que esa noche no me iba a alcanzar con la mano en mi propia habitación a oscuras.
Miré la hora en el teléfono. Tres y cuarto. La plaza pequeña que está al final de mi calle estaría completamente vacía a esa hora. Me lo dije primero como un capricho, después como una posibilidad, después como un plan. Solo a sentir el aire. Solo unos minutos.
Bajé las escaleras descalza, con las llaves en una mano y el corazón ya latiendo en otro sitio. La puerta del edificio chirrió un poco al cerrarse. Me quedé en el escalón de afuera, respirando, esperando a que algún perro ladrara o alguna luz se encendiera. Nada. Solo el zumbido de un farol que parpadeaba en la esquina y el rumor lejano de las olas a tres cuadras.
Caminé despacio hacia la plaza, sintiendo en cada paso lo poco que me cubría el camisón. El borde me rozaba la parte alta de los muslos. Si daba una zancada larga, el aire me subía por debajo, fresco en contraste con el calor que ya me empapaba entre las piernas. Podía sentir cómo un hilo de flujo me resbalaba por el interior del muslo, tibio, pegajoso, y me obligué a no limpiármelo. Nunca había salido a la calle así, ni siquiera en sueños, y la sola idea de estar haciéndolo en serio me dejaba la boca seca.
La plaza era pequeña, con cuatro palmeras y un par de bancos de hierro pintados de verde. La luz de los faroles era amarilla, cansada, y dejaba zonas de sombra entre los bancos y la fuente seca del centro. Me senté en el más alejado, el que da a un edificio de tres pisos con casi todas las ventanas cerradas. El hierro estaba frío contra la mitad del culo que quedaba desnuda debajo del camisón, y ese contraste me hizo arquear la espalda. Crucé las piernas apretándolas, como si quisiera contenerme, y el camisón se me subió sin querer hasta la cadera.
***
Respiré hondo. El aire olía a jazmín. Alguien, en algún balcón cercano, tenía un jazmín que llevaba semanas floreciendo y que perfumaba toda la cuadra después de la medianoche. Pasé la mano por el muslo, sin intención todavía, solo tocando, sintiendo la piel caliente y húmeda por arriba de la rodilla. Después un poco más arriba. Los dedos toparon con la humedad antes de llegar al coño, como si la mojadura se hubiera derramado hasta la mitad de la pierna. Ya estaba empapada antes de salir; no necesitaba comprobarlo, pero lo comprobé igual. Abrí los labios con el índice y el mayor, sentí cómo el clítoris asomaba, hinchado, latiendo, y los dedos resbalaron sin esfuerzo hacia adentro. Me metí uno, después dos, hasta los nudillos, y apreté los dientes para no hacer ruido. El sonido húmedo, obsceno, se oyó clarísimo en el silencio de la plaza.
Lo que más me calentaba no era tocarme. Era saber dónde estaba.
Estaba en una plaza. A la vista de cualquier ventana. Con dos dedos metidos hasta el fondo de mi coño, en un banco de hierro, con el camisón arrugado en la cintura y las tetas casi afuera. A la vista de cualquier insomne que se asomara a fumar, de cualquier vecino que volviera tarde de un turno, de cualquier desconocido cruzando rumbo a su casa. Cualquiera podía aparecer por la esquina y verme abierta de piernas, con la mano hundida entre ellas, cogiéndome sola en la vía pública. Cualquiera podía estar mirando ya, escondido detrás de una cortina, con la polla en la mano, sin que yo supiera.
Esa idea me dejó casi sin aire.
Me obligué a sacar los dedos. Salieron con un ruido pegajoso y los levanté a la altura de la cara. Brillaban enteros, con hilos de flujo entre ellos, y sin pensarlo mucho me los llevé a la boca y los chupé despacio, saboreándome, sintiendo mi propio gusto ácido y salado en la lengua. Quería estirar el momento. Quería sentir el límite y no cruzarlo enseguida. Me eché hacia atrás contra el respaldo del banco, abrí un poco las piernas y dejé que el camisón hiciera lo que quisiera. Subió. Por supuesto que subió. Me quedé con el coño al aire, abierto, expuesto a la brisa y a lo que fuera. La brisa, suave y tibia, me tocó donde nadie me tocaba esa noche, me pasó por encima del clítoris hinchado, y yo solté un suspiro tan largo que me asusté de oírme.
En el tercer piso del edificio de enfrente, una ventana se iluminó.
Fue un instante. Una luz amarilla detrás de una cortina blanca. Una silueta, quizá, asomándose. Quizá no. Quizá un reflejo, quizá un movimiento de aire. Pero yo lo vi y se me cerró la garganta. No me moví. No me bajé el camisón. Me quedé exactamente como estaba, con las piernas abiertas de par en par y los pies apenas tocando el suelo, mirando esa ventana y respirando muy despacio. Con la mano libre me bajé el escote del camisón y me saqué una teta, la ofrecí también a la ventana, y me pellizqué el pezón con dos dedos hasta que el pinchazo me arrancó un gemido corto.
—Que me vea —susurré, sin reconocer mi propia voz—. Que me vea toda. Que se la agarre y me mire.
La cortina se movió. O no se movió. Yo ya no estaba segura de nada. Lo único cierto era que mi cuerpo había decidido por las dos: por la chica prudente que entraba a su casa cada noche a las once y por la otra, la de las tres de la mañana, la que estaba ahí, descubierta, con una teta afuera y el coño chorreando, dispuesta a cualquier cosa.
Volví a llevar la mano abajo. Esta vez sin disimulo. Dos dedos, despacio, dibujando círculos sobre el clítoris, mientras seguía con los ojos puestos en esa ventana del tercer piso. Aceleré. Aceleré más. Después bajé los dedos, los hundí de nuevo, y empecé a follarme la mano con ganas, moviendo la cadera contra la palma, empujando hacia adelante, sintiendo cómo el hierro del banco me raspaba las nalgas cada vez que me arqueaba. Si había alguien detrás de la cortina, que mirara. Si había un hombre desconocido con la polla dura en su mano, mirándome cogerme sola en la plaza, mejor. Si no había nadie, daba lo mismo: yo lo estaba haciendo para esa silueta posible, para ese ojo posible, para esa noche que ya no me pertenecía solo a mí.
El placer me subió en oleadas suaves. Cada empuje de los dedos me sacaba un gemido más largo que el anterior, y tuve que morderme el labio para no despertar a la cuadra entera. No quería terminar todavía. No quería terminar ahí, en el banco, en treinta segundos, como una niña impaciente. Quería que durase lo suficiente como para no olvidarlo nunca, lo suficiente como para volver a casa con la cabeza llena de imágenes y la piel todavía caliente y el coño todavía latiendo.
Saqué la mano. Me miré los dedos brillando bajo la luz amarilla del farol, empapados hasta la muñeca. Me los volví a chupar, uno por uno, mirando fijo la ventana del tercer piso, por si el que estaba detrás quería ver también esa parte. Sonreí sola, como una idiota, con mi propio flujo pintándome los labios.
***
Un ruido a mi izquierda. Un golpe seco, como una puerta cerrándose. Miré sin moverme. Era el portal del edificio de enfrente, el que tiene el balcón con el jazmín. Salió un hombre con una bolsa de basura, en short y camiseta, despeinado, con cara de no haber dormido. Avanzó hasta el contenedor que estaba a media cuadra y no se dio vuelta.
Yo seguía sentada en el banco, con el camisón subido hasta la cintura, la teta izquierda todavía afuera y el coño abierto y brillante. Cualquiera que girara la cabeza me iba a ver entera. Sentí el corazón en la garganta. Y, aunque no quiera admitirlo del todo, no me bajé la tela. Apreté las piernas, sí, pero no me cubrí. Lo dejé en sus manos: que mirara o que no mirara.
Tiró la bolsa al contenedor. Volvió caminando despacio, mirando el suelo. A tres metros del portal, levantó la cabeza y me vio.
Se quedó quieto. Yo también. Fue un segundo, tal vez dos. No nos dijimos nada. Él no se acercó, no sonrió, no hizo ningún gesto obsceno. Solo me miró, completo, de los pies a la teta al coño abierto y de ahí a la cara, como quien mira algo que no esperaba encontrar y que sabe que no debería estar mirando. Le vi la mirada bajar hasta el bulto que se le empezaba a marcar en el short, y él se dio cuenta de que yo lo había visto también. Después entró al edificio. La puerta hizo el mismo ruido seco al cerrarse.
Me quedé temblando.
No por miedo. Por todo lo contrario.
***
Volví a casa caminando rápido, casi corriendo, con la tela del camisón pegada a la piel y los muslos resbalándose entre sí, empapados de mí misma. Cada paso era un roce nuevo del clítoris hinchado contra la costura. Cada esquina, una posibilidad de cruzarme con alguien más. No me crucé con nadie. La calle siguió vacía hasta el portal de mi edificio, como si la ciudad entera se hubiera puesto de acuerdo para dejarme ese tramo a solas.
Subí los escalones de a dos. Cerré la puerta y no encendí la luz. La cocina seguía oliendo al café de la tarde. Me apoyé en la pared del pasillo y me quedé ahí unos segundos, escuchando mi propia respiración, sintiendo cómo el corazón me golpeaba contra las costillas y cómo el flujo me seguía bajando por dentro del muslo.
Después me dejé caer en el suelo del living, sobre la alfombra que olía a sol y a polvo.
Me arranqué el camisón por la cabeza y lo tiré a un costado. Quedé desnuda en la alfombra, con las tetas al aire y los pezones tan duros que parecían apuntar al techo. Abrí las piernas todo lo que pude, hasta sentir el tirón en la ingle, y me quedé así un momento, mirando el techo, esperando a que la imagen volviera sola. Y volvió.
La cara del hombre del portal, parado a tres metros de mí. La forma en que se detuvo. El bulto marcándose en el short. La idea de que ahora, mientras yo me tocaba en el suelo de mi casa, él podía estar del otro lado de la calle con la polla en la mano, cascándosela pensando en mí, podía estar haciéndose la misma pregunta: ¿qué era esa puta del banco?, ¿qué iba a hacer al volver?, ¿estaba todavía ahí con las piernas abiertas?
Me toqué con las dos manos. La derecha bajó directo al coño, tres dedos esta vez, entrando de una porque estaba tan mojada que no había resistencia ninguna. La izquierda me subió al pecho y me apretó una teta entera, dura, marcándome las uñas alrededor del pezón hasta que el dolor y el placer se me mezclaron en la boca del estómago. Me follé la mano con fuerza, moviendo la cadera contra los dedos, escuchando el ruido húmedo llenar el living vacío. Con el pulgar me golpeaba el clítoris en cada embestida, y sentía cómo el orgasmo se me armaba en la base de la columna, todavía lejos pero ya en camino.
Me imaginé volviendo a la plaza. Me imaginé que él bajaba otra vez, esta vez sin la bolsa de basura, esta vez con la polla ya afuera. Me imaginé que cruzaba la calle sin decir nada, que se paraba delante del banco, que me agarraba del pelo con una mano y me metía la verga en la boca con la otra, que yo se la chupaba entera ahí, arrodillada en la plaza, mientras él miraba a la ventana del tercer piso para que la silueta viera bien cómo me la comía. Me imaginé que después me daba vuelta contra el respaldo del banco, me abría las nalgas con los pulgares y me metía la polla en el coño de un solo empujón, hasta el fondo, hasta que las bolas me golpeaban el clítoris. Me imaginé que me follaba ahí, doblada sobre el hierro verde, sin hablar, sin preguntarme el nombre, sin cuidarse, hasta correrse adentro y dejarme el semen escurriendo entre las piernas mientras volvía a su casa como si nada.
Me imaginé también la ventana del tercer piso. La cortina blanca. La silueta posible con la mano en la polla. Dos desconocidos sin nombre, uno pajeándose y otro cogiéndome, los tres unidos por esa plaza a las tres y media de la mañana, y yo en el medio, chupando, empalada, corriéndome como una perra sin dueño.
Me corrí ahí, en la alfombra, con los tres dedos metidos hasta el fondo y la palma golpeándome el clítoris, mordiéndome el brazo para no gritar. El orgasmo me atravesó de abajo hacia arriba, me hizo arquear la espalda entera, me apretó las paredes del coño alrededor de los dedos con espasmos que no paraban. Solté un quejido sordo que se quedó dentro de la casa, y sentí cómo un chorro tibio me mojaba la mano y goteaba en la alfombra. Seguí moviendo los dedos hasta que el segundo orgasmo me pilló casi encima del primero, más corto pero más agudo, y ahí sí saqué la mano porque no aguantaba más.
Después me quedé un rato larguísimo en el suelo, todavía desnuda, todavía respirando entrecortado, con los dedos brillando pegados a la cadera. Sentí cómo el cuerpo se enfriaba de a poco, cómo la piel volvía a ser solo piel, cómo el deseo se replegaba en algún rincón oculto, esperando a la próxima noche imposible.
Antes de levantarme, me arrastré hasta la ventana del living y aparté apenas la cortina, todavía en pelotas, con las tetas apoyadas en el marco. La plaza se veía a lo lejos, vacía otra vez, con el mismo farol parpadeando en la misma esquina y los bancos verdes en su sitio, como si nadie hubiera estado ahí abierta de piernas veinte minutos antes. En el tercer piso del edificio de enfrente, la luz seguía encendida.
Sonreí en la oscuridad y me prometí no preguntar nunca quién vivía allí. Algunas noches funcionan mejor si una no sabe.
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