Salí al parque desnuda esperando que alguien me viera
No podía dormir. Era una de esas noches de febrero en Puerto Sabal en que el calor no afloja ni cuando el sol lleva horas escondido, y el aire entra por la ventana cargado de sal y de algo más, una vibración que se pega al cuerpo y no se va con sábanas frescas ni con vasos de agua. Llevaba dos horas dando vueltas, escuchando al ventilador del techo girar como un mosquito grande, y nada conseguía calmar lo que tenía adentro.
Llevaba puesto un camisón negro de algodón, ajustado, corto, sin nada debajo. Me lo había puesto sin pensar al volver del baño, y ahora, tendida sobre las sábanas, sentía la tela tirando en los pezones cada vez que respiraba. Todo el cuerpo me pedía algo que no estaba en la cama, algo que no se solucionaba sola entre las sábanas como tantas otras noches.
Miré la hora en el teléfono. Tres y cuarto. La plaza pequeña que está al final de mi calle estaría completamente vacía a esa hora. Me lo dije primero como un capricho, después como una posibilidad, después como un plan. Solo a sentir el aire. Solo unos minutos.
Bajé las escaleras descalza, con las llaves en una mano y el corazón ya latiendo en otro sitio. La puerta del edificio chirrió un poco al cerrarse. Me quedé en el escalón de afuera, respirando, esperando a que algún perro ladrara o alguna luz se encendiera. Nada. Solo el zumbido de un farol que parpadeaba en la esquina y el rumor lejano de las olas a tres cuadras.
Caminé despacio hacia la plaza, sintiendo en cada paso lo poco que me cubría el camisón. El borde me rozaba la parte alta de los muslos. Si daba una zancada larga, el aire me subía por debajo, fresco en contraste con el calor que ya me empapaba entre las piernas. Nunca había salido a la calle así, ni siquiera en sueños, y la sola idea de estar haciéndolo en serio me dejaba la boca seca.
La plaza era pequeña, con cuatro palmeras y un par de bancos de hierro pintados de verde. La luz de los faroles era amarilla, cansada, y dejaba zonas de sombra entre los bancos y la fuente seca del centro. Me senté en el más alejado, el que da a un edificio de tres pisos con casi todas las ventanas cerradas. Crucé las piernas apretándolas, como si quisiera contenerme, y el camisón se me subió sin querer hasta la cadera.
***
Respiré hondo. El aire olía a jazmín. Alguien, en algún balcón cercano, tenía un jazmín que llevaba semanas floreciendo y que perfumaba toda la cuadra después de la medianoche. Pasé la mano por el muslo, sin intención todavía, solo tocando, sintiendo la piel caliente y húmeda por arriba de la rodilla. Después un poco más arriba. Ya estaba mojada antes de salir; no necesitaba comprobarlo, pero lo comprobé igual. Los dedos resbalaron sin esfuerzo y yo apreté los dientes para no hacer ruido.
Lo que más me calentaba no era tocarme. Era saber dónde estaba.
Estaba en una plaza. A la vista de cualquier ventana. A la vista de cualquier insomne que se asomara a fumar, de cualquier vecino que volviera tarde de un turno, de cualquier desconocido cruzando rumbo a su casa. Cualquiera podía aparecer por la esquina. Cualquiera podía estar mirando ya, escondido detrás de una cortina, sin que yo supiera.
Esa idea me dejó casi sin aire.
Me obligué a quitar la mano. Quería estirar el momento. Quería sentir el límite y no cruzarlo enseguida. Me eché hacia atrás contra el respaldo del banco, abrí un poco las piernas y dejé que el camisón hiciera lo que quisiera. Subió. Por supuesto que subió. La brisa, suave y tibia, me tocó donde nadie me tocaba esa noche, y yo solté un suspiro tan largo que me asusté de oírme.
En el tercer piso del edificio de enfrente, una ventana se iluminó.
Fue un instante. Una luz amarilla detrás de una cortina blanca. Una silueta, quizá, asomándose. Quizá no. Quizá un reflejo, quizá un movimiento de aire. Pero yo lo vi y se me cerró la garganta. No me moví. No me bajé el camisón. Me quedé exactamente como estaba, con las piernas abiertas y los pies apenas tocando el suelo, mirando esa ventana y respirando muy despacio.
—Que me vea —susurré, sin reconocer mi propia voz.
La cortina se movió. O no se movió. Yo ya no estaba segura de nada. Lo único cierto era que mi cuerpo había decidido por las dos: por la chica prudente que entraba a su casa cada noche a las once y por la otra, la de las tres de la mañana, la que estaba ahí, descubierta, dispuesta a cualquier cosa.
Volví a llevar la mano abajo. Esta vez sin disimulo. Dos dedos, despacio, dibujando círculos sobre mí misma, mientras seguía con los ojos puestos en esa ventana del tercer piso. Si había alguien detrás de la cortina, que mirara. Si no había nadie, daba lo mismo: yo lo estaba haciendo para esa silueta posible, para ese ojo posible, para esa noche que ya no me pertenecía solo a mí.
El placer me subió en oleadas suaves. No quería terminar todavía. No quería terminar ahí, en el banco, en treinta segundos, como una niña impaciente. Quería que durase lo suficiente como para no olvidarlo nunca, lo suficiente como para volver a casa con la cabeza llena de imágenes y la piel todavía caliente.
Saqué la mano. Me miré los dedos brillando bajo la luz amarilla del farol. Sonreí sola, como una idiota.
***
Un ruido a mi izquierda. Un golpe seco, como una puerta cerrándose. Miré sin moverme. Era el portal del edificio de enfrente, el que tiene el balcón con el jazmín. Salió un hombre con una bolsa de basura, en short y camiseta, despeinado, con cara de no haber dormido. Avanzó hasta el contenedor que estaba a media cuadra y no se dio vuelta.
Yo seguía sentada en el banco, con el camisón subido hasta la cintura. Cualquiera que girara la cabeza me iba a ver entera. Sentí el corazón en la garganta. Y, aunque no quiera admitirlo del todo, no me bajé la tela. Apreté las piernas, sí, pero no me cubrí. Lo dejé en sus manos: que mirara o que no mirara.
Tiró la bolsa al contenedor. Volvió caminando despacio, mirando el suelo. A tres metros del portal, levantó la cabeza y me vio.
Se quedó quieto. Yo también. Fue un segundo, tal vez dos. No nos dijimos nada. Él no se acercó, no sonrió, no hizo ningún gesto obsceno. Solo me miró, completo, de los pies hasta la cara, como quien mira algo que no esperaba encontrar y que sabe que no debería estar mirando. Después entró al edificio. La puerta hizo el mismo ruido seco al cerrarse.
Me quedé temblando.
No por miedo. Por todo lo contrario.
***
Volví a casa caminando rápido, casi corriendo, con la tela del camisón pegada a la piel y los muslos resbalándose entre sí. Cada paso era un roce nuevo. Cada esquina, una posibilidad de cruzarme con alguien más. No me crucé con nadie. La calle siguió vacía hasta el portal de mi edificio, como si la ciudad entera se hubiera puesto de acuerdo para dejarme ese tramo a solas.
Subí los escalones de a dos. Cerré la puerta y no encendí la luz. La cocina seguía oliendo al café de la tarde. Me apoyé en la pared del pasillo y me quedé ahí unos segundos, escuchando mi propia respiración, sintiendo cómo el corazón me golpeaba contra las costillas.
Después me dejé caer en el suelo del living, sobre la alfombra que olía a sol y a polvo.
Me subí el camisón hasta arriba del pecho. Los pezones se me marcaban duros, sensibles al menor roce de la tela. Abrí las piernas sobre la alfombra y me quedé así un momento, mirando el techo, esperando a que la imagen volviera sola. Y volvió.
La cara del hombre del portal, parado a tres metros de mí. La forma en que se detuvo. La idea de que ahora, mientras yo me tocaba en el suelo de mi casa, él podía estar pensando en mí, podía estar haciéndose la misma pregunta: ¿qué era esa chica del banco?, ¿qué iba a hacer al volver?, ¿estaba todavía ahí?
Me toqué con las dos manos. Una arriba, jugando con un pezón; la otra abajo, ya sin cuidado, ya sin demora. Me imaginé volviendo a la plaza. Me imaginé que él bajaba otra vez. Me imaginé que esta vez no entraba al edificio, que cruzaba la calle, que se sentaba a mi lado en silencio, que apenas me rozaba la rodilla con la suya y eso era todo. Me imaginé que no hacía falta más.
Me imaginé también la ventana del tercer piso. La cortina blanca. La silueta posible. Dos miradas al mismo tiempo, dos desconocidos sin nombre, los dos quietos, los dos mirando, mientras yo me arqueaba en un banco de plaza a las tres y media de la mañana.
Me corrí ahí, en la alfombra, mordiéndome el brazo para no gritar y soltando un quejido sordo que se quedó dentro de la casa.
Después me quedé un rato larguísimo en el suelo, todavía con el camisón subido, todavía respirando entrecortado. Sentí cómo el cuerpo se enfriaba de a poco, cómo la piel volvía a ser solo piel, cómo el deseo se replegaba en algún rincón oculto, esperando a la próxima noche imposible.
Antes de levantarme, me arrastré hasta la ventana del living y aparté apenas la cortina. La plaza se veía a lo lejos, vacía otra vez, con el mismo farol parpadeando en la misma esquina y los bancos verdes en su sitio, como si nada hubiera pasado. En el tercer piso del edificio de enfrente, la luz seguía encendida.
Sonreí en la oscuridad y me prometí no preguntar nunca quién vivía allí. Algunas noches funcionan mejor si una no sabe.