Un mirón nos descubrió en plena madrugada
A Camila siempre le ha gustado salir de casa medio desnuda. No es un detalle menor: es lo que define nuestro vínculo desde el primer mes que estuvimos juntos. Es morena, tiene treinta y tres años, una espalda larga y unas caderas que parecen pensadas para vestidos que terminan demasiado pronto. Yo elijo la ropa cuando salimos, y ella obedece como si fuera parte del juego.
Esa noche le pedí que se pusiera un vestido marrón abotonado por delante, uno que compramos hace dos veranos y que después de un lavado mal hecho se encogió tres dedos. Le queda justo al final de las nalgas. Si camina, si se inclina, si simplemente respira fuerte, el borde inferior delata todo lo que hay debajo. Y debajo no había nada. Es una de mis condiciones: nunca usa ropa interior cuando salimos.
—¿Cómo me queda? —preguntó frente al espejo, calzándose unos botines negros de taco alto.
—Como si fueras a meternos en problemas —le contesté.
Sonrió. Esa sonrisa es la antesala de todo.
Habíamos quedado en encontrarnos con Diego y Lucrecia, una pareja amiga, en un bar del centro. Camila bajó las escaleras del edificio y el portero, que tendrá unos sesenta, dejó la taza de café detenida en el aire. No dijo nada, pero apretó la mandíbula y siguió a mi mujer con la mirada hasta la puerta. Yo caminé detrás, disimulando una sonrisa.
En la calle pasó lo de siempre. Bocinas, frenos, hombres bajando la ventanilla. Camila miraba al frente, fingiendo desinterés, pero yo sé reconocer cuándo aprieta los muslos. Trabaja como promotora en convenciones y está acostumbrada a las miradas, a los comentarios subidos de tono, a sentirse observada durante ocho horas seguidas. Le pasa algo extraño con eso: la moja. No sólo le moja la ropa interior, le moja también el ánimo.
El taxi tardó diez minutos en aparecer. Diez minutos de tacones, de viento frío en lugares donde el viento no debería llegar, de un par de pibes en bicicleta que pasaron tres veces por la misma esquina. Cuando subió al asiento trasero, el vestido se le subió hasta casi la cadera y no hizo el más mínimo esfuerzo por bajárselo. El conductor, un hombre joven con tatuajes en los antebrazos, ajustó el espejo retrovisor dos veces antes de arrancar. No habló durante todo el trayecto.
En el bar estuvimos hasta cerca de la una. Camila se sentó en un taburete alto y, desde mi lugar, la veía pelear con el vestido cada vez que cruzaba o descruzaba las piernas. A veces ganaba el vestido. A veces lo dejaba ganar. Diego, que es buen amigo, miraba con la prudencia justa. Lucrecia, su mujer, conocía el juego y se reía bajito.
—Sos imposible —le dijo a Camila después de la tercera caipiriña.
—Es él —contestó Camila, señalándome con la pajita—. Yo sólo me dejo vestir.
Cuando salimos del bar, en vez de tomar un taxi de regreso, le propuse caminar. Sabía adónde la llevaba aunque no se lo dijera. A unas diez cuadras del bar hay una plazoleta vieja con un monumento al fundador de la ciudad. Después de medianoche apagan las luces principales y quedan algunos focos amarillos en los costados. Hay bancos de cemento medio escondidos por las jardineras. Habíamos ido antes, dos o tres veces, y siempre había sido nuestro lugar. Nunca nos había pasado nada.
Le pasé la mano por debajo del vestido mientras cruzábamos la última calle. Estaba empapada. Le susurré que quería hacerlo ahí. No contestó con palabras, sólo apretó la mandíbula como cuando algo le gusta demasiado y prefiere no admitirlo.
***
Cuando llegamos a la plaza notamos que un sector estaba cercado con vallas de obra. Lonas verdes, algunos andamios. Era evidente que estaban restaurando una parte del monumento. No vimos a nadie y supusimos que a esa hora ya se habrían ido todos. Elegimos un banco que daba la espalda al sector iluminado y nos sentamos.
La besé como se besa cuando uno sabe que no debería estar haciendo lo que hace. Le pasé la lengua por el cuello, por debajo de la oreja, y le mordí el lóbulo con cuidado. Le desabroché los dos primeros botones del vestido y le saqué un pecho, despacio, sin urgencia. Lo tenía tibio. El pezón se le endureció contra el aire frío de la madrugada.
—Acá no —dijo, pero no se movió.
—Acá sí —le contesté.
Dos personas pasaron por el camino de arriba, riéndose, y Camila se cubrió de golpe. Esperamos. Cuando estuvimos seguros de que se habían ido, le pregunté por dónde íbamos. Me miró con esa cara que sólo me pone cuando ya cruzó alguna línea interna.
—Me ibas a sacar el vestido —dijo en voz baja, casi como una orden.
Le desabroché el resto de los botones. La tela cedió y resbaló por los hombros. Quedó completamente desnuda sobre el banco de cemento, con los botines puestos, las piernas un poco abiertas, la piel erizada. Era una imagen que me costaba sostener sin tocarla.
—Antes de meterlo, ponete de rodillas —le dije.
Lo hizo sin pensarlo. Sentí el frío del cemento contra mis muslos cuando se acomodó entre mis piernas. Estuvo así un rato, alternando la lengua y la presión justa, mientras yo trataba de no cerrar los ojos para no perderme nada del cuadro. Era una de esas mamadas que se quedan grabadas: sin cámara, sin pantalla, sólo la madrugada, el silencio y ella.
Cuando ya no aguantaba más le pedí que parara. Se subió arriba mío, dándome la espalda, y se sentó despacio. Le agarré las caderas y la dejé moverse a su ritmo. Camila monta con paciencia, sin apuro. Le gusta que el placer se construya. Yo apoyé la cabeza contra el respaldo del banco, cerré los ojos un instante, y sentí el frío del aire en el sudor del cuello.
De pronto se quedó quieta.
—Hay alguien —susurró.
Abrí los ojos. Por el sendero superior caminaba un hombre con un mameluco azul y una linterna pequeña en la mano. Llevaba un casco amarillo colgando del cinto. Tenía unos cincuenta años, el pelo cano, los hombros anchos. Trabajaba en la obra, evidentemente, y se había quedado hasta tarde. O había vuelto. Daba igual: nos había visto.
Camila se inclinó hacia adelante y agarró el vestido del banco. Lo apretó contra el pecho, sin ponérselo, sin moverse de encima mío. Yo seguía dentro de ella. Sentí cómo se contraía.
El obrero bajó por unos escalones laterales y pasó muy cerca de nosotros. La miró sin disimulo. No con asco, no con sorpresa: con la calma de quien acaba de ganarse algo. Le sostuvo la mirada a Camila tres o cuatro segundos largos. Sin decir una palabra, se llevó la mano al pantalón y se acomodó la entrepierna ya hinchada.
Siguió caminando. Lo vimos detenerse a unos siete u ocho metros, en una jardinera, de espaldas. Tardó un poco en empezar pero después escuchamos el chorro contra la tierra. Camila apretó los labios. Yo no sabía si iba a llorar o a reírse.
Terminó, se sacudió, y en vez de irse caminó hacia otro banco, uno que daba justo de frente al nuestro. Se sentó. Apoyó los codos en las rodillas. Y se quedó.
—No se va —murmuró ella.
—No —dije.
Hubo unos segundos largos en los que pensé que íbamos a vestirnos y a irnos. Que la noche se había terminado. Que el juego había encontrado un límite que no habíamos previsto. Pero Camila respiraba distinto. Pesado. Lento.
—¿Seguimos? —preguntó.
—¿Te importa que esté ahí?
Se mordió el labio. Negó con la cabeza.
—Ya me vio. Ya está.
***
Lo que vino después fue, sin exagerar, una de las cosas más raras y más intensas que vivimos juntos. Le dije que si quería volver a montarme, primero tenía que pararse, dejar caer el vestido frente al obrero y volver a chupármela mostrándole el culo. Pensé que se iba a negar. Que el juego cambiaba demasiado cuando había un público que no habíamos invitado.
Se levantó. Sostuvo el vestido contra el pecho un par de segundos, como una decisión. Miró al hombre del banco de enfrente. Él no movió un músculo. Camila respiró hondo, soltó el vestido, y la tela cayó al cemento. Quedó parada, completamente desnuda, frente a un desconocido que ahora ni fingía no mirar.
Se dio vuelta. Se inclinó. Apoyó las manos en mis rodillas. Empezó de nuevo.
Yo le miraba la nuca, el arco de la espalda, las marcas que el aire frío le había dejado en los costados. Por encima de su hombro veía al obrero, con la mano dentro del pantalón ahora, sin esconderse. No se acercó. No habló. Sólo miraba.
—Vení arriba —le dije después de un rato, porque no quería terminar así.
Camila se enderezó y se sentó arriba mío otra vez, esta vez de frente. Me pasó los brazos por el cuello. Tenía la respiración entrecortada y la piel ardiendo. Empezó a moverse sin importarle nada. Yo le miraba la cara, ella miraba al obrero por encima de mi hombro.
—Está temblando —me susurró al oído—. No sé si yo o él.
—Los dos —contesté.
Acabamos casi al mismo tiempo. Ella primero, en una contracción larga que la dejó muda y tensa contra mí. Yo unos segundos después, sin poder esperar más, sin poder pensar. Nos quedamos abrazados. El frío empezó a recordarnos dónde estábamos.
Entonces escuchamos una voz desde el otro banco.
—Qué bien la pasaste, reina —dijo el hombre, con un tono que no era ni agresivo ni amable, sólo curioso—. ¿Cuánto cobrás?
Camila se rió. Bajito, casi para adentro. Se bajó de encima mío, agarró el vestido del suelo y, en lugar de correr a vestirse, se quedó parada frente al obrero unos segundos más, dejando que la mirara una última vez. Después, despacio, se puso el vestido. Botón por botón. Como si lo estuviera filmando.
Le sonrió.
—No cobro —le dijo, y me dio la mano.
Salimos por el camino de la izquierda, sin mirar atrás. A media cuadra todavía escuchábamos al hombre carraspear, acomodarse, prender un cigarrillo. Camila apretó mi mano más fuerte de lo necesario.
—¿Te enojaste? —me preguntó cuando ya estábamos en la avenida.
—No.
—¿Te gustó?
No le contesté con palabras. Le pasé el brazo por la cintura y la apreté contra mi costado. Caminamos así hasta la parada de taxis, con el vestido todavía levantándose con cada paso, con la mirada de algunos choferes nocturnos cayendo sobre nosotros, con el recuerdo del obrero acomodándose la entrepierna todavía caliente en la cabeza.
Algunas cosas se hacen una sola vez para saber que se podía.
Esa fue, de lejos, una de las noches más intensas que tuvimos. No la repetimos. No hace falta. El resto del tiempo basta con recordarlas. Y a Camila, según me confesó días después, todavía le gusta imaginar que el obrero sigue acordándose. Que cada vez que pasa cerca de esa plaza, mira hacia el banco de cemento y se le seca la boca.
Es probable que sí. Yo, en su lugar, no me la olvidaría jamás.