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Relatos Ardientes

Mi marido me mira a través de los ojos de otros

El departamento dormía en esa media luz amarillenta que entra por las rendijas de la persiana cuando la avenida nunca termina de apagarse del todo. El aire acondicionado zumbaba bajito, casi un secreto que nos hacía solo a nosotros dos. Martín y yo habíamos terminado la primera vuelta hacía rato —él me había cogido de costado, con dos dedos metidos en el culo y la verga hasta el fondo del coño, hasta hacerme llorar contra la almohada—, pero la quietud no era descanso. Era el comienzo de la verdadera escena, la que importa, la que nos pertenece desde hace años.

Estaba boca arriba, con el pelo pegado a las sienes y la piel todavía húmeda. Entre las piernas sentía el semen de él escurriéndoseme lento por la raja, tibio, mezclado con mis propios jugos. Él se acomodó de costado, pegado a mi espalda, y hundió la nariz en mi nuca como si quisiera robarme algo del olor. La polla, semi dura todavía, me tocaba la baja espalda cada vez que respiraba hondo.

—Todavía no sé qué es lo que más me vuelve loco —dijo, con la voz ronca, la mano abierta bajando por mi flanco hasta el hueso de la cadera, y de ahí a la ingle, jugando con el vello mojado.

Sabía hacia dónde iba la conversación. Siempre terminábamos volviendo al mismo lugar, como dos turistas que repasan las fotos del viaje hasta que se les gastan los bordes.

—¿La cara del plomero? —pregunté, con una risa baja que vibró contra la almohada—. ¿O el olor del pintor?

—Las dos cosas —me besó el hombro, con esa voracidad medida que me desarma, y me pellizcó un pezón entre el pulgar y el índice hasta que se me escapó un gemido corto—. Pero empecemos por el plomero. Ese pibe me lo tengo grabado a fuego.

Cerré los ojos y la escena vino sin que tuviera que llamarla. Era un martes a la una de la tarde. El pibe había llegado con un mameluco azul manchado de hollín, una caja de herramientas que olía a grasa vieja y un manojo de llaves colgándole del cinturón. Yo había abierto la puerta con un pantalón vaquero de tiro bajo y una musculosa blanca de algodón delgado, sin corpiño debajo. Los pezones se me marcaban como dos monedas puestas debajo de la tela, y sabía que él no iba a poder mirarme a otro lado.

—Me acuerdo del olor —empecé a contar, en voz baja, porque la historia se sostenía mejor en susurros—. Sudor seco, grasa, algo metálico. Se agachó frente a la pileta y yo me paré justo al lado de su cabeza, fingiendo que buscaba un repasador en el cajón. Lo escuchaba puteando en voz baja contra los caños, sintiendo su respiración pesada contra mi muslo. Se me ocurrió que si me hubiera bajado el jean ahí mismo, él no habría atinado a nada. Habría quedado en cuclillas, con la boca abierta, mirándome el coño a diez centímetros de la nariz.

Martín gruñó y apretó la mandíbula contra mi cuello. Sentí cómo la verga se le endurecía otra vez, despacio, contra el pliegue de mi cola.

—Puta —murmuró—. Me lo estás blanqueando ahora, después de años.

—Ahora te lo blanqueo todo.

—Yo estaba en el estudio, con la cocina entera en la pantalla —dijo—. Pensé que si te hubieran filmado para una película, te daban el Oscar a la naturalidad. La inclinación que hiciste para mostrarle la junta, con el codo apoyado en la mesada, ese arco en la espalda… Renata, ese arco no era natural.

—Practiqué dos veces frente al espejo del baño —confesé, y los dos nos reímos en la oscuridad, una risa cómplice que solo nos pertenecía a nosotros—. Y me toqué mientras practicaba, Martín. Metí la mano abajo del jean, me acaricié el coño pensando en el pibe que todavía no había llegado, y me hice acabar rapidito, para llegar a la puerta con las bombachas ya húmedas. Quería que si él se acercaba lo suficiente, olfateara algo raro.

—Me estás matando.

—El jean, ¿te acordás del jean? —insistió él, recorriéndome el bajo vientre con la palma, justo el lugar exacto donde, ese día, había asomado la pretina de la tanga negra. Los dedos me bajaron un centímetro más y encontraron el clítoris hinchado, todavía sensible de la primera cogida. Empezó a hacerme círculos lentos, sin apuro.

—Esos viejos, los gastados, los que te piden a gritos que te agaches —respondí, mordiéndome el labio—. Los compré pensando en estos juegos, Martín. Vos sabés que no son de salir a la calle.

—Y la tanga negra de encaje. Yo veía, desde la cámara, cómo el elástico subía por encima del jean cuando vos cambiabas de postura. Un milímetro y desaparecía. Otro milímetro y reaparecía. Era una hipnosis. El contraste del encaje contra tu piel pálida, justo en el borde de lo que está permitido mirar.

—Él se detuvo —continué, con la voz entrecortada por los dedos de Martín trabajándome despacio entre las piernas—. Ese fue el momento exacto. Dejó la herramienta en el piso y se quedó congelado, agachado, sin moverse. Sentí el cambio en el aire, lo juro. Cuando se incorporó para ir a cerrar la llave de paso, le vi los ojos. Tenía la pupila grande, como si hubiera estado en una habitación oscura mucho rato. Y miedo. Miedo a mirar, pero una necesidad incontrolable de hacerlo. Y le vi el bulto en el mameluco, Martín. Tenía la pija dura, marcada contra la tela azul. Se le notaba la forma entera, la cabeza y todo.

—¿Te calentó?

—Me hizo apretar los muslos. Me chorreó todo. Cuando entré al baño después, la tanga estaba pegada al coño, empapada.

—Y vos no le diste tregua —dijo Martín, mordiéndome el lóbulo de la oreja, dos dedos ya adentro, moviéndoseme rítmico—. Te estiraste pasando por al lado de él, con los brazos arriba, como si te hubieras dormido la espalda.

—La musculosa se me subió. El jean se me bajó. Habrá durado un segundo, dos a lo sumo. Pero alcanzó para todo. Me vio el nacimiento de la teta, Martín. Se la vi en la cara. Vio el pezón por debajo, cuando la tela se pegó al bulto y dejó todo a la vista, con el pezón parado contra el algodón.

—Vi cómo se le ponía colorada la nuca, Renata. Cómo la nuez de Adán se le movía cuando tragaba saliva. La cámara captó cada uno de esos detalles, milimetrados, como un microscopio. Y cuando se le cayó la llave inglesa al piso, juro que casi grito en el estudio. Me estaba tocando por arriba del pantalón, ¿sabías eso?

—No.

—Me la estaba agarrando entera, apretándomela, mirándote a vos y al pibe alternativamente. Casi acabo dentro del jean, mirándote calentar a un desconocido en mi propia cocina.

—Me agaché para alcanzársela.

—De espaldas. Con la curva del culo perfectamente enmarcada por el jean. Y él, en cuclillas, atrapado a treinta centímetros, sin poder mirar para otro lado. Te juro que vi en el monitor cómo se le marcaba el pantalón en la entrepierna. Estaba destruido, ese pibe. Salió de casa caminando como si tuviera vidrios molidos en el bolsillo.

—Me la habría chupado ahí mismo si me lo pedía —susurré, y la confesión me salió sola, sin filtro—. Si en ese momento me hubiera agarrado del pelo y me hubiera bajado la cabeza al bulto, se la habría chupado con el mameluco puesto, Martín. Con vos mirando. Le habría bajado el cierre y le habría metido la polla en la boca hasta la garganta.

Martín soltó un gemido que le nació del pecho y me clavó los dientes en la nuca. Los dedos, adentro mío, se me curvaron contra el punto ese que él sabe encontrar con los ojos cerrados.

—Me arqueé bajo Martín, porque la memoria era más sólida que cualquier mano. Sentir que un desconocido se desarmaba mirándome, y que mi marido había sido el director invisible de la escena entera, era una droga que no se compra en ninguna parte del mundo.

—Cuando le di la llave, no me miró a la cara —terminé, con la voz temblándome—. No se animó. Me miró la mano. Y yo me sentí dueña del mundo, Martín. Dueña de él, dueña tuya, dueña de la tarde entera.

—Y yo era dueño de vos —contestó él—. Esa es la cuenta exacta.

Me giró de una vuelta, boca abajo, y me acomodó la cadera arriba, con la cara aplastada contra la almohada y el culo en pompa. Me pasó la lengua desde el clítoris hasta el ojete, largo, denso, saboreando su propio semen mezclado con lo mío. Después escupió sobre la raja y volvió a lamer, hasta que le supliqué que me la metiera de nuevo.

—Todavía no —dijo, y me clavó la lengua entera en el coño, hurgando adentro, sacándome líquido a lengüetazos—. Todavía tenemos que hablar del pintor.

***

—Pero el pintor —murmuré, con la boca contra la tela, la voz pastosa—. El pintor era otra cosa.

—Ese era un insolente —contestó Martín, apoyándose en los codos para sostenerse encima de mí, la punta de la verga dura resbalándome entre los cachetes del culo, sin entrar, torturándome—. No tenía vergüenza. Solo apetito.

Lo veía otra vez, con la misma nitidez. El pibe, flaco, con los brazos largos manchados de pintura blanca, subido a la escalera de aluminio. Tenía un piercing en la ceja y la cabeza casi rapada. No debía pasar los veinticinco.

—El olor era lo que más me prendía —dije, moviendo el culo para atrás, buscándole la polla—. El aguarrás, fuerte, ácido, mezclado con el perfume dulce que me había puesto a propósito esa mañana. Era una niebla rara, tóxica y dulce a la vez. Y yo, en el medio, fingiendo que limpiaba el ventanal del living por enésima vez. Sin bombacha, Martín. Esa vez me saqué la bombacha antes de que llegara. La dejé colgada en el picaporte del baño, empapada.

—¿Sin bombacha debajo de esa pollera?

—Nada. Solo yo, y el aire frío del ventilador cada vez que me agachaba.

—La camiseta de algodón vieja, dos talles más grande, sin corpiño. Y el contraluz de la ventana —enumeró Martín, con la precisión de un coleccionista—. Yo conocía cada uno de esos detalles antes de que el pintor pisara la escalera.

—Cuando levantaba los brazos para llegar al vidrio de arriba, la tela me dejaba el costado entero al descubierto. La teta entera, Martín. De perfil, contra la luz, la teta con el pezón parado. Y él estaba más alto que yo, en esa escalera. Tenía una perspectiva cenital del escote que vos nunca tuviste, Martín. Me veía desde arriba, derechito hacia abajo. Me veía las dos tetas, colgando dentro de la camiseta, moviéndose sueltas cada vez que le pasaba el trapo al vidrio.

—Gruñí en la oficina, ¿sabés? Mi compañera me preguntó si me había trabado el Excel. Le dije que sí, que era un archivo viejo. Y me fui al baño a hacerme una paja, Renata. Me encerré en el cubículo, me abrí la bragueta y me la meneé pensando en el pibe mirándote las tetas desde arriba de la escalera.

—Dejó el pincel colgado en el aire. Lo vi por el rabillo del ojo. Tenía la mano embarrada de pintura blanca y se quedó así, como una estatua mala. No se movió por veinte segundos. Yo conté hasta veinte, Martín. Conté los segundos en silencio, mientras le pasaba el trapo al vidrio. Y cuando terminé de contar, me pasé la mano por el cuello, bajé despacio, y me acomodé la teta izquierda por debajo de la tela, como si me picara. Le hice ver lo que estaba haciendo. Le dejé claro que sabía.

—Lo que más me mató fue que no se disculpó con la mirada —dijo él, su boca cerca de mi oreja, la punta de la polla ahora apretándome la entrada del coño, presionando sin entrar—. El plomero pedía perdón en silencio mientras te recorría. El pintor te miraba como si tuviera derecho a hacerlo. Como si vos le debieras la escena. Y eso te pinchaba el orgullo.

—Por eso me agaché a mojar el trapo —admití—. Por eso, no porque hiciera falta.

—De espaldas, con esa pollera negra cortita. ¿Y sin nada abajo?

—Nada. Le mostré todo. La raja entera, el ojete, todo. Con las piernas justo lo suficientemente abiertas para que se viera hasta el clítoris. Estaba mojada, Martín. Se me tenía que ver el brillo desde ahí arriba.

—Se vio todo. La curva entera. La pollera se te tensó hasta el límite. Y no había hilo, no había encaje, no había nada. Solo tu coño abierto, exhibido, con la lucecita del sol de la mañana pegándole justo. Y él, arriba de la escalera, se agarró del peldaño como si se estuviera por caer. Vi el temblor reflejado en el vidrio del ventanal. Lo vi con mis ojos, no con los de la cámara.

—¿Sabés qué escuché? Un gemido. Bajito, ahogado, pero lo escuché. Se le escapó de la garganta. Se estaba tocando arriba de la escalera, Martín. Tenía el pincel en una mano y la otra en la bragueta.

—Después te mandé el mensaje.

—«¿Estás mirando?» —repitió Martín, riéndose bajito contra mi piel, y en ese momento me clavó la polla hasta el fondo, de una sola embestida, tan seca y honda que me arrancó un grito—. Tres palabras. Casi me las hiciste pagar caras.

—Quería que supieras que yo lo sabía —jadeé, arqueándome, buscando meterme más—. Que era una sociedad. Que él estaba ahí, a un metro y medio, con el olor a pintura encima, y que si yo abría las piernas un centímetro más de lo necesario, él lo iba a ver entero. Yo no era yo, Martín. Era una obra que vos comisionabas y que otro miraba sin saber que estaba pagando entrada.

Él empezó a cogerme lento, largo, sacando la verga hasta la punta y volviendo a hundírmela entera. Me agarró del pelo con una mano y me giró la cabeza para hablarme al oído mientras me la metía.

—La gota de agua —recordó él, y la voz se le puso espesa.

—Le ofrecí el vaso porque dijo que tenía la garganta seca. Él me lo agarró de la mano y, cuando lo tomó, una gota se le escurrió por la barbilla y cayó en mi pecho. Yo no me la limpié.

—No te la limpiaste —confirmó Martín, cogiéndome más rápido, la piel chocando contra la mía con un sonido húmedo, obsceno—. Él siguió esa gota con los ojos. La trayectoria entera, desde la clavícula hasta donde se perdió bajo la tela. Fue una tortura. Una transmisión en vivo de la tortura más exquisita que vi nunca.

—Se me metió por el escote y siguió bajando —le conté, apretando el coño contra su verga cada vez que él salía—. Bajó por el medio de las tetas, se enredó en la piel, siguió hasta el ombligo. Y él la seguía con los ojos, no parpadeaba. Cuando la gota se me perdió por debajo de la pretina de la pollera, se le escapó un «puta madre» en voz baja. Se lo escuché.

—Quería que se fuera con el estómago vacío y la cabeza llena —jadeé—. Que se masturbara esa noche pensando en la transparencia de la camiseta, en el reflejo de la gota, en el ruido del pincel cuando lo dejó colgado del aire. Que se acabara tres veces pensando en mí, Martín. Que se estropeara toda la semana intentando volver a acabar con la misma fuerza y no pudiera.

Martín se hundió en mí con la fuerza acumulada de los dos recuerdos, y yo me sentí cuádruple. Estábamos los dos, pero también el plomero atrapado en el piso de la cocina, y el pintor congelado en la escalera de aluminio. Cuatro cómplices en una intimidad que ninguno de los otros dos había firmado, pero a la que habíamos arrastrado a nuestros desconocidos sin pedirles permiso, sin que se enteraran nunca de su papel en esta cama.

—Sacala —le pedí de golpe—. Sacala y dame vuelta.

Me dio vuelta, boca arriba, me abrió las piernas de par en par y me las levantó hasta apoyármelas en sus hombros. Me la volvió a meter de un solo golpe, mirándome a los ojos, y empezó a cogerme fuerte, cada embestida golpeándome contra el colchón. Yo me agarré las tetas con las dos manos, me apreté los pezones, me los retorcí para él.

—Decilo —me pidió él, sin dejar de moverse—. Decime cuántos había en la cama.

—Cuatro —gemí—. Vos, yo, el plomero y el pintor. Los cuatro cogiéndome, Martín. El plomero con la boca en mi coño, chupándome hasta desangrarme. El pintor con la polla en mi boca, hasta la garganta. Y vos, cogiéndome el culo, marcándome como tuya delante de ellos.

—Puta hermosa. Puta mía.

—Acabame adentro —le supliqué—. Acabame adentro pensando que ellos me están mirando acabar.

El final llegó como una avalancha. Más fuerte que la primera vuelta, porque ya no estábamos solos. El recuerdo de la llave inglesa cayendo al piso de la cocina, el temblor de la escalera de aluminio, el roce del trapo contra el vidrio, el olor del aguarrás, todo se fundió en un único grito ahogado contra la almohada. Sentí a Martín tensarse entero, clavarme la polla hasta el fondo y descargarse dentro mío en chorros calientes, mientras a mí el orgasmo me sacudía las piernas y me hacía apretarle la verga con el coño hasta ordeñárselo todo.

***

Después, la calma. La piel mojada, el techo dando vueltas despacio, la respiración yendo y viniendo hasta volver a su sitio. Por la ventana se colaba el ruido de un colectivo lejano. Nada más. Entre las piernas, el semen de él bajaba tibio, y ninguno de los dos hizo el gesto de limpiarlo.

Me acurruqué en el hueco de su cuello.

—Ahora sí —susurré.

Martín me besó la coronilla.

—¿Ahora sí qué?

—Ahora sí podemos llamar al electricista.

Se rió bajito, casi sin sonido.

—Ya tenés el guion preparado.

—Ya tengo el guion. Y tengo el vestido nuevo. El de seda color crema, el que tiene los botones del costado que se abren con la tensión, ¿te acordás cuál?

—Me acuerdo perfecto.

—Y esta vez voy a poner una silla justo al lado del tablero. Para que él tenga que trabajar de rodillas, abajo. Y yo voy a estar parada al lado, mirándolo desde arriba. Inversión total de la cámara del pintor. Sin bombacha otra vez, Martín. Y con el vestido corto, cortísimo. Cuando levante los brazos para pasarle una herramienta, la seda me va a subir hasta las caderas. Él va a estar arrodillado, con la cara a la altura exacta de mi coño. ¿Te imaginás?

Sentí cómo Martín sonreía contra mi pelo. La sonrisa del depredador que sabe que la presa todavía no llegó, pero que la trampa ya está armada, pulida, lista. La polla, entre nosotros, empezó otra vez a moverse tímida, insistente.

—Me encanta tu cabeza, Renata.

—Me encanta que me mires —contesté, ya con los párpados pesados, ya con la imagen del electricista tomando forma en el fondo de mi cabeza—. Y me encanta, sobre todo, que me mires a través de otros.

Si leés desde zona oeste, en Chicas Elite Moreno vas a encontrar perfiles con fotos reales.

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Comentarios(8)

MiradorFiel

Genial!!! de esos relatos que te quedas pensando un rato despues de leerlos

NochesBsAs

Muy bueno, espero que haya una segunda parte porque quede con muchas ganas de saber como sigue

Luciana_Cba

Me recordo algo que vivi hace tiempo y nunca me anime a contar... se nota que esta escrito desde adentro, muy bien logrado

EstebanF

se nota el feeling real, muy bueno!!

Sandra_Ok

El titulo me atrapo desde el primer momento jaja, y el relato no decepciona para nada

CloseToMe

Qué perspectiva tan particular la que planteas, pocas veces se lee algo sobre este tema desde adentro de la pareja. Muy interesante

Pacheco_22

increible, de verdad

MarioNorte_55

Me gusto mucho como lo contás, muy distinto a lo que se lee habitualmente en esta categoria

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