Mi marido me mira a través de los ojos de otros
El departamento dormía en esa media luz amarillenta que entra por las rendijas de la persiana cuando la avenida nunca termina de apagarse del todo. El aire acondicionado zumbaba bajito, casi un secreto que nos hacía solo a nosotros dos. Martín y yo habíamos terminado la primera vuelta hacía rato, pero la quietud no era descanso. Era el comienzo de la verdadera escena, la que importa, la que nos pertenece desde hace años.
Estaba boca arriba, con el pelo pegado a las sienes y la piel todavía húmeda. Él se acomodó de costado, pegado a mi espalda, y hundió la nariz en mi nuca como si quisiera robarme algo del olor.
—Todavía no sé qué es lo que más me vuelve loco —dijo, con la voz ronca, la mano abierta bajando por mi flanco hasta el hueso de la cadera.
Sabía hacia dónde iba la conversación. Siempre terminábamos volviendo al mismo lugar, como dos turistas que repasan las fotos del viaje hasta que se les gastan los bordes.
—¿La cara del plomero? —pregunté, con una risa baja que vibró contra la almohada—. ¿O el olor del pintor?
—Las dos cosas —me besó el hombro, con esa voracidad medida que me desarma—. Pero empecemos por el plomero. Ese pibe me lo tengo grabado a fuego.
Cerré los ojos y la escena vino sin que tuviera que llamarla. Era un martes a la una de la tarde. El pibe había llegado con un mameluco azul manchado de hollín, una caja de herramientas que olía a grasa vieja y un manojo de llaves colgándole del cinturón. Yo había abierto la puerta con un pantalón vaquero de tiro bajo y una musculosa blanca de algodón delgado, sin corpiño debajo.
—Me acuerdo del olor —empecé a contar, en voz baja, porque la historia se sostenía mejor en susurros—. Sudor seco, grasa, algo metálico. Se agachó frente a la pileta y yo me paré justo al lado de su cabeza, fingiendo que buscaba un repasador en el cajón. Lo escuchaba puteando en voz baja contra los caños, sintiendo su respiración pesada contra mi muslo.
Martín apretó la mandíbula contra mi cuello. Sentí cómo el latido de él volvía a despertarse, despacio, debajo de la sábana.
—Yo estaba en el estudio, con la cocina entera en la pantalla —dijo—. Pensé que si te hubieran filmado para una película, te daban el Oscar a la naturalidad. La inclinación que hiciste para mostrarle la junta, con el codo apoyado en la mesada, ese arco en la espalda… Renata, ese arco no era natural.
—Practiqué dos veces frente al espejo del baño —confesé, y los dos nos reímos en la oscuridad, una risa cómplice que solo nos pertenecía a nosotros.
—El jean, ¿te acordás del jean? —insistió él, recorriéndome el bajo vientre con la palma, justo el lugar exacto donde, ese día, había asomado la pretina de la tanga negra.
—Esos viejos, los gastados, los que te piden a gritos que te agaches —respondí—. Los compré pensando en estos juegos, Martín. Vos sabés que no son de salir a la calle.
—Y la tanga negra de encaje. Yo veía, desde la cámara, cómo el elástico subía por encima del jean cuando vos cambiabas de postura. Un milímetro y desaparecía. Otro milímetro y reaparecía. Era una hipnosis. El contraste del encaje contra tu piel pálida, justo en el borde de lo que está permitido mirar.
—Él se detuvo —continué—. Ese fue el momento exacto. Dejó la herramienta en el piso y se quedó congelado, agachado, sin moverse. Sentí el cambio en el aire, lo juro. Cuando se incorporó para ir a cerrar la llave de paso, le vi los ojos. Tenía la pupila grande, como si hubiera estado en una habitación oscura mucho rato. Y miedo. Miedo a mirar, pero una necesidad incontrolable de hacerlo.
—Y vos no le diste tregua —dijo Martín, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Te estiraste pasando por al lado de él, con los brazos arriba, como si te hubieras dormido la espalda.
—La musculosa se me subió. El jean se me bajó. Habrá durado un segundo, dos a lo sumo. Pero alcanzó para todo.
—Vi cómo se le ponía colorada la nuca, Renata. Cómo la nuez de Adán se le movía cuando tragaba saliva. La cámara captó cada uno de esos detalles, milimetrados, como un microscopio. Y cuando se le cayó la llave inglesa al piso, juro que casi grito en el estudio.
—Me agaché para alcanzársela.
—De espaldas. Con la curva del culo perfectamente enmarcada por el jean. Y él, en cuclillas, atrapado a treinta centímetros, sin poder mirar para otro lado. Te juro que vi en el monitor cómo se le marcaba el pantalón en la entrepierna. Estaba destruido, ese pibe. Salió de casa caminando como si tuviera vidrios molidos en el bolsillo.
Me arqueé bajo Martín, porque la memoria era más sólida que cualquier mano. Sentir que un desconocido se desarmaba mirándome, y que mi marido había sido el director invisible de la escena entera, era una droga que no se compra en ninguna parte del mundo.
—Cuando le di la llave, no me miró a la cara —terminé—. No se animó. Me miró la mano. Y yo me sentí dueña del mundo, Martín. Dueña de él, dueña tuya, dueña de la tarde entera.
—Y yo era dueño de vos —contestó él—. Esa es la cuenta exacta.
***
—Pero el pintor —murmuré, cambiando el ritmo, bajando la voz un escalón más—. El pintor era otra cosa.
—Ese era un insolente —contestó Martín, apoyándose en los codos para sostenerse encima de mí—. No tenía vergüenza. Solo apetito.
Lo veía otra vez, con la misma nitidez. El pibe, flaco, con los brazos largos manchados de pintura blanca, subido a la escalera de aluminio. Tenía un piercing en la ceja y la cabeza casi rapada. No debía pasar los veinticinco.
—El olor era lo que más me prendía —dije—. El aguarrás, fuerte, ácido, mezclado con el perfume dulce que me había puesto a propósito esa mañana. Era una niebla rara, tóxica y dulce a la vez. Y yo, en el medio, fingiendo que limpiaba el ventanal del living por enésima vez.
—La camiseta de algodón vieja, dos talles más grande, sin corpiño. Y el contraluz de la ventana —enumeró Martín, con la precisión de un coleccionista—. Yo conocía cada uno de esos detalles antes de que el pintor pisara la escalera.
—Cuando levantaba los brazos para llegar al vidrio de arriba, la tela me dejaba el costado entero al descubierto. Y él estaba más alto que yo, en esa escalera. Tenía una perspectiva cenital del escote que vos nunca tuviste, Martín. Me veía desde arriba, derechito hacia abajo.
—Gruñí en la oficina, ¿sabés? Mi compañera me preguntó si me había trabado el Excel. Le dije que sí, que era un archivo viejo.
—Dejó el pincel colgado en el aire. Lo vi por el rabillo del ojo. Tenía la mano embarrada de pintura blanca y se quedó así, como una estatua mala. No se movió por veinte segundos. Yo conté hasta veinte, Martín. Conté los segundos en silencio, mientras le pasaba el trapo al vidrio.
—Lo que más me mató fue que no se disculpó con la mirada —dijo él, su boca cerca de mi oreja—. El plomero pedía perdón en silencio mientras te recorría. El pintor te miraba como si tuviera derecho a hacerlo. Como si vos le debieras la escena. Y eso te pinchaba el orgullo.
—Por eso me agaché a mojar el trapo —admití—. Por eso, no porque hiciera falta.
—De espaldas, con esa pollera negra cortita. Y la tanga roja del lado izquierdo. ¿Te acordás del hilo?
—¿Se vio?
—Se vio todo. La curva entera. La pollera se te tensó hasta el límite. El encaje minúsculo se perdió en el pliegue. Y él, arriba de la escalera, se agarró del peldaño como si se estuviera por caer. Vi el temblor reflejado en el vidrio del ventanal. Lo vi con mis ojos, no con los de la cámara.
—Después te mandé el mensaje.
—«¿Estás mirando?» —repitió Martín, riéndose bajito contra mi piel—. Tres palabras. Casi me las hiciste pagar caras.
—Quería que supieras que yo lo sabía —respondí—. Que era una sociedad. Que él estaba ahí, a un metro y medio, con el olor a pintura encima, y que si yo abría las piernas un centímetro más de lo necesario, él lo iba a ver entero. Yo no era yo, Martín. Era una obra que vos comisionabas y que otro miraba sin saber que estaba pagando entrada.
—La gota de agua —recordó él, y la voz se le puso espesa.
—Le ofrecí el vaso porque dijo que tenía la garganta seca. Él me lo agarró de la mano y, cuando lo tomó, una gota se le escurrió por la barbilla y cayó en mi pecho. Yo no me la limpié.
—No te la limpiaste —confirmó Martín—. Él siguió esa gota con los ojos. La trayectoria entera, desde la clavícula hasta donde se perdió bajo la tela. Fue una tortura. Una transmisión en vivo de la tortura más exquisita que vi nunca.
—Quería que se fuera con el estómago vacío y la cabeza llena —jadeé—. Que se masturbara esa noche pensando en la transparencia de la camiseta, en el reflejo de la gota, en el ruido del pincel cuando lo dejó colgado del aire.
Martín se hundió en mí con la fuerza acumulada de los dos recuerdos, y yo me sentí cuádruple. Estábamos los dos, pero también el plomero atrapado en el piso de la cocina, y el pintor congelado en la escalera de aluminio. Cuatro cómplices en una intimidad que ninguno de los otros dos había firmado, pero a la que habíamos arrastrado a nuestros desconocidos sin pedirles permiso, sin que se enteraran nunca de su papel en esta cama.
El final llegó como una avalancha. Más fuerte que la primera vuelta, porque ya no estábamos solos. El recuerdo de la llave inglesa cayendo al piso de la cocina, el temblor de la escalera de aluminio, el roce del trapo contra el vidrio, el olor del aguarrás, todo se fundió en un único grito ahogado contra la almohada.
***
Después, la calma. La piel mojada, el techo dando vueltas despacio, la respiración yendo y viniendo hasta volver a su sitio. Por la ventana se colaba el ruido de un colectivo lejano. Nada más.
Me acurruqué en el hueco de su cuello.
—Ahora sí —susurré.
Martín me besó la coronilla.
—¿Ahora sí qué?
—Ahora sí podemos llamar al electricista.
Se rió bajito, casi sin sonido.
—Ya tenés el guion preparado.
—Ya tengo el guion. Y tengo el vestido nuevo. El de seda color crema, el que tiene los botones del costado que se abren con la tensión, ¿te acordás cuál?
—Me acuerdo perfecto.
—Y esta vez voy a poner una silla justo al lado del tablero. Para que él tenga que trabajar de rodillas, abajo. Y yo voy a estar parada al lado, mirándolo desde arriba. Inversión total de la cámara del pintor. ¿Te imaginás?
Sentí cómo Martín sonreía contra mi pelo. La sonrisa del depredador que sabe que la presa todavía no llegó, pero que la trampa ya está armada, pulida, lista.
—Me encanta tu cabeza, Renata.
—Me encanta que me mires —contesté, ya con los párpados pesados, ya con la imagen del electricista tomando forma en el fondo de mi cabeza—. Y me encanta, sobre todo, que me mires a través de otros.