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Relatos Ardientes

La clienta del café me citó esa noche con su marido

Era mi primer trabajo formal. Había cumplido los dieciocho hacía apenas unos meses y los trámites del alta me habían vuelto loca, pero al final entré como mesera en una cafetería de mi barrio. Un local grande, con vitrina de pasteles y una clientela fija que pedía siempre lo mismo, casi sin mirar la carta.

En las semanas que llevaba ahí, una clienta me había llamado la atención. Una mujer joven, o eso parecía, con el pelo castaño hasta media espalda y vestidos sueltos que cambiaban de color cada día. Hablaba con esa cortesía calmada de quien tiene tiempo de sobra. Y tenía una manera de mirar que me dejaba sin palabras a mitad de una frase.

Venía todas las tardes a la misma hora. Siempre sola. Casi siempre la atendía yo. Pedía un latte con dos de azúcar y se acomodaba en la mesa de la esquina, junto al ventanal, con un libro o con la laptop. Pero más que leer o trabajar, me observaba a mí.

Al principio pensé que era mi cabeza inventando cosas para que el turno fuera menos largo. Después dejé de pensarlo. Cada vez que pasaba con la bandeja, sus ojos me seguían. Cuando le llevaba el café, me sonreía con una calma que me desordenaba algo por dentro. Era como si ella supiera de mí algo que yo todavía no había descubierto.

Un jueves llegó más tarde que de costumbre. Yo justo entraba a mi media hora de descanso. Calenté la comida que había traído de casa y me senté en una mesa del fondo con los audífonos puestos. Estaba perdida en el teléfono cuando sentí una presencia al lado. Levanté la vista. Ahí estaba ella, con el libro bajo el brazo y la taza en la mano.

—¿Te molesta si me siento? —preguntó.

Me quité un audífono y le señalé la silla de enfrente con un gesto. Se acomodó despacio, dejó las cosas sobre la mesa y apoyó las manos por debajo, fuera de mi vista. La luz de la ventana le pegaba en la sien y le hacía brillar unos pendientes pequeños que yo no había notado nunca.

—¿Cómo te llamas? —dijo.

—Camila. Mucho gusto.

—Mariana. Igualmente.

Me tendió la mano derecha. Me sorprendió un poco, porque siempre la había visto escribir con la izquierda en su mesa, pero no le di vueltas. Su apretón fue firme y breve.

Empezó a hacerme preguntas. Cuánto tiempo llevaba en la cafetería, si estudiaba algo, si tenía días libres, si vivía cerca. Después las preguntas cambiaron de tono. Si estaba sola, si me gustaban las mujeres, qué edad tenía exactamente. Eran directas, pero su voz seguía igual de suave. No me incomodaban; me intrigaban.

—Tengo dieciocho —le dije.

—Yo prácticamente te doblo la edad.

No le creí. Sacó la identificación del bolso y la giró hacia mí. Año mil novecientos setenta y ocho. Cuarenta y siete años. Le quedaban escondidos en algún lugar que no se veía.

—¿Y por qué me preguntas todo esto, Mariana?

—Porque me pareces preciosa. Quería invitarte a salir un día. Conocernos un poco, si te interesa.

Apoyé los codos sobre la mesa y me incliné un poco hacia adelante.

—¿Quieres acostarte conmigo? —le dije, sin bajar la mirada—. Es mejor decirlo, ¿no crees?

Se quedó muda un segundo. La sorpresa le pasó por los ojos como una sombra.

—Discúlpame —dijo después, con voz más baja—. Es la primera vez que hago esto con alguien tan joven y no sabía cómo plantearlo. Sí, me interesa un encuentro contigo. Pero…

—¿Pero qué?

—No quiero que estés conmigo.

La miré sin entender.

—Quiero que estés con él —añadió, y giró un poco la cabeza hacia el lado.

—¿Perdón?

—Con mi marido.

Las manos volvieron a aparecer sobre la mesa. En el dedo anular de la izquierda llevaba un anillo discreto que yo nunca había visto, porque siempre lo escondía debajo del mantel. Giré la cabeza despacio hacia donde había mirado ella. En una mesa del fondo, un hombre de unos cincuenta años, vestido de oscuro, nos observaba sin sonreír. Le sostuvo la mirada al saberse descubierto y se la devolví yo, atontada.

—¿Estás casada? —pregunté, casi en un susurro.

—Hace muchos años que hacemos esto con mujeres de mi edad. Tú serías la más joven con la que ha estado.

—¿Entonces quieren un trío?

—No. Quiero que tú estés con él. Yo solo miro.

Algo en el local pareció pararse. Pensé en mis compañeros, en si era una broma, en si había una cámara escondida en alguna parte. Pero nadie se reía. La cafetería seguía igual, con el rumor de la máquina de espresso, el crujido del molinillo, una clienta pidiendo un croissant en la barra.

La alarma de mi celular me devolvió al mundo: se me terminaba el descanso.

—¿A qué hora sales? —preguntó Mariana.

—A las siete.

Tomó una servilleta, sacó un bolígrafo del bolso y anotó un número.

—Si te interesa, llámame y paso a buscarte en el auto. Hablamos con más calma. Mucho gusto, Camila.

Se levantó, recogió sus cosas y salió. El hombre del fondo se levantó treinta segundos después y la siguió.

***

El resto del turno fue una nebulosa. Servía cafés en automático y volvía a la servilleta cada cinco minutos, como si el número fuera a desaparecer si dejaba de mirarlo. ¿Y si era una estafa? ¿Y si me hacían daño? Tenía miedo, pero tenía algo más: una curiosidad que me empujaba hacia adelante.

Media hora antes de salir, me escondí en el cuarto del personal y marqué. Atendió al segundo timbre. Quedamos en una esquina, a una cuadra del local. Antes de salir, le mandé mi ubicación a Sofía, mi amiga de toda la vida. Se preocuparía, como siempre, pero al menos alguien sabría dónde estaba.

El auto era negro, sobrio, con los vidrios un poco oscurecidos. La puerta del acompañante se desbloqueó cuando me acerqué. Subí. Mariana iba al volante, pero no llevaba lo de siempre. Una blusa entallada y escotada, una falda corta y tacones rojos que parecían incómodos. Estaba maquillada de otra manera, más marcada en los ojos. Olía distinto también.

—Me alegra que vinieras —dijo, y me dio un beso en la mejilla. Aceptarlo me decidió por dentro.

—Buenas noches —dijo una voz desde el asiento de atrás. Pegué un saltito sin querer.

—Él es Esteban. Mi marido.

Me giré. La cara de la cafetería ahora tenía nombre. Me tendió la mano por encima del apoyacabezas. Firme. No le huí.

Mientras Mariana manejaba, me contaron lo justo. Trece años casados. Cinco haciendo esto. Idea de ella, primero como fantasía privada, después como algo que practicaban con mujeres dispuestas. Reglas claras: si en cualquier momento yo decía basta, paraban. Sin enojos. Sin consecuencias. Aquella última frase me devolvió la respiración.

***

El edificio quedaba a quince minutos. El departamento era amplio, con un sofá grande y otro individual, y una alfombra clara que parecía nueva. Esteban abrió una botella de vino tinto y sirvió tres copas. Yo me senté en el sofá grande, él al lado mío. Mariana, en el individual, frente a nosotros.

Hablamos un rato. La voz de Esteban era grave, calma. No me hizo preguntas incómodas. El vino bajó rápido. Sentí el calor en la nuca primero, y después más abajo. Cuando él pasó el brazo por detrás del respaldo, no me corrí.

Empezó por el cuello. La boca caliente, el aliento que se me quedaba pegado en la clavícula. Las manos se movían lentas, midiéndome, dándome tiempo a frenar si quería. No quería. Su mano subió por el muslo, por encima del jean, y se quedó ahí, presionando apenas. Mariana, enfrente, no se movía. Tenía las piernas cruzadas y la copa apoyada sobre la rodilla, y nos miraba con una concentración tranquila, sin urgencia. Sus ojos no estaban enojados. Estaban hambrientos.

—¿Vamos a la habitación? —dijo, después de un rato que no supe medir.

***

El cuarto tenía una cama amplia y una silla de respaldo alto en una esquina. Ella se sentó ahí, cruzando las piernas otra vez. Esteban me quitó la camiseta despacio, como si tuviera tiempo de sobra. Me desabrochó el sostén y se quedó mirando un segundo antes de tocar.

—Qué lindas —dijo Mariana desde la silla.

La miré. Sonreí sin querer. El jean cayó al piso, las panties también. Esteban me sentó en el borde de la cama, de espaldas a él, y me acarició la piel con las dos manos abiertas. Una nalgada suave. Después otra, un poco más fuerte. La mano por delante, los dedos buscando, encontrándome ya mojada.

Levanté la cabeza para mirar a Mariana y descubrí que se había acomodado de otra manera en la silla. Una pierna sobre el apoyabrazos, la falda recogida. No llevaba ropa interior debajo. No sabía si nunca la había llevado o si se la había sacado en algún momento que no vi. La mano le bajaba y le subía con calma, sin prisa, los ojos clavados en la escena. Verla así me prendió fuego por dentro.

Me incliné hacia adelante, apoyé las manos en el colchón y dejé que Esteban se hundiera detrás de mí. Su boca llegó hasta donde yo quería que llegara. Gemí sin filtros, con la mirada fija en ella. Mariana sonreía con la boca un poco abierta, los ojos chiquitos por el deseo.

Esteban se separó, se sacó el pantalón y se acomodó en el borde de la cama. Me arrodillé entre sus piernas. Lo tomé con la mano y lo trabajé despacio, primero con la lengua, después con la boca entera. Él respiraba pesado. Yo cerraba los ojos un segundo y los abría para mirarla otra vez a ella. Era la regla, lo intuía, antes de que la dijeran en voz alta.

Después de unos minutos me apartó con una mano firme. Quería sentirme por dentro, dijo. Me senté en la cama. Cuando levanté la cabeza, Mariana estaba de pie a un costado, con la blusa abierta y la falda enrollada en la cintura. En la mano tenía un preservativo. Esteban caminó hacia ella, le dio un beso largo, sin apuro, y le sacó el preservativo de los dedos.

Volvió hacia mí, lo abrió, se lo puso. Yo me apoyé sobre las manos y las rodillas, ofrecida sin decirlo. Él entró despacio la primera vez, casi midiéndome. Después encontró el ritmo. La cama empezó a moverse con embestidas marcadas y yo dejé caer la cara contra las sábanas, de costado para no perderla a ella, que se había vuelto a sentar.

—Eso, mi amor —dijo Mariana, casi en un susurro.

El sonido de la piel chocando llenaba el cuarto. Yo gemía bajito al principio, después dejé de cuidarlo. Cambiamos de posición. Esteban se acostó boca arriba y yo me senté encima, pero girada, mirando a Mariana. Era la regla, ahora lo confirmaba: contacto visual con ella la mayor parte del tiempo. Le di lo que estaba esperando. Me moví fuerte, con rabia y morbo al mismo tiempo, con las manos sobre los muslos de él y los ojos clavados en ella.

Mariana sonreía con esa sonrisa cómplice. Una mano entre las piernas, la otra recorriéndose los pechos por encima del sostén abierto. La imagen me empujaba a moverme más rápido. Quería que ella siguiera mirando. Quería darle exactamente lo que había venido a buscar.

Pedí cambiar otra vez. Me acosté boca arriba con la cabeza al borde del colchón, para verla al revés pero verla. Esteban me juntó las piernas, las apoyó contra su torso y me embistió con menos paciencia. Me besaba las pantorrillas. Yo gemía con desesperación. Cuando llegué, lo hice arqueando la espalda y apretándole los dedos a él en la mano. Una explosión sostenida, larga, que me dejó vibrando.

Mariana se levantó de la silla y se sentó a mi lado, en la cama. Me pasó dos dedos por el vientre, los subió hasta mi cara, me acarició la mejilla. Tenía los dedos brillantes, húmedos.

—¿Te gusta la verga de mi marido? —dijo, casi en susurro.

Asentí, porque hablar no podía.

—¿Te gusta la nena que te traje, mi amor? —le preguntó a él.

—Me encanta —dijo Esteban, sin parar.

Se besaron. Por encima de mí, mientras él seguía moviéndose dentro. Era una escena que no terminaba de procesar y a la vez me revolvía un calor que estaba a punto de volver.

—Me voy a venir —avisó él, con la voz quebrada.

Soltó mis piernas, se apoyó sobre mí, me besó los pechos, después el cuello. Mariana, al lado, había acelerado la mano sobre ella misma. La oí gemir por primera vez, un sonido bajo y largo. Esteban dio sus últimas embestidas con un gruñido apretado y se quedó quieto, vaciándose dentro del preservativo, dentro de mí. Yo me corrí otra vez sin darme cuenta, en silencio, con la mano cerrada sobre la sábana.

Mariana se desplomó hacia atrás, con un orgasmo que la hizo arquearse y dejar escapar un chorro de líquido contra las sábanas. Una parte me salpicó los tobillos. Era la primera vez que veía algo así de cerca. Me pareció hermoso y extraño, como casi todo lo que había pasado esa noche.

***

Se acostó a mi lado. Esteban salió de mí y se acostó del otro. Quedé entre los dos, mirando el techo, riéndome sin querer. Una risa de descompresión, no de incomodidad. Ellos también se rieron. Me acariciaron los hombros, las mejillas, en silencio. No había nada que decir.

Me bañé en su ducha enorme. Cuando salí, había un taxi esperándome abajo. Esteban me abrió la puerta del departamento. Mariana me acompañó hasta el ascensor, descalza, todavía con la falda abierta sobre la cadera.

—Cuando quieras, vuelves —dijo, peinándome el pelo mojado con los dedos.

Le robé un beso corto, sin pensar, antes de meterme al ascensor. Ella se quedó parada en el rellano, sonriendo.

Al día siguiente entré al turno como si nada. Mariana no vino. Tampoco al día siguiente. Volvió tres días después, con su latte de siempre y con su libro. Me esperó en su mesa de la esquina y compartió mi descanso otra vez. No hablamos de lo que había pasado. Nos miramos, eso sí, con una complicidad nueva.

Tres semanas después llegó un segundo encuentro. Pero esa, en realidad, es otra historia.

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Comentarios (4)

NicoBSAS

Increible!!! Muy buen relato, se siente demasiado real.

RaulLector

La tension desde el principio esta muy bien lograda, no esperaba ese giro. Excelente relato.

Tomas_46

Espero que haya segunda parte, quede con ganas de mas jaja

CharlasNocturnas

Me recordó a una situación parecida que viví. Esas miradas que dicen todo sin decir nada... lo captaste perfecto.

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