Lo que vieron en la playa cambió nuestra forma de amar
La playa de Bahía Concha estaba llena cuando llegamos pasadas las once. Tobías odiaba el calor —siempre lo decía, siempre se quejaba de la arena pegándose a los pies— pero esa mañana no protestó. Yo sabía por qué. No era el mar, no eran las cervezas frías en la nevera portátil, no era el reggae que sonaba desde un parlante a treinta metros. Era todo lo demás.
Extendimos la manta detrás de una palmera, lo suficientemente cerca del agua para escuchar las olas, lo suficientemente lejos como para no compartir sombrilla con nadie. Él se quitó la camisa y se quedó en bañador negro. Yo me quité el vestido de gasa y aparecí en bikini rojo, el de las tiritas finas, el que sabía que le encantaba.
—¿Te pongo aceite? —preguntó.
—Empieza por la espalda.
Me acosté boca abajo y sentí sus manos resbalar sobre mi piel. No era un masaje, era un mapa. Cada vez que pasaba el dedo pulgar por el borde de la braguita, lo sentía detenerse un segundo, como si dudara. No dudaba. Estaba mirando.
—¿A quién miras? —pregunté sin levantar la cabeza.
—A la rubia de la sombrilla amarilla.
—Descríbela.
Tobías se rio bajito, sorprendido todavía, después de todo este tiempo, de que yo le pidiera eso. Se acomodó a mi lado y me describió a la rubia con detalle quirúrgico: pelo corto, hombros pecosos, un tatuaje pequeño en el omóplato derecho, senos firmes que se le notaban incluso a través del traje de baño entero. La rubia hablaba con un hombre mayor que, casi con seguridad, no era su pareja.
—¿Y ahora? —dijo él.
—La pelirroja de la silla baja.
—Sin tatuajes, piel muy blanca, se está poniendo bloqueador en las piernas y se toma su tiempo. Le gusta que la miren.
Era nuestro juego desde el primer verano. Tobías miraba; yo escuchaba. Después yo miraba; él me preguntaba. Nunca habíamos tocado a nadie más, nunca habíamos hablado en serio de hacerlo. El placer era anterior a eso, más sutil. El placer era saber que el deseo del otro existía, que podíamos nombrarlo en voz alta, que volvía a mí cada vez que él terminaba de mirar.
—Hay un tipo —dije después de un rato.
—¿Dónde?
—A las dos en punto. Camisa blanca abierta, pantalón corto azul. Está leyendo algo en el celular y, cada cinco minutos, levanta la cabeza y me mira.
Tobías se incorporó apenas y giró la cabeza con disimulo.
—Te está mirando, sí. Y no es el único.
—¿Quién más?
—La pareja del toldo verde. Los dos.
El cuerpo me hormigueó. La pareja del toldo verde eran una mujer morena de unos treinta y largos, con un bikini negro mínimo, y un hombre que podía ser su esposo o su amante o un hermano demasiado cercano. Estaban sentados muy juntos, susurrándose cosas, y de vez en cuando uno de los dos giraba la cara hacia nosotros.
—¿Qué van a pensar? —pregunté, divertida.
—Lo que están pensando ahora.
Me senté. Me llevé las manos a la espalda y tiré despacio del nudo del sostén. No era una decisión planeada; era la consecuencia natural de saber que nos miraban. La tela cayó sobre la manta y mis senos quedaron al sol por primera vez en una playa pública. Talla noventa, naturales, dos lunares chiquitos en el pezón izquierdo. Sentí el calor del sol y el calor de las miradas como si fueran la misma cosa.
Tobías no me dijo nada. Se quedó callado, mirándome a mí y, después, mirando a las personas que me miraban a mí. Era voyeur de los voyeurs y eso lo encendía más que cualquier otra cosa.
—¿Cómo me ven? —pregunté.
—Como si fueras la única mujer en la playa.
—Mentiroso.
—Como si quisieran ser yo.
Esa me la creí.
***
Bajamos al agua después de la segunda cerveza. La arena quemaba y corrí los últimos metros, riéndome, hasta meterme hasta la cintura. El mar estaba tibio en la superficie y frío unos centímetros más abajo, como si fueran dos mares distintos puestos uno sobre el otro. Tobías me siguió y se zambulló de cabeza. Cuando salió, tenía el pelo pegado a la frente y esa mirada que yo conocía demasiado bien.
—Ven —dijo.
Me acerqué. Me rodeó por la cintura y me levantó apenas, lo justo para que mis piernas se enredaran en las suyas. Mis senos quedaron contra su pecho. Los sentí endurecerse contra él y supe que él también los sintió.
—Nos siguen mirando —murmuró.
—¿Quiénes?
—La pareja del toldo verde. Ahora están de pie. Ella tiene una cámara en la mano, pero no nos apunta. Solo mira.
—¿Te molesta?
—Me encanta.
Lo besé. Lo besé profundo, con lengua, sin disimulo, dejando que el agua nos meciera. Sus manos bajaron por mi espalda y se metieron por debajo de la braguita del bikini. Sus dedos encontraron el camino, lentos, exploradores, primero solo acariciando, después separando, después entrando.
Tragué un gemido dentro de su boca. Si gemía fuerte, alguien iba a notarlo. Si me quedaba quieta, también. La única manera de que no notaran era seguir besándonos como si solo nos estuviéramos besando, mientras él me hacía exactamente lo que me estaba haciendo.
—Hay un niño a diez metros —le advertí.
—Está jugando con un balde. No nos mira.
—Hay una señora con sombrero.
—Está leyendo.
—Hay…
—Mira a tu izquierda.
Giré la cabeza muy despacio, fingiendo que buscaba la orilla. A unos quince metros, dentro del agua, estaba la mujer del toldo verde. Sola, sin el hombre que la acompañaba antes. Tenía el agua a la altura de las costillas, los brazos cruzados bajo los senos —que también se le marcaban a través del bikini negro—, y nos miraba directamente. No con vergüenza, no con escándalo. Con curiosidad pura, y con algo más también.
Tobías aprovechó que yo estaba distraída y empujó dos dedos más adentro. Casi me caigo.
—No la mires tanto —me susurró al oído—. Va a venir.
—Que venga.
No vino. Se quedó ahí, mirando, hasta que ella misma se llevó una mano debajo del agua, en un gesto que solo nosotros entendimos. Después se dio vuelta y nadó hacia su toldo, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—¿Eso fue…? —empecé.
—Fue —dijo Tobías.
***
Bajé la mano y le solté el bañador. Su pene salió duro contra mi vientre. Lo agarré por debajo del agua, lo apreté, lo acaricié. Él gimió contra mi cuello, un sonido bajo y ronco que solo yo escuché por encima del rumor de las olas.
—Aquí no —dijo, sin convicción.
—Aquí sí.
Me trepé. Pasé las piernas alrededor de su cintura y me sostuve de sus hombros. El agua nos cubría hasta los hombros y nadie podía ver lo que pasaba debajo. Solo podían verme moverme contra él, podían ver mi cara, podían imaginar el resto. Imaginar era suficiente. Imaginar era, en realidad, lo más excitante de todo.
Hice a un lado la braguita del bikini y lo guie. Entró de una sola vez, suave, lento, profundo. Cerré los ojos. Los abrí. La mujer del toldo verde nos miraba desde la orilla, ya seca, con una toalla blanca sobre los hombros y los pezones marcados a través de la tela.
—Está viendo —le dije.
—Lo sé.
Tobías me sostuvo por los muslos y empezó a moverse despacio. Las olas hacían parte del trabajo, nos empujaban contra él y nos alejaban. Yo me dejaba llevar. Mis senos rebotaban apenas contra su pecho, mis labios buscaban los suyos y los perdían, mis ojos volvían una y otra vez a la orilla, donde la mujer ya no estaba sola: ahora también estaba el hombre. Los dos miraban.
—¿Te molesta? —le pregunté.
—Pregúntame si me molestaría que ella entrara al agua y se acercara.
—¿Te molestaría?
—No.
No lo decía en serio. Lo decía en serio. Daba igual. La verdad de ese momento era esa: dos cuerpos en el mar, una pareja en la orilla, un sol que caía vertical sobre todos y la certeza de que eso, exactamente eso, era lo más parecido a la libertad que yo había sentido nunca.
—Tobi —susurré—, me voy a venir.
—Ahora.
Me corrí con la boca contra su clavícula, mordiéndolo apenas para no gritar. Lo sentí palpitar dentro y supe que él también estaba al borde, aunque tuvo la prudencia de salir antes de terminar y dejar que su semen se perdiera en el agua, en algún lugar donde nadie pudiera reconocerlo. La ola siguiente nos empujó hacia la orilla y tuvimos que sostenernos para no caer.
Nos quedamos abrazados un rato largo, respirando. La pareja del toldo verde ya no estaba en la orilla. Habían vuelto a sus reposeras y conversaban como si nada, aunque la mujer me sostuvo la mirada una vez más cuando salimos del agua. Levantó una cerveza en mi dirección, como un brindis silencioso. Yo asentí.
—¿Vamos a verla otra vez? —preguntó Tobías mientras nos secábamos.
—La playa es libre —dije.
Era nuestra forma de decir que sí sin decirlo. Era nuestra forma de pedir, por adelantado, una próxima vez en la que tal vez sí, tal vez ella entrara al agua, tal vez el hombre del toldo verde se sumara, tal vez. Por ahora, ese tal vez era más que suficiente.
Recogimos la manta cuando el sol empezó a bajar. Caminamos por la orilla, juntamos un par de conchas y una piedra negra brillante que él guardó en el bolsillo del bañador. En el parqueadero, antes de subir al auto, Tobías me besó largo, con la sal todavía en los labios.
—¿Sabes qué fue lo mejor? —dijo.
—¿Qué?
—Que no me importó que nos vieran. Me importó que nos vieran y quisieran vernos otra vez.
Asentí. Me subí al auto con las piernas todavía temblando un poco, con el cuerpo lleno de sal y de sol, y con la certeza de que esa playa, esa pareja, esa mujer del toldo verde, iban a aparecer otra vez en mi cabeza esa noche, cuando él me hiciera el amor en la cama del hotel, despacio, mirándome a los ojos, como si toda la playa estuviera mirando.