Lo que espié en la fiesta privada de mi hermana
Crecer como el único hombre en una casa de mujeres me dio dos cosas: una sensibilidad rara para los silencios femeninos y un catálogo enorme de fantasías mal disimuladas. Vivíamos los tres solos: mi madre, mi hermana Daniela —dos años mayor que yo— y este servidor. Desde la adolescencia, Daniela arrastraba a casa a una manada de amigas que parecían crecer en cantidad y desparpajo cada semestre.
Cuando cumplí los dieciocho, ya no podía mirarlas como las niñas que habían sido. Eran mujeres terminadas, con risas demasiado fuertes y miradas demasiado largas. Yo me encerraba en mi cuarto cada vez que llegaban y me hacía el desentendido, pero las escuchaba. Escuchaba todo.
El pasillo de aquella casa tenía una acústica perfecta para el chisme. Pegado a la pared, fingiendo que estudiaba con audífonos colgando al cuello, podía oír sus confesiones con un detalle pornográfico.
—No, en serio, te juro que se vino en mi boca y le había advertido que no —contaba una entre risas ahogadas—. Le sentí la verga latir contra la lengua y de golpe una chorreada espesa hasta la garganta. Casi lo mato.
—¿Y te lo tragaste? —preguntaba otra.
—¿Qué iba a hacer? Se me escurría por la comisura, sabía a cloro y a sal. Le limpié la polla con la lengua para que aprendiera.
El coro de risas que seguía era siempre el mismo. Hablaban de primeras veces, de novios formales a los que engañaban con ex de la prepa metiéndoles el coño hasta el fondo en baños de bar, de juguetes que escondían en cajones bajo la cama —vibradores, dilatadores, un consolador negro que una llamaba «el árbitro». Yo, encerrado, las imaginaba con un nivel de detalle que me dejaba en vela durante horas, con la polla dura pegada al ombligo y la mano moviéndose despacio bajo las sábanas.
Empecé a entrenar. No por vanidad, sino por cálculo. Quería que alguna de ellas levantara la mirada cuando yo pasara por la cocina sin camisa, fingiendo buscar un vaso de agua. Me compré camisetas una talla más chicas. Volvía del gimnasio con los brazos hinchados y los hombros tensos, y entonces las saludaba con un beso en la mejilla que duraba un segundo más de lo debido.
Funcionaba a medias. Alguna sonreía. Otra me decía «qué grande estás» con un tono que podía significar cualquier cosa. Pero ninguna iba más allá. Daniela era una frontera invisible que ninguna estaba dispuesta a cruzar.
Hasta aquella conversación.
Era jueves. Yo acababa de llegar del gimnasio y, como siempre, me detuve en el pasillo a escuchar. Estaban planeando la fiesta de graduación. Mi hermana y sus amigas estaban a punto de terminar la universidad; yo apenas empezaba el segundo semestre de la mía. Ese año significaba para ellas el final de algo, y querían cerrarlo a lo grande.
—Que sea sólo de mujeres —decía Daniela—. Nada de novios, nada de amigos de novios, nada de hombres.
—¿Y entonces qué hacemos? ¿Pelis y palomitas? —se burló alguien.
—Contratamos a un par de strippers —soltó otra, y la sala estalló en chillidos.
—Pero de los buenos —insistió Marcela, una rubia alta que era la más descarada del grupo—. Que estén mamados. Y que estén bien dotados. No me vengan con un flaquito de vergita de dedo, quiero pollas de las que rompen calzones.
—Marce, por Dios.
—¿Qué? Si vamos a pagar, que valga la pena. Yo quiero una verga que se me atore en la garganta, no un chorizo de merienda.
Me quedé clavado en el pasillo con la toalla colgando del cuello y el corazón a punto de salirme por la garganta. Empezaron a discutir lugares, fechas, precios. Iba a ser dentro de dos semanas, un sábado por la noche, en cualquier casa que pudieran dejar libre de padres, hermanos y miradas ajenas.
Y ahí, mientras escuchaba a Marcela describir el tipo exacto de hombre que pensaba contratar, se me formó la idea entera, completa, perfecta.
***
Las dos semanas siguientes las pasé planeando.
Lo primero fue inventarme un viaje. Le dije a Daniela, durante la cena de un martes, que ese fin de semana me iba a la sierra con dos compañeros de la facultad. Camping, fogata, lo que sea. Mi hermana ni siquiera disimuló el alivio.
—Perfecto —contestó—. Yo le voy a decir a mamá que se quede con la tía Roxana. Tengo… cosas que hacer aquí.
—¿Cosas? —pregunté, fingiendo desinterés.
—Cosas mías. No te metas.
Lo segundo fue comprar las cámaras. Dos mini cámaras inalámbricas que se conectaban a mi laptop por wifi. Las pedí por internet con dinero que llevaba meses guardando para una consola. Llegaron en una caja insultantemente discreta.
El tercer paso lo planeé hasta el último detalle. La noche anterior a la fiesta, mientras Daniela se duchaba, instalé una cámara dentro del librero de la sala, escondida entre dos enciclopedias que nadie abriría jamás. La otra la coloqué en la cocina, dentro del extractor de la campana, con el lente apuntando al pasillo. Probé la señal desde mi cuarto. Imagen limpia, audio decente. Todo listo.
El cuarto paso fue el más cruel y del que aún me cuesta hablar sin reírme: el desayuno del sábado.
Le preparé a Daniela un licuado de plátano con avena «para que tengas energía para la noche», le dije con una sonrisa que ella interpretó como cariño fraternal. Le había echado adentro tres cucharadas de un laxante de farmacia, sabor a nada, indetectable. A las once de la mañana yo ya estaba saliendo de la casa con una mochila, despidiéndome de ambas.
—Cuídate, hermana. Diviértete.
—Cállate y vete.
Caminé hasta la esquina, esperé media hora en una cafetería y volví por la puerta trasera con la llave de servicio. Para entonces, mi hermana ya estaba encerrada en el baño, maldiciendo en voz baja al licuado del demonio. Subí a mi cuarto sin que nadie me viera, eché el seguro, encendí la laptop y me puse cómodo.
El espectáculo iba a empezar en cuatro horas.
***
A las siete empezaron a llegar.
Mi hermana, pálida y sudorosa, abrió la puerta como pudo y se disculpó cien veces. Le dijeron que no se preocupara, que descansara, que se acostara. Daniela se metió a su cuarto y cerró la puerta. Desde mi cuarto la oí quejarse de dolor abdominal una hora entera. Por un momento me sentí culpable. Sólo un momento.
En la pantalla las veía moverse por la sala con copas en la mano. Botellas de vino, mezcal, una hielera con cervezas. La música subió. Marcela llevaba un vestido negro corto que se le pegaba como si se lo hubieran pintado, sin sostén, los pezones marcándose duros contra la tela. Romina, su mejor amiga, una morena de pelo corto y boca grande, repartía tequilas como si fueran agua. Estefanía, la más callada del grupo, ya estaba descalza y bailando sobre el sofá con la falda subida hasta medio muslo.
Eran siete en total. Yo las conocía a todas. A todas las había saludado mil veces en la cocina, con un beso casto en la mejilla, mientras ellas me preguntaban por la universidad. Verlas ahí, en mi sala, con esa actitud, era como descubrir que mis vecinas eran espías rusas.
El timbre sonó a las nueve y media.
Los strippers entraron vestidos como bomberos, con cascos amarillos y unos pantalones tácticos que ni a un metro engañaban a nadie. Eran enormes. Uno moreno, rapado, con tatuajes en los brazos. El otro más blanco, rubio teñido, sonrisa profesional. Hicieron el numerito de mentira de revisar un «incendio» y empezaron el show.
Empezaron como empiezan siempre estas cosas: bailando. Restregándose contra las sillas, sentándose en las piernas de una y otra, dejándose tocar el pecho. Las chicas chillaban como si tuvieran quince años. Yo, sentado frente a mi laptop, con los audífonos puestos para no perder un sonido, ya tenía la boca seca, el pantalón abierto y la mano cerrada alrededor de la verga.
El moreno, que se hacía llamar Diego, se quitó el pantalón con un tirón y se quedó en una tanga roja que apenas contenía lo que tenía adentro. Se le adivinaba la polla enroscada de lado, gruesa como una muñeca. Romina lanzó un grito que se debió oír en la calle. Estefanía se tapó la cara con las dos manos, pero entre los dedos espiaba sin disimulo.
—¿Y si vemos qué hay debajo? —preguntó Marcela, con una sonrisa que ya no era de risa.
Diego la miró, le pasó un dedo por la barbilla y se quitó la tanga.
La verga le cayó de golpe, medio dura ya, larga y gruesa, con la punta lustrosa. Se oyó un «hijueputa» en algún lugar de la sala. Marcela se lamió el labio inferior sin siquiera darse cuenta.
***
De ahí en adelante, el show dejó de ser show.
Lo que vi por esa cámara en las siguientes dos horas todavía lo recuerdo escena por escena. Lo describiría como una orgía si no fuera porque la palabra suena a algo planeado, y aquello no fue planeado. Aquello fue una avalancha.
Marcela se arrodilló primero. No esperó turno, no pidió permiso, no fingió. Se arrodilló frente a Diego con la naturalidad de quien hace algo que ha hecho cien veces, agarró la polla con las dos manos, la estudió un segundo como se estudia una fruta demasiado grande, y se la metió entera en la boca. Se la tragó hasta la mitad de un solo golpe. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no la sacó. La chupó despacio, saliendo hasta la punta, dejando un hilo de saliva, y volviendo a bajar. Le lamió los huevos con la lengua plana, uno y después el otro, mientras con la mano le hacía una paja lenta que le arrancó a Diego el primer gemido de la noche.
—Puta, cómo la chupa esta zorra —dijo Romina en voz alta, ya sin filtro, y se rió.
Las otras la rodearon mirando, algunas tapándose la boca, otras riéndose, una grabando con el celular —cosa que después de la fiesta seguramente lamentó. Marcela sacó la polla babeada, la sostuvo pegada a su mejilla y miró a las demás.
—Vengan, cabronas, no me la voy a comer sola.
Romina se acercó por detrás del stripper, le agarró los testículos con una mano y empezó a besarle la espalda, bajando por la columna hasta la mitad del culo. Con la otra mano le apartó una nalga y le pasó la lengua por la raya sin ningún pudor. Diego arqueó la espalda y soltó una carcajada corta que era también un gruñido. El rubio teñido, viendo que iba a quedarse fuera del reparto, se acercó a Estefanía, que ya había dejado de taparse la cara, y le susurró algo al oído mientras le pasaba la mano por debajo de la falda. Estefanía asintió sin pensarlo. Se abrió las piernas ahí mismo, en el sillón, y el rubio le hundió dos dedos de un tirón. Estefanía cerró los ojos y le clavó las uñas en el hombro.
Yo, en mi cuarto, ya estaba con el pantalón en los tobillos y la respiración rota, la verga en el puño chorreando líquido pre-seminal sobre el muslo.
Marcela se incorporó, se dio la vuelta y, apoyándose en el respaldo del sofá, levantó el vestido. No llevaba ropa interior. Tenía el coño depilado, hinchado, brillando de mojado bajo la luz amarilla de la lámpara. Diego se posicionó detrás de ella sin decir una palabra, se escupió en la mano, se pasó la saliva por la verga, y con una mano en su cadera, entró de un solo movimiento. Se la clavó hasta el fondo, hasta que los huevos le chocaron contra el clítoris. Marcela soltó un sonido que era mitad gemido, mitad carcajada, y bajó la frente contra el respaldo del sofá.
—Ay Dios, ay Dios, así, así, hijo de puta, rómpeme —jadeó con la boca abierta contra la tela.
Las demás aplaudieron como si estuvieran en un partido.
—¡Métela, métela! —gritaba alguien fuera del cuadro de la cámara.
Diego la agarró por la cintura y empezó a follársela con embestidas largas y sonoras. Se le veía la polla salir brillante y volver a entrar, cubierta de los jugos de Marcela. El sofá crujía. Marcela se aferraba al respaldo con los nudillos blancos y arqueaba la cadera para atrás para recibir cada golpe. En un momento Diego le agarró el pelo, se lo enroscó en el puño y le tiró hacia atrás. Marcela abrió la boca en una O y se rió a carcajadas, con los ojos aguados, la cara roja, un hilo de baba en la comisura.
—Dime puta —le pidió jadeando, moviendo el culo contra él.
—Puta —repitió Diego, y le dio una nalgada seca que sonó en toda la sala.
—Otra vez.
—Puta. Zorra. Cógete esta verga.
Estefanía, mientras tanto, estaba sentada en el regazo del rubio sobre el sillón individual. Se había subido la falda hasta la cintura y se había bajado los tirantes del top, con las tetas sueltas rebotando cada vez que caía sobre la polla del stripper. Se movía lento al principio, con los ojos cerrados y los labios apretados, como si intentara no hacer ruido y no lo lograra, mordiéndose la muñeca para ahogar los gemidos. El rubio le agarró las caderas y empezó a levantarla y bajarla más rápido, empalándola hasta el fondo. Estefanía terminó tirando la cabeza para atrás y gimiendo abierto, sin vergüenza, con la boca colgando.
Romina, que había soltado a Diego cuando éste empezó con Marcela, se acercó al sillón, se sentó en el reposabrazos y se inclinó para besar a Estefanía mientras ésta cabalgaba al rubio. Estefanía respondió el beso con un hambre que yo no me esperaba. Se comieron la boca con lengua, mordiéndose los labios. Romina le agarró una teta, se la apretó fuerte y le pellizcó el pezón entre dos dedos. Estefanía gimió dentro de la boca de su amiga y aceleró el ritmo sobre la polla del rubio. En cuestión de segundos, Romina se bajó la ropa interior y se subió al sillón también, poniéndose de rodillas encima del respaldo, con el coño a la altura de la cara de Estefanía.
—Cómemelo, perra —le ordenó Romina agarrándole el pelo—. Ya que estamos.
Estefanía obedeció sin decir palabra. Sacó la lengua y se enterró la cara entre las piernas de Romina, chupándole el clítoris mientras el rubio le seguía metiendo la verga por debajo. Romina echó la cabeza para atrás, se agarró las tetas con las dos manos y empezó a moverse contra la boca de Estefanía, restregándose. La cámara captaba todo con una nitidez casi obscena.
Esto no está pasando.
***
El intercambio duró toda la noche.
Las chicas se turnaban. Se pasaban a los hombres como si fueran botellas de mezcal. Algunas miraban con la mano metida entre las piernas; otras participaban. En un momento vi a Marcela tirada boca arriba en la alfombra con Diego encima follándosela en misionero, las piernas abiertas de par en par, los tobillos por encima de los hombros del stripper. Diego se salía casi entero y volvía a clavársela de golpe, sacándole el aire cada vez. Marcela le clavaba las uñas en la espalda, dejándole surcos rojos, y le pedía más fuerte, más adentro, con la voz rota.
—Vente adentro, vente adentro —le pidió en un momento—. Quiero sentirlo.
Diego apretó los dientes, bajó la cabeza contra el hombro de Marcela y dio tres embestidas violentas hasta que se puso rígido y descargó dentro de ella con un gruñido largo. Marcela abrió la boca sin sonido, con el cuerpo temblando, y se corrió al mismo tiempo, con las piernas cerradas alrededor de la cintura del tipo, sacudiéndose. Cuando Diego salió, el semen le chorreó de vuelta por el coño hasta el ano, blanco y espeso. Romina se acercó con una risa perversa, agachó la cabeza y lamió la corrida a Marcela directamente del coño, subiendo la lengua desde el ano hasta el clítoris en un solo trazo largo. Marcela chilló y le apretó la cabeza contra la entrepierna.
Una de las más calladas del grupo, una pelirroja a la que yo siempre había considerado la versión decente, se subió encima de Diego cuando éste ya estaba acostado en la alfombra recuperándose, y empezó a moverse encima de él con una furia tranquila, los ojos fijos en el techo, hablando para sí misma cosas que la cámara no alcanzaba a captar. Al principio Diego estaba blando, pero ella se agachó, le escupió en la polla y se la chupó con la boca entera hasta que se puso dura otra vez. Se la enterró entonces con calma, sentándose despacio, dejándose caer centímetro a centímetro, y empezó a cabalgarlo apretando los dientes. Cuando se corrió, se corrió en silencio, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en el pecho tatuado del stripper, temblando de arriba abajo como si le hubiera dado un escalofrío eléctrico.
En algún momento Marcela y Romina compartieron a Diego, una sentada sobre su cara, la otra sobre lo demás. Marcela tenía el coño chorreando contra la boca del stripper y le agarraba el pelo mientras él le comía todo: coño, clítoris, ano. Romina se le montó a horcajadas encima de la polla y empezó a cabalgar con las tetas al aire, sudando, con el pelo pegado a la frente. Las dos se miraban entre ellas con una complicidad que sólo entienden dos amigas que llevan toda la vida confesándose cosas, y en un momento se inclinaron hacia adelante y se besaron sobre la cara de Diego, con las lenguas afuera, mientras seguían moviéndose.
Al rubio le tocó una ronda con dos a la vez también. Estefanía y otra que no reconocí desde ese ángulo lo tenían tirado en el sofá. Estefanía le chupaba la polla despacio, envolviéndosela con los labios, mientras la otra le lamía los huevos y le mordía el interior de los muslos. En un punto Estefanía se la sacó de la boca, la sostuvo contra su cara y se la ofreció a la otra. Se pasaron la polla del rubio de boca en boca como si fuera un cigarro, chupándola turno tras turno, mirándose y riéndose. El rubio terminó corriéndose en la cara de Estefanía, en dos chorros gruesos que le cayeron uno en la mejilla y otro dentro de la boca. Estefanía se lamió los labios sin dejar de mirarlo y le apretó la polla para sacarle la última gota.
Yo me vine tres veces. La primera, casi al principio, cuando vi a Marcela arrodillarse y tragarse la polla de Diego entera. Me eché un chorro caliente sobre el vientre y ni siquiera limpié, seguí mirando con la mano pegajosa. La segunda, cuando Estefanía gimió por primera vez con la boca abierta cabalgando al rubio, con las tetas rebotándole libres y Romina metiéndole la lengua en la boca. La tercera, ya bien entrada la madrugada, cuando ya no podía ni mantener los ojos abiertos pero seguía mirando como un adicto que no quiere irse de la fiesta. Esa última corrida fue seca, dolorosa, apenas un espasmo, con la verga irritada y roja de tanto trabajarla.
Las últimas en irse fueron Marcela y Romina, cerca de las cuatro de la mañana. Los strippers se vistieron con las pollas todavía brillantes de flujos ajenos, recibieron una propina absurda y se fueron sin mirar atrás. Las chicas se ayudaron a recoger lo que pudieron, medio desnudas todavía, con las medias corridas y las bragas perdidas en algún rincón del sofá, dejaron platos en el fregadero, una botella vacía sobre la mesa, dos copas rotas en la alfombra y una mancha oscura de corrida seca en el respaldo del sillón. Y se fueron.
Apagué las cámaras. Bajé en silencio. Daniela seguía encerrada en su cuarto, esta vez dormida. La sala olía a perfume, a sudor, a semen y a alcohol. Limpié lo que pude, recogí las cámaras del librero y del extractor, las guardé en el fondo de mi mochila como si fueran armas.
Volví a mi cuarto antes del amanecer y respaldé los archivos en tres lugares distintos.
***
Han pasado años desde aquella noche.
A las amigas de mi hermana las sigo viendo de vez en cuando, ahora en bodas, bautizos, reencuentros. Las saludo con un beso en la mejilla, les pregunto por sus maridos, por sus hijos. Ellas me sonríen con la misma sonrisa angelical de siempre, sin sospechar nada.
Marcela se casó con un abogado y tiene dos niñas. La miro y me acuerdo del semen de un desconocido chorreándole del coño mientras su mejor amiga se lo lamía. Romina vive en otro país. Estefanía es maestra de primaria; me la crucé el año pasado en un cumpleaños y me contó de sus alumnos con la misma boca con la que se tragó dos pollas la misma noche. Daniela, mi hermana, todavía no sabe nada de la fiesta —nunca le conté que sus amigas habían terminado como terminaron, y ellas tampoco se lo cuentan, supongo que por vergüenza.
Los archivos siguen guardados. No los he vuelto a ver más de cinco veces en todos estos años, y nunca los he compartido con nadie. No es por chantaje. No es por morbo. Es por la certeza —rara, secreta, sólo mía— de que esa noche vi a esas mujeres como ningún hombre las verá jamás: abiertas de piernas en mi propia sala, con la boca llena de polla y el coño lleno de corrida, jadeando como perras en celo. Y eso, aunque suene pequeño, me sigue calentando como el primer día.