Todos me miraban mientras subía esas escaleras
Hola otra vez. Soy Yamila y tardé en volver a escribir porque quería hacerlo bien, contar las cosas tal como pasaron y no a medias. Disculpen si me extiendo, pero hay detalles que no quiero saltarme.
Antes que nada, una confesión: descubrí que me encanta ser el centro de atención. Empezó leyendo relatos por las noches, cuando toda la casa dormía. Después me animé a escribir uno y me llovieron mensajes, fotos, hombres y mujeres que me platicaban hasta la madrugada. Esa sensación de saberme deseada por gente que ni siquiera me conocía se me volvió un vicio, igual que tocarme a oscuras cuando ya nadie podía escucharme.
Pero lo de los correos era a distancia, detrás de una pantalla. Lo que les quiero contar pasó en persona, a plena luz del día, y me dejó temblando de una manera que no esperaba.
Tengo diecinueve años recién cumplidos. Mi hermano Bruno tiene veintidós, hace poco que trabaja y me consiente como si yo siguiera siendo una niña. Nos llevamos bien de verdad: vamos al cine, de compras, paseamos. Nuestros padres son muy religiosos y muy estrictos, de los que pasan fines de semana enteros en congresos de la iglesia. Cuando se van, Bruno y yo nos quedamos solos en casa y aprovechamos para salir.
Ese sábado me invitó al mercado de pulgas más grande de la zona, un sitio que todos llaman el Barranco porque está en un terreno hundido, a desnivel, y para entrar tienes que bajar un tramo largo de escalones. Acuérdense de los escalones, que más adelante son importantes.
Como hacía un calor de esos que pegan en la piel, decidí ir ligera y, ya entrada en gastos, ponerme guapa. Les cuento cómo soy: bajita, morena, con el pelo negro larguísimo. Tengo los pechos chicos, pero las caderas y el trasero se me redondean más cada año; me lo noto en el espejo y en las fotos. Y tengo buenas piernas, llenas, de esas que con minifalda lucen.
Me puse una blusa rosa de escote pronunciado, sin hombros, cortita, que me dejaba el ombligo al aire. Adelante tiene un cordón que se anuda y aprieta la tela contra los pechos, haciéndolos ver más grandes de lo que son. Le sumé una minifalda beige, tacones negros que me estiraban las piernas y un bolso blanco con un corazón rojo. El pelo suelto, aunque me diera más calor, porque suelto me siento otra.
—Cualquier cosa me marcas, Yami —me dijo Bruno con un beso en la frente, como siempre.
—Tranquilo, yo te aviso cuando vaya a buscarte. Cuídate tú también.
El plan de siempre: caminar un rato juntos y luego cada quien por su lado. Él se va derecho a los puestos de figuras y películas; yo me pierdo entre aretes, ropa y bolsos, las cositas que a mí me gustan.
***
Iba mirando entre las lonas cuando encontré un puesto donde una señora tenía un montón de tangas de marca, con la etiqueta todavía puesta. De encaje, de seda, transparentes, monísimas todas. Yo sé que esa ropa interior es cara y que en mi ciudad ni siquiera hay tiendas que la vendan, así que me acerqué con curiosidad a preguntar precios.
—Son originales, mija, y se las dejo a buen precio —me aseguró la señora.
Cuando me dijo cuánto, casi grito. Entraba en mi presupuesto. Me volví un poco loca eligiendo: las levantaba con las dos manos, las giraba para verlas bien, revisaba las tallas. Soy de cuerpo pequeño, talla chica, y la mayoría me quedaban grandes, pero algunas se ajustaban perfecto. Siempre había soñado con tener una tanga y nunca me había atrevido.
Estaba tan metida en lo mío que tardé en darme cuenta de algo: varios hombres mayores se habían arrimado al puesto y me observaban. No buscaban nada de la ropa de hombre que la señora también vendía; me miraban a mí, con una atención que no disimulaban del todo, como imaginándome con esas prendas puestas.
Lo lógico habría sido incomodarme. En cambio, sentí exactamente lo mismo que cuando me llegaban mensajes de desconocidos: un cosquilleo, un calor, las ganas de que siguieran mirando. Por el rabillo del ojo los vigilaba sin que se notara, y me di cuenta de que no se perdían un solo movimiento mío.
Entonces hice algo descarado, fingiendo que no me enteraba de nada. Tomaba una tanga y me la medía por encima de la falda, a la altura de la cadera. Agarré también un par de sostenes y los sostenía sobre mis pechos, ladeando la cabeza como si dudara de la talla. La señora veía todo, pero con tal de vender no decía una palabra. Yo, mientras tanto, sentía cómo me humedecía de pura excitación de saberme observada.
—¿Esta cree que me quede, seño? —preguntaba en voz alta, más para los mirones que para ella.
Estuve a punto de preguntárselo a uno de los hombres, el que se había puesto más cerca, pero me dio un ataque de vergüenza y me contuve. Al final escogí cuatro, aun sabiendo que con lo que llevaba no me alcanzaba. Las quería todas: hermosas y de mi tamaño.
Cuando la señora me dio el total, se me cayó la cara. Intenté decidir cuál devolver, pero ninguna sobraba. Me aparté un poco del puesto, saqué el celular y le mandé mi ubicación a Bruno. La idea era comprarlas a escondidas de mis papás, y confiaba en que mi hermano me prestara lo que faltaba sin contarle a nadie.
—¿Te falta para pagar? —dijo una voz a mi espalda.
Volteé. Era uno de los hombres que me miraban, el que se había acercado más. Un señor de unos cuarenta y tantos, moreno, llenito, con canas en el pelo y en el bigote. Cara de buena persona, de padre de familia.
—Pues… sí —contesté nerviosa, muerta de pena.
—Yo te las pago, si quieres.
—No, ¿cómo cree? Gracias, pero no.
De golpe, la descarada que un minuto antes manoseaba tangas sin pudor desapareció y volvió la Yamila tímida que en el fondo sigo siendo.
—No es molestia, no quiero ofenderte. Dime cuánto te falta y te lo doy —insistió.
—¿Y a cambio de qué? —pregunté, ya intuyendo la respuesta.
—¿Podría verte con alguna puesta? —soltó, mirándome fijo.
Me quedé pensando. Eché un vistazo al puesto y vi que la señora nos espiaba mientras atendía a otros clientes. No oía nuestra conversación, pero no es tonta: sabía perfecto lo que estaba pasando. Y entonces, por suerte o por desgracia, vi a Bruno acercándose a lo lejos.
—Gracias de verdad, pero ahí viene mi hermano y él me presta. En serio, muchas gracias por el ofrecimiento —le dije con una sonrisa.
—Está bien, no te ofendas. Solo te digo una cosa: seguro te vas a ver hermosa con tus… —no terminó, como si la palabra le diera apuro.
—¡Con mis calzones! —rematé yo, y me reí, ya más suelta—. Me llamo Yamila, por cierto.
Se lo dije justo antes de que llegara mi hermano, casi al mismo tiempo que el señor se alejaba. Nunca supe su nombre.
—¿Todo bien? —preguntó Bruno.
—Sí, me pedía una dirección —mentí.
***
—La verdad necesito un favor enorme —le dije con la cabeza gacha.
—¿Qué pasó?
—Me ayudas a pagar algo, es que no me alcanza. Pero me da vergüenza.
—¿Por qué? ¿Son cosas de mujer?
—Sí, eso. Ropa interior.
Lo más sensato era pedirle el dinero y pagar yo sola. Pero el diablito que llevo dentro me sopló otra cosa, y de solo imaginarlo volví a sentir ese calor entre las piernas.
—Mejor ven conmigo a pagar. Pero… ¿me guardas el secreto? —le dije mordiéndome el labio y poniendo cara de puchero.
Por Dios, estaba coqueteando con mi propio hermano. Una atrevida, eso es lo que soy.
—Ya me intrigaste. ¿Qué quieres comprar? —dijo Bruno.
—Unas tangas, es la primera vez que me compro algo así. Tú sabes que mamá nunca me dejaría usarlas. Por favor, guárdame el secreto.
—Bueno, va. Pero quedas en deuda conmigo, ¿eh?
—¡Sí, lo que sea! Ven, ayúdame a escogerlas —le dije, pícara.
Casi se le salen los ojos cuando vio las cuatro que había elegido. Transparentes, de satín, con dibujos, y todas por detrás reducidas a un hilo que se perdía entre las nalgas. Ahí sí me dio pena de verdad que mi hermano las viera, sobre todo las transparentes, que no dejaban nada a la imaginación. Y justo por eso, en lugar de arrepentirme, devolví una más recatada y agarré otra todavía más fina.
Bruno pagó las cuatro. Yo lo abracé y le di un beso en la mejilla. Pensé que era mejor que la vendedora nos tomara por novios y no por hermanos, así que me colgué de su brazo. Nos fuimos hacia la salida en un silencio un poco incómodo, hasta que rompí el hielo preguntándole qué había comprado él.
—Unas películas de una serie y una figura que andaba buscando —contestó.
—¿Y para qué la quieres si sale en la tele?
—Me gusta tenerla en físico.
—Ah, qué bueno —le dije, y lo apreté más fuerte. Me hacía feliz verlo contento.
—¿Y tú? —se rió—. Ya sé qué compraste, mejor dicho qué te compré yo.
—¡No te rías, que me da vergüenza! Gracias, hermanito. Te juro que me dio pena que las vieras, pero no quería perder la oportunidad.
—No te preocupes. Aunque están tan chiquitas que se te va a ver todo, como si no llevaras nada —dijo, y los dos nos reímos.
—¡Ya, no me digas eso!
***
Antes de llegar a las escaleras se me ocurrió una travesura. Le dije a Bruno que necesitaba ir al baño y entré sin pensarlo a los servicios públicos. Me encerré en un cubículo, me levanté la minifalda, me quité el calzón normal y busqué entre mis compras la tanga más pequeña, la más transparente de todas. Me la puse.
No podía creer la sensación. Por detrás era justo como me lo había imaginado: el hilo se metía entre las nalgas y desaparecía. Por delante apenas me cubría, y a los lados se asomaba todo sin pudor. Guardé el calzón usado en el bolso, respiré hondo y salí.
—Lista, ¡ahora sí vámonos! —le dije a mi hermano con otro beso en la mejilla.
Casi en la salida me crucé con el señor del puesto. Iba con su familia: la esposa, un hijo un poco mayor que yo y una hija más o menos de mi edad. Lo noté ponerse nervioso. Yo solo lo miré y le sonreí, como saludándolo, y me divirtió ver cómo desviaba la vista.
Y entonces llegaron las escaleras. Para salir del Barranco había que subir ese tramo largo y empinado de escalones. Me adelanté rápido, me puse delante de todos —de mi hermano, del señor, de su familia y de la fila de gente que venía detrás— y empecé a subir despacio.
Con lo corta de la minifalda, lo alto de los tacones y la inclinación de la escalera, sabía exactamente lo que estaba haciendo. Cualquiera que mirara hacia arriba me veía el trasero entero. Y como la tanga se perdía entre mis nalgas, era como si subiera con el culo al aire, sin nada puesto.
Me excité tanto que las piernas me temblaban. El hilo se me clavaba con cada escalón y la sensación, sumada a saber que todos me miraban, casi me hace terminar ahí mismo, en plena escalera, delante de extraños. Sentía la tela empapada y por un segundo me dio pánico que se me escurriera por los muslos.
Casi arriba, volteé un instante. Bruno venía con los ojos desorbitados, sin saber dónde meterse. El señor disimulaba fatal. Su esposa me lanzó una mirada de puro repudio. Y la hija, la chica de mi edad, al pasar a mi lado, me sonrió con una complicidad que no me esperaba, como si me entendiera.
Tomé de nuevo a mi hermano del brazo y nos alejamos rumbo a la parada, yo todavía con el corazón a mil. Creo que tienen razón: me estoy saliendo de control. Pero esa tarde, en esos escalones, me sentí más viva que nunca.