Mi mujer bailó con un desconocido mientras yo miraba
La nota estaba pegada en la puerta de la nevera con un imán de los que traemos de los viajes. La reconocí por la letra inclinada de Marina antes de leer una sola palabra.
«Quiero ir a cenar. Después, ser yo tu cena. Y para terminar, volvernos locos. Te recojo a las nueve. Te quiero y te deseo. Marina.»
Era mi cumpleaños. Llevábamos seis años juntos y Marina no era de las que organizan sorpresas; por eso me quedé un rato mirando el papel con una sonrisa boba, como si me hubieran regalado algo más grande de lo que era.
Me metí en la ducha con la nota todavía dándome vueltas en la cabeza. No hice nada, ni me toqué siquiera, y aun así me descubrí completamente duro contra el azulejo. Cerré el grifo de agua caliente, traté de pensar en cualquier otra cosa y salí antes de hacer una tontería.
Me puse unos pantalones ajustados y la camisa azul que a ella le gustaba, esa que dice que me marca la espalda. A las nueve en punto estaba en el portal. El coche apareció enseguida, como si Marina hubiera estado dando vueltas a la manzana esperando la hora exacta.
Llevaba un vestido corto y escotado que yo no le había visto nunca, y unas medias que le terminaban en lo alto del muslo, justo donde a mí se me va la cabeza. Me incliné para besarla y olí su perfume nuevo.
—Feliz cumpleaños —dijo, y arrancó sin darme tiempo a contestar.
Durante el camino no pude dejar de mirarla. Las cosas entre nosotros iban bien, pero en lo de la cama nos habíamos acomodado, y los dos lo sabíamos sin decirlo. Necesitábamos inventar algo, empujar un poco los límites, fabricar un recuerdo nuevo que no oliera a rutina. Ese iba a ser su regalo, supe entonces. Marina me regalaba una noche distinta.
El restaurante era pequeño y la mesa estaba en un rincón. Yo había encontrado en el móvil una de esas listas de preguntas atrevidas para parejas, y la saqué medio en broma esperando que ella pusiera los ojos en blanco como siempre. Pero esa noche Marina entró al juego sin resistirse.
—Pregunta —dijo, apoyando la barbilla en la mano.
Por primera vez en meses no hablamos del trabajo, ni de la hipoteca, ni de la cena de sus padres. Hablamos de nosotros, de cosas que no nos contábamos hacía tiempo. A mitad de la cena noté algo en la entrepierna y bajé la vista: Marina se había descalzado y me palpaba por encima del pantalón con el pie, sin perder la sonrisa, como si me estuviera contando una anécdota cualquiera.
—Vas a hacer que tire la copa —le advertí.
—Aguanta —contestó.
El escote le abría una zona de piel que yo casi nunca veía, y me sorprendí sintiendo dos cosas a la vez. Me encantaba verla así. Y al mismo tiempo me molestaba pensar que cualquiera que pasara junto a la mesa pudiera mirarla, desearla, preguntarse qué habría debajo de aquel vestido. No sabía todavía que esa molestia, esa noche, iba a convertirse en otra cosa.
***
Después del postre propuse ir a un local del que habíamos hablado alguna vez sin decidirnos nunca: un club con espectáculos en vivo, a tres calles del restaurante. Marina me dio la mano por la acera y supe que iba a decir que sí a todo.
Pedimos dos copas. Nos las trajo un camarero joven, alto, con los brazos marcados bajo una camisa negra arremangada y una sonrisa demasiado fácil. Le calculé veinticinco años, puede que menos. Vi cómo Marina lo siguió con la mirada hasta la barra, y vi también que ella se daba cuenta de que yo lo había visto.
En el escenario empezó un número de pole dance. Nos quedamos los dos viéndolo, pegados, mientras la temperatura subía sin que ninguno lo dijera. Mis dedos se colaban por las aberturas del vestido de Marina y ella me dejaba cada vez que sentía que nadie nos miraba. Después empezó a atreverse también, a rozarme por encima del pantalón con una mano tranquila.
El camarero volvió a recoger las copas vacías y aprovechó el gesto para echar un vistazo al escote de Marina, que estaba más abierto de lo debido porque yo había estado jugando con los tirantes. Ella se dio cuenta tarde. Su primera reacción fue colocarse el vestido, recomponerse, hacer lo que se espera de una mujer casada y decente.
Pero no se le borró el rubor. Marina había pasado los cuarenta hacía un par de años, y que un chico de esa edad la mirara así, sin disimulo, le había encendido algo. Lo noté en cómo cambió de postura, en cómo respiró.
—¿Has visto cómo te ha mirado? —le dije al oído.
Se hizo la tonta, como si no se hubiera enterado de nada. Pero tenía curiosidad, no por el chico, sino por mí, por lo que yo iba a decir.
—¿No te ha molestado? —preguntó, midiéndome.
—Que un desconocido te desee me halaga —contesté—. Hay formas y hay momentos. En una noche como esta, hasta me parece divertido. A la gente le gusta tener lo que otros querrían tener. Y yo te tengo a ti.
Ella sonrió hacia su copa.
—¿Y a ti? —seguí—. ¿Te ha gustado, o te ha molestado?
Mientras lo preguntaba acerqué la mano y colé un dedo bajo el vestido, por encima de la ropa interior. Marina contuvo el aliento.
—Creo que voy a buscar yo mismo la respuesta —dije.
Jugué con los dedos dentro de ella unos segundos, los saqué mojados y me los llevé a la boca sin dejar de mirarla.
—Veo que no te ha molestado nada el descaro del camarero —susurré.
Marina solo supo gemir, bajito, agarrándome la muñeca.
***
Necesitábamos más contacto. Se sentó sobre mí, de espaldas, y así quedamos los dos de frente al joven, que ahora secaba vasos detrás de la barra fingiendo no mirar. Sus piernas largas quedaron expuestas a quien quisiera verlas. Yo no estaba acostumbrado a ver a Marina tan desinhibida, y eso me tenía al borde.
El camarero no perdía detalle, y ella lo miraba de vuelta, provocándolo despacio.
—Creo que esta noche, aparte de nosotros dos, alguien más se va a ir calentito a su casa —le dije, riéndome contra su nuca—. Le has dado material de sobra para entretenerse.
El número de pole terminó. En cuestión de minutos el club se vació; quedaban las luces, la música baja y nosotros tres. A Marina le apetecía bailar, pero yo le dije que no, que prefería verla bailar a ella. El camarero, que lo oyó todo, salió de detrás de la barra y nos preguntó, a los dos, si ella quería bailar con él.
Marina me miró buscando permiso. Le hice un gesto con la cabeza, mínimo, y se fue de su mano hacia la pista.
Sentí una mezcla rara, celos y morbo en la misma cucharada. Una cosa era jugar desde la mesa, a distancia, y otra muy distinta verla ahí, a tres metros, en brazos de un desconocido. Pero ver a Marina disfrutar me gustaba más de lo que me incomodaba. No le quité los ojos de encima ni un segundo.
El chico era fuerte y más alto que ella, así que la conducía con facilidad. Bailaba bien, mucho mejor que yo, y Marina sabía dejarse llevar. Iban muy pegados. Las manos de él le recorrían cada vez más cuerpo, y ella las gobernaba, las llevaba adonde quería y las apartaba de donde no. De vez en cuando lo miraba de arriba abajo y enseguida volvía la cara hacia mí, sin dejar de bailar, y yo le respondía con un gesto cómplice que solo entendíamos los dos.
Él le dijo algo al oído y Marina negó con la cabeza, sonriendo. Entonces el chico le dio la vuelta y se colocó detrás, pegado a su espalda. Ella aprovechó esa posición para clavarme la mirada mientras se mordía el labio y se contoneaba sobre él. Bailaba para mí, usando a otro hombre como instrumento.
En un momento el camarero bajó la boca hasta su cuello. Marina cerró los ojos un segundo, solo uno, y enseguida se separó de él y cruzó la pista hacia mí. Me dio un beso largo, hambriento, terminó de un trago lo que le quedaba en el vaso y dijo:
—Vámonos a casa. Ya.
***
Conduje yo; ella había bebido demasiado y le brillaban los ojos. En el coche apoyó la mano en mi pierna.
—Me has puesto muy cachondo, Marina —dije—. Y al camarero también.
Ella miraba la ciudad pasar por la ventanilla con una media sonrisa, y yo sabía que por dentro estaba repasándolo todo: el baile, las manos del chico, la idea de él volviendo solo a su casa pensando en ella.
Llegamos. Marina se adelantó mientras yo buscaba dónde aparcar. Cuando entré en el dormitorio, ya estaba tumbada en la cama, con los ojos cerrados, una mano apretándose un pecho y la otra entre las piernas. No me esperó.
Me tumbé entre sus muslos y empecé a lamerla a ella y a sus propios dedos, que seguían moviéndose. No habían pasado ni treinta segundos cuando se corrió sobre mi boca con un temblor que le subió por todo el cuerpo. Me acosté a su lado.
—No sé qué te ha pasado esta noche —le dije—, pero ojalá te pase para siempre.
—¿Quieres que te cuente todo lo que ha pasado mientras bailaba? —preguntó, con la voz entrecortada.
—Claro. Sabes que me encanta que me lo cuentes todo.
—Sigue lamiéndome y te cuento absolutamente todo.
Bajé otra vez sin hacerme de rogar, y Marina empezó a hablar mientras mi lengua recorría cada centímetro de ella.
—Me ha puesto muy cachonda por cómo me llevaba, por cómo me tocaba. Al final de la primera canción la tenía durísima, y me pilló mirándosela un par de veces. Me dijo al oído que si me gustaba lo que veía, que la tenía así por mí. Y me llevó la mano hasta ella.
Sentí cómo se le aceleraba la respiración con cada frase.
—Cuando la quité, me dio la vuelta y me la apoyó en el culo. Era grande, y estaba dura. La notaba ahí mientras te miraba a ti.
Según me lo contaba, se corrió de nuevo, agarrándome del pelo. Recobró el aliento a medias y siguió.
—Después me dio el beso en el cuello, y justo ahí me separé para volver contigo. No quería más de él. Te quería a ti.
No aguanté más. Me incorporé, le tapé los ojos con la corbata que había dejado en la silla y la penetré con todas las ganas que llevaba guardadas desde la nevera.
—Solo por hoy —le dije al oído—, imagínate que quien te folla es el camarero. Disfrútalo.
Y seguí embistiéndola hasta que los dos nos corrimos como no lo hacíamos en mucho tiempo, ella vendada, yo mirándola, sabiendo que en su cabeza había tres personas en esa cama y que ninguno de los dos lo cambiaría por nada.
Sin duda, había sido el mejor cumpleaños de mi vida.