El viejo teléfono que ella nunca borró
Imaginad por un momento que encendéis un teléfono viejo, de esos que llevan años olvidados en un cajón. Las razones por las que lo guardabais no importan. Lo enciendes, esperas a que cargue, y mientras tanto piensas que deberías borrarlo todo antes de dárselo a otra persona.
Imaginad que, antes de hacerlo, decidís echar un vistazo «por si acaso».
Y entonces empiezas a encontrar fotos, vídeos, documentos y aplicaciones que no son tuyos.
Imaginad que, de golpe, recuerdas que hace años le prestaste ese mismo teléfono a una conocida durante una temporada, y deduces que te lo devolvió sin molestarse en borrar nada de lo suyo.
¿Lo imagináis? Pues es exactamente lo que me ocurrió hace unos días.
La verdad es que hacía mucho que no sabía nada de aquella chica. Vamos a llamarla «V», no hace falta más. «V» fue un lío que tuve, luego una especie de amistad, y al final todo se torció: acabamos mandándonos mutuamente a la mierda y cada uno siguió su camino. Era una chica de aspecto extravagante, pero muy atractiva. Llevaba el pelo teñido de colores que cambiaba cada dos por tres —verde, violeta, un rojo imposible— y en la cama tenía una imaginación que a mí siempre me sobrepasó.
Sé lo que vais a decir. Que debí borrarlo todo de inmediato, no curiosear, no meterme donde no me llaman. Pero entonces no estaría escribiendo esto.
Entre el desorden de archivos encontré capturas de pantalla, descargas, decenas de fotos de WhatsApp y, cómo no, algún desnudo suyo. En ninguno se le veía la cara, pero reconocí su cuerpo al instante. Debió enviárselos a algún rollo de aquella época, porque también había fotos que él le había mandado a ella. Fotos de polla, sin más. Se veía que el «amigo» de «V» no era el más creativo del mundo en cuestión de erotismo.
Después aparecieron los vídeos.
En ellos no salía «V», pero era ella quien sostenía la cámara. Iba enfocando objetos colocados sobre la cama: consoladores, bolas chinas, lencería, un par de corsés. Y mientras los mostraba a su amigo con derechos, comentaba en voz baja qué le gustaba de cada uno. ¡Vaya colección tenía! Nada de tamaños imposibles, sino juguetes pequeños, pensados para usar en soledad o en pareja.
Todo muy curioso, muy picante, con ese morbo extra de estar viendo algo que jamás debí ver. Pasé horas con aquellos vídeos, intercalados con otros de su día a día, hasta que llegué a uno que me hizo entender que estaba a punto de cometer una locura.
***
En ese vídeo, sobre una mesa, había un objeto que reconocí enseguida: un cinturón de castidad para mujer. Y «V» se puso a explicarlo.
—Mira, este es mi juguete nuevo, ya llevo días usándolo. Lo puedo programar para que se cierre durante el tiempo que yo decida, y además fíjate.
Su mano apareció en pantalla, girando el cinturón para enseñar un enganche en la parte frontal.
—Aquí engancho el vibrador, ese que tanto te gusta usar conmigo. Se mete dentro y me quedo a su merced. Ayer lo programé una hora con la vibración baja. Hoy igual lo pruebo con la media. Y, si te portas bien, algún día te dejaré conectarte desde la aplicación y torturarme un rato.
La aplicación.
La aplicación.
Me lancé a revisar todo lo que había instalado en aquel teléfono y la encontré, metida en una carpeta de la primera pantalla. La abrí sin esperar nada, y descubrí que «V» era un absoluto desastre en materia de seguridad. Había dejado la contraseña guardada. Entré en su cuenta al instante.
En el menú principal había dos líneas: «Cinturón: desconectado» y «Pequeño Bruno: desconectado». Deduje que el tal Bruno era el vibrador. La app también tenía una pantalla de chat, supongo que para que dominante y sumisa intercambiaran órdenes. Al menos así lo usaría yo.
Habían pasado años. Seguro que ya no lo usaba.
¿Verdad?
Después de trastear un poco, activé una alarma que me avisaría si los juguetes volvían a encenderse. Dejé el teléfono enchufado en una mesa de mi casa y, simplemente, seguí con mi vida.
***
Pasaron tres días y dos noches. La tercera noche, justo cuando me iba a dormir, un «ping» del teléfono me hizo cruzar el salón corriendo.
«Cinturón: conectado». «Pequeño Bruno: conectado».
El corazón se me disparó. Lo estaba usando. No sabía dónde, ni siquiera si seguía en el mismo país que yo, pero lo estaba usando en ese preciso instante. Entonces empezaron a salir mensajes seguidos.
«Ajuste de cierre: 1 hora 30 minutos. Programa: solo un orgasmo».
Con cuidado entré a ver en qué consistía ese programa. Una gráfica mostraba la potencia del vibrador a lo largo de los noventa minutos: casi siempre baja o media, subiendo y bajando al azar, hasta los últimos cinco minutos, en que se ponía al máximo. Un solo orgasmo después de mantenerla al límite durante hora y media. Tan retorcida como siempre, «V».
Arriba del todo, la app indicaba que había dos teléfonos conectados a esa cuenta. El mío y el de ella.
Supe que tenía que decidir, y rápido. Ya os imagináis lo que hice. Por suerte hacía tiempo que pagaba una VPN, lo que me daba cierta tranquilidad de que no pudiera rastrear mi conexión, ya que entraba desde el wifi de casa.
El resto de opciones las tenía todas en pantalla. Disponía de un acceso de superusuario, por así decirlo. Lo primero que hice fue quitarle a «V» todos los permisos sobre el cierre y sobre el vibrador. Después esperé, mirando cómo el programa avanzaba minuto a minuto hasta llegar al tramo final, el del máximo.
Dejé el aparato al máximo durante apenas veinte segundos. Luego detuve las vibraciones por completo y escribí el primer mensaje.
Amo: «Buenas noches, pervertida. Acabo de tomar el control de tus juguetes».
Esperé. Durante casi un minuto no pasó nada. Después «V» empezó a escribir.
V: «¿Quién eres?».
Amo: «Eso da igual. A partir de ahora estás bajo mi control».
V: «Estás de coña. Ya me lo he quitado».
Amo: «Enseguida lo comprobamos».
La app mostraba que el cinturón seguía sellado. Quedaban tres minutos para que el cierre se liberara solo, así que desactivé el temporizador: ahora únicamente se abriría cuando yo lo ordenase. Después puse al pequeño Bruno al máximo.
Solo tenía que esperar.
Tardó casi diez minutos en volver a escribir.
V: «Por favor, párolo, párolo, por favor, por favor».
Amo: «Mándame una foto. Quiero verte».
La envió en segundos. Era ella, sin ninguna duda. Se la había hecho de cuello para abajo: su cuerpo delgado, desnudo, cubierto solo por el metal del cinturón. A juzgar por las marcas rojas de la cintura, llevaba un buen rato peleándose para quitárselo sin éxito. Con unas caderas tan marcadas como las suyas, jamás lo lograría sin cortarlo.
Amo: «Una foto entera. Quiero verte la cara».
V: «Por favor, eso no».
Amo: «No lo pararé hasta que la reciba».
La siguiente foto fue solo de su rostro. Seguía siendo esa chica de belleza rara y magnética, aunque ahora lo tenía surcado por un par de lágrimas y por la mueca de desesperación que yo ya esperaba.
Amo: «He dicho una foto ENTERA. Si no obedeces a la próxima, dejo el vibrador al máximo hasta que se agote la batería».
Y no era farol: la app me informaba de que el pequeño Bruno aguantaba ocho horas seguidas al máximo. Esta vez la foto fue exactamente como la había exigido. Había apoyado el teléfono en alguna superficie y se había puesto de pie, mostrándolo todo, cuerpo y cara. Estaba roja como nunca.
Cumplí mi palabra y detuve al pequeño Bruno.
V: «¿Cómo me has hackeado? ¿Quién eres?».
Amo: «No te lo voy a decir. Pero te explico cómo va a funcionar esto. Te liberaré exactamente dentro de una semana. Lo bien o lo mal que la pases dependerá de lo obediente que seas. No dejarás que el cinturón se quede sin batería: lo he programado para que, si eso pasa, se bloquee del todo».
Lo último era mentira, pero sabía que se lo creería.
Amo: «Y si el pequeño Bruno se queda sin carga, duplico el tiempo total. Sé que puedes recargar los dos con un cable sin quitártelos, así que no intentes engañarme».
V: «¡Eso es imposible! Si el cinturón se queda sin batería, se abre solo».
Amo: «Te he hackeado, estúpida. ¿Qué te hace pensar que no puedo hackear también el cinturón? Arriésgate, si quieres».
V: «¡Llamaré al servicio técnico!».
Como respuesta, volví a activar al pequeño Bruno al máximo.
Amo: «Yo de ti no lo intentaría. No podrán hacer nada».
Apenas un minuto después llegó su respuesta.
V: «¿Qué quieres de mí?».
Bingo. Se lo había tragado entero. La conocía bien y no había cambiado nada. Detuve el vibrador otra vez.
Amo: «Usaré el vibrador cuando me dé la gana, para mantenerte siempre en vilo. Te daré órdenes a cualquier hora, y si no respondes o no las cumples, lo pongo al máximo el tiempo que yo decida, me da igual dónde estés o qué estés haciendo. ¿Entendido?».
V: «¿Por qué me haces esto?».
Amo: «Porque puedo. ¿Lo has entendido todo?».
Tardó en contestar. Me la imaginaba mordiéndose las uñas, buscando una salida que no existía mientras se creyera mis mentiras.
V: «Sí. Entendido».
Amo: «A partir de ahora te dirigirás a mí como Amo. ¿Entendido?».
V: «Sí, amo».
***
Antes de escribir nada más, tuve la precaución de tapar las cámaras de aquel teléfono viejo con un trozo de cinta aislante. No podía arriesgarme a que me reconociera cuando le mandé una solicitud de videollamada por la propia aplicación. Aceptó bastante rápido. En directo pude ver su cara iluminada por la lámpara de su cuarto, la misma que yo recordaba, ahora sudorosa, angustiada, asustada. Y, estoy convencido, también excitada. Aunque quizá eran imaginaciones mías.
Amo: «Pon el teléfono donde quieras. Quiero verte entera, de rodillas, con las manos a la espalda».
Se lo escribí por el chat. Ella se acercó a leerlo y me contestó hablando a la cámara.
—¿No me dará las órdenes con la voz, amo?
Amo: «No. Haz lo que te ordeno».
Vi un destello de inteligencia en su mirada. Seguramente intuía que quien la estaba esclavizando así la conocía, y que por eso me negaba a hablar. «V» no era la chica más lista del mundo, pero tampoco era idiota del todo.
Obedeció. Colocó el teléfono en algún soporte, lo orientó hacia un rincón de la habitación y se arrodilló frente a él, encarando la cámara. Seguía sonrojada, sus pechos subían y bajaban con cada respiración inquieta, y toda su anatomía quedó expuesta salvo su sexo, irremediablemente escondido tras el metal del cinturón.
Amo: «Te quedarás así hasta que el vibrador se detenga. Quiero disfrutar del espectáculo».
—¿Cuánto tiempo, amo? Por favor.
No le respondí. Activé el vibrador y vi cómo «V» se sobresaltaba a los pocos segundos. Y vaya si lo disfruté: subiendo y bajando la intensidad a mi antojo, llevándola al borde del orgasmo sin dejarla llegar, luego empujándola al máximo hasta que suplicaba un respiro.
La tuve así no sé cuánto. Más de una hora, creo. Solo paré cuando ya no pudo sostenerse de rodillas y se desplomó de lado sobre el suelo, después de provocarle vete tú a saber cuántos orgasmos. La dejé un par de minutos así, tendida, con la entrepierna brillante de humedad, la piel empapada y la voz entrecortada.
Amo: «¿Qué otros juguetes tienes, esclava?».
—Por favor, amo, no puedo más, déjeme por hoy… —soltó un gemido ahogado cuando puse un instante el vibrador al máximo, a modo de advertencia—. Varios dildos, unas pinzas, unas esposas, un succionador, consoladores pequeños, bolas chinas…
Amo: «Enséñamelos».
Lo hizo. De toda la colección que fue sacando, solo había dos cosas que me servían para mis planes.
La primera, unas pinzas de metal unidas por una cadena larga.
La segunda, un dildo grande, con base de ventosa. No era nada monstruoso, más bien como un hombre muy bien dotado.
Le ordené que al día siguiente se llevase esas dos cosas al trabajo. Y también que, cada vez que notara las vibraciones del cinturón volverse más intensas, mirase el teléfono, porque seguirían aumentando hasta que cumpliera la orden que le hubiera enviado.
No sabía cuánto tiempo lograría sostener aquello, pero pensaba exprimirlo mientras durase. Tras darle permiso para dormir, pasé buena parte de la noche programando aquel juguete perverso.
***
Al día siguiente, cerca del mediodía, me saltó una notificación de la app. Era un archivo de vídeo.
Empezaba con «V» mirando a cámara mientras apoyaba el teléfono para grabarse. Reconocí enseguida que estaba en un baño público, probablemente del lugar donde trabajaba, aunque no podía asegurarlo. Parecía agotada, con ojeras, como si no hubiera pegado ojo. Y era normal: había programado el cinturón para que se activara al azar cada cinco minutos, treinta segundos cada vez, casi siempre al mínimo. Debía estar muriéndose por correrse.
Lo peor era que, desde primera hora de la mañana, lo había configurado para que el tiempo y la intensidad fueran creciendo en cada activación. Y le había mandado una orden si quería ganarse un descanso y que volviera a ponerse al mínimo.
«V» no tardó nada en empezar a desnudarse, hasta quedar solo con el cinturón encerrando su sexo. Después tomó las pinzas que me había enseñado y se las colocó en los pezones, soltándolas poco a poco, segundos eternos, torciendo la cara por la presión. Era evidente que le dolían muchísimo, pero se las puso igual.
Luego cogió el dildo de ventosa y lo pegó a la pared del cubículo.
—Amo, por favor, pare el cinturón… o al menos déjelo al mínimo unas horas. Estoy trabajando, por favor. Cumpliré su orden.
Y, sin dudarlo, abrió la boca y se metió aquel dildo hasta la garganta. Las manos a la espalda, los pezones torturados, gimiendo cada vez que el vibrador se encendía dentro de ella.
Le había ordenado mamarle al dildo durante diez minutos para ganarse el descanso. Y lo hizo, vaya que sí. Disfruté de cada segundo de aquella humillación a la que se sometía «V». Fue fantástico.
Yo soy hombre de palabra. En cuanto terminó el vídeo y cumplió, volví a poner al pequeño Bruno al mínimo, treinta segundos cada cinco minutos. No había especificado cuánto descanso se ganaba, podría haberlo reanudado al instante, pero no quise ser tan cruel. Si la haces creer que su obediencia no sirve de nada, deja de obedecer.
Dos horas de descanso me parecieron suficientes.
Tendría que ir pensando qué más hacer con ella antes de que cayera en la cuenta de que podía liberarse con una simple llamada al servicio técnico. Pero tardaría en darse cuenta. En parte porque era despistada, y por eso hacía años que habíamos dejado de hablarnos. Y en parte porque, en el fondo, sabía que para «V» todo aquello era una fantasía cumplida, y que ella misma querría ver hasta dónde podía llegar.
El juego acababa de empezar.