Espié a mi novia con su mejor amigo esa madrugada
Cuando me asomé por la cerradura y la vi de rodillas frente a él, supe que el morbo había vencido al orgullo mucho antes que aquella noche.
Cuando me asomé por la cerradura y la vi de rodillas frente a él, supe que el morbo había vencido al orgullo mucho antes que aquella noche.
Lanzamos la moneda como tantas otras veces, pero esa tarde, con ellos espiándonos desde la cresta de la duna, cada cara o cruz subía la apuesta un poco más.
Llevaba meses mintiendo a Mateo y, cuando entendió que lo sabía todo, no me derrumbé. Me puse el vestido azul, salí de casa y crucé la ciudad para encontrarme con Adrián.
A los cincuenta y tantos creía que ya nada me sacudía. Entonces ella entró al cuarto de mi hijo con el pelo recogido y una sonrisa que no esperaba.
Me oculté tras la columna sin pensar. Lo que vi en esa ducha del gimnasio cambió mi forma de mirar a las otras mujeres del vestuario para siempre.
Me vestí más provocativa de lo necesario para ir a comprar pan. Lo supe al mirarme al espejo: no iba a la panadería por pan, iba por él.
La encontré en el patio mirándome con los ojos abiertos. Llevaba su tanga y su minifalda negra. No gritó. Solo sonrió y dijo que siempre quiso tener una hermanita.
Bajé hacia ella y lo sentí de inmediato: ese sabor que no era suyo. Supe en ese instante lo que había pasado, pero no dije nada. Seguí.
Llevaba diez minutos encerrada cuando empujé el pestillo y dejé que la puerta se abriera. Los sonidos me rodeaban. Ya no me importaba quién pudiera verme.
Sofía llegó a casa con una propuesta que no esperaba: su amiga Valentina necesitaba sentir un hombre, y yo era la solución. Tardé dos días en decir que sí.
Elena apoyó la cabeza en el borde del jacuzzi y sus pechos emergieron entre las burbujas. El tipo de la autocaravana de al lado llevaba rato sin disimular.
El chat ardía con fotos de lencería y promesas de fuego. Seis personas, tres parejas, una cabaña. Lo que pasó ese fin de semana no lo contamos a nadie más.
El juego de parejas empezó con una apuesta inocente junto a la alberca. Al anochecer, ninguno recordaba con exactitud dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Marcos casi se atragantó cuando le conté lo que había hecho. Lo que vino después superó cualquier fantasía que hubiéramos imaginado en seis años juntos.
Diego me miró aquella noche y me lo dijo sin rodeos: quería verme con su mejor amigo. No me escandalizó. La curiosidad ganó.
Cuando le confesé a mi marido qué quería para mi cumpleaños, sonrió y empezó a hacer llamadas. La noche de casino privada cambió todo entre nosotros.
Cuando le metí la mano debajo de la remera, sentí los ojos de su mejor amiga clavados en mí desde el sillón. Y en lugar de frenar, me excité más.
Abrió la puerta en camisón blanco, descalza. Mi novia dormía en la otra habitación y mi mejor amigo seguía en la terraza. Yo no atiné a moverme.
Lucía se subió la falda sin mirarme, como si ya hubiera decidido por los dos. El extraño sonrió y cerró la puerta del baño con llave.
Habíamos hablado de esto durante meses, como una fantasía. Esa noche dejó de ser fantasía. Y yo, sentado en esa silla, no pude apartar los ojos ni un segundo.