El trío de cumpleaños que mi marido me regaló
Cuando le confesé a mi marido qué quería para mi cumpleaños, sonrió y empezó a hacer llamadas. La noche de casino privada cambió todo entre nosotros.
Cuando le confesé a mi marido qué quería para mi cumpleaños, sonrió y empezó a hacer llamadas. La noche de casino privada cambió todo entre nosotros.
Cuando le metí la mano debajo de la remera, sentí los ojos de su mejor amiga clavados en mí desde el sillón. Y en lugar de frenar, me excité más.
Abrió la puerta en camisón blanco, descalza. Mi novia dormía en la otra habitación y mi mejor amigo seguía en la terraza. Yo no atiné a moverme.
Lucía se subió la falda sin mirarme, como si ya hubiera decidido por los dos. El extraño sonrió y cerró la puerta del baño con llave.
Habíamos hablado de esto durante meses, como una fantasía. Esa noche dejó de ser fantasía. Y yo, sentado en esa silla, no pude apartar los ojos ni un segundo.
Acordamos las reglas con firmeza: nada de sexo, solo conocerlo. Pero cuando sus manos tocaron la piel de mi novia, entendí que las reglas ya no importaban.
La vendedora me aseguró que nadie podría verme. Cuando la caja cayó al piso, me quedé expuesta ante tres desconocidos que no pensaban marcharse.
Mateo nos lanzó la idea una tarde cualquiera: uniforme de clínica, autobús lleno, sin ropa interior. Era una locura. Aceptamos de todas formas.