Mi mujer y la suya cruzaron la línea en el barco
Subimos al barco para pescar y tomar el sol. Bajamos siendo otra cosa. Lo que vi en la proa todavía me quita el sueño cada noche.
Subimos al barco para pescar y tomar el sol. Bajamos siendo otra cosa. Lo que vi en la proa todavía me quita el sueño cada noche.
Llevaba años fantaseando con el dogging, pero nunca imaginé que sería ella quien me arrastraría hasta el final de aquel polígono, con una sorpresa esperándome entre los setos.
Después del cuarto gin-tonic, mi mujer se levantó del sofá, cruzó el salón y empezó a desnudarse frente a nuestro amigo. Yo solo pude mirar y desearlo.
Entró con una noticia que cambiaría las reglas entre nosotros: una marca quería fotografiarla en lencería, y la idea la encendía mucho más de lo que yo esperaba.
Ella cruza la calle apretando los muslos, cuidando de no perder ni una gota de lo que él le pidió que llevara a casa. Su marido la espera despierto.
Mi mujer notó cómo el camarero la miraba mientras servía el té, y a mí se me ocurrió la idea más prohibida de todo el viaje: invitarlo a subir.
A las tres de la madrugada llegó el primer mensaje. Una mujer atada a una cama desconocida y una frase que me heló la sangre: «esta preciosidad es tu mujer».
Se metió en la cama desnuda, salvo por el tanga, y me susurró al oído: no te gires, no digas nada, solo escúchame. Entonces empezó a contarme lo de esa noche.
Quería que la imaginaran desde lejos. No esperaba que ella organizara la escena, ni que mi cómplice de pantalla apareciera con una linterna en la mano.
Cuando me abrió la puerta con esa bata corta y el camisón translúcido debajo, supe que la tarde no iba a tratarse solo de instalar un televisor.
Gané la mano y, por primera vez, los tuve a los dos a mi merced. Mi marido y nuestro invitado, esperando mi orden. Y yo ya sabía qué iba a pedirles.
Le puse la venda con cuidado y le pedí que solo sintiera. No sabía que detrás de la cortina había alguien más esperando su turno.
Llevábamos años buscando a la mujer indicada para nuestra cama, hasta que la chica de enfrente entró a limpiar la casa y empezó a mirar mis revistas con demasiada curiosidad.
El agua fresca, el sol sobre la piel y nadie alrededor. Eso creía, hasta que noté dos miradas siguiendo cada uno de mis movimientos desde detrás de las rocas.
Limpiaba la terraza con un tanga y poco más, sin saber que dos hombres la espiaban desde el edificio de enfrente. Y a mí, verla deseada, me volvía loco.
Sus dedos moldeaban el barro despacio y yo, a unos metros, imaginaba que esas manos me moldeaban a mí. Nunca cruzamos una sola palabra.
Nunca pensé que un mensaje a deshoras terminaría con los cuatro desnudos junto a la piscina, repartiéndonos el placer sin más reglas que el deseo.
Llevábamos meses hablándolo y nunca nos atrevíamos. Hasta que una pareja nos invitó al spa liberal una tarde de mayo, y Sofía cruzó esa puerta antes que yo.
Cuatro hombres, dos agujeros en la pared y una sola regla: yo no debía saber quién era quién. Solo sus vergas iban a delatarlos.
Llevaba semanas pasando frente a ellos fingiendo miedo. Esa tarde me quité el sostén detrás de un arbusto y decidí dejar que esos seis hombres hicieran conmigo lo que quisieran.