Lo que pasó en la cabaña durante la tormenta
No llevábamos ropa seca, la lluvia no paraba y entonces aparecieron ellos dos. Lo que vino después ninguno de los cuatro lo olvidaría jamás.
No llevábamos ropa seca, la lluvia no paraba y entonces aparecieron ellos dos. Lo que vino después ninguno de los cuatro lo olvidaría jamás.
Bajamos de la fiesta a las cuatro de la mañana creyendo que la noche había terminado. En realidad, en esa casa enorme apenas estaba por empezar.
Esa noche transmitía en vivo desde el bar, pero lo que pasó después del show no quedó grabado en ninguna cámara. Solo en mi memoria.
La invité pensando en pasar un buen rato, pero cuando la vi montándolo sobre mi cama entendí que mi placer ya no dependía solo de lo que me hicieran a mí.
Sabía que ella ardía bajo la fachada de mojigata. Lo que no esperaba era que su marido terminara pidiéndome que me la llevara a la cama. Y que ella suplicara por más.
Subí al quinto piso esperando un café y una explicación. Ella seguía con un informe pendiente. No sabía que su amante miraba todo desde el despacho de al lado.
Cuando Mateo abrió la puerta y me vio en lencería, sonrió. Hasta que descubrió que no estábamos solos: alguien lo miraba todo desde el sillón del rincón.
El coche se movía y mis pechos se movían con él. Solo necesitaba que mi novio me mirara por la cámara, pero alguien más podía estar mirando.
Su marido la engañó y ella se prometió desquitarse. No imaginé que el almacén del gimnasio sería el escenario, ni que yo sería el elegido.
Bajé al pasillo del baño cuando ya nadie miraba. Escuché su voz primero, después la suya. No abrí la puerta. Me quedé quieto, oyendo cómo se rompía mi vida.
A las cinco de la mañana, con el amigo de mi esposa fumando en mi terraza, supe que iba a contarle la noche en que ella misma me empujó al precipicio.
Cuando me asomé por la cerradura y la vi de rodillas frente a él, supe que el morbo había vencido al orgullo mucho antes que aquella noche.
Lanzamos la moneda como tantas otras veces, pero esa tarde, con ellos espiándonos desde la cresta de la duna, cada cara o cruz subía la apuesta un poco más.
Llevaba meses mintiendo a Mateo y, cuando entendió que lo sabía todo, no me derrumbé. Me puse el vestido azul, salí de casa y crucé la ciudad para encontrarme con Adrián.
A los cincuenta y tantos creía que ya nada me sacudía. Entonces ella entró al cuarto de mi hijo con el pelo recogido y una sonrisa que no esperaba.
Me oculté tras la columna sin pensar. Lo que vi en esa ducha del gimnasio cambió mi forma de mirar a las otras mujeres del vestuario para siempre.
Me vestí más provocativa de lo necesario para ir a comprar pan. Lo supe al mirarme al espejo: no iba a la panadería por pan, iba por él.
La encontré en el patio mirándome con los ojos abiertos. Llevaba su tanga y su minifalda negra. No gritó. Solo sonrió y dijo que siempre quiso tener una hermanita.
Bajé hacia ella y lo sentí de inmediato: ese sabor que no era suyo. Supe en ese instante lo que había pasado, pero no dije nada. Seguí.
Llevaba diez minutos encerrada cuando empujé el pestillo y dejé que la puerta se abriera. Los sonidos me rodeaban. Ya no me importaba quién pudiera verme.