Cerró la peluquería y nos quedamos los tres dentro
Le puse la venda con cuidado y le pedí que solo sintiera. No sabía que detrás de la cortina había alguien más esperando su turno.
Le puse la venda con cuidado y le pedí que solo sintiera. No sabía que detrás de la cortina había alguien más esperando su turno.
Llevábamos años buscando a la mujer indicada para nuestra cama, hasta que la chica de enfrente entró a limpiar la casa y empezó a mirar mis revistas con demasiada curiosidad.
El agua fresca, el sol sobre la piel y nadie alrededor. Eso creía, hasta que noté dos miradas siguiendo cada uno de mis movimientos desde detrás de las rocas.
Limpiaba la terraza con un tanga y poco más, sin saber que dos hombres la espiaban desde el edificio de enfrente. Y a mí, verla deseada, me volvía loco.
Sus dedos moldeaban el barro despacio y yo, a unos metros, imaginaba que esas manos me moldeaban a mí. Nunca cruzamos una sola palabra.
Nunca pensé que un mensaje a deshoras terminaría con los cuatro desnudos junto a la piscina, repartiéndonos el placer sin más reglas que el deseo.
Llevábamos meses hablándolo y nunca nos atrevíamos. Hasta que una pareja nos invitó al spa liberal una tarde de mayo, y Sofía cruzó esa puerta antes que yo.
Cuatro hombres, dos agujeros en la pared y una sola regla: yo no debía saber quién era quién. Solo sus vergas iban a delatarlos.
Llevaba semanas pasando frente a ellos fingiendo miedo. Esa tarde me quité el sostén detrás de un arbusto y decidí dejar que esos seis hombres hicieran conmigo lo que quisieran.
No llevábamos ropa seca, la lluvia no paraba y entonces aparecieron ellos dos. Lo que vino después ninguno de los cuatro lo olvidaría jamás.
Bajamos de la fiesta a las cuatro de la mañana creyendo que la noche había terminado. En realidad, en esa casa enorme apenas estaba por empezar.
Esa noche transmitía en vivo desde el bar, pero lo que pasó después del show no quedó grabado en ninguna cámara. Solo en mi memoria.
La invité pensando en pasar un buen rato, pero cuando la vi montándolo sobre mi cama entendí que mi placer ya no dependía solo de lo que me hicieran a mí.
Sabía que ella ardía bajo la fachada de mojigata. Lo que no esperaba era que su marido terminara pidiéndome que me la llevara a la cama. Y que ella suplicara por más.
Subí al quinto piso esperando un café y una explicación. Ella seguía con un informe pendiente. No sabía que su amante miraba todo desde el despacho de al lado.
Cuando Mateo abrió la puerta y me vio en lencería, sonrió. Hasta que descubrió que no estábamos solos: alguien lo miraba todo desde el sillón del rincón.
El coche se movía y mis pechos se movían con él. Solo necesitaba que mi novio me mirara por la cámara, pero alguien más podía estar mirando.
Su marido la engañó y ella se prometió desquitarse. No imaginé que el almacén del gimnasio sería el escenario, ni que yo sería el elegido.
Bajé al pasillo del baño cuando ya nadie miraba. Escuché su voz primero, después la suya. No abrí la puerta. Me quedé quieto, oyendo cómo se rompía mi vida.
A las cinco de la mañana, con el amigo de mi esposa fumando en mi terraza, supe que iba a contarle la noche en que ella misma me empujó al precipicio.