Lo que pasó cuando el técnico subió por mi ventana
Estaba medio dormida, con el camisón hasta la cintura, cuando vi en el espejo del tocador la silueta del hombre asomado a mi ventana.
Estaba medio dormida, con el camisón hasta la cintura, cuando vi en el espejo del tocador la silueta del hombre asomado a mi ventana.
Su rodilla se movía contra mi cadera en la oscuridad y, cuando giré para besarla, descubrí que la cama del otro lado del cuarto también se agitaba en silencio.
La terraza acristalada deja ver mi silueta hacia fuera. Esa mañana, mientras tendía la ropa desnudo, oí dos voces de chicas riéndose justo debajo de mi ventana.
Bajamos al aparcamiento desierto de la playa, ella temblaba, y la otra ya tenía las manos en sus muslos antes de que yo apagara el motor del coche.
Llevábamos dos noches mirando sin tocar. La tercera, mientras dos parejas se mezclaban a un metro de nosotros, mi novia me apretó el brazo y me susurró algo.
Ella le estaba contando su ruptura cuando la pareja de abajo empezó a besarse. Miraron sin querer. Después ya no pudieron dejar de mirar.
Llevábamos tres días casados cuando Adrián me susurró al oído en pleno café romano lo que iba a pasar. Debí decir que no. No lo dije.
Detrás de aquellas cajas pensé que nadie podría verme. La cámara roja del techo y los pasos en la puerta me decían otra cosa.