Vendí mi alma para enamorar a mi vecino
Llevaba meses cruzándome con él en el ascensor, sabiendo que era imposible. Esa noche encontré un cartel amarillo con un número y la promesa de un amarre.
Llevaba meses cruzándome con él en el ascensor, sabiendo que era imposible. Esa noche encontré un cartel amarillo con un número y la promesa de un amarre.
Aceptamos invitar a su compañero de trabajo a nuestro aniversario. Yo pensé que la cena terminaría ahí. Lo que pasó después me marcó más que ninguna otra noche.
Pensé que la oscuridad del cine iba a distraerme del fracaso con ella. No conté con que ese mismo señor que nos había sorprendido meses atrás estuviera lavándose las manos junto a mí.
Cuando sacó del cajón el conjunto de encaje negro de su mujer, todavía con la etiqueta colgando, supe que esa noche no iba a salir de su casa siendo el mismo.
Bajé al super del bajo de mi edificio buscando café y volví con un desconocido alto, mojado por la lluvia, que decidió por mí cuál era el mejor del estante y se quedó a probarlo.
Hay tardes en que el mejor placer es no hacer nada. Me tumbé en el sofá, abrí los brazos y le dije que fuera ella quien mandara.
Solo en casa por primera vez en meses, encendí la pantalla con la vaga intención de matar el tiempo. Nadie imaginaba lo que estaba a punto de descubrir sobre mí mismo.
Bajé al salón con mi falda de colegiala lista para sorprenderla. No esperaba encontrarla desnuda, con un arco en la mano y una sonrisa que lo cambió todo.
Cerramos la puerta, encendimos la consola y mi hermano se recostó sobre mis piernas con esa sonrisa nerviosa que solo le sale cuando guarda algo que se muere por contar.
Bajó a la piscina, se quitó la camiseta y se tumbó frente a mí. Entonces entendí por qué mi tío había insistido en pasar esa semana solo conmigo.
Cuando cerré la puerta del apartamento y estuve solo por fin, las imágenes del entrenamiento se instalaron sin permiso: los hombros de Adrián, los ojos de Gonzalo, el calor del gimnasio.
Siete de la mañana y el deseo ya estaba ahí. A lo largo del día se coló en la ducha, en el supermercado, en el sofá con él. Un fuego que intentaba apagar y que volvía solo.