El primer hombre que me hizo sentir mujer
Cuando me dijo que no había prisa, supe que esa noche iba a cambiar todo. Mauricio me miraba como un león mira a una gacela que ya dejó de correr.
Cuando me dijo que no había prisa, supe que esa noche iba a cambiar todo. Mauricio me miraba como un león mira a una gacela que ya dejó de correr.
Cuando salió al porche sin bañador, supe que la broma que llevábamos meses esquivando se había acabado. Aquella tarde dejamos de fingir que solo éramos amigos.
Todo empezó con una paja entre colegas viendo una peli. Y cada vez que jura que no fue nada, la siguiente confesión lo desmiente un poco más.
—Tú eres Ardiente, ¿verdad? —dijo, y entendí que conocía mi alias del foro mucho antes de sentarse frente a mí con esa sonrisa que no prometía nada inocente.
Él no tiene idea de lo que provoca en mí. Se me va la mañana imaginando sus manos en mi cuello, su voz ordenándome cosas que jamás me atrevería a pedir en voz alta.
No había nadie en casa, solo yo, el espejo y dos juguetes esperando en la mesita de noche. Esa noche decidí no detenerme hasta quedar sin aliento.
Cuarenta minutos antes me temblaban las manos. Ahora sostengo el arnés y, por primera vez en dieciocho años, soy yo quien decide lo que pasa en esta habitación.
Mi familia estaba un piso más abajo y yo, sola en mi habitación, con el teléfono pegado a la oreja y su voz ordenándome cosas que jamás me había atrevido a hacer.
Pedí el paquete con el corazón en la boca, rezando para que llegara antes de que ellos volvieran. Cuando lo abrí, ya no había vuelta atrás.
Cuando mi padre se fue a los proveedores, bajé al obrador con la excusa de echar una mano. No imaginaba lo que iba a pasar entre nosotros.
Esa mañana me vestí con un body de encaje bajo la camisa de trabajo. Nadie podía adivinarlo. Nadie excepto el hombre que me miró el culo cuando bajé del autobús.
Pasaron dos años desde la primera vez. Cuando me contestó el mensaje supe que iba a buscarlo, aunque algo dentro me decía que no debía.
Tenía veinte años, cara de adolescente y un cuerpo andrógino que volvía locos a los hombres mayores. Una noche, en un coche oscuro, descubrí lo que valía.
Llevaba meses fingiendo ser el amigo gay perfecto para meterse en su cama. Esa noche en la fiesta de la facultad descubrió, atado y de rodillas, lo que era ser un hombre rendido.
Pulsé el timbre con las manos temblando. Veinte años mayor, sádico declarado, sin compasión. Y yo, virgen, suplicándole que empezara nada más cerrar la puerta.
Lo conocía hacía meses, los dos casados, los dos escondiéndonos. Esa noche me escribió pidiéndome algo que nunca le había hecho a nadie.
Cuando lo vi en la mirilla de la puerta, con la chaqueta mojada por la lluvia y esa media sonrisa, supe que todo lo que habíamos imaginado por pantalla iba a quedarse corto.
Llevaba meses cruzándome con él en el ascensor, sabiendo que era imposible. Esa noche encontré un cartel amarillo con un número y la promesa de un amarre.
Aceptamos invitar a su compañero de trabajo a nuestro aniversario. Yo pensé que la cena terminaría ahí. Lo que pasó después me marcó más que ninguna otra noche.
Pensé que la oscuridad del cine iba a distraerme del fracaso con ella. No conté con que ese mismo señor que nos había sorprendido meses atrás estuviera lavándose las manos junto a mí.