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Relatos Ardientes

El trío que empezó en la pista de Inferno

Pasé toda la mañana del sábado reventándome en el gimnasio para no pensar. Había suspendido una evaluación importante, y no por falta de estudio, sino porque me negué a acostarme con el imbécil que la corregía. La denuncia seguía en el aire, atrapada en esa zona gris donde nadie te cree si no llevas una grabación encima, como si una tuviera que vivir preparada para documentar cada asquerosidad.

Volví a casa con las piernas temblando, la cabeza hirviendo y una necesidad física de descargarme de alguna forma. Estaba por escribirle a Mara para salir a cenar y olvidarme del tema cuando me sonó el teléfono. Era Darío.

—Hola, preciosa, ¿tenés planes esta noche?

Darío era mi mejor amigo. También mi amigo con derechos, mi cómplice, mi debilidad y, dentro de ciertos juegos, el hombre al que yo obedecía. No todo el tiempo. No siempre. Pero sí cuando los dos queríamos entrar en ese terreno.

—No. Ninguno —contesté, intentando que no se notara la ansiedad en la voz.

—Entonces ya tenés. Quiero verte a las ocho en la entrada de Inferno. Ivo aceptó cruzarse con nosotros y, si le gustamos, bajamos al reservado. Te mandé un paquete. Ponételo antes de salir.

Se me tensó el vientre al instante. A Ivo solo lo había visto una vez, de lejos, en una de esas noches raras que dejan una marca. Intercambiamos una mirada corta, nada más, pero me bastó para quedarme pensando en él durante semanas. Alto, contenido, con esa clase de presencia que no necesita levantar la voz para imponer algo.

—Está bien. Nos vemos allá. Te amo.

—Yo más. Y llegá lista.

El paquete llegó menos de una hora después. No me sorprendió encontrar dentro un plug anal de buen tamaño, pesado, elegante, de esos que no perdonan improvisaciones. Lo sostuve en la palma de la mano unos segundos, sintiendo ya el calor anticipado entre las piernas. No era la primera vez que usaba algo así; sabía cómo prepararme y sabía también por qué Darío me lo pedía.

Lo hice despacio, como me gustaba. Ducha caliente. Dedos. Lubricante. Respiración larga. Cuando por fin lo tuve dentro, el cuerpo tardó un poco en adaptarse, y después llegó esa presión deliciosa, constante, indecente, que me dejaba consciente de mi culo con cada paso. Me miré al espejo y sonreí. Ya estaba excitada antes de vestirme.

Más tarde salí un rato de compras con Mara para distraerme. Terminamos gastando demasiado en un conjunto de encaje rojo que nadie iba a ver durante mucho tiempo y en un vestido ceñido del mismo color, largo, con un escote profundo y una abertura lateral que dejaba clara la intención aunque no mostrara demasiado. Volví a casa con el cuerpo sensible y la cabeza llena de imágenes.

A las siete ya estaba bañada, maquillada lo justo y subida en unos tacones que me obligaban a caminar despacio. Debajo del vestido no llevaba bragas. Solo el encaje rojo en el pecho y el plug metido hasta el fondo, recordándome cada pocos pasos lo que me esperaba. El roce de la tela contra mis pezones duros era una tortura menor comparada con la presión que llevaba en el culo.

Inferno quedaba a quince minutos en coche. Llegué antes que Darío, como siempre. El club tenía esa fachada negra y discreta que parecía prometer secretos caros detrás de la puerta. Me apoyé en el auto, crucé los brazos y esperé. Cuando él apareció, su mirada me recorrió entera y se le escapó un murmullo ronco.

—Mierda.

Sonreí. Se plantó frente a mí y, en vez de mirarme a los ojos, se quedó clavado en mi escote.

—Mis ojos están arriba, campeón.

Alzó la vista por fin, y yo aproveché para repasarlo de pies a cabeza. Camisa negra, pantalón oscuro, mandíbula tensa. Lo conocía lo suficiente para notar la erección apretándole la tela antes incluso de acercarme. También él estaba contando los minutos.

Me incliné y lo besé primero. Sin saludo, sin preámbulo. Le marqué el contorno de los labios con la lengua y después se la metí en la boca, saboreándolo despacio mientras sus manos me agarraban la cintura con fuerza. Cuando su polla se aplastó contra mi vientre, se me escapó un jadeo. El plug se hundió un poco más con ese movimiento, y tuve que separarme para respirar.

—Estás duro desde que me viste.

—Y vos mojada desde antes de salir de tu casa —me contestó, mirándome con una seguridad insolente—. ¿Ya lo llevás puesto?

Asentí. Su sonrisa fue breve y peligrosa.

Entramos al club sin seguir hablando de eso. La música golpeaba en el pecho y las luces cortaban el aire en destellos rojos y azules. El ambiente estaba cargado de perfume, alcohol, cuerpos cercanos y miradas que duraban un segundo más de lo necesario. Inferno siempre funcionaba así: primero te envolvía, después te desnudaba por dentro.

En la barra, Darío pidió vodka. Nos bebimos dos tragos cada uno casi sin pausa. Lo suficiente para aflojar el borde de la tensión, no para nublarla. Yo quería sentirlo todo, recordar cada mano, cada orden, cada embestida.

—Si a Ivo le gusta lo que ve, aparece solo —dijo Darío, acercándose a mi oído—. No lo busques. Dejá que venga.

—Eso pienso hacer.

Fuimos a la pista. En cuanto me tragó la música, empecé a moverme. No de forma inocente, ni mucho menos. Dejé que las caderas tomaran el ritmo, que el vestido se deslizara sobre mis piernas y que el cuerpo hablara por mí. Darío se colocó delante, las manos primero en mis hombros, después en mi cintura. Bajé despacio por su torso, rozándolo, y subí de nuevo con la respiración un poco acelerada. Él soltó una risa baja cuando me giré y le ofrecí la espalda.

Sentí sus manos en mis caderas, empujándome contra su erección. La tenía dura de verdad, clavada en la parte baja de mi espalda. Giré la cabeza a un lado, ofreciéndole el cuello, y él no desperdició la invitación. Me lamió la piel, me la chupó, me mordió despacio. La mezcla de música, alcohol y calor humano me tenía encendida de una forma casi agresiva.

Sabía que nos miraban. Y lejos de incomodarme, eso me calentaba más. Había algo obsceno en bailar sabiendo que otros entendían exactamente lo que estaba pasando entre nosotros.

Seguí moviéndome por mi cuenta unos instantes, sintiendo a Darío observándome. Entonces noté otra presencia a mi espalda. Más alta. Más quieta. Más firme. Un segundo después, dos manos se posaron en mis caderas con una autoridad distinta. No necesité girarme para saber que era él.

Darío no dijo nada. Solo lo miró desde enfrente y sonrió apenas. Eso bastó.

El hombre de atrás me pegó a su cuerpo. Su polla, grande y dura, me presionó más arriba de donde lo hacía Darío. Olía a madera seca, a colonia cara y a deseo contenido. Una de sus manos subió por mi vientre hasta mi garganta y me sostuvo ahí, sin apretar del todo, solo lo suficiente para hacerme sentir que podía hacerlo si quería. La otra mano se quedó en mi cadera, inmovilizándome contra él.

Tuve que alzar el mentón para mirarlo. Cuando por fin me permitió girarme, me encontré con una cara aún mejor de lo que recordaba: barba de uno o dos días, pómulos marcados, camisa blanca arrugada con varios botones abiertos y unos ojos grises que no pedían permiso a nadie.

—Así que vos eras la chica —dijo.

—Y vos tardaste bastante en venir.

Su boca se curvó apenas. Detrás de mí, Darío volvió a apoyarse contra mi culo y me agarró la cintura desde atrás, cerrándonos en una especie de cerco del que no tenía intención de escapar.

—¿Qué se siente? —murmuró Darío en mi oído—. Estar entre dos pollas y saber que esta noche las dos te van a entrar.

Se me escapó un gemido. Ivo lo oyó y me agarró la mandíbula con dos dedos, obligándome a mantener la vista en él. No era delicado. Tampoco yo quería delicadeza.

Le rodeé el cuello con los brazos y acerqué la boca a la suya como una provocación muda. Ivo entendió a la primera. Me besó con una brusquedad exacta, mordiendo mi labio inferior antes de meterme la lengua. Besaba como si me estuviera poniendo a prueba. Detrás, Darío me lamía el cuello y me apretaba una teta por encima del vestido, pellizcándome el pezón a través del encaje. Se me doblaron un poco las rodillas.

—Estoy muy caliente —admití al separarme de la boca de Ivo, con la respiración rota.

—Se te nota —dijo él.

Nos llevaron hacia una zona más oscura del club, cerca de la escalera que bajaba al reservado. Entonces pasó lo de siempre en Inferno: las luces cayeron de golpe y el lugar entero se hundió en una oscuridad espesa, atravesada solo por algunos leds lejanos y por el ruido inmediato de los cuerpos soltándose. Gemidos. Risitas nerviosas. Un golpe contra la pared. Respiraciones agitadas. El famoso tramo sin preguntas sobrantes.

Nos detuvimos contra un muro. Ya no veía casi nada. Sentí que me soltaban un instante y después una voz grave me rozó la oreja.

—¿Querés?

—Sí. Malditamente sí.

Las manos llegaron de inmediato. Bajaron los tirantes del vestido y me dejaron las tetas medio descubiertas. Darío fue el primero en atraparme un pezón con la boca. Chupó fuerte, con hambre, y luego el otro, mientras amasaba el pecho libre con la mano. Gemí sin vergüenza, arqueándome hacia él.

—Desde que te vi en la puerta quería chuparte estas tetas —murmuró, antes de volver a morderme.

Al mismo tiempo, Ivo me agarró del culo con rudeza. Me separó las nalgas por encima de la tela levantada del vestido y palpó el plug a través de mi cuerpo con una obscenidad casi clínica, como comprobando que hubiera obedecido. Solté aire por la boca cuando uno de sus dedos se deslizó entre mis labios empapados y encontró que no había nada cubriéndome.

—Sin bragas —dijo, ronco—. Buena chica.

Metió un dedo de golpe. Después otro. No jugó a entrar despacio; me abrió sin miramientos, curvando los dedos hacia dentro hasta encontrar ese punto que me hacía perder fuerza en las piernas. Darío seguía mamándome las tetas mientras yo me aferraba a la camisa de Ivo y buscaba su boca a ciegas. Solo encontré su mandíbula, y la mordí.

—Joder —susurré.

—No, todavía no —me corrigió él, moviendo los dedos más rápido—. Pero ya vamos.

Con una mano le busqué el cinturón, lo desabroché y metí la mano dentro de su pantalón. Cuando por fin le agarré la polla, entendí por qué su calma imponía tanto. La tenía gruesa, caliente, pesándome en la palma. Se me escapó otro gemido, esta vez de sorpresa.

Le froté la punta con el pulgar, extendiendo el líquido preseminal, y lo oí jadear cerca de mi oído. Empecé a pajearlo con ritmo firme mientras con la otra mano le apretaba los huevos. Él respondió hundiéndome los dedos más adentro, castigándome el coño con embestidas cortas y precisas. Darío dejó mis tetas y bajó por mi vientre hasta encontrarme el clítoris.

Cuando empezó a frotarlo en círculos duros, casi me desarmé.

—Ivo, tocala —dijo Darío, aunque no hacía falta pedirlo—. Mirá cómo chorrea.

—La siento —respondió él.

Me metió un tercer dedo mientras con la otra mano buscaba el plug y lo giraba dentro de mi culo. El gemido que me arrancó fue tan alto que me dio igual si alguien más lo oía. La presión anal, el movimiento en el coño y la fricción en el clítoris me dejaron al borde en cuestión de segundos.

—Decime qué te pone así —me exigió Ivo, pegado a mi cara—. ¿Saber que te vamos a follar entre los dos? ¿Que estás en un club lleno de gente escuchándote gemir? ¿Que llevás el culo abierto y todavía querés más?

No pude responder con palabras. Solo sacudí la cabeza y seguí bombeándole la polla con la mano mientras el orgasmo me subía por las piernas.

—Contestá.

—Todo —logré decir—. Me calienta todo, carajo.

Entonces me corrí. Fuerte. De esas corridas que te doblan la espalda y te aflojan las piernas de golpe. Se me cortó el aire y tuve que apoyarme en ellos para no caer. Darío se rió contra mi cuello, satisfecho. Ivo me sostuvo de la mandíbula hasta que abrí los ojos otra vez.

—Ahora sí —dijo.

Me giró contra la pared sin ninguna suavidad. Me subió el vestido hasta la cintura y me dio una nalgada seca que me hizo jadear. Otra. Después sentí cómo apartaba el plug de una vez, arrancándome un quejido, y enseguida una mano me agarró la cadera mientras otra polla, la de Darío por la altura, me empujaba la entrada del coño.

No esperó demasiado. Me la metió de una embestida larga y dura, haciéndome abrir la boca contra el muro. El alivio brutal de sentirla por fin dentro fue casi tan intenso como el dolor del primer segundo. Me llenó entera, golpeando hondo, y yo arqueé la espalda para recibirlo mejor.

—Ahí está —gruñó Darío detrás de mí—. Decime cuánto la querías.

—Mucho. Joder, mucho.

Empezó a follarme con un ritmo salvaje, sacándola casi por completo y metiéndola otra vez hasta el fondo. Cada choque me hacía empujarme contra la pared. Ivo, delante de mí, me abrió la boca con el pulgar y me metió la polla entre los labios.

La acepté sin pensar. La punta me golpeó la lengua y empecé a chupársela con ganas, salivándola, bajando todo lo que podía mientras Darío me taladraba por detrás. El contraste me volvió loca: el coño lleno, la boca ocupada, las manos de Ivo en mi pelo marcándome el ritmo.

—Eso es —murmuró él—. Chupala bien.

Lo hice. Le pasé la lengua por el glande, succioné, bajé más hasta notar el principio de las arcadas y me obligué a relajar la garganta. Ivo soltó un jadeo bajo y me cogió el pelo con más fuerza. No me follaba la boca todavía, pero estaba a un paso de hacerlo. Detrás, Darío me agarró de la cintura y aceleró.

—Está apretadísima —dijo entre dientes—. Mirala, Ivo. Se la meto y se vuelve loca.

Saqué la boca un segundo para respirar. Tenía saliva en la barbilla y el maquillaje ya me daba igual. Ivo me la limpió con el pulgar y me lo metió en la boca de nuevo. Lo chupé mirándolo a los ojos, y algo en su expresión se endureció todavía más.

—Date la vuelta.

Obedecí como pude. Darío salió de mi coño con un sonido húmedo que me dejó vacía un instante. Entre los dos me acomodaron de espaldas a la pared, una pierna alzada sobre la cadera de Ivo. Él me penetró entonces. Lento al principio, no por cuidado sino por gusto. Se abrió paso centímetro a centímetro, dejándome sentir lo grueso que era. Cuando terminó de entrar, me arrancó un gemido áspero del fondo del pecho.

—Mierda —dije, temblando—. Qué grande la tenés.

—Y te va a caber toda.

Lo demostró con la primera embestida. Y con la segunda. Y con la tercera, ya más rápida, más profunda, hasta que mi cabeza golpeó la pared detrás. Darío me besó mientras tanto, metiéndome la lengua con ansia, y bajó una mano entre nuestros cuerpos para frotarme el clítoris otra vez.

Yo no tenía forma de procesar tantas cosas a la vez. Ivo me follaba como si quisiera partirme en dos. Darío me masturbaba sin darme tregua y, cuando rompía el beso, me mordía el cuello o me chupaba los pezones que seguían fuera del vestido. Acabé agarrada a los hombros de Ivo, recibiendo sus embestidas y gimiendo en la boca de mi amigo.

—Quiero chuparla otra vez —dije, casi sin voz.

Ivo salió de mí y me giró para que me arrodillara. El suelo estaba frío bajo las rodillas, pero la sensación duró poco. Tenía delante dos pollas duras, húmedas, esperándome. Me relamí sin pudor.

Empecé por Darío, chupando la punta mientras pajeara a Ivo con la mano. Luego cambié. Le metí la de Ivo en la boca hasta donde me dejaba la garganta, y con la otra mano seguí trabajándole la de Darío, notándolo cada vez más tenso, más cerca. Ellos me hablaban por turnos y a veces al mismo tiempo.

—Más despacio.

—No, así. Así está perfecto.

—Sacá la lengua.

—Buena chica.

Babearles la polla me excitaba aún más. El sonido húmedo de mi boca, los gemidos de ellos, la oscuridad alrededor llena de otros jadeos ajenos, todo sumaba a esa sensación sucia y deliciosa de estar donde quería estar. Ivo terminó por sujetarme del pelo y empezó a follarme la boca con empujes cortos. No demasiado violentos, pero sí firmes, obligándome a tragar saliva y aire a la vez. Me encantó.

Cuando ya me dolía la mandíbula, Darío me levantó. Me besó, saboreando en mi boca la mezcla de saliva y polla, y después me llevó una mano al culo.

—Quiero ver ese agujero trabajar también.

La frase sola me hizo contraerme. Ivo entendió la intención enseguida. Me apoyaron otra vez contra la pared, inclinada hacia delante. Darío me abrió las nalgas y me escupió en el culo antes de meterme un dedo, luego otro, preparándome rápido. El plug me había dejado lista, pero aun así sentí el estiramiento y la tensión conocida.

—Relajate —dijo, aunque su tono sonaba más a orden que a consejo.

Ivo se colocó delante de mí para que lo besara mientras Darío me empujaba la punta de la polla en el ano. El primer avance ardió. Me aferré a los hombros de Ivo y gemí contra su boca. Darío se quedó quieto un momento, dejándome acostumbrarme, y luego siguió entrando despacio, centímetro a centímetro, hasta que por fin me llenó por completo.

—Joder, joder —repetí, con la frente apoyada en el pecho de Ivo.

—Eso, soltalo —murmuró él, metiéndome dos dedos en el coño al mismo tiempo.

La mezcla fue devastadora. Darío empezó a moverse dentro de mi culo con embestidas lentas pero profundas, cada una arrancándome un quejido nuevo. Delante, Ivo me metía y sacaba los dedos del coño mientras me rozaba el clítoris con el pulgar. El dolor inicial se transformó en un placer espeso, pesado, tan fuerte que me mareaba.

—Quiero correrme —dije.

—Todavía no —contestó Darío, dándome una nalgada—. Aguantá.

No aguanté mucho. Ivo me sacó los dedos y me metió la polla en el coño de nuevo en cuanto Darío salió de mi culo. El cambio me dejó vacía y ansiosa solo un instante, porque enseguida volvió a estar todo lleno. Esta vez los dos se coordinaron sin hablar: Ivo follándome el coño de frente, Darío detrás pajeándose contra mis nalgas y de vez en cuando metiéndome dos dedos en el culo todavía sensible.

Yo estaba perdida. Tenía el vestido arrugado en la cintura, las tetas fuera, la boca entreabierta y el cuerpo entregado por completo. Corrí una mano hasta la de Darío y la guié a mi clítoris. Empezó a frotarme más rápido, más fuerte, justo como lo necesitaba.

—Ahora sí —me dijo al oído—. Corréte para nosotros.

Ivo me embistió hasta el fondo una, dos, tres veces seguidas. En la tercera me corrí otra vez, con un espasmo que me apretó todo el cuerpo. Grité sin importarme quién escuchara. Las piernas me temblaron tanto que tuve que colgarme de su cuello mientras el orgasmo me sacudía desde el coño hasta la punta de los dedos.

Ivo siguió un poco más, buscando su propia descarga. La encontró con un gruñido seco, enterrándomela hasta el fondo y corriéndose dentro del preservativo con el cuerpo tenso contra el mío. Apenas salió, Darío me giró y me llevó de rodillas otra vez. Tenía la polla dura, brillante, a un latido de acabar.

—Abrí.

La tomé en la boca de inmediato. Chupé con hambre, usando también la mano, mirándolo desde abajo mientras él me acariciaba el pelo y maldecía entre dientes. Ivo me sujetó la barbilla para observar mejor, como si disfrutara del espectáculo tanto como de haber participado en él.

Darío duró poco. Me avisó con un jadeo ronco.

—Me corro.

Lo hizo en mi boca. Tragué todo lo que pude, el resto se mezcló con saliva en mis labios. Cuando lo solté, él me levantó de los brazos y me besó sin asco, saboreándose a sí mismo en mi lengua. Ivo me acarició la mejilla con los nudillos, casi tierno, un contraste absurdo después de cómo me había follado.

Nos quedamos los tres unos segundos respirando en la oscuridad, oyendo el eco lejano de otros cuerpos terminando lo suyo. Me recolocaron el vestido, me subieron los tirantes y Darío me acomodó el pelo hacia atrás. Seguía temblando de piernas y tenía el coño latiendo, el culo sensible y la boca hinchada.

Cuando las luces empezaron a volver poco a poco, Ivo me sostuvo la mirada un instante más.

—Ahora sí me gustás más de cerca —dijo.

Sonreí, todavía sin recuperar del todo el aire.

—Y vos tardaste demasiado en comprobarlo.

Darío soltó una risa baja y me besó la sien. Salimos de esa esquina caminando despacio, como si nada, aunque yo sentía las marcas de la noche en todo el cuerpo. Afuera seguía teniendo el mismo problema, la misma denuncia, la misma rabia con el mundo. Pero adentro, al menos por unas horas, había conseguido quemarlo todo.

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Comentarios(2)

SolBA

increible!! me quede pegada hasta el final

MatiasCorr

Muy buen relato, se nota que esta bien escrito. Esperando la segunda parte!

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