La directiva más altiva acabó de rodillas
A Renata la conocía del mundo laboral, y créeme que pocas personas me habían caído tan mal. Era de esas profesionales brillantes que confunden el talento con el derecho a tratar al resto por encima del hombro. Una arrogante de manual.
En lo estrictamente profesional no había nada que reprocharle. Su trabajo era impecable. Pero el trato personal con ella resultaba sencillamente insoportable, un desfile constante de desprecios disfrazados de buenos modales.
Renata era directiva de una empresa puntera del sector tecnológico, con un currículum envidiable a sus espaldas. Había pasado por las firmas más importantes a lo largo de los años. Casada con un abogado de familia adinerada, presumía de todo sin decir una palabra: le bastaba con la barbilla siempre un poco más alta que la del resto.
Llevaba años cruzándome con ella en reuniones y proyectos. Por eso, cuando la encontré en otro contexto muy distinto, no daba crédito a lo que veían mis ojos.
Soy Dominante desde que tengo uso de razón. A lo largo de mi vida he tenido varias sumisas, pero llevaba una temporada sin ninguna a mi disposición. Empecé a escribirme con una mujer que conocí en una web especializada. Hablamos durante un par de semanas. Ella era reacia a intercambiar fotos, y aunque eso me incomodaba, todavía no era mi sumisa: no podía obligarla a nada.
Quedamos en una mazmorra discreta, alquilada por horas, en un barrio tranquilo de Valencia.
***
Llegué, como acostumbro, quince minutos tarde. Entré, y lo que vi me dejó clavado en el umbral. Ahí estaba, con los ojos vendados, sin posibilidad de reconocerme. Desnuda, de rodillas, con las manos entrelazadas en la nuca. Era Renata. La insoportable Renata, ofrecida como una ofrenda.
Tardé unos segundos en recomponerme. Luego cerré la puerta sin hacer ruido.
La rodeé despacio, observándola, recreándome en el momento. Abrí mi pequeña maleta y saqué una mordaza de bola que le coloqué en la boca. La agarré del pelo y la conduje hasta una cruz de San Andrés, donde la amarré con cuidado y firmeza.
Aquella noche Renata recibió el castigo que tantas veces había imaginado para ella. El que se merecía, sesión a sesión, reunión a reunión. La fui pasando de la cruz al potro, del potro al cepo, del cepo a la cama. Más de dos horas de correctivo intenso, medido, sin un solo respiro de más.
En cada cambio de posición la obligaba a usar la boca conmigo un rato. Cuando finalmente la solté del último anclaje, la esposé y la arrastré sobre el colchón. La coloqué a cuatro patas, con la cara hundida en las sábanas. Ahí la penetré sin contemplaciones y la follé con rabia acumulada hasta que ambos terminamos como animales.
Cuando ya estábamos más relajados, le retiré la venda. Su cara fue un poema. Reconocerme, entender quién la había sometido, ver derrumbarse su mundo en un instante. Ya sabiendo a quién tenía delante, la hice limpiarme con la lengua, despacio, mirándome a los ojos.
—No le contarás esto a nadie —le dije—. Ni falta que hace.
Ella solo asintió.
***
La mala suerte, o la buena, quiso que esa misma semana tuviese una reunión con su empresa, a la que ella tuvo que asistir. No había cambiado un milímetro su actitud. Seguía siendo la de siempre: borde, sobrada, engreída. Como si la otra noche jamás hubiera existido.
Esperé a salir a la calle y le escribí por mensaje.
—Mañana a las ocho te quiero de vuelta en la mazmorra —tecleé—. Creo que hoy te has vuelto a ganar una nueva sesión.
No tardó ni un minuto en responder con un escueto «sí, señor».
Las sesiones con Renata fueron a más, en dureza y en intensidad. Seguía tratándola profesionalmente, y seguía siendo igual de inaguantable. Pero cuanto más insufrible se mostraba en la oficina, mayor era el correctivo que le esperaba después. Salía de cada sesión reventada, llena de marcas. Jamás entenderé cómo se las arreglaba para disimularlas en casa, ante su marido.
La verdad es que empecé a disfrutar de las reuniones de trabajo. Cada vez que cambiaba de postura en la silla, le sonreía imaginando lo doloridas que tendría las nalgas. Cada vez que se recolocaba la blusa sobre el escote, pensaba en lo amoratado de sus pechos bajo la tela impecable. Ella sostenía la mirada, altiva, sin saber que esa altivez era justo lo que me encendía.
***
Tengo un grupo de amigos Dominantes. Nos conocimos en eventos y, poco a poco, fuimos estrechando lazos. Primero fueron cenas de confraternización, luego fines de semana juntos, y al final establecimos un ritual que se repetía cada dos meses: cada uno de los cinco ponía a su sumisa a disposición de los otros cuatro.
Llevábamos años con esa costumbre. Habíamos disfrutado de las sumisas de todos, incluida una mía anterior. Pero aquel sábado tocaba turno distinto: el día estaba dedicado a Renata.
Uno de mis amigos, Bruno, tenía un local acondicionado a la vez como mazmorra y como sala de cenas. Organizamos una velada en la que cocinamos un poco entre todos. Cenamos tranquilos, nos servimos una copa y, a la hora acordada, sonó el timbre.
Yo había citado a Renata sin explicarle nada. Solo le había pedido que trajera ropa de repuesto. Ella sabía que iba a haber sesión, pero no con cuántos.
Cada uno se cubrió la cara con un pasamontañas. Bruno fue a abrir.
Renata se sobresaltó al encontrarse con un encapuchado en la puerta. No le dio tiempo a procesarlo. La arrastraron hacia el interior, la empujaron contra la pared y la esposaron sin miramientos. Su respiración se aceleró de golpe: miedo, sí, pero también algo más.
La condujeron al centro de la sala. Uno de los chicos le colocó dos tobilleras de metal y le separó las piernas con una barra rígida que la dejaba abierta, expuesta, vulnerable.
Hice yo los honores. Cogí unas tijeras bien afiladas y fui cortando, poco a poco, desde su abrigo de marca hasta la ropa interior. La dejé desnuda, con la cabeza gacha y un montón de tela cara amontonada a sus pies.
Unas manos le colocaron sendas pinzas en los pezones. La sumisa dejó escapar un gemido ahogado.
***
La llevamos casi en volandas hasta una pared. Inauguramos la sesión azotándola con nuestros cinturones, diez cada uno. El cuero restallaba contra su piel y ella contaba en silencio, mordiéndose el labio.
Después la desesposamos y le pusimos muñequeras metálicas. La condujimos hasta una polea anclada al techo y atamos sus muñecas a ella. Cuando subimos la cuerda, su cuerpo se estiró hasta obligarla a sostenerse de puntillas sobre sus tacones. La dejamos así un rato, suspendida y temblorosa.
Fue Bruno quien rompió el hielo. Cogió un flogger de cuero y empezó a azotarle las nalgas, que poco a poco se fueron tiñendo de rojo. Renata sollozó durante todo el correctivo. Cada uno de nosotros la azotó sin piedad, alternando floggers e intensidades, leyendo sus reacciones.
No la soltamos. Le ajustamos un arnés del que colgaba un vibrador que le rozaba el clítoris. La dejamos así más de cinco minutos, hasta que las primeras palabras salieron de su boca, entrecortadas.
—Señores, esta perra pide permiso para correrse.
Nadie dijo nada.
—Señores, esta perra pide permiso para correrse.
Seguimos callados, disfrutando de su desesperación.
—Señores, esta perra pide permiso para correrse —repitió, ya fuera de sí.
—Córrete —dije por fin.
Y la perra se retorció con un grito seco que inundó la sala entera.
***
Le soltamos las cadenas y cayó al suelo, agotada. A cuatro patas la dirigimos hasta la cruz de San Andrés, donde le atamos piernas y brazos. La volvimos a azotar sin descanso. Gemía, pero aguantaba, con una entereza que reconocí casi con admiración.
Pasaron más de veinte minutos antes de hacerla arrodillarse para que nos usara la boca a cada uno, por turnos.
La siguiente estación fue el cepo, donde le inmovilizamos cuello y muñecas. Otros treinta minutos castigándole las nalgas. Conociéndola como la conocía, sabía que la altiva Renata habría matado por sentir una penetración en ese momento. Pero nadie se la concedió. Ese era precisamente el castigo.
La atamos a un potro, con las muñecas por delante y los pies por detrás, dejando su sexo, su trasero y su boca a nuestra entera disposición. No la penetramos como ella esperaba. Le introdujimos un vibrador en el ano y le aplicamos un Hitachi sobre el clítoris. La dejamos así un buen rato, y cuando empezó a abrir la boca, vencida por el placer, la primera erección entró en ella.
La hicimos rogar por un orgasmo y se lo negamos una y otra vez. La última hora de sesión la pasamos disfrutando de todos sus agujeros mientras ella suplicaba un final que no llegaba. La giramos para las últimas embestidas y terminamos, uno tras otro, sobre su rostro.
La obligamos a vestirse, sin asearse, con la ropa que había traído, delante de todos nosotros. Pedimos un taxi y la mandamos a su casa hecha un guiñapo, llena de cardenales. Renata no llegó a vernos las caras en ningún momento.
Los chicos me felicitaron por el comportamiento de mi sumisa. Nos tomamos un par de copas más y cada uno se marchó a su casa.
***
La cosa no terminó ahí.
El viernes siguiente la llamé a mi oficina. Me inventé un problema grave, completamente ficticio, lo bastante serio como para que no pudiera negarse a venir.
Hice que mi secretaria la acompañara a la sala de reuniones, donde la dejé esperando veinte minutos. Cuando entré por la puerta, me acompañaban cuatro hombres. Renata, que daba por hecho que estaríamos solos, puso cara de sentirse incómoda al verlos sentarse a la mesa.
—¿No me los presentas, Diego? —dijo señalando al resto de asistentes con una sonrisa de cortesía algo tensa.
Yo le sostuve la mirada, saboreando cada palabra.
—Ya los conoces, Renata —respondí despacio—. Ya los conoces… o, al menos, ellos a ti.
Vi cómo el color desaparecía de su rostro. Por primera vez en todos los años que llevaba tratándola, la altiva Renata no tuvo nada que decir.