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Relatos Ardientes

La reina que ansiaba el castigo de su verdugo

El castillo de Velmoria se alzaba sobre los acantilados como un puño de piedra gris contra el cielo. La reina Isolda había crecido entre tapices, banquetes y reverencias, acostumbrada a que el mundo se plegara a su voluntad. Lo que nadie sabía era lo que ardía bajo esa fachada de poder, en los pasadizos olvidados que descendían hacia las entrañas de la fortaleza.

Desde joven, Isolda había mostrado un temperamento dominante. Sin una vida fuera de los muros del castillo, había aprendido a tomar lo que deseaba: convocaba a los soldados de la guardia a sus aposentos y los usaba a su antojo, sin pedir permiso ni dar explicaciones. Era la reina. Su palabra era ley, y su cuerpo, un trono que pocos se atrevían a imaginar.

Todo cambió una tarde de invierno, mientras recorría una escalera estrecha oculta tras un tapiz desgastado. Un gemido ronco la detuvo en seco. No fue el miedo lo que la hizo bajar los escalones, sino una curiosidad voraz, un calor que se le encendió en el vientre antes de comprender por qué.

La puerta de hierro estaba entreabierta. Al otro lado, las mazmorras: cadenas, antorchas, el olor metálico del sudor y el cuero. Un hombre colgaba de los brazos mientras el verdugo trabajaba sobre él con paciencia de artesano. Cada chasquido del látigo arrancaba un sonido distinto de aquella garganta, y cada sonido recorría la espalda de Isolda como una corriente.

Se quedó escondida más de una hora, fascinada, sintiendo cómo el deseo se acumulaba entre sus piernas hasta humedecerla.

—¿Te gusta lo que ves? —una voz grave resonó a su espalda.

Era su padre, el viejo rey Aldemar, que la observaba sin sorpresa, casi con orgullo. Isolda no se ruborizó ni mintió. Asintió, incapaz de apartar la mirada.

—Ven —dijo él, extendiendo la mano—. Hay cosas que una reina debe entender.

Y así empezó su educación.

***

Durante meses, Isolda bajó a las mazmorras en secreto. Aprendió cada instrumento, cada técnica, cada modo de doblegar la voluntad de un hombre. Observaba con los labios entreabiertos y las manos crispadas sobre la falda, descubriendo que el espectáculo del poder absoluto la encendía como nada lo había hecho jamás.

A veces participaba. La primera vez que hizo girar la manivela del potro y sintió cómo el cuerpo del prisionero se tensaba bajo su mando, un éxtasis oscuro la atravesó de arriba abajo. Era la sensación de tenerlo todo: la vida, el dolor, el placer, en la palma de su mano.

Cada noche, después de una sesión, regresaba a sus aposentos ardiendo y convocaba a dos o tres soldados que la montaban durante horas. Necesitaba descargar aquel fuego, y los hombres de la guardia habían aprendido a no preguntar.

—Eres sangre mía —le dijo su padre una noche, con una sonrisa torcida—. Esto es lo que significa gobernar.

Isolda no respondió. No hacía falta.

***

El viejo rey murió como había vivido, sin pedir permiso a nadie: un mal del corazón lo fulminó durante un banquete, con la copa todavía en la mano. La corte lloró, los nobles murmuraron, pero Isolda solo sintió una cosa al ceñirse la corona: libertad.

Como reina, ya no necesitaba esconderse. Los verdugos la saludaban con una reverencia cuando descendía las escaleras de piedra, y su silueta recortada contra las antorchas bastaba para imponer silencio. Había ampliado su colección de instrumentos, pero el látigo seguía siendo su favorito.

—Más fuerte —ordenaba, observando el trabajo de sus hombres—. Quiero verlo entero.

Y la obedecían siempre.

Pero una noche, algo se torció dentro de ella. El verdugo mayor, un hombre brutal llamado Bram, interrumpió un castigo para someter a la prisionera de otra manera, doblándola sobre el banco de azotes. Isolda lo dejó hacer, y mientras observaba aquella humillación absoluta, sintió que la excitación cambiaba de forma. Ya no era el poder lo que la encendía. Era algo más profundo, más peligroso, que apenas se atrevía a nombrar.

—Sí… —murmuró, acercándose—. Así.

Esa noche llamó a un joven carcelero de hombros anchos llamado Tobías, que había ayudado a Bram durante la jornada.

—Móntame con violencia —le ordenó—. Sin delicadeza.

Tobías, jugándose la vida, obedeció. La empujó contra la pared, le arrancó el vestido y la tomó sin preámbulos, porque no hacían falta: la reina ya estaba empapada. La folló durante horas, tirándole del pelo, manejándola a su antojo. En el último momento le pasó su propio cinturón de cuero alrededor del cuello y la hizo correrse mientras le cortaba el aliento con él.

Isolda se quedó fascinada. Y entendió, por fin, qué era lo que había despertado en las mazmorras.

***

A partir de entonces, las sesiones cambiaron. Isolda dejó de ser solo la espectadora. Observaba los castigos con una mezcla nueva de excitación y envidia, imaginándose en el lugar de quienes gritaban bajo el cuero. Algo en ella quería ocupar ese lugar, sentir lo que ellos sentían, descubrir hasta dónde podía romperse y volver a armarse.

Una noche, a solas con Bram después de que las antorchas se consumieran, deslizó los dedos por el mango del látigo que él llevaba al cinto.

—¿Otro castigo para mañana, majestad? —preguntó el verdugo.

—No. —Su voz era un susurro cargado de peligro—. Tú me lo darás a mí. Quiero sentir cómo se siente.

Bram palideció y retrocedió un paso.

—Majestad, eso es imposible.

Isolda no sonrió. No era una petición; era un decreto.

—Desnúdame —ordenó, soltando ya los broches de su vestido—. Y no me trates como a tu reina. Trátame como a una prisionera más.

La primera vez que el cuero le mordió la espalda, Isolda gritó. Pero no fue un grito de dolor: fue de éxtasis. Bram, tembloroso al principio, se volvió más firme con cada golpe. La había atado al poste de madera con los brazos extendidos, y la reina arqueaba la espalda pidiendo más.

—¡Más fuerte! —aulló, mientras el látigo le abría surcos finos en la piel.

Cuando el verdugo la agarró del cabello y la obligó a arrodillarse, no se resistió. Cuando la tomó contra las piedras frías, con la misma saña que reservaba para los condenados, Isolda sintió algo que nunca había experimentado en su vida de poder: una sumisión absoluta, una entrega que la vaciaba y la llenaba al mismo tiempo.

***

—Dios mío…

Una voz temblorosa rompió el aire. Era Brisa, la doncella personal de la reina, que había bajado a buscar a su señora y se había topado con la escena. Sin pensarlo, corrió hacia ella y le echó su propio delantal sobre los hombros desnudos.

—Majestad… ¿quién le ha hecho esto? —susurró, con los ojos llenos de lágrimas.

Isolda, apenas capaz de sostenerse, sonrió con los labios partidos.

—Yo lo ordené.

Brisa tragó saliva, pero no la cuestionó. Era su deber servir, no juzgar. Con cuidado, la liberó de las cadenas y la sostuvo mientras subían la escalera de caracol hacia los aposentos reales.

En la intimidad de la cámara, a la luz de las velas, Brisa limpió cada herida con agua de rosas y vendó las más profundas. Sus manos eran suaves, casi maternales, y la reina cerró los ojos disfrutando del contraste entre el ardor del castigo y aquel cuidado tierno.

—¿Duele, majestad? —preguntó la doncella, untando un ungüento en los surcos del látigo.

—Sí —respondió Isolda, sin abrir los ojos—. Pero me gusta.

Brisa no respondió. Sabía que algunas cosas era mejor no entenderlas.

Cuando las heridas estuvieron vendadas, la reina le tomó la mano.

—Busca a un soldado —susurró—. Uno fuerte. Que venga ahora.

Minutos después entró un guardia ancho de espaldas, con cicatrices de batalla y ojos oscuros que brillaron al verla esperándolo en la cama. La tomó sin delicadeza, empujándola contra los almohadones con cada embestida, rozándole adrede las heridas para que el dolor se mezclara con el placer. Isolda gritó, arañándole la espalda, y cuando el orgasmo la golpeó fue como una hoja clavándose en el vientre: dulce, violenta, necesaria.

Mañana volvería a ser la reina. Pero esa noche había sido otra cosa, y le gustaba más de lo que jamás admitiría en voz alta.

***

Las sesiones se fueron sofisticando. Isolda empezó a invertir el ritual por completo: ya no descendía por su propio pie a las mazmorras, sino que ordenaba que la encadenaran en sus aposentos y la bajaran a empujones, como a cualquier reo. Bastaba con decírselo a Brisa por la mañana, y a la hora menos pensada dos guardias entraban, le arrancaban el vestido y la arrastraban escaleras abajo mientras a ella el deseo le corría entre los muslos.

Con el tiempo, ni siquiera quería saber el momento. Hizo llamar al capitán de su guardia, un hombre de confianza con una larga cicatriz en la mandíbula.

—Cada mes —le dijo— bajo a las mazmorras a sentir lo que sienten mis prisioneros. A partir de hoy, no quiero ser yo quien lo decida. Una vez al mes, sin previo aviso, quiero que me reduzcan y me lleven abajo para un suplicio que no dure más de un día y una noche.

El capitán inclinó la cabeza. Aquello prolongaba el juego y la mantenía en vilo, encendida durante semanas sin saber qué mañana la sorprenderían.

La reina siguió haciendo su vida de siempre. Por las mañanas atendía los asuntos del reino; por las tardes cantaba, bordaba o convocaba a su guardia personal. Y cuando menos lo esperaba, una mano la sujetaba por la nuca, una cuerda le rodeaba las muñecas, y el suelo de su cámara se convertía de pronto en el primer escalón hacia la mazmorra.

La primera vez que ocurrió, había dejado el bordado para llamar a un soldado a sus aposentos. En lugar de servirla, los dos hombres que la custodiaban la empujaron contra la pared, le rasgaron el vestido y la encadenaron. La bajaron por los pelos hasta donde la esperaba Bram, que ya elegía con calma el látigo adecuado para la ocasión.

Esa noche fue azotada, montada hasta perder la cuenta de los orgasmos, y durmió encadenada sobre la piedra fría. La despertaron de madrugada para seguir, y cuando salió el sol fue devuelta a sus aposentos, donde Brisa la curó como siempre, en silencio, con las lágrimas asomando y sin atreverse a preguntar.

***

Isolda mantuvo aquellos rituales durante años, midiendo cada sesión con cuidado para que el cuerpo le diera tiempo a sanar entre una y otra. En el reino corrieron habladurías, pero se acallaron solas cuando un par de bocas indiscretas conocieron por dentro las mazmorras de la reina. Nadie volvió a mencionar el asunto.

Su belleza seguía intacta a los ojos de la corte, pero su cuerpo desnudo era ya un mapa de cicatrices finas que ella consideraba hermosas, marcas de un placer que ningún trono podía darle. Cada una contaba una noche en la que la reina más temida del reino había suplicado más, arrodillada y agradecida.

Una tarde cálida, con la libido alta y la siguiente sesión todavía lejana, convocó a tres soldados a su cama de dosel. Se desnudó y los esperó a cuatro patas, como tantas veces. Oyó caer las corazas sobre la piedra, sintió una cuerda ceñirse a su cuello y tirar para alzarle la cara. En pocos minutos, sus tres bocas y agujeros estaban ocupados por aquellos jóvenes, y el dolor todavía vivo de su última sesión solo aumentaba el placer.

Llevaban media hora cuando, al otro lado de la puerta, se oyeron pasos y voces. Isolda, demasiado entregada, ni se molestó en preguntar quién se atrevía a interrumpir a su reina. Otro orgasmo la sacudió justo cuando la puerta se abría de golpe.

Entonces comprendió que el juego, esta vez, no lo había escrito ella. Unas manos firmes la apartaron de sus amantes, le sujetaron las muñecas y la encadenaron de nuevo. Por un instante creyó que la llevaban otra vez a la mazmorra que tan bien conocía, y se estremeció de anticipación. Pero la voz que llenó la cámara no era la de Bram, ni la de su capitán.

Era la de un hombre que no conocía, llegado de muy lejos, que la reclamaba para un destino que ella no había decidido. Por primera vez en su vida, Isolda sintió un escalofrío que no era de placer.

—Llevadla abajo —ordenó la voz—. Y que hable.

La reina fue arrastrada hacia su propia mazmorra sin miramientos, sin la dulzura del juego, sin la promesa de unas manos que después la curarían. Y mientras descendía, encadenada y desnuda, comprendió que había pasado la vida buscando exactamente esto: el límite donde el placer y el poder se le escapaban por fin de las manos. Lo había encontrado. Y, pese a todo, una parte oscura de ella sonrió.

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Comentarios (6)

RocioBaires

excelente!!! de los mejores que leí acá en mucho tiempo

ElLoboNocturno

Por favor que haya continuacion, quedé con muchas ganas de saber como sigue. Muy bien escrito

SilviaK

Me enganchó desde el primer párrafo. La tensión está muy bien manejada, se nota que el autor sabe lo que hace. Felicitaciones y que siga escribiendo

NachoBanda

jaja el titulo solo ya te vende el relato, y por suerte cumple con todo lo prometido

Florchi_BA

Este tipo de relatos son los que me gustan, con un personaje complejo que tiene dos caras bien marcadas. Lo leí de un tirón y se me hizo cortísimo. Espero que el autor tenga mas en camino porque esto fue muy bueno

DiegoMdz

increible, de lo mejor de la pagina en esta categoria

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