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Relatos Ardientes

Me ató al bambú y dejó salir a la bestia

Cuando nos conocimos tuvimos la conversación de siempre, esa que abre cualquier charla entre gente como nosotros: qué rol tienes. Le dije que me consideraba sadomasoquista, y él se rió. No entendía por qué yo no me declaraba simplemente switch. Tardó en captarlo. Lo captó la primera vez que sesionamos, algo leve, una tontería de azotes en un local cualquiera, y descubrió que cuanto más dominante se ponía conmigo, menos caso le hacía.

No por bratear. No por ningunearlo. Sino porque lo que habíamos pactado era SM, no una relación de dominación y sumisión. Y a mí me harta la gente que no entiende que el BDSM no se reduce a eso. Lo nuestro es otra cosa: un sádico y una masoquista que sesionan, sin sometimiento, sin amo, sin esclava. Una relación de top y bottom, con toda la asimetría de poder que eso arrastra, pero sin que yo le entregue mi voluntad. Él manda la cuerda. No me manda a mí.

Llego a su casa con el estómago casi vacío. Me avisó de que hoy tocaba shibari, y yo ya aprendí a no comer pesado antes de venir, porque siempre acabamos haciendo transiciones y nunca sé en qué posición terminaré. No hay nada peor que colgar cabeza abajo con una digestión a medias. Entro al cuarto de las cuerdas y lo encuentro todo dispuesto: el punto de suspensión montado, el bambú ya colocado en lo alto, tenso, esperando.

Antes de pisar el tatami me descalzo. Nunca lo piso con las suelas sucias de la calle; sé que le molestaría y entiendo el porqué. Voy hasta el taburete de la entrada, al lado del armario donde guardo mi ropa de sesión. Allí está todo lo que decidí dejar en su casa para estas tardes. Me desnudo casi por completo y me quedo solo con las braguitas.

Siempre me dice que no me quitará una sola prenda sin mi permiso. Pero esta vez ya habíamos hablado: o me quedaba desnuda, o traía algo que no me importara perder. Llevo unas bragas de algodón, blancas, lisas, las que él llama «las bragas de regla». Podrían serlo, sí, pero no son las que uso de verdad para el shibari, porque transpiran y se rompen fácil por la costura. Antes de venir les quité un par de puntadas con el descosedor, como hago siempre que me anuncia que piensa arrancármelas. Es algo que disfrutamos los dos. Saco de mi balda un batín de seda y me lo echo por encima.

Camino al centro de la sala. Antes de arrodillarme me recojo el pelo en un moño, retuerzo la trenza y la acomodo en lo alto de la cabeza, sobre la coronilla. Empiezo a calentar la musculatura, a movilizarla, a soltarla. Me tomo mi rato de silencio, compruebo que no haya contracturas, que todo responda. Lo oigo avanzar por el pasillo. Me quito el batín y lo lanzo a una esquina. Eso le molesta, pero ya se resignó.

Respiro despacio. Primero superficial, abdominal, y poco a poco voy expandiendo el aire hasta una respiración completa: abdomen, costillas, clavículas. Bajo el ritmo. El corazón se va aquietando con cada exhalación. Me relajo, empiezo a irme. Definitivamente lo siento llegar a mi lado, aunque no lo oí descalzarse ni desvestirse. Me sigue asombrando lo etéreo que se vuelve cuando quiere.

Hace ruido a propósito, para que sepa que está ahí. Conoce mi costumbre de respirar con los ojos cerrados, sabe que si me relajo lo suficiente desconecto de todo y me marcho a mi mundo. Entreabro los párpados y le sonrío. Me devuelve una sonrisa mínima y coloca cerca de nosotros el furoshiki con las cuerdas, ese paquete envuelto a la manera japonesa. Lo abre. Toma la primera cuerda por el bucle, la peina, la desenreda. Me mira directo a los ojos y su mirada se oscurece. Espera. Estiro el cuello bajo esa mirada y asiento apenas. Esa es la señal.

Y justo ahí, en ese instante exacto, deja salir a la bestia.

Noto cómo cambia la energía que proyecta. De algo sosegado pasa a algo indómito, silvestre, casi salvaje. Me agarra del moño y tira hacia arriba, se coloca a mi espalda, me estira el cuello, lo expone para él. Muerde justo en el punto donde la clavícula derecha se encuentra con la garganta. Muerde fuerte. Siento cada uno de sus dientes, las paletas, los colmillos, alguna muela. No sería la primera vez que aprieta tanto que me abre la piel y la sangre brota. Pero hoy se contiene. Tiene otra idea en la cabeza.

Percibo la sombra de su mano cerca de mi cara y la presión de la cuerda cruzándome el rostro. Hace tiempo aprendí que, cuando empieza a atar, simplemente hace y deshace a su antojo: algo dentro de él toma las decisiones y una se adapta, o lo detiene con la palabra de seguridad. Recuerdo las charlas eternas que precedieron a la primera cuerda. Ese fue el precio que pagué para que ahora me ate sin preguntar.

Apoya la nariz sobre la mordedura y aspira mi olor. Pasa apenas la lengua por la marca, como si quisiera acariciarla y curarla un poco. Desliza las uñas desde mis hombros hasta las muñecas. Su mano izquierda me sujeta una muñeca, estira el brazo, lo gira hasta dejar el pulgar mirando al suelo. La otra mano me hace flexionar el codo y echa el brazo hacia atrás, lo acomoda en su sitio hasta bloquear el hombro. Repite con el otro brazo. Ata mis muñecas juntas a la espalda y empieza a armar el takate kote.

Siento la primera presión en lo alto del pecho y los deltoides. Pasa la cuerda con fuerza, su mordida me lastima la piel. Cuando termina la primera línea, compruebo la tensión en las muñecas, muevo los dedos, verifico que no haya presión indebida en las manos. Todo correcto. Él vigila que empiece la comprobación, y mientras la hago va pasando la segunda línea, la de debajo del pecho. Como lo tengo grande, debe alzarlo: desde atrás me abraza, atrapa primero un pezón y después el otro entre dos dedos, los levanta. Por su propio peso noto la tirantez contra ese agarre firme. Pasa la cuerda, la acomoda, se asegura de que vaya por donde debe, cierra en la espalda.

Antes de rematar los kanuki, el cierre del sobaco, deja la cuerda y pasa al frente. Me alza el rostro. Abro los ojos, y en cuanto enfoco los suyos, plas. Una bofetada seca me voltea la cara. Siento rabia. Sabe que lo odio. Pero precisamente esa rabia, esa frustración que me sube por dentro, es lo que a él le da placer: saber que una parte de mí le devolvería el golpe y que no puedo, con las manos atadas a la espalda. Vuelvo a mirarlo. Que al menos sirva de algo, que mi furia alimente su sadismo.

Se humedece los labios con la lengua y, rozándome el pecho con los nudillos, regresa detrás de mí. Cierra bien la estructura. Desde la columna central de la espalda tira de la cuerda y me obliga a moverme adonde quiere, bajo amenaza de perder el equilibrio. Con el pie se asegura de que mantenga las piernas cerradas, tobillo contra tobillo, rodilla contra rodilla, tan juntas que no pasaría ni una brizna de hierba. Se arrodilla, ata mis piernas, las compacta, crea fricciones tensas que me muerden la carne. Fija esa cuerda a la cadera.

Hay una estructura en los tobillos para suspender desde ahí, otra en el takate de los brazos. No sé qué piensa hacer. Coloca una línea de vida en la estructura del tronco y otra en la de los tobillos. Empieza a alzarme. Me deja tumbada boca abajo, y como los puntos están uno a la altura de los tobillos y otro en mitad de la espalda, tengo que apretar los glúteos y tensar el abdomen para no doblarme y hacerme daño. Me equilibra. Quedo en una horizontal perfecta, paralela al suelo, a un metro de él.

Agarra las cuerdas y me empuja. Me deja balancear, columpiándome despacio. Poco a poco el cuerpo se cansa. Cada instante suma una pizca de fatiga, las cuerdas muerden por donde pasan, y sé que esto apenas empieza. Se acerca, me levanta la cabeza por el mentón, me la sujeta, me cruza la cara con otro golpe. Lo miro mal y sonríe. Saca del bolsillo una venda y me tapa los ojos.

Con cada cuerda una se aleja de sí misma. Te vuelves vulnerable, restringida, y poco a poco te crecen las alas y empieza el viaje. Me fui a mi cueva, esa vieja conocida. Un lugar cálido y a la vez fresco, quizás algo húmedo, oscuro, lleno de silencio y quietud. Mis sentidos se apagan uno a uno. La vista, fuera. El oído, fuera. El olfato, fuera. El gusto ni siquiera apareció. Solo el tacto. Tensión. Quietud. Inmovilidad. Opresión. Alerta. Vulnerabilidad. Calma.

Calma.

***

Noto impactos lejanos en el cuerpo. No distingo con qué. Solo el golpe de algo que me flagela y el placer del dolor trepando por los nervios, desde el punto del impacto hacia arriba. Del glúteo sube por la espina dorsal y se reparte hacia la cabeza y el sexo: en un lado provoca humedad, en el otro alimenta esta calma deliciosa, ese placer sordo y quieto que el dolor produce al expandirse. La sensación se distribuye por toda la parte de atrás de mi cuerpo. A veces siento como medio impacto, supongo que parte del golpe se lo llevan las cuerdas, porque cuando percibo la mitad de la intensidad también noto vibrar las fibras.

Oigo pasos a mi alrededor. Los músculos empiezan a cansarse de mantenerme recta. Pasa una cuerda por mi cintura y la sube por encima del resto del cuerpo, hasta dejarme el trasero alzado en una curva convexa. Sin ningún cuidado, haciéndome daño, mete la mano entre mis muslos. Apenas hay hueco, y siento cómo se lo abre a la fuerza. Llega a mis bragas, ya empapadas por la zona de la entrepierna, las agarra desde atrás y tira, metiéndolas entre los pliegues de mi coño húmedo.

Estira hasta hacerme daño. Gimo. Eso se la pone dura. Tiendo a tragarme los ruidos, no tiene sentido regalarle gratis ese deleite, y precisamente por eso, cada vez que logra arrancarme un sonido, su polla dura se mueve en el sitio. No necesito verlo para saberlo. Sonrío para dentro. Afloja la tela y, de un último tirón brusco, me la destroza. Vuelve a reptar con la mano entre mis piernas, llega al clítoris y lo pellizca. Me muerdo el labio. No pienso hacer un solo ruido. Lo nota, y empieza a masajearlo.

Separa la mano de mi centro. Con la otra me da un azote brutal en el culo. Si no tuviera la cadera ya fijada al bambú habría perdido la tensión y me habría desplomado. Acorta la línea de vida de los tobillos. Quedo en diagonal, ligeramente cabeza abajo. Va tensando y moviendo cuerdas, y siento mi peso redistribuirse en cada avance hacia la posición que él decide que es la correcta para mí en este momento. Termino cabeza abajo, colgada de un único punto, el de los tobillos. Noto la sombra del suelo cerca de mi rostro.

Y cómo esa sombra se aleja, lenta, cuando escucho el mecanismo que sube el bambú entero. El vaivén me dice que me está elevando con él. Con tanto movimiento he salido de lo que considero mi bottom space, mi cueva. Abro los ojos y solo encuentro la tela de la venda. Frunzo el ceño, intento que caiga al suelo para volver a ver, pero no consigo nada. Chasqueo la lengua, fastidiada. Él se da cuenta de mis intenciones. Lo oigo alejarse, abrir el armario, regresar.

Me coloca una capucha de cuero. Siento el material acariciarme la cara entera, y antes de cerrar el corsé de la parte de atrás para ceñírmela bien, suelta y retira la venda. Va tensando la tira que aprieta la máscara contra mi rostro. La ciñe tanto que noto la presión en toda la cara, la nariz y los labios apretados contra mí. Es una sensación extraña, un poco agobiante, dolorosa. Él opinará que me lo busqué por intentar quitarme la venda. Ya sé que es mejor no quejarme, así que me resigno.

Oigo un par de pasos, no sé si acercándose o alejándose. La sangre me golpea en las sienes, y con la máscara encima estoy un poco desorientada. Cabeza abajo, en esta situación, todo me pone en alerta, me inquieta, es lo contrario a relajarme. Y de repente lo oigo.

Bzzzz.

Reconozco el chasquido. Mierda, qué miedo da esa cosa. Me tenso. Me quedo quieta. No. No duele. Por un segundo me hago consciente de mi posición: el takate me sujeta los brazos y los hombros rectos, es cómodo incluso. Compruebo las manos. Perfectas. Siento la cuerda de los pies reajustarse, resbalar un poquito, y por un instante pienso «oh, oh, me caigo». La cuerda se queda quieta. La de las piernas aprieta, no llega a doler, me gusta este tipo de tensión. Me centro en él.

Noto algún golpe suave, quizás demasiado suave para mi gusto. Me da tiempo a adaptarme, calienta la zona que ha elegido castigar. Poco a poco sube la intensidad, y llega un punto en que se vuelve agradable, muy agradable. Me siento un péndulo. Roto, orbito, a veces giro más rápido y me mareo. A fin de cuentas estoy desorientada, sin noción del espacio ni del tiempo ni de nada. La entrepierna me palpita cada vez más. No soy capaz de sentir otra cosa que la mordida del látigo sobre la piel. Algunas caricias me abren la carne, noto caer la sangre y el sudor por el cuerpo, oigo un goteo leve debajo de mí. No sé de cuál de todos mis fluidos se trata. Sangre. Sudor. Lágrimas. Tanto da. Sigo colgando, y dejo que me lleve.

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Comentarios (5)

MalenaMF

increible!!! de los mejores que lei aca en meses

Seba_Gdl

Por favor que siga, esto merece una segunda parte si o si

DiegoCba_ok

Me gusto mucho como lo contaste. Se siente real, no forzado. Sigue así!

CelesAR_noc

El titulo me engancho desde el primer momento y el relato no decepciono. Muy bueno

CuriosaK

Es real? porque se lee demasiado vivido para ser solo ficcion jaja

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