La granjera que se encadenó para trabajar la tierra
Me llamo Mariela y tengo veintidós años. He crecido entre estos campos toda mi vida, conozco cada palmo de la granja como conozco mi propio cuerpo, y sé lo que cuesta arrancarle a la tierra lo que da. El trabajo duro no me asusta. Nunca me asustó.
Hace poco más de un año perdí a mis padres, uno detrás del otro, en el mismo invierno. No quedó ningún tío ni primo dispuesto a hacerse cargo de mí ni de las hectáreas, así que la granja pasó a ser mía y solo mía. Mayor de edad, sola, dueña de cada surco y cada gallina. Algunos lo verían como una carga. Yo lo viví como una liberación.
Porque hay algo que destaco en mí, algo que no encaja con la imagen de la chica campesina sencilla que vende verduras en el mercado. Desde hace años me fascina la autoatadura, los grilletes, el bondage. La sensación de estar limitada, de moverme dentro de un margen que yo misma elijo. Antes lo escondía con cuidado para no incomodar a mis padres, lo guardaba en cajones cerrados y en horarios robados. Ahora, en cambio, mi vida entera se ha adaptado a mis propios gustos. Sigo teniendo luz, agua corriente, internet. Pero el resto lo decido yo.
Hoy empezaba un día nuevo. Como todos.
***
Desperté con la primera claridad que entraba por la ventana de mi habitación. La casa es modesta: una planta, paredes de adobe encalado, un granero al fondo que en otros tiempos rebosaba de animales y peones. Cuando las cuentas dejaron de cuadrar tuve que prescindir de casi todo. Me quedé con un puñado de gallinas, un par de cerdos y poco más. El silencio que dejaron no me pesa. Lo prefiero.
Me estiré despacio, sintiendo cómo la espalda crujía, y me vestí. Aunque vestirse es mucho decir. Solo me puse un peto corto de tirantes que apenas me cubría los muslos y parte del vientre. Nada debajo. ¿Para qué? Estaba sola en mi propiedad, sin vecinos a la vista, sin nadie que pudiera asomarse por la cerca. El aire tibio de la mañana sobre la piel desnuda era ya un placer en sí mismo.
Hoy tocaba trabajo de verdad, así que añadí un extra. Saqué del armario una cadena con grilletes que había comprado hacía tiempo y me los cerré en los tobillos. Cada uno hizo un clic seco y definitivo. Para abrirlos hace falta una llave especial que guardo en un cajón de la habitación, un cajón al que no vuelvo hasta el final del día. Esa es la regla. La regla que me impongo y que me da un escalofrío cada vez que el metal se cierra.
Disfruté del primer paso con la cadena tirante entre los pies. Me obligaba a caminar más corto, más medido, con un tintineo que me acompañaría toda la jornada. Salí descalza al patio y noté la tierra fresca, el fango, el barro entre los dedos. Con los grilletes, esa sensación tan sencilla se volvía algo distinto. Algo que me erizaba la nuca.
***
Caminé hasta la cocina arrastrando un poco los pies para empezar el día. Tener una granja tiene sus ventajas: huevos frescos para el desayuno, algo de carne curada, y desde hacía poco un caballo que guardaba en el establo. Lo había comprado para llevar la mercancía al pueblo cercano, pero pronto le encontré otra utilidad que jamás confesaría en voz alta.
Abrí la nevera y saqué un par de huevos y una botella de cristal. Cualquiera habría pensado que era leche. No lo era. Era una botella fresca de semen del caballo, recogida con paciencia y guardada en frío. Lo sé, suena demencial. Pero hace tiempo dejé de medirme con la vara de lo que es normal.
Estrellé los huevos en la sartén y me senté a comer junto a la ventana. Entre bocado y bocado daba un trago a la botella. La consistencia era justo como me gustaba: densa, viscosa, con una textura que sentía deslizarse despacio por la garganta. El sabor, fuerte y salado, me llenaba la boca. Comí sin prisa, mirando el campo que me esperaba, sintiendo ya un cosquilleo bajo el ombligo.
Una vez terminado el desayuno, era hora de las labores. Caminaba con pasos cortos, condicionada por la cadena, pero ya estaba acostumbrada a ese ritmo recortado. Casi me gustaba más así.
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Fui primero al gallinero. Recogí los huevos en una cesta de mimbre; por suerte había sido una buena puesta. Después pasé a darles de comer a los cerdos. Podría haberlos alimentado desde el otro lado de la valla, sin ensuciarme, pero eso me habría privado de la mejor parte. Entré en el chiquero y dejé que mis pies se hundieran en el lodo tibio, sintiéndolo trepar por mis tobillos por encima del metal de los grilletes. El barro espeso, el olor crudo, el peso de la cadena. Cerré los ojos un segundo y respiré hondo.
Luego tocaban los cultivos. Recogí lo que ya estaba a punto —tomates rojos, cebollas firmes— y lo aparté en cajones de madera. Pero el plato fuerte de la jornada era plantar nuevas líneas. Y para eso tenía mi propio método.
Un granjero corriente usaría un tractor, o engancharía un buey a un arado de mano. Yo había sido más creativa.
Tenía un arado manual de verdad, pero lo había modificado para ser yo quien tirara de él. Me quité el peto para no empaparlo de sudor y lo colgué de un poste. Desnuda bajo el sol, ajusté un arnés de cuero que se ceñía alrededor de mi pecho y mis hombros, con dos cuerdas gruesas que sujetaría con los brazos. Y luego venía el toque que lo cambiaba todo: una barra rígida conectaba el arado a un consolador que se encajaba dentro de mí. Cada paso que diera, cada metro de surco, lo sentiría empujar.
Últimamente había subido la intensidad. Esta vez monté un dildo grueso, de forma alargada y curva. Cuando lo guié hacia dentro, gemí en voz baja, completamente sola en mitad del campo, notando cómo se abría paso y dibujaba un bulto tenso en mi vientre. Ajusté dos correas a las caderas para que no se saliera con el esfuerzo. Y, con todo en su sitio, planté los pies en la tierra y empecé a tirar.
***
Era lento, sí. El trabajo me llevaba dos o tres horas. Pero cada paso era una pequeña tortura dulce: la reja del arado mordiendo el suelo, las cuerdas clavándose en mis brazos, y dentro de mí ese empuje constante que me obligaba a apretar los dientes. Avanzaba un metro, respiraba, avanzaba otro. El sudor me corría por la espalda y entre los pechos. Los grilletes tintineaban con cada zancada corta.
No era solo placer. Era esfuerzo, era músculo ardiendo, era la mezcla exacta de dolor y deseo que llevaba años persiguiendo. A mitad del campo me detuve, temblando, y me apoyé en las cuerdas para no caerme. Las piernas apenas me sostenían. Pero seguí. Surco tras surco, hasta que la última línea quedó abierta y la tierra lista para la semilla.
Cuando por fin terminé, me quedé de pie un momento mientras me desenganchaba con dedos torpes. Solté las correas, deslicé el dildo fuera con un suspiro largo y dejé caer el arnés al suelo. Las rodillas no aguantaron más. Me derrumbé sobre la tierra recién arada, desnuda, sudada, con el corazón golpeándome las costillas, y me quedé así, mirando el cielo, sintiéndome más yo misma que nunca.
No cambiaría esto por nada, pensé.
***
Me había adaptado a esta vida sin una sola queja. La única sombra era cierta soledad que aparecía a veces, sobre todo de noche. Pero sabía que si tuviera a alguien aquí, aunque fuera una sola persona que me echara una mano, perdería esta libertad. La libertad de hacer lo que quisiera, como quisiera, sin explicaciones ni miradas de extrañeza. Y eso no estaba dispuesta a entregarlo.
Pasé la tarde tumbada a la sombra del porche, pensando en ideas nuevas que ir anotando en una libreta de pendientes. Quería excavar un foso de lodo fresco —siempre dicen que un baño de barro es bueno para la piel, aunque mis razones eran otras—. Soñaba con una noria que mejorara el reparto del agua, porque sacarla del pozo a mano se me hacía rutinario. Y barajaba la posibilidad de comprar un tractor, que abriría muchas más opciones. Aunque, sinceramente, una parte de mí no quería renunciar al arado.
Cuando el sol empezó a bajar volví a ponerme el peto y preparé la carreta para el mercado del día siguiente. Se engancha al caballo sin más complicación. Ya había cargado algunas verduras, varias cajas de huevos, cosas sencillas de la granja. El mercado nunca me iba mal, lo que significaba buenas ventas. Lo único molesto era tener que ir tapada: una campesina tan descarada como yo no sería buena vendedora si dejara los pechos asomando entre los tirantes del peto.
Cené lo de siempre, un guiso espeso de verduras, y acompañé el plato con un trago de mi bebida personal de la nevera. Después fregué los cacharros y apagué las luces de la cocina.
***
Ya de noche, en mi cuarto, abrí por fin el cajón y saqué la llave. Liberé mis tobillos de los grilletes con un alivio que era casi físico y dejé la cadena enroscada sobre la mesilla. La piel guardaba la marca rojiza del metal. Me la acaricié despacio, satisfecha.
Me desvestí del todo y me metí en la cama. Pero no podía dormir todavía. No sin un último ritual. Mis dedos no bastaban para lo que necesitaba, así que cogí un dildo más sencillo, sin barras ni correas, pero igual de grueso. Lo guié entre mis piernas y sentí cómo me abría, el estirón firme cada vez que entraba y salía. Lo trabajé despacio, mordiéndome el labio, con la espalda arqueada y los talones clavados en el colchón, recordando el peso del arnés, el empuje del arado, la cadena tirante entre los pies.
Seguí un largo rato, hasta que el cuerpo se me aflojó por completo y el sueño me venció con el dildo aún dentro de mí.
El día siguiente, aunque yo todavía no lo sabía, traería algo que cambiaría mi rutina para siempre. Pero esa es otra historia.