El contrato que lo convirtió en mi esclavo
Lo firmamos en su despacho, una tarde de noviembre, con las cortinas a medio cerrar. Él temblaba al sostener la pluma; yo usé un bolígrafo barato que llevaba olvidado en el bolso. Ni siquiera me miró demasiado a la cara. Estaba más pendiente de que todo quedara asentado por escrito: que yo lo cuidaría, que él me dejaba absolutamente todo, que no existía coacción de ninguna clase.
No me hizo falta leer las cláusulas. Ya sabía lo que quería, y lo quería sin adornos. Vivir con él. Hacer lo que se me antojara con su cuerpo. Y a cambio, cuando muriera, quedarme con todo: la casa, las cuentas, los cuadros que colgaban en el pasillo, las joyas de su difunta esposa.
El abogado que vino al día siguiente lo repasó dos veces. Buscaba un error, una trampa, algo que delatara que yo lo estaba estafando. No encontró nada, porque no había nada que encontrar. El viejo quería exactamente eso, y lo había pedido con una claridad que al hombre del traje le incomodaba más a él que a mí.
Había una particularidad en su cuerpo que descubrí pronto. No podía endurecerse como un hombre cualquiera; los años y las pastillas se lo habían quitado. Pero soltaba semen igual, sin erección, si lo excitabas lo suficiente. Le bastaba con que lo humillara, con que le dijera algo crudo al oído, y aquello salía solo, sin que nadie lo tocara, como un grifo viejo que gotea. A mí eso me daba un morbo que no esperaba.
***
Al principio vivíamos en plantas distintas. Yo arriba, en el dormitorio grande con vista al jardín; él abajo, en un cuarto que olía a medicina y a sábanas planchadas. Yo bajaba cuando se me daba la gana, no cuando él lo pedía. Esa era la regla, aunque nunca la escribimos.
Era como un anciano enfermo y caliente al mismo tiempo, y esa combinación me producía una mezcla rara de asco y de poder que terminé buscando a propósito. A veces lo llamaba desde el baño y lo hacía venir a gatas por el pasillo, despacio, mientras yo orinaba con la puerta abierta. Le dejaba mirar. Otras veces simplemente me sentaba sobre su pecho, me quitaba la ropa interior y me ponía a mirar el teléfono como si él no estuviera debajo.
Él casi no hablaba. Se le notaba en los ojos que estaba perdido por mí, atrapado de un modo que ya no entendía ni quería entender. Le bastaba con olerme. Le bastaba con que le dijera alguna barbaridad.
—¿Te gusta cómo huelo, viejo? —le dije una mañana, acercándole la entrepierna a la cara—. Pues es de otro. Estuve con otro hombre antes de venir a verte.
Y pasaba. Aquel hilo delgado. Su miembro blando soltaba un poco sin que nadie lo rozara. Yo tenía preparado un vasito de plástico y lo recogía con la naturalidad de quien junta agua de lluvia. Después escribía la hora en el costado del vaso con un marcador permanente. Me gustaba llevar la cuenta.
Esto es mío, pensaba. Cada gota de esto es mía.
***
Lo más extremo pasó un día que volví del gimnasio empapada de sudor. No me duché. Entré directo a su cuarto, me tumbé boca abajo sobre su cama y le hablé sin girarme.
—Lámeme la espalda. Entera. De arriba abajo, sin dejar una zona sin pasar la lengua. Si te salteas algo, lo vas a notar.
Y lo hizo. Con una devoción que daba risa y un poco de pena. Empezó por la nuca y bajó centímetro a centímetro, lento, concentrado, como si fuera la tarea más importante de su vida. Cuando terminó, me di vuelta, le abrí las piernas con el pie y me oriné un poco sobre su pecho. Sin avisar. Solo porque podía.
No protestó. No hizo una sola mueca. Se quedó quieto, dejando que aquello le corriera por las costillas, y se vino ahí mismo, otra vez sin tocarse, con un temblor apenas perceptible en el vientre.
Lo trataba como un objeto. Como una función dentro de la casa, igual que la caldera o el teléfono. No como un hombre. Y él, por algún motivo que yo no necesitaba comprender, parecía feliz así.
***
Cada semana le hacía lo que yo llamaba un control. Lo bañaba, le cortaba las uñas de las manos y de los pies, lo recostaba boca arriba y le sacaba el semen con un masaje paciente entre las piernas, siempre con guantes. Era un procedimiento, no una caricia. Lo hacía con la misma cara con que se llena un formulario.
Probaba cosas para ver qué lo hacía soltar más. Algunos días me ponía ropa interior sudada mientras lo masajeaba, solo para comprobar si el olor lo aceleraba. Funcionaba. Tomaba nota mental de cada detalle, como una científica con su único sujeto de estudio.
Apenas le hablaba. Le decía lo justo.
—No te mueras todavía —le susurré una vez, mientras le limpiaba el cuello con una toalla húmeda—. Aún no terminaste de pagar tu deuda.
Lo dije medio en broma. Él lo tomó completamente en serio. Asintió, despacio, como un alumno que entiende la consigna y promete cumplirla. Esa seriedad suya, esa obediencia sin grietas, era lo que más me excitaba de todo el asunto.
***
En su habitación, dentro de un armario de madera oscura, guardaba una colección de frascos. Fechados, ordenados, alineados como en una farmacia antigua. Cada uno con su etiqueta escrita a mano: «28 de marzo, con orina». «31 de marzo, espalda sudada». «2 de abril, ropa de otra». Algunas noches bajaba sin necesidad de usarlo, solo para mirar los frascos a contraluz, uno por uno.
Me hacían sentir que todo aquello era real y era mío. No el dinero, todavía no. Eso vendría después. Lo que ya poseía era a él, entero, reducido a una hilera de vidrios etiquetados que cabían en un estante.
A veces, cuando alguna amiga me preguntaba qué hacía de mi vida, yo cambiaba de tema. No había manera de explicarlo sin que sonara a otra cosa. Ellas imaginaban un romance interesado, una mujer joven y un viejo rico, lo de siempre. No sabían que la palabra exacta no era romance. Era propiedad.
***
Cuando empezó a apagarse de verdad, todo se volvió más lento. Ya no podía bajar solo de la cama; había que ayudarlo incluso para girarse. Yo bajaba menos. La novedad se había gastado y, en el fondo, parte del juego dependía de que él pudiera arrastrarse, mirar, obedecer con el cuerpo.
Igual lo seguía usando, a mi manera. Le dejaba el teléfono apoyado en la almohada con videos míos montando a otros hombres, para que mirara durante horas. Le dejaba prendas usadas cerca de la cara. A veces, incluso así, todavía soltaba algo, un resto mínimo, y yo lo limpiaba con un pañuelo y lo anotaba en el cuaderno donde llevaba el registro de los frascos.
—Mira lo poco que queda de ti —le decía, mostrándole el pañuelo—. Antes llenabas un vaso. Ahora ni eso.
Él cerraba los ojos. No sé si de vergüenza o de placer. Para entonces ya eran la misma cosa en su cara.
***
La última vez que bajé llevaba puesta una camiseta larga y nada más. Era de madrugada y la casa estaba en silencio, ese silencio espeso de las habitaciones donde alguien se está muriendo despacio. Me senté en el borde de su cama, le acaricié la cabeza casi sin pelo y me levanté la camiseta sin decir una palabra. Solo lo miré.
El viejo gimió, apenas, un sonido tan fino que casi se confundía con la respiración. Le tembló el cuello. No le hablé, no le ordené nada. Solo observé cómo una gota salía de él y caía dentro del vaso de plástico que yo había dejado puesto desde temprano, por si acaso.
Y ahí se quedó.
Sin un suspiro fuerte. Sin un gesto dramático. Nada. Se fue como había vivido conmigo en aquella casa: callado, sumiso, útil hasta el último segundo. Esperé un rato, sentada, a que el pecho volviera a subir. No subió.
Tomé el vaso, lo tapé con cuidado y escribí en el costado con el marcador permanente una sola palabra.
«Última.»
Lo guardé en el armario, en el lugar que le correspondía por fecha, al final de la fila. Cerré la puerta del cuarto. Llamé a quien tenía que llamar recién por la mañana; esa noche no me pareció necesario.
***
Subí las escaleras despacio. Me preparé un café, abrí las ventanas para que entrara el aire frío y puse música baja. Me senté en la terraza con la taza entre las manos y miré el jardín que ahora era mío, los muebles que eran míos, la casa entera que figuraba a mi nombre desde aquella tarde de noviembre con las cortinas a medio cerrar.
Ya no había nadie que me lamiera la espalda al volver del gimnasio. Nadie que viniera a gatas por el pasillo. Nadie que chupara mis pies, que guardara mi orina en un frasco etiquetado, que se viniera sin erección por mi culpa y me diera las gracias con la mirada.
Sentí algo parecido al vacío, pero más cómodo. Como cuando termina una rutina larga y el cuerpo todavía no sabe qué hacer con el tiempo libre.
Bebí el café hasta el fondo. El sol empezaba a subir por encima de los árboles y todo, hasta donde alcanzaba la vista, era exactamente lo que el contrato decía que sería.
Era todo mío.