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Relatos Ardientes

Lo que el doctor me hizo en esa camilla

Me llamo Renata y acababa de cumplir veintidós años cuando todo esto pasó. Soy menuda, de piel clara, con un cuerpo que el embarazo cambió por completo: los pechos se me pusieron enormes para lo delgada que soy, llenos y pesados, y las caderas se me ensancharon de una forma que todavía me cuesta reconocer cuando me miro al espejo.

Lo cuento porque un lector me lo pidió. Tiene una fijación con las mujeres recién paridas, con los pechos hinchados que sueltan leche, y mientras escribíamos juntos esta historia los dos nos calentamos más de lo que esperábamos. Espero que a ti te pase lo mismo.

Me quedé embarazada de un hombre que desapareció en cuanto se enteró. No quiero hablar de él. Lo que importa es que tuve a mi hija sola, y que el parto fue largo, lento y mucho más complicado de lo que nadie me había advertido.

Estuve quince horas con contracciones y apenas había dilatado seis centímetros. El médico que me atendía, un hombre tranquilo de voz grave, me explicó que la estimulación podía ayudarme a abrir más rápido, que era un método natural. Me dio vergüenza y me negué. Pensé que aguantaría.

Me equivoqué. Pasaron seis horas más y solo había avanzado un centímetro. Me dijo que el bebé empezaba a sufrir, que ya no era cuestión de pudor. Acepté con tal de proteger a mi hija, pero mi barriga me impedía alcanzarme yo misma.

Preguntó si había un acompañante. No lo había. Entonces lo hizo él, sin esperar mi respuesta. Sus dedos entraron despacio, midiendo, y en cuestión de minutos yo estaba gimiendo sin poder evitarlo, abierta del todo. No sé si fue la suavidad del principio o que el cuerpo está hecho para esto, pero me corrí rápido y fuerte. Cuando volví en mí, la bata estaba empapada de leche y se transparentaba sobre mis pezones.

Él lo vio y sonrió. Dijo que era buena señal. Empujé, mi hija nació entre un grito y un desgarro, y por unas semanas todo volvió a una calma extraña de madre primeriza.

***

El problema llegó después. Con la primera regla intenté usar un tampón y me dolió tanto al introducirlo que supe que algo no iba bien. Si por ahí había salido una niña, no tenía sentido que no entrara algo tan pequeño. Pedí cita con mi ginecólogo.

Cuando entré al consultorio lo encontré frente al ordenador, concentrado. Era joven, no llegaría a los treinta y cinco, de piel morena y un cuerpo que se adivinaba firme bajo la bata blanca. Atractivo de un modo que me molestó notar justo entonces.

—Cuéntame, Renata, ¿qué te trae hoy? —preguntó con una sonrisa amable.

—Pues verá, creo que produzco más leche de la que mi hija consume y me incomoda —dije. Era mentira a medias; me daba vergüenza el motivo de verdad.

—Eso es bastante norm…

—Doctor, hay algo más —lo interrumpí, armándome de valor—. También noté una molestia ahí abajo. Intenté usar un tampón hace unos días porque estaba con la regla y me dolió muchísimo al meterlo. Antes del parto los usaba sin problema.

—Muy bien —asintió, atento—. Haremos una revisión completa. Ponte la bata al revés, sin nada debajo, y sube a la camilla.

Obedecí. La bata no me cubría del todo el pecho; si me movía, los pezones quedaban al aire. Subí a la camilla con esa sensación de estar a medio vestir delante de un desconocido.

—Empezaremos por los senos, para descartar cualquier problema —dijo.

Abrió la bata y mis pechos quedaron expuestos. Estaban hinchados, tensos, llenos otra vez. Empezó a palparlos desde la línea de las axilas, con presión suave, acercándose poco a poco al centro. Cuando sus dedos rozaron los pezones sentí una descarga que me los puso duros al instante. No es lo mismo que un bebé los toque a que lo haga un hombre así.

Me puse roja. Él siguió, profesional.

—¿Hace cuánto que diste de mamar? —preguntó mientras jugaba con la punta endurecida.

—Como dos horas. Le dejé biberones a mi madre, ella la está cuidando.

Asintió y se concentró en el pecho derecho. Lo rodeó con las dos manos, presionando de fuera hacia el centro, hasta pellizcar el pezón con cuidado.

—Es normal producir de más, pronto comerá más y se equilibra. Pero llevas demasiadas horas sin vaciarte. Si la leche se acumula puedes desarrollar mastitis, y créeme que no es agradable. Te recomiendo extraerla ahora mismo. Puedo ayudarte.

Me asusté. Mi madre ya me había hablado de la mastitis.

—Sí, está bien, haga lo que tenga que hacer.

Acercó una silla y se sentó de modo que su cara quedó a la altura de mis pechos.

—Empiezo por el derecho, que está más cargado. Voy estimulando el izquierdo mientras tanto.

Comenzó a apretar, tirando hacia él. Dolía un poco, pero cada vez que lo hacía sentía un cosquilleo que se extendía hacia abajo. Con la otra mano jugaba con el pezón izquierdo, y yo empezaba a perder la compostura. Sus caricias eran suaves y firmes a la vez. Di un respingo cuando noté su lengua.

—Tranquila, es solo para engañar al cuerpo. Lamo un poco y luego succiono.

Asentí entre jadeos. Su lengua trazaba círculos alrededor del pezón hipersensible, y yo estaba tan perdida en esa sensación que no me di cuenta de que succionaba con fuerza hasta que sentí salir el primer chorro de leche.

—Ya sale algo. Sigo con el otro, pero mantengo este amasado para que no pare.

Pasó la boca a mi pezón izquierdo. Por más que fuera una cuestión de salud, mi cuerpo no podía evitar reaccionar. Lo devoraba con un hambre que no parecía médica, sacándome chorros con la mano derecha. Yo me estaba encendiendo aunque no quisiera.

—Muy bien, de los dos ya sale —dijo separándose—. Ahora sigue tú estimulándolos mientras reviso la otra molestia.

Me reclinó en la camilla y colocó mis piernas en los apoyos.

***

Se sentó, y sin ponerse guantes empezó a acariciarme los muslos, subiendo despacio hasta dejar todo expuesto.

—Las suturas del desgarro cicatrizaron bien, ¿verdad?

—Sí, sin complicaciones.

—Voy a palpar para ver qué pasa.

Acarició mi clítoris con dos dedos y luego se abrió paso hacia el interior.

—Señorita, ¿está usted excitada? Lo noto húmedo y caliente. Será una reacción a la estimulación del pecho, no se preocupe —dijo, al ver cómo me ardía la cara.

Mojó el dedo y lo introdujo despacio.

—¡Ay, me duele!

—Lo siento. Al hacer las suturas con prisa, parece que quedó más apretado de lo normal. Di un par de puntos de más.

—¿Y cómo se comete un error así? ¿Tiene solución? —pregunté, molesta.

—Sí. Las paredes se devuelven a su anchura con estimulación y dilatación progresiva. En su caso no volverá del todo al estado original, pero quedará con espacio suficiente para que no le moleste en el día a día. Lo arreglo yo mismo, gratis. Tengo que enmendar mi error, ¿no?

—Está bien. Gracias, doctor. Haga lo que deba hacer.

—Recuerde seguir estimulando los pechos —dijo, mientras me untaba un gel.

Empezó a recorrer todo mi sexo, del perineo al pubis, con un entusiasmo que ya nada tenía de clínico, observando cómo mis pechos soltaban leche a cada movimiento mío. La escena era obscena: yo ordeñándome mientras él me abría con los dedos.

—Meto el primero para empezar a dilatar.

Entró despacio, separándome con la otra mano.

—Estás mojada. Esto te gusta, ¿no?

—Ay, duele, más despacio, por favor —dije al sentir cómo lo movía con menos delicadeza.

Siguió, alternando la mirada entre mis pechos hinchados y mi sexo invadido por su dedo.

—Se te están enrojeciendo de la fricción. Usa tu propia leche para mantenerlos húmedos, úntatela en círculos.

Le hice caso, y así se sentía mejor. Estaba tan perdida en mis pechos que apenas noté el segundo dedo.

—¡Ay! Sea más suave.

—Sigues muy estrecha. Dedo a dedo tardaríamos demasiado. Hago un poco más y luego vemos.

Sus movimientos empezaban a gustarme. Apretar esos dos dedos que presionaban justo el punto exacto me hacía mover las caderas sin querer. Estaba a punto cuando, de golpe, los retiró.

Lo vi levantarse y quitarse la bata.

—¿Qué hace? ¿Por qué para? —pregunté agitada, acariciándome todavía.

—Con los dedos es muy lento. Hay que usar algo más grueso.

Se desabrochó el pantalón y sacó una erección enorme, gruesa, recorrida de venas hinchadas.

—¿A qué se refiere? —pregunté, asustada, intuyendo lo que venía.

Se desnudó del todo y, retorciéndome los pezones, respondió:

—A que ya no aguanto. Vienes con mentiras sobre tus pechos cargados y luego chorreas cuando te meto los dedos. Viniste para que te abra este coño tan apretado.

Intenté incorporarme, pero me torció los pezones y caí de espaldas en la camilla. Me sujetó las caderas y empezó a frotar la punta por toda mi entrada. Apenas avanzaba; era tan ancho que su sola cabeza me cubría entera.

Sentía un ardor intenso. De pronto se quedó quieto y empujó con fuerza. Solo entró la cabeza y me arrancó un grito; era como tener una pelota metida dentro, me estiraba sin piedad.

—¡Por favor, pare! Me duele mucho, me está rompiendo —supliqué casi llorando.

—Pararé cuando te llene ese coño tan estrecho —dijo agarrándome los pechos—. Mira cómo ya te abres para recibirme.

Y dicho esto, los apretó con fuerza hasta sacar un chorro de leche que cayó sobre mi sexo, y de una sola estocada se clavó entero.

Entró hasta el fondo. Me tenía completamente empalada, estirándome tanto que sentía latir su miembro contra mis paredes. Ni en mi primera vez me sentí así de abierta.

—Sáquela, por favor, me duele.

No le importó. Amasó mis pechos llenos, los apretó y volvió a embestir. Esta vez no salió leche, y eso le molestó tanto que les dio una palmada a cada uno.

—Con las manos ya no basta. Chúpatelas tú, sácate la leche sola y abre la boca cuando la tengas llena. Solo así seré amable contigo.

Obedecí. Me llevé el pecho derecho a la boca, lo sentí llenarse de mi propia leche dulce, abrí los labios y se la enseñé.

—Muy bien —dijo, y escupió dentro—. Trágatela.

Volví a chupar mientras él daba embestidas lentas y profundas, saliendo hasta la mitad para clavarse de nuevo hasta el fondo. Me ardía el alma de sentirme tan perforada, pero su cara de vicio al verme devorar mi propio pecho me recorrió la espalda como una corriente. Empezaba a excitarme estar así para él.

Cuando se me llenó la boca otra vez, me incorporé y dejé caer la leche por mi cuerpo, mezclada con saliva, resbalando del mentón a los pechos, al vientre, hasta mi sexo abierto.

En cuanto la leche tocó su miembro, perdió toda compostura. Me sujetó de la cintura y empezó a penetrarme con violencia, hasta el fondo, sin inmutarse por mis gritos. Pero con cada embestida mi clítoris se frotaba contra él, y poco a poco el dolor empezó a confundirse con otra cosa.

Mis pechos se balanceaban con cada golpe; alguna gota de leche me salpicó la cara. Sentía la punta chocar contra el fondo, me sentía llena, y de repente el ardor cedió. Empecé a disfrutarlo. Solté el primer gemido de verdad.

—Ya te está gustando, ¿eh? —jadeó—. Puta de pechos llenos y coño apretado. Por eso te preñaron la primera vez. Ahora me toca a mí.

Aceleró, y los dos empezamos a gemir. No sabía si mirar mis pechos goteando o mi sexo estirado al máximo por él, y saberme observada así me calentaba todavía más. Él solo pensaba en usarme y vaciarse dentro; yo solo podía pensar en cómo me abría en dos.

Llegamos juntos. Me agarró de los pechos, se clavó hasta el fondo y se descargó en chorros largos dentro de mí. Quedamos los dos jadeando, rendidos sobre la camilla.

***

Salí de esa consulta sin saber muy bien qué me había pasado, ni por qué, semanas después, seguía pidiendo cita por molestias que en realidad ya no tenía.

Si quieres, déjame tus sugerencias para mejorar, o cuéntame qué fantasía te gustaría que escribiera. Estoy a tus órdenes. Gracias por leer.

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Comentarios (6)

GonzaLP

Increible!!! Se me hizo cortisimo, quiero mas de esto

LectorBsAs

La ambientacion me atrapo desde la primera linea. Muy bien escrito, felicitaciones.

SombrasEnRed

Una pregunta: esto es algo que viviste o es pura imaginacion? Se siente muy real, esa tension al principio es impresionante.

Celeste

jajaja el titulo me engancho al instante, de verdad. Muy bueno!!!

ValentinaSur

Me gusto muchisimo el ritmo, se nota que sabes escribir. Seguí así!

DiegoSCL

brutal jaja, quede con ganas de mas

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