Mi ama esperó quince años para cobrarse la deuda
Han pasado más de quince años desde aquella noche en la que un puñado de cubitos de hielo cambió nuestras vidas para siempre. Quince años en los que nuestros caminos tomaron rumbos completamente distintos y, a la vez, extrañamente paralelos. Nunca dejamos de escribirnos. Nunca dejamos de prometernos que algún día terminaríamos lo que empezamos.
Llamo a su puerta. Durante un segundo estoy a punto de darme media vuelta y marcharme, pero la excitación puede más que la culpa, y me quedo quieto, esperando a que abra.
Lo que veo cuando la puerta cede me deja sin aire. Renata lleva una camisa blanca de cuello con volantes que le sienta como una provocación, el escote tan generoso como lo recordaba. Una minifalda de cuero negro, brillante, ceñida. Medias de encaje que se adivinan terminando en un liguero, y unas botas altas con un tacón imposible que la hacen parecer mucho más alta de lo que es.
Me cuesta tragar saliva. Pero su sonrisa al verme me tranquiliza un poco, y cuando me hace pasar con un gesto de la cabeza, sé que ya no hay marcha atrás.
Nos ha costado meses cuadrar las agendas. Esta tarde, por fin, la casa es solo nuestra.
Cierra la puerta a mi espalda. Se acerca despacio, pega su cuerpo al mío desde atrás y me susurra al oído, con una calma que da más miedo que cualquier grito.
—Ahora sí vas a pagar por no haberte atrevido a tocarme aquella noche en la playa.
El comentario, lejos de hacerme sonreír, me hace agachar la cabeza y notar el calor subiéndome a la cara. Sé que no va a ser una tarde normal. He venido preparado para todo. Para lo que ella quiera.
—Desnúdate. Vamos, que no tengo todo el día.
Empiezo a quitarme la ropa. No sé muy bien por qué, pero esta mañana me he depilado el cuerpo entero, sin dejar un solo pelo. Lo hago despacio, casi temblando, y ante mi torpeza ella saca una fusta fina que llevaba escondida a la espalda y me cruza un muslo con un golpe seco para que me dé prisa.
El azote, en lugar de asustarme, me excita todavía más. Cuando me bajo el pantalón se nota la mancha húmeda en la ropa interior, la mancha de las ganas. Renata sonríe.
—He dicho toda la ropa. Toda.
La última palabra me la dice arrastrándola, y la erección que provoca no escapa a su vista. Me da unos golpecitos suaves con la fusta, justo ahí, y la punta de cuero queda brillante con mi propia humedad.
***
Me venda los ojos sin avisar. El mundo se vuelve negro y todos mis otros sentidos se afilan de golpe. Noto algo frío rodeándome el cuello, una especie de collar rígido que me obliga a mantener la cabeza erguida. Es incómodo, pero la incomodidad también es parte del juego, y me gusta. Oigo un clic metálico, y de pronto un tirón seco de una cadena casi me hace perder el equilibrio.
—Arrodíllate y sígueme.
El suelo está helado contra las rodillas. Avanzo a gatas, guiado por la correa, y noto que cambiamos de habitación. Entonces lo huelo. Látex. Ese olor inconfundible, esa textura que cualquier fetichista reconoce con los ojos cerrados. Algo dentro de mí se enciende.
Me obliga a ponerme de pie y empieza a vestirme. No con mi ropa, claro. Algo ceñido, ajustado, que se pega a la piel como una segunda capa. Una camiseta de manga corta. Unas medias que me suben hasta el muslo. Unas braguitas, todo del mismo material brillante y frío.
Antes de subírmelas del todo, me sorprende con un par de lametones en la punta y unas sacudidas firmes, asegurándose de que no pierda la erección en ningún momento. Quiero gemir, quiero suplicar por más, pero no puedo: me ha metido una mordaza de bola en la boca, y lo único que consigo es babear. Un hilo me resbala por la comisura, y ella lo recoge con la lengua, despacio, como saboreando mi vergüenza.
Me muero por saber qué llevo puesto. Y ella lo sabe. Por eso se toma su tiempo. Me embadurna el cuerpo entero con aceite, masajeándome para que cada prenda entre mejor, y de vez en cuando oigo un gemido suyo, breve, contenido. Está parando para tocarse. Lo hace para volverme loco.
Me suelta la mordaza un instante, solo para ponerme una máscara muy ajustada. Al principio me agobio, me falta el aire. Después la siento como mi propia piel.
—Nunca pensé que me iba a poner tan cachonda viéndote vestida de putita —dice, y la palabra en femenino me recorre la espalda como un escalofrío—. Y lo mejor todavía no ha llegado.
***
Me lleva las manos a la espalda y me coloca algo que me mantiene los brazos estirados, rígidos, en una postura tan incómoda como excitante. Tengo la polla a punto de estallar, y ella, que lo nota, empieza a estrujarla por encima del látex hasta arrancarme un quejido ahogado.
Siento que engancha algo a mis hombros, algo que se apoya sobre mi pecho. No sé qué es. No sé cuánto tiempo ha pasado. Minutos, horas, me da igual. No quiero que esto se acabe. Quiero que dure toda la tarde, toda la vida.
—Voilà. Mira en lo que te he convertido.
Me quita la venda de un tirón. La imagen del espejo casi me hace correrme allí mismo. Voy vestido de sirvienta, enfundado en látex de los pies al cuello, y sobre los hombros llevo enganchada una pequeña bandeja con una cafetera y unas tazas. Dos tazas. Eso me sorprende, porque solo estamos ella y yo, y yo desde luego no voy a beber nada con esta mordaza.
Dejo escapar un suspiro por la bola. Renata aprovecha para hundir dos dedos entre sus piernas, empaparlos bien y restregármelos por toda la boca de la máscara. Daría lo que fuera por poder lamerlos.
—Muy bien, putita de látex. Como te decía, esto no ha hecho más que empezar.
En ese momento suena el timbre.
***
Me vuelve a vendar los ojos y me deja solo en la habitación. El corazón se me dispara. Pienso que puede ser cualquiera: un vecino, un familiar, ese primo suyo, Andrés, que aparece sin avisar. Oigo la puerta, oigo entrar a alguien, voces en susurros que no consigo descifrar. ¿Hombre? ¿Mujer? No lo sé, y eso me aterra. No quiero que me vean así. Pienso en huir. Pero no tengo mi ropa, no tengo ni idea de dónde la ha escondido, y desde luego no puedo salir a la calle vestido de esta manera. ¿En qué lío me he metido?
Entonces las voces se aclaran, y mi mente se niega a creer lo que escucha. Esa voz la conozco. Es Carolina. Hace dos años que ellas dos no se dirigen la palabra, dos años de un enfado que parecía eterno. Y ahora está aquí, al otro lado de la pared, a punto de verme convertido en esto.
—Vamos, sal de una vez —dice Renata, alzando la voz—. Que no tenemos toda la tarde para el café.
Camino despacio, humillado y excitado a partes iguales, cuidando de que no se me caigan las tazas. Cuando llego al salón me quedo paralizado ante las dos. Se miran. Sonríen. Carolina le da las gracias por la sorpresa. Adivina quién hay debajo de la máscara, pero no se atreve a decir el nombre en voz alta. No quiere saberlo del todo. Prefiere la duda.
Empiezan a dar vueltas a mi alrededor. Me susurran las cosas más sucias que se les ocurren mientras me acarician, una por delante, otra por detrás. Yo querría devolverles cada caricia, pero tengo los brazos atados a la espalda y no puedo hacer nada. Me muero por que me toquen, y ellas, sabias, ignoran las súplicas que no pueden oír.
Se sientan en el sofá y se ponen a hablar de sus cosas como si yo no existiera. Solo se acercan a mí para coger el café y servírselo. Y entonces la conversación da un giro de ciento ochenta grados.
—¿Qué te parece mi nueva sirvienta? —pregunta Renata.
—Está bien —responde Carolina, evaluándome con la mirada—. Aunque prefería a la anterior. Era más alta. Y juraría que la tenía bastante más grande que esta.
Las escucho hablar de mí en tercera persona, como si fuera un mueble, y lo único que consigo es excitarme más y más. Se levantan a la vez. Me quitan la bandeja de los hombros y empiezan a acariciarme, frotándose contra mi cuerpo, una contra mi pecho, otra contra mi espalda, cada vez con menos disimulo. Yo ya no aguanto más.
***
Es entonces cuando Renata, que lleva la voz cantante en todo este asunto, tira de la cadena y me arrastra de vuelta a la habitación. Carolina nos sigue. Una vez dentro me sueltan las manos. Siento un alivio inmenso, aunque tengo los brazos entumecidos y me cuesta moverlos. Me sonríen.
—Ahora sí vamos a terminar lo que tú y yo dejamos a medias.
Me quitan la mordaza. Por fin puedo respirar por la boca, por fin puedo hablar, y lo primero que hago es buscar la suya. Nos besamos con una urgencia de quince años acumulados, mientras ella me coge la mano enguantada de látex y se la lleva entre las piernas. Está empapada. Tan mojada que el guante resbala. Nos devoramos la boca, gimiendo, perdiendo la cabeza.
En mitad del beso, los dos giramos a la vez hacia la puerta. Carolina está ahí, completamente desnuda, masturbándose como si la vida le fuera en ello. Renata sonríe y le habla sin separarse de mí.
—Espera, cariño. Que te voy a poner más cómoda.
Le acerca un sillón y la sienta de cara a la cama, justo enfrente de nosotros. Pero añade un detalle que a Carolina se le borra de la sonrisa demasiado tarde: le ata los tobillos a las patas, las muñecas a los reposabrazos, y la deja inmovilizada. Carolina no protesta. Se rinde a mirar. Está extasiada, atrapada en su propio papel de testigo.
Mientras tanto, Renata y yo nos tomamos nuestro tiempo. Besos lentos, caricias, y de vez en cuando una bofetada suya que me recuerda lo que soy esta tarde y lo poco que importa lo que yo quiera. Me arranca la máscara sin avisar.
Y Carolina se queda petrificada al ver mi cara.
Tarda un segundo en reaccionar. Después empieza a suplicar entre jadeos, tirando de las cuerdas, pidiendo que la suelte, que la deje unirse, que no la deje fuera de esto. Pero Renata se niega. Se niega con una sonrisa tranquila, paladeando cada segundo, porque lleva quince años esperando exactamente este momento, y no piensa compartirlo con nadie hasta que ella lo decida.
—Tú mira —le dice—. Que para mirar te he traído.
Y vuelve a girarse hacia mí, dejando a Carolina retorciéndose en el sillón, condenada a contemplar cómo yo, por fin, salgo a pagar mi deuda.
Quince años. Y todavía no había hecho más que empezar.