La única condición que Lucía puso en la cama
Se conocían desde hacía tres meses, y en ese tiempo habían descubierto que tenían algo poco común: ninguno de los dos sabía decir basta. Lo habían comprobado la primera noche, y cada encuentro posterior había corrido un poco más el límite. Esa noche, en el departamento de Lucía, con la ciudad apagándose detrás de la ventana, los dos sabían que iban a correrlo otra vez.
Habían empezado en el sillón y habían terminado en la cama sin saber muy bien cómo, dejando un rastro de ropa por el pasillo. Las sábanas todavía estaban frescas. La única luz venía de una lámpara en el suelo que proyectaba sombras largas sobre la pared.
—¿Te gusta? —susurró Lucía, con la cara a un palmo de la de él, todavía con el sabor del último beso en los labios—. Porque todo lo que me dejes hacerte, después me lo vas a hacer tú a mí.
Adrián le recorrió la espalda desnuda con la yema de los dedos, despacio, dibujando la curva que iba de los omóplatos a la cintura.
—Soy todo tuyo —contestó—. Y tengo la cabeza más sucia de lo que te imaginas.
Ella sonrió contra su boca. Le tomó la mano, esa que la acariciaba, y la guió hasta sus propios labios. Adrián trazó el contorno con dos dedos hasta que ella los entreabrió y los dejó entrar. Lo hizo despacio, milímetro a milímetro, sin prisa. Él los mantuvo quietos, inmóviles, cediéndole el ritmo, dejando que fuera Lucía quien marcara el compás del juego.
La piel rozaba la piel y cada contacto cargaba el aire de algo turbio. Se miraban con una mezcla de admiración y hambre, y sin decirse nada se entendían: las dos cabezas estaban en el mismo sitio, amplificando una complicidad que rozaba lo perverso.
Adrián notó cómo la lengua de ella jugaba con sus dedos, cómo los chupaba con una lentitud calculada, sin dejar de mirarlo. Era una promesa de lo que vendría, una manera de decirle sin palabras hasta dónde estaba dispuesta a llegar esa noche. Él sintió un tirón en el bajo vientre y tuvo que respirar hondo para no apurar las cosas.
Lucía cambió de posición. Se incorporó y pasó una pierna por encima de él, que quedó boca arriba, expectante, observándola desde abajo. Ella se sentó a horcajadas, las rodillas flexionadas y abiertas a ambos lados de su cuerpo, casi arrodillada sobre él.
—No me puedo creer que tengas los pies tan fríos —dijo él con sorna, palpándole la pantorrilla—. Estás helada.
Lucía se dejó caer hacia delante, arrastrando los pechos por el torso de él en un gesto lento y deliberado.
—No todo está frío —murmuró cerca de su oído—. Por dentro estoy ardiendo como en el infierno.
Él la miró a los ojos, sin parpadear.
—Mmm. Eso parece. No sé si las puertas del infierno van a poder contener tanto calor.
Ella apretó la pelvis contra él unos segundos, lo justo para que ambos notaran la humedad, y volvió a erguirse sentada. Dos sonrisas cómplices aparecieron al mismo tiempo. Adrián subió las manos y le tomó los pechos, los abarcó enteros, los masajeó con una delicadeza que de a ratos se volvía brusca. Los estrujó entre los dedos, jugó a pellizcar los pezones hasta endurecerlos.
Lucía lo miró con una mueca a medio camino entre el asombro y la incredulidad: la mandíbula apenas descolgada, las cejas arqueadas, los ojos muy abiertos. Pero no se quedó quieta. Le clavó las uñas en el pecho y las arrastró hacia abajo, dejando dos surcos rojos sobre la piel.
Él esbozó media sonrisa. Ella se mordió el labio con fuerza, y el gesto resultó más provocador que cualquier palabra. Aguantaron así varios segundos, sin hablar, sosteniéndose la mirada, conversando en ese idioma sin voz que solo entienden dos cuerpos que se desean.
—Te lo advierto —dijo Lucía al fin, en un tono casi paternalista—. Todo lo que me hagas, lo vas a sufrir o lo vas a disfrutar tú también. Esa es mi única condición. —Y lo miró desafiante.
Adrián le hizo un gesto con la mano: que se diera la vuelta. Ella obedeció haciéndose la ingenua, buscándole la mirada todo el tiempo, como si necesitara instrucciones para cada movimiento. Como si no supiera perfectamente lo que iba a pasar.
***
Él la guió hasta que ella quedó de espaldas, con el sexo justo sobre su boca. Entonces empezó. Le pasó la lengua por los labios húmedos, los separó, buscó entrar despacio. Lucía siguió el juego desde el otro extremo y se inclinó sobre la erección de él.
Ella relajó el cuerpo, se entregó, se volvió manejable bajo las manos de Adrián, que aprovechó para sujetarle las nalgas y buscar profundidad con la boca. Lo que daba lo recibía: él insistía en el clítoris y ella respondía hundiéndolo más en su garganta. Cada uno medía al otro, igualaba la apuesta, subía una carta más.
La intensidad fue escalando sola. Las lenguas competían por ensalivar mejor la piel del otro, por encontrar el punto exacto, por arrancar el primer gemido. Adrián bajó hacia el perineo. Lucía lo notó y no se quejó; al contrario, lo aceptó como una invitación. Cada cual sacó sus recursos más privados, esos que no se cuentan, y el placer dejó de tener reglas claras. Hasta que él llegó, con la lengua, a un sitio del que no se vuelve igual.
Lucía sintió el primer roce y todo el cuerpo se le tensó por un instante, una contracción de sorpresa que enseguida se deshizo en algo distinto. No era lo que esperaba, y justamente por eso le gustó. Se obligó a aflojar, a no cerrarse, a confiar. Adrián lo notó y no la apuró: insistió despacio, dándole tiempo, leyendo cada reacción en la manera en que se movían las caderas de ella.
Lucía se detuvo en seco.
—Para —dijo, girando apenas la cabeza—. Acordate de mi regla. Si yo te lo puedo hacer, vos me lo podés hacer.
Adrián contestó desde abajo, sin moverse de entre sus piernas.
—¿Lo decís en serio? Me muero de ganas.
Ella se quitó de encima y se acomodó a un lado. Él, sin que se lo pidieran, llevó las rodillas al pecho, boca arriba sobre la cama, ofreciéndose entero. Lucía lo vio tan dispuesto, tan sin pudor, y sonrió para adentro. Esta noche va a estar muy bien, pensó.
***
Retomó el sexo oral, pero esta vez con otra intención. Le rodeó la erección con una mano y se la trabajó despacio mientras succionaba el glande con los labios. Con la otra mano buscó más abajo y ejerció una presión leve, tanteando, midiendo la resistencia. Casi no encontró ninguna. Lucía se sorprendió de la facilidad con la que él se abría, pero no dijo nada y no aflojó el ritmo.
Los gemidos de Adrián empezaron a sucederse, cada vez más seguidos, más graves. Ella fue ganando terreno: el dedo se hundió un poco más, la boca bajó un poco más, todo a la vez, todo en aumento. Sentía cómo el placer le tomaba el cuerpo a él, los espasmos, las gotas de sudor resbalando por el pecho liso, la manera en que la cabeza se le iba a otra parte.
En un arrebato, él le agarró la nuca y la empujó para que lo tomara más hondo. Sabía que estaba con la mujer adecuada, una que no se asustaba de las prácticas que él casi nunca se atrevía a pedir.
—¿Te gusta? —preguntó ella, devolviéndole la pregunta del principio.
Los gemidos de Adrián se convertían en palabras sueltas, palabras que no eran bonitas y que justamente por eso la encendían más. Lucía, que reconocía bien ese estado, ese punto en el que el clímax se vuelve inminente en lo poco convencional, le introdujo un segundo dedo.
El tiempo hizo una cosa rara: pareció detenerse y, al mismo tiempo, convertirse en un solo instante. Todo se intensificó de golpe. Ella no se apartó hasta el último segundo, cuando le sacó la erección de la boca. El cuerpo de él se estremeció, se contrajo entero. Con dificultad, Lucía movió los dedos en su interior para seguir presionando ese punto exacto que lo tenía al borde.
Adrián apretaba los dientes, de placer y de algo parecido a la gratitud. No era fácil encontrar a alguien que entendiera lo que él buscaba. Por momentos se olvidaba de ella, dejaba de devolver nada, y solo recibía. La penetración y el estímulo libraban una pelea contra la inminencia de la corrida, y las dos cosas ganaban a la vez.
Cuando llegó, fue abundante, casi líquida, más brillante que espesa, salpicando el cuerpo sin vello de él. Quedó tendido, agotado y satisfecho, mirándola con los ojos a medio cerrar.
Lucía se acercó y recogió con la lengua parte de lo que le había quedado en la piel. Él le pasó el brazo por encima y la atrajo hacia un beso largo, profundo, repartiéndose entre los dos lo que ella tenía en la boca. Después le sostuvo la nuca con la mano, en un gesto de una ternura que no encajaba del todo con lo anterior, y que precisamente por eso valía más.
***
Cuando recuperó el aliento, Lucía lo miró con un reproche fingido.
—Al final creo que me debés algo, ¿no?
Adrián asintió.
—Te debo un montón de placer. Te lo tengo que pagar igual, ¿verdad?
Ella le acarició la mejilla y le guiñó un ojo.
—Para mí también fue muy excitante. Pocos son tan libres como vos. —Hizo una pausa, dejándolo en suspenso—. Pero no te voy a decir que no si me querés invitar a algo parecido. Por cierto, tengo juguetes para los dos. —Inclinó la cabeza y bajó la voz—. ¿Te gusta?
Adrián sonrió, todavía con la respiración entrecortada, y supo que esa pregunta iba a perseguirlo durante días.
—¿Cuándo jugamos? —respondió.
Y por la forma en que ella le clavó la mirada, supo que la respuesta era pronto. Muy pronto.