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Relatos Ardientes

Mi madrastra sometida y yo espiándolos sin saberlo

Esto pasó hace poco menos de dos años, cuando yo todavía vivía en casa de mi padre y empezaba a entender cómo funcionaban de verdad los adultos. Lo cuento porque me quemó por dentro durante meses y porque, hasta hoy, no he encontrado nada que se le parezca.

En aquella casa vivíamos cuatro: mi padre, su mujer, un hijo pequeño que ella había tenido de antes, y yo. Mi madrastra se llamaba Marlene, aunque ese no es su nombre real, y desde el primer día que la vi me revolvió algo que no supe controlar. Era trigueña, de caderas anchas y pecho generoso, una de esas mujeres que parecen sacadas de los videos que veía a escondidas. Tenerla cruzando el pasillo en ropa de casa era una tortura diaria.

Marlene siempre fue atenta, cariñosa con mi padre y correcta conmigo. Pero eso nunca me frenó. Me masturbaba pensando en ella, robaba alguna prenda de su cuarto solo para olerla, y las noches en que escuchaba a mi padre con ella detrás de la puerta me convertía en un animal. Esos meses se me pasaron así, entre el deseo y la culpa, sin imaginar lo que vendría.

Llegué a conocer sus horarios mejor que los míos. Sabía a qué hora se duchaba, cuándo tendía la ropa en el patio inclinándose de esa forma que me volvía loco, cuándo se quedaba sola viendo la tele con el niño ya dormido. Me inventaba excusas para cruzarme con ella, para rozarla al pasar, para mirarle el escote un segundo de más mientras fingía buscar algo en la cocina. Ella nunca pareció notarlo, o si lo notó, jamás lo demostró.

Un fin de semana salieron, como hacían a veces, y volvieron de madrugada borrachos. Mi padre llegó tan mal que tuve que ayudar a Marlene a bajarlo de la camioneta y meterlo a la cama casi en peso. Ella estaba más entera, aunque también arrastraba el olor del alcohol y se le iban un poco los pasos.

Lo acostamos. Marlene me pidió que acomodara bien la camioneta en la cochera y que sacara las llaves, que se las había dejado puestas. Le dije que sí y salí enseguida, en parte por ayudar y en parte porque venía con el pulso acelerado: había visto sus pechos rebotar bajo el vestido entallado todo el camino hasta el cuarto.

Me subí a la camioneta con una erección que dolía. Acomodé el coche a las apuradas, pensando en encerrarme luego a desahogarme, y cuando ya iba a bajar, algo se iluminó en el suelo, junto a los pedales. Era un teléfono. Lo levanté y reconocí el de mi padre.

***

La curiosidad pudo más que el sentido común. Probé varias combinaciones hasta que, casi de casualidad, lo desbloqueé. Entré a la galería sin saber muy bien qué buscaba, y lo primero que apareció fue un video grabado apenas un par de horas antes.

Lo reproduje sin pensar. La imagen estaba algo movida, pero se entendía todo. La cámara enfocaba desde abajo a Marlene en cuatro, recibiendo a un hombre que no era mi padre. Duraba menos de un minuto. Una verga oscura entraba y salía de ella mientras gemía bajito, y al final se escuchaba la voz de mi padre, tranquila, diciendo: «dale, dale».

Me quedé congelado. No recuerdo cuántas veces lo repetí esa noche, pero en cada vuelta descubría un detalle nuevo: que todavía tenía puesto el vestido, las medias hasta la rodilla, la piel brillando por el sudor. Nunca habría imaginado algo así de mi padre, que siempre me pareció el hombre más celoso del mundo.

Bajé de la camioneta con el teléfono en la mano y entré sin hacer ruido. Me encerré en mi cuarto, me bajé el bóxer y me masturbé viendo ese mismo minuto una y otra vez hasta que me corrí como pocas veces en mi vida. Pero no paré ahí.

Empecé a revisar el resto. En la papelera de la galería había más. Encontré un video donde mi padre se grababa en modo selfie, masturbándose, mientras a su lado Marlene gemía con las piernas levantadas, embestida por otro. A él casi no se le veía el rostro, solo parte de la cara y el movimiento de la mano. Verlo entregarla así, en lugar de defenderla, me reventó la cabeza.

La erección volvió en segundos. Pasé al siguiente. Era del mismo día, pero esta vez la tomaban por detrás, también en cuatro. Mi padre manejaba la cámara como un camarógrafo: rodeaba la escena, se acercaba al punto exacto donde aquella verga entraba y salía, mientras los testículos del otro chocaban con cada empujón.

Y se escuchaba su voz, distinta a la de siempre, baja y excitada: «dale, cabrón, dale». «¿Te gusta, no? ¿Te gusta?». El hombre, todavía con el abrigo a medio quitar, le respondía aumentando el ritmo. En un momento bajó una pierna para dejar grabar desde arriba cómo la penetraba completa y le daba una palmada que la hacía gemir más fuerte.

«Pídela. Pide más», decía mi padre. El video terminaba con la cámara frente a la cara de Marlene, despeinada y brillante, repitiendo que sí, que sí, mientras él la animaba.

Me corrí por segunda vez, y aun así no solté el teléfono.

***

Seguí buscando. Encontré fotos de ella desnuda sobre la cama, primeros planos de su cuerpo. Me las reenvié a mi propio número junto con los videos y borré el rastro de inmediato. La excitación me había vuelto temerario.

Fue entonces cuando entré al chat. Había una conversación con un número sin guardar, lleno de imágenes. Me metí sin dudar y entendí que el otro hombre tenía un teléfono mucho mejor: sus videos estaban nítidos, con un nivel de detalle que los de mi padre no alcanzaban.

Eran tres videos y varias fotos que le había mandado a mi padre. En el primero, él y Marlene cogían sobre un sillón, en misionero. Se oían los gemidos de ella y el sonido húmedo de cada embestida. Mi padre grababa desde arriba, luego desde abajo, enfocando cómo se abría para recibirlo, pero siempre cuidando que no aparecieran las caras.

En el segundo, Marlene se movía encima del hombre, montándolo con fuerza. Se veía cómo él le separaba las nalgas con las dos manos. Después mi padre se corrió de lado y grabó de perfil el instante en que ella se acercó a besarlo, y cómo el otro la sujetaba por las caderas para penetrarla más rápido. En esos videos mi padre no hablaba; solo se escuchaba su respiración entrecortada detrás de la cámara.

El tercero era el más explícito. Marlene estaba boca arriba, con las piernas abiertas, y el hombre encima embistiéndola sin pausa. Ella repetía un «sí» tras otro hasta que él le levantó las piernas, se las puso sobre los hombros y aceleró, apoyándose en su pecho. Mi padre se grabó la mano masturbándose, volvió a enfocarla a ella, tan cerca que se veía el balanceo de su cuerpo con cada golpe, y cerró con el abdomen del otro moviéndose al compás.

Las fotos, aunque algo movidas, eran igual de intensas. Tomas desde abajo, de cerca, de ella arrodillada. Pero la que más me prendió fue una secuencia: el momento en que el hombre salía y, foto a foto, se veía cómo escapaba el semen que le había dejado dentro. La última imagen era de mi padre limpiándolo con su boca.

Me reenvié todo y me puse a leer la conversación de principio a fin, intentando entender cómo habían llegado hasta ahí. El desconocido contaba que llevaba tres años «en el ambiente»; mi padre respondía que ellos recién empezaban. Hablaban de reglas, de límites, de qué le gustaba a ella y qué no, con una naturalidad que me dejó helado.

Línea por línea fui armando el rompecabezas: estaban entrando al mundo swinger, y mi padre no solo lo permitía, lo organizaba. Era él quien elegía, quien proponía las fechas, quien le pedía al otro que la tratara sin contemplaciones mientras él grababa cada detalle. Marlene aparecía poco en el chat, casi siempre con un mensaje corto, dejándose llevar por lo que los dos decidían por ella.

Esa madrugada entendí dos cosas. La primera, que el hombre que yo creía intocablemente celoso era exactamente lo contrario. La segunda, más importante para mí: que mirar, espiar, descubrir lo que otros esconden se había convertido en lo que más me calentaba en el mundo.

***

Desde aquella noche no volví a encontrar nada parecido. En un par de ocasiones revisé su galería y sus chats con el corazón a mil, pero siempre estaban limpios. No sé si dejaron ese mundo, si fueron más cuidadosos, o si ahora es ella quien organiza los encuentros y guarda las pruebas.

Lo que sí sé es que aquellos videos siguen conmigo, en una carpeta que solo yo conozco. Cada tanto vuelvo a ellos, a ese minuto borroso del principio y a la voz de mi padre diciéndole que pida más, y vuelvo a sentir lo mismo que sentí la primera vez: el morbo de haber visto algo que jamás debí ver.

A veces me pregunto si Marlene sospecha que aquella noche, mientras dormía la borrachera, su hijastro descubrió su secreto y lo guardó como un tesoro. Prefiero no saberlo. Me gusta más mirarla cruzar el pasillo cada mañana, atenta y correcta como siempre, sabiendo lo que esconde detrás de esa sonrisa.

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Comentarios (5)

Maxi_2019

Tremendo!!! No lo pude soltar hasta el final, muy buen relato

CarlosDMQ

Muy bueno, quede con ganas de saber que paso despues. Hay segunda parte?

JorgeLQ

El arranque con el telefono fue un gran gancho, te mete directo en la historia sin rodeos

MikeReader23

Esa tension entre el morbo y la culpa del protagonista esta muy bien descripta. Me engancho de principio a fin, de los mejores que lei por aca ultimamente.

SilvinaBA

Que situacion mas intensa la del chico, descubrir algo asi sin buscarlo... Se nota que esta bien escrito porque se siente real sin volverse burdo. Espero que sigan subiendo cosas de este tipo!

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