Lo que mi Ama ordenó en aquel autobús a oscuras
Las instrucciones habían sido claras desde el primer mensaje, tan claras que no dejaban margen para la duda ni para la vergüenza. Nada de teléfonos. Nada de cámaras. El punto de encuentro era el viejo faro de un pueblo de la costa, y cada uno debía llevar una mochila con la ropa con la que más cómodo se sintiera, fuera cual fuera. Mi Ama, la Señora Valeria, lo había repetido tres veces: lo que pasara esa noche se quedaría en esa noche.
Por si la palabra no bastaba, nos hizo firmar un contrato de confidencialidad. Yo lo firmé sin leerlo entero. No me hacía falta. Más de uno y de una se dieron la vuelta al verlo, recogieron sus cosas y desaparecieron antes de que llegara nadie. Yo me quedé.
Allí estábamos, en el frío cortante de la madrugada junto al faro, un puñado de desconocidos que jamás se habían visto las caras. Nadie hablaba. Cada uno medía al de al lado de reojo, calculando quién era invitado y quién, como yo, era otra cosa. El viento traía olor a sal y a algas, y el mar reventaba abajo contra las rocas con un ruido sordo que me retumbaba en el pecho.
Entonces llegó el autobús.
Era un autobús de lunas tintadas por completo, negras como el carbón, de esos que desde fuera no dejan ver absolutamente nada del interior. Desde dentro, en cambio, se ve todo. Se ve a la gente de la calle moverse sin saber que la observan, y uno puede reírse de ellos a placer. Esa asimetría me puso la piel de gallina antes incluso de subir.
La puerta se abrió con un siseo neumático, y lo que vi me dejó sin aire. Mi Ama, la Señora Valeria, bajó el primer escalón vestida con un catsuit rojo que se ceñía a cada centímetro de su cuerpo. El color no hacía sino realzar el azul frío de sus ojos. Yo empecé a temblar. No sabía qué me pasaba, pero temblaba, y apenas fui capaz de agarrar la mochila y dar dos pasos torpes hacia ella.
Como siempre, fue ella quien tomó la iniciativa. Se acercó hasta mí, me puso una mano enguantada en el hombro izquierdo y apretó. No hacía falta más. Entendí la orden y me arrodillé allí mismo, sobre la grava, delante de todos. Ella sonreía. Con la mano derecha me tomó del mentón y me levantó la cara. Yo la miré a los ojos, descarado, sostuve esa mirada un segundo de más.
Craso error.
La bofetada vino del lado izquierdo y ni la vi llegar. Casi me caigo de bruces, pero ella me sujetó con fuerza por el hombro y, en el mismo gesto, me acarició con dulzura la mejilla ardiendo. Esa era su firma: el golpe y la caricia en el mismo movimiento, para que nunca supiera del todo si me castigaba o me premiaba.
—De rodillas y quieto —dijo en voz baja, solo para mí.
Antes de dejarme subir, me obligó a desnudarme delante de todo el mundo. Me quité la ropa pieza por pieza mientras los demás miraban en silencio. Mi sexo estaba completamente erecto, y ella, que no se le escapa nada, no dudó en cruzarlo con un par de fustazos secos para bajarme los humos. Como por arte de magia, la erección cedió, y aprovechó ese instante para encajarme un cinturón de castidad de acero, asegurándose de que el ano quedara bien expuesto por detrás.
—Que quede claro de quién eres —añadió.
Me cerró al cuello un collar ancho. En la chapa, grabado, se leía: «propiedad de la Señora Valeria». Por la ranura del cinturón ya empezaba a gotear, una humedad caliente que me resbalaba muslo abajo, y supe que iba a ser una noche muy, muy larga.
***
Todavía no había terminado conmigo. Antes de la puerta me colocó una máscara de látex rosa con hocico de cerdo, que me ceñía la cara y me dejaba solo dos rendijas para los ojos y un agujero para la boca. Después, con una barra de labios roja, me escribió una palabra en el pecho y otra en la espalda, dos insultos que prefiero no repetir pero que dejaban claro en qué me había convertido. Algunos de los presentes no aguantaron la escena y empezaron a tocarse allí mismo, de pie, mirando cómo me anulaban como persona.
Me ajustó luego un collar alto y rígido que me obligaba a mantener el cuello erguido, y a la argolla enganchó una cadena con un mosquetón. Tiró un poco de ella para probarla, igual que se prueba la correa de un perro nuevo.
—A cuatro patas. Y no se te ocurra hablar.
Obedecí. Avancé a gatas por la grava, las piedras se me clavaban en las rodillas, en las palmas, en los empeines. Me daba igual. Me daba completamente igual, porque por primera vez en meses volvía a ser lo que era con ella, la única persona que de verdad me entiende, la única que comparte lo que yo deseo en lo más hondo y no me juzga por ello.
Subir al autobús me hizo enrojecer hasta las orejas. En el centro del pasillo, donde en cualquier vehículo de fiesta habría una barra y una nevera de bebidas, había un potro de madera con dos escalones a cada lado. Ella me hizo trepar a él y me encadenó los tobillos a las patas, abriéndome las piernas, dejándome el culo bien abierto y en alto. La cabeza me quedaba erguida por el collar, mirando al frente, ofrecido.
Estaba temblando. Tenía ganas de orinar. No había dicho una sola palabra en todo el rato, y tampoco importaba ya. Por detrás notaba cómo el ano empezaba a dilatarse solo, anticipándose.
Empezaron a subir los demás. Antes de que el motor arrancara, oí la voz de mi Ama dirigiéndose a todos ellos.
—A partir de ahora esto no es nadie. Es un objeto. Una cosa sin nombre con la que podéis jugar toda la noche. Haced lo que queráis. —Hizo una pausa—. Dentro de lo pactado. Nada de sangre. Nada de dolor extremo. Lo demás es vuestro.
No habían pasado ni dos segundos cuando sentí caer sobre mi culo lo que parecían litros de lubricante tibio y un montón de manos que se lanzaron a acariciarme el ano a la vez. Empezaron con un dedo. Luego dos. Oía risas, carcajadas, comentarios en voz alta sobre mí que me hacían enrojecer todavía más bajo la máscara de cerdo. Tenía las manos inmovilizadas, atadas, inútiles.
Y entonces, en mitad de aquel barullo de dedos y voces, alguien me besó en los labios. Un beso lento, muy dulce, fuera de lugar entre tanta crudeza. Reconocería esos labios carnosos y esa manera de besar en cualquier rincón del planeta. Era ella. Era la Señora Valeria.
***
No tardó mucho en entrar la primera polla de verdad. Noté cómo crecía y se endurecía dentro de mí, abriéndose paso. Al mismo tiempo, otra persona me agarró con fuerza de la nuca y me ocupó la boca. Quería gritar de placer y no podía, no me daba tiempo. De mi garganta salía un sonido ronco, vulgar, el de quien está siendo usado por los dos lados a la vez.
Me follaban la boca y el culo al mismo ritmo, y una descarga eléctrica me recorrió de la nuca a los talones. Me sentía completo. Realizado de la forma más extraña y más sincera. De reojo, entre los cuerpos, alcancé a ver a mi Ama apoyada contra la pared del autobús, masturbándose sin disimulo, la espalda arqueada, la respiración entrecortada.
La vi acercarse al borde. La vi tensarse entera. Y entonces, en el último instante, se montó sobre mi espalda como quien monta un poni y me regó con su lluvia caliente, un chorro que me bajó por los riñones y por los costados, tan caliente y tan suave a la vez que casi me hizo perder la cabeza dentro del cinturón.
Todavía no me había recuperado de aquello cuando el que tenía en la boca se vació de golpe. Dudé un segundo entre tragar o no. Tragué. Era la única manera de complacerla a ella, que observaba cada uno de mis gestos. Gemí con la boca llena, atragantándome un poco, y ella se rió.
De un tirón me arrancó la máscara de cerdo. La luz me dio en la cara y me sonrojé al verla tan cerca, mirándome con esa sonrisa de oreja a oreja.
—Límpiame —dijo, y se subió al potro hasta sentarse sobre mi cara.
Le lamí despacio, con devoción, recogiendo con la lengua lo que ella quería que recogiera. Me sentía absurdamente feliz. Y justo entonces, mientras me concentraba en complacerla, noté un ardor distinto extenderse por mi bajo vientre, una quemazón profunda. Alguien acababa de correrse dentro de mí. Las carcajadas estallaron a mi alrededor al ver mi cara de sorpresa.
Ella me tomó del mentón por última vez, todavía con la misma sonrisa preciosa, y acercó sus labios a mi oído.
—¿Qué se siente al ser solo una cosa? —susurró.
No contesté. No hacía falta. Mi cuerpo entero contestaba por mí. Con un chasquido, liberó el cinturón de castidad, y mi sexo brotó por fin, dolorido de tanto contenerse.
—Ahora sí —dijo—. Ahora ven aquí.
Lo que vino después fue ella y yo follando como locos en el centro de aquel autobús a oscuras, sin máscara ya, mirándonos a los ojos mientras los demás nos rodeaban, se tocaban y nos cubrían de su deseo. El motor rugía bajo nosotros, el mundo entero pasaba al otro lado de las lunas negras sin saber nada, y yo, por una sola noche, era exactamente lo que siempre había querido ser para ella.
Lo que pasó esa noche se quedó en esa noche. Pero yo todavía lo llevo escrito por dentro, como aquellas dos palabras de barra de labios que tardaron días en borrarse del todo.