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Relatos Ardientes

El control de carretera del que no quise escapar

Me llamo Nerea, tengo veintinueve años y llevo toda la vida huyendo hacia adelante. Cuando algo se rompe, no me quedo a llorarlo: busco olas, sudor, velocidad. Esquí en invierno, surf en cuanto el agua deja de doler, kickboxing para descargar lo que no me atrevo a decir en voz alta. Mi cuerpo es el resultado de todo eso. Metro sesenta y cinco, cintura estrecha, los abdominales marcándose sin que tenga que apretarlos. No es vanidad, es disciplina.

Soy abogada, de Comillas, en Cantabria. Pelo castaño que el verano vuelve casi rubio, siempre en una coleta alta porque odio que me estorbe. Ojos verdes y una cara de niña buena que engaña a casi todo el mundo. Llevo un piercing en cada pezón —me gusta insinuarlos bajo las camisetas finas— y algún tatuaje que cuenta cosas que no le cuento a cualquiera: una ola rompiendo en el costado, una brújula diminuta en la muñeca.

Tres semanas atrás se había terminado lo mío con Adrián. O, para ser exacta, él lo había terminado. No lloré delante de él. Recogí mis cosas de su piso en Santander, cargué la tabla en la furgoneta camperizada y me largué sin mirar atrás. Decidí que ese verano sería solo mío: la costa francesa, el Atlántico y mis propios fantasmas.

Llevaba cinco días surfeando por Lacanau y sus alrededores. Dormía en la furgoneta, cocinaba en el hornillo y vivía de café, avena y sal. Perfecto. Hasta esa tarde.

Volvía de la playa por una carretera secundaria, con el pelo todavía húmedo y una camiseta blanca de tirantes empapada que no dejaba nada a la imaginación. En la guantera llevaba un botecito de marihuana. Para mí. Un cigarro al atardecer, nada más. Nada que vender, nada que esconder más allá de mi propio rato de calma.

Me pararon en un control rutinario. Dos gendarmes jóvenes y un tercero mayor que parecía el que mandaba. Pidieron papeles, registro. Abrí la guantera sin pensarlo demasiado, y cuando vieron la bolsita los tres se miraron y murmuraron algo en francés que no entendí del todo. El tono no era el de una simple multa.

—Baje del vehículo, por favor —dijo el mayor, muy serio.

Intenté explicarme en mi francés correcto pero con acento del norte. Les dije que era para consumo propio, que no era nada grave, que era abogada y conocía mis derechos. Ellos solo sonrieron de medio lado.

Llegué al cuartelillo con el corazón en la garganta. Un edificio prefabricado de hormigón gris, rodeado de alambrada baja y dos coches patrulla polvorientos. Me bajaron casi a empujones. El mayor —unos cuarenta y cinco, pelo canoso al rape, mandíbula cuadrada— me sujetó del brazo con fuerza mientras los otros dos me flanqueaban. Uno rubio, con cara de niño malo; el otro moreno, fornido, con el bigote recortado. Ninguno sonreía ya.

Dentro olía a tabaco frío, café quemado y desinfectante barato. Me metieron en una sala pequeña: mesa metálica atornillada al suelo, dos sillas, un espejo grande que sabía que era de los que dejan ver desde el otro lado, una cámara en la esquina y otra portátil sobre un trípode, ya montada. La luz roja parpadeaba. Grababa.

—Desnúdate —ordenó el mayor, en un francés seco.

Intenté mantener la calma de abogada. Voz firme, aunque me temblaban las manos.

—Soy ciudadana española. Exijo que se me informe de los cargos, que se me permita llamar a mi consulado y que se respeten mis derechos. Esto es ilegal según el Convenio Europeo de Derechos Humanos.

El mayor soltó una risa corta, como un ladrido, y después una bofetada que me dejó la mejilla ardiendo.

—Aquí no estás en tu tribunal, mademoiselle. Aquí estás en mi casa. Las manos a la espalda.

Sacó las esposas. Acero frío. Me las puso con brusquedad, lo justo para que dolieran. Los brazos atrás, los hombros forzados. El rubio se colocó detrás y me agarró de la coleta, tirando hacia arriba para que levantara la barbilla.

—Esto lo hacemos nosotros, no te preocupes.

Resistí unos segundos más por puro orgullo. Entonces el fornido me alzó los brazos esposados y el rubio me arrancó la camiseta de un tirón. El sujetador del bikini quedó a la vista, negro y mínimo, los piercings marcándose bajo la tela. El mayor alargó la mano y me lo bajó de un golpe, dejando los pezones al aire. El frío de la sala me los puso duros al instante.

—Mira eso —murmuró el rubio, acercándose para pellizcar uno entre dos dedos. Fuerte. Gemí sin querer.

Intenté girarme. El fornido me empujó contra la mesa, el pecho contra el metal helado. Me bajaron la braguita del bikini despacio, como si desenvolvieran un regalo. Sentí el aire en la piel todavía caliente de la playa. Me separaron las piernas de una patada suave pero firme. El mayor se agachó detrás, me abrió las nalgas con las dos manos y soltó un silbido bajo.

—Bonita —dijo—. Y ese culito intacto, ¿verdad?

—No tenéis ningún derecho… —empecé otra vez.

—Veamos si llevas algo más escondido.

Me calló metiéndome dos dedos de golpe. Secos al principio. Grité. Luego los movió, girándolos, buscando, hasta encontrar el punto y presionar. Mi cuerpo traidor se arqueó sin permiso.

La puerta se abrió. Entró una mujer. Treinta y tantos, pelo corto azabache, uniforme ajustado, ojos oscuros y duros. La llamaron Camille. Se acercó, se quitó la gorra, la dejó en la mesa y me miró de arriba abajo mientras se desabrochaba los primeros botones de la camisa.

—Protestas mucho para estar tan mojada —dijo, con un acento parisino suave.

***

Me giraron boca abajo sobre la mesa. El pecho aplastado contra el metal, las mejillas ardiendo. El rubio me esposó también los tobillos y luego unió las manos y los pies con una cadena corta por debajo. Quedé inmovilizada del todo, las piernas abiertas, los brazos extendidos hacia adelante, las muñecas sujetas a una argolla del otro extremo. No podía moverme ni un centímetro.

El mayor ajustó la cámara portátil para que enfocara bien: mi cara de lado, los piercings, el tatuaje de la ola, el cuerpo abierto. Encendió una luz extra. Todo quedaba grabado.

—Sonríe a la cámara, abogada —dijo Camille.

Me levantó la cabeza tirándome del pelo y me besó con violencia, metiéndome la lengua hasta el fondo. Intenté morderla; ella me pellizcó el pezón con saña hasta que cedí y le devolví el beso. Mientras tanto, el fornido me abrió más las piernas y me penetró de una embestida. Grité dentro de la boca de Camille.

Empezaron a turnarse. Primero el fornido por detrás, agarrándome las caderas, lento al principio, después más rápido. Cada golpe arrastraba mis pechos contra la mesa, los piercings rozando el metal frío. Camille se subió delante de mí, se quitó la ropa de cintura para abajo y me empujó la cabeza hacia ella.

—Lame —me ordenó.

Lo hice. Primero con rabia, después con hambre. Metí la lengua, busqué el clítoris, la hice gemir. El rubio se puso a su lado y me llenaba la boca cada vez que Camille me dejaba respirar. El mayor se masturbaba a un costado, grabando primeros planos con el móvil.

Cambiaban constantemente. Me soltaron las esposas solo para ponerme de rodillas en el suelo. Camille se sentó en la silla y me obligó a comérsela mientras los tres se turnaban por detrás. Primero el mayor: más largo, más grueso, llegaba al fondo y se quedaba quieto un segundo para que lo sintiera entero. Luego el rubio, rápido y nervioso, dándome palmadas en el culo hasta dejarlo rojo. El fornido me agarraba del pelo y me llevaba de la boca de Camille a la suya.

Me devolvieron a la mesa, esta vez con las piernas todavía más abiertas. El mayor me preparó el culo con saliva y con lo que goteaba de mí. Presionó la punta.

—No… ahí no… —murmuré, la voz rota.

—Silencio —dijo Camille, tapándome la boca con la mano mientras él entraba despacio. Dolor primero, ardor, y luego una plenitud extraña que me hizo gemir contra su palma.

Me corrí así, esposada, inmovilizada, grabada. El orgasmo me sacudió de arriba abajo y grité ahogada contra la carne de Camille. No pararon. Siguieron hasta correrse uno tras otro. Cuando terminaron, me dejaron allí un rato, boca abajo. El mayor se acercó, me limpió la cara con una toalla áspera y me dijo al oído:

—Buena chica. Si vuelves a pasar por aquí con marihuana, te esperamos. Y si se te ocurre denunciar, esa cara tuya estará por toda la red.

Me soltaron. Me devolvieron la ropa arrugada. La bolsita había desaparecido. Firmé un papel en blanco con las manos temblando y me acompañaron a la furgoneta en silencio.

***

Conduje diez kilómetros antes de parar en un descampado. Me metí atrás, me desnudé otra vez y me miré en la pantalla del móvil, reconociendo en mi propia cara las marcas de todo lo que había pasado. Empecé a tocarme. No me reconocía y, al mismo tiempo, nunca me había sentido tan despierta.

Era ya noche cerrada, solo la luz de la luna y el resplandor lejano de la carretera. No oí llegar el coche. Vi los faros cortando la oscuridad cuando ya estaban encima. Luego una segunda patrulla detrás. Bajaron varias sombras. Reconocí al mayor de inmediato por la silueta cuadrada y el andar pesado. El rubio y el fornido también. Y dos más que no había visto antes: uno alto y delgado, de barba recortada y ojos negros; el otro enorme, casi dos metros, con una presencia que llenaba el espacio solo con estar ahí.

Golpearon la puerta corredera. Tres veces, fuerte.

—Abre, Nerea. Sabemos que estás ahí.

La voz del mayor. Tranquila. Casi amable.

Me quedé quieta un segundo, el corazón en los oídos. Después me puse una camiseta larga que apenas me cubría —sin nada debajo— y abrí. El aire frío me golpeó los pezones, endureciéndolos bajo la tela.

—Buena chica. No has huido lejos —sonrió él.

Intenté hablar, pero el delgado ya me había agarrado del brazo y me sacó fuera. El grandote cerró la furgoneta de un golpe y se quedó vigilando.

—¿Qué hacéis? —murmuré, más por inercia que por convicción.

El mayor me levantó la barbilla con dos dedos.

—Te vimos salir del control. Te seguimos. Y cuando paraste aquí, supimos que querías repetir.

No mentía. No podía negarlo.

***

Me llevaron, esposada otra vez, por caminos de tierra durante quince minutos, hasta una zona de marismas cerca de la costa. Olía a marea baja y a madera podrida. Pararon frente a una cabaña de pescadores vieja, de tablas grises, techo oxidado, una ventana rota tapada con cartón. Un sitio perfecto para que nadie oyera nada.

Me empujaron dentro. Olía a salitre y a humedad. Una bombilla desnuda colgaba del techo. En el centro, una mesa de madera basta, sillas desparejadas, un colchón viejo en el suelo. El fornido me arrancó la camiseta de un tirón y los piercings brillaron bajo la luz pobre. El mayor montó el móvil en un trípode improvisado. Roja, parpadeando. Grabando otra vez.

El grandote se desnudó primero. Pecho ancho, tatuajes tribales en los brazos. Cuando se bajó los pantalones se me cortó la respiración. El delgado se rió bajo, quitándose la camisa, más enjuto pero fibroso, con una cicatriz larga en el abdomen.

El mayor dio órdenes en francés rápido. Me pusieron boca abajo sobre la mesa, igual que antes. Las muñecas a las patas delanteras, los tobillos a las traseras, las piernas abiertas al máximo. El delgado fue el primero. Me abrió con los dedos y entró de una embestida seca. Grité. No paró, con un ritmo corto y duro, sujetándome las caderas. El fornido se puso delante y me llenó la boca hasta la garganta. Sabía a sal y a sudor.

El grandote esperó, masturbándose despacio, mirando. Cuando el delgado terminó, se acercó. Me preparó con su propia saliva y con lo que goteaba de mí. Presionó la punta.

—No… por favor… —gemí, la voz rota por la otra polla en mi boca.

—Tranquila —dijo el mayor, acariciándome el pelo como a una mascota—. Relájate. Vas a disfrutarlo.

Empujó. Dolor puro al principio, un ardor que me arqueó la espalda. Pero entró. Centímetro a centímetro. Me llenó como nunca. Cuando estuvo del todo dentro se quedó quieto, dejándome sentir el grosor, y luego empezó a moverse. Lento. Profundo. Cada embestida me hacía jadear, el cuerpo convulsionando. Los otros se turnaban en mi boca, me pellizcaban los pezones, tiraban de los piercings hasta que el dolor se confundía con el placer. Me corrí otra vez, gritando contra la carne.

Cambiaron de postura. Me bajaron al colchón. El grandote debajo, yo encima, empalada en él; el delgado por detrás. Los demás alrededor, llenándome la boca, terminando sobre mi cara y mi pecho. Me azotaron hasta dejarme la piel ardiendo. Me dieron por satisfecha cuando grabaron la última escena, tirada en el colchón, esposada y hecha un ovillo.

Al final me dejaron así, temblando. El mayor apagó la cámara.

—Buen vídeo —dijo—. Lo guardaremos con el otro. Por si vuelves a pasar por aquí.

Me tiraron una toalla sucia y la camiseta rota. Me llevaron de vuelta a la furgoneta. El grandote me dio una palmada suave antes de soltarme.

À bientôt, pequeña.

Me hicieron conducir hasta Hendaya y cruzar la frontera con España, escoltándome todo el camino.

***

Conduje varios kilómetros sin mirar atrás, hasta parar en un área de caravanas. Me metí atrás otra vez, encendí la luz interior y me miré en el retrovisor: el pelo revuelto, los labios hinchados, las marcas rojas en el cuello. Me toqué despacio. Me dolía todo.

No sé si fue algo que me hicieron o algo que, sin atreverme a pedirlo, llevaba demasiado tiempo necesitando. No sé cómo llamarlo y no estoy segura de querer ponerle un nombre.

Solo sé que, desde entonces, cada ola que cojo, cada puñetazo en el saco, cada cigarro al atardecer me lleva de vuelta a esa cabaña. Y no quiero escapar.

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Comentarios (5)

MorbosoFan

Tremendo relato!!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei en mucho tiempo

Carla_Mdp

Por favor continua esta historia, no puede quedar ahi. Quede con muchisimas ganas de mas!

LectorOscuro33

Me encanto el ritmo que le das al relato, va escalando justo como tiene que ser. Se nota que sabes escribir

ViajeroBA

jaja quien no ha querido que lo paren en un control asi algun dia

Romi_Sur

Hay segunda parte? no puede quedar abierto asi... igual muy bueno!

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