Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que mi esposo me trató como su mascota

Después de mi último encuentro con Mariano, llegaron a mi teléfono un par de mensajes que ni siquiera abrí. Me dediqué a mi familia, a la rutina, a fingir que todo estaba en su sitio. Mi esposo, como siempre, parecía contento de que yo tuviera un amante; era un juego que disfrutábamos los dos. Pero esa última cita me había dejado un sabor agridulce en la boca, y la frustración no se iba. Al contrario, crecía. Necesitaba sexo duro, sin romanticismos, sin caricias de más. Esa clase de sexo que solo se consigue cuando alguien te trata con la frialdad justa.

Durante esos días ayudé a mi suegro con la comida, limpié la casa, fui al trabajo. Siempre actuando como la mujer perfecta, escondiendo mi verdadera naturaleza detrás de una sonrisa dulce y un poco ingenua. Todos creían que estaba feliz, que andaba de mejor humor por alguna razón. La verdad era otra: estaba molesta, tensa, insatisfecha. Y una sola persona supo leer lo que había debajo de mi máscara.

Esa noche estábamos en la habitación, a punto de dormir. Esteban ya tenía su ropa de cama puesta y yo acababa de salir de la ducha, secándome el pelo con una toalla, envuelta en mi bata blanca y con esa sonrisa que no se me caía nunca.

—Amor, te noto rara últimamente, como si no fueras tú. ¿Pasa algo? —dijo.

No me sorprendió. Mi esposo siempre nota cualquier cambio en mí.

—Es por Mariano. Estoy un poco enojada con él —confesé mientras me sentaba en el borde de la cama, a su lado.

—¿Te hizo algo que no querías? Porque si fue así, le doy una lección.

—No es eso. ¿Te acordás de la última vez que salimos a comer los tres?

—Claro. Te manoseaba por debajo de la mesa creyendo que yo no me daba cuenta.

—Sí. Al final tuvimos sexo, y lo disfruté, pero no terminé satisfecha del todo.

Esteban se quedó pensando, y noté algo parecido a la preocupación en sus ojos.

—Pensé que te estaba gustando la idea de tener un amante.

—Y me gusta. Pero esperaba que Mariano fuera más atrevido, más dominante.

Mi voz fue bajando con cada palabra, y mis pulgares jugaban entre sí sobre mi regazo. Él me miró un segundo y entendió todo de golpe.

Se subió encima de mí, tumbándome sobre la cama. Su mano me acarició la mejilla, su cuerpo pegado al mío, sus ojos clavados en los míos.

—Tu amigo todavía no sabe que debe tratarte como la puta que sos. ¿Es eso?

Me quedé callada, pero mis ojos me delataron. Sus palabras me empezaban a calentar de una forma que solo él conseguía. Me mordí el labio inferior sin dejar de mirarlo, dejando que asomara la excitación.

—¿Vas a hacer algo por mí? —pregunté.

—Sos tan perra que ni siquiera podés esperar —se rió—. Pero sí, tengo algo especial planeado para vos.

Su mano se deslizó por debajo de mi bata y liberó mis pechos. Los apretó, los acarició, y casi sin darme cuenta una gota de leche brotó de uno de mis pezones.

—¿Otra vez estás lactando? —sonrió—. Mi vaquita llegó en el mejor momento.

Ni yo sabía que había vuelto a pasarme. Me ocurría desde hacía años; los médicos decían que era cosa de hormonas, que el estrés lo disparaba.

—Se me acaba de ocurrir un plan mejor —siguió—. Cuando tengas las tetas bien cargadas, vamos al consultorio para que te ordeñen. Como a una vaca. Una vaca muy putita.

¿Otra vez me hará exhibirme delante de otro hombre?, pensé, con una mezcla de tensión e intriga.

—Cuando estés bien llena, me avisás. Ya tengo pensado el día perfecto para complacer a mi perra.

Me dio un beso en los labios después de hablarme así, y se lo devolví. Quería que me tomara ahí mismo, pero sabía que si tenía un poco de paciencia, la recompensa iba a ser mil veces mejor que un revolcón de unos minutos.

***

Al día siguiente fui al trabajo, como cada mañana. Entro a las cuatro y para la una del mediodía ya estoy libre. Cerca de las once empecé a sentir los pechos pesados, doloridos: señal de que estaban cargados. Le mandé a Esteban un mensaje corto, directo, de esos que solo él entiende. No tardó en responder. A las doce ya iba en el auto, y el dolor era tal que tuve que quitarme el sostén, dejando los pechos sueltos bajo la ropa.

Llegué a casa y me cambié enseguida. Un pantalón ajustado y una camisa negra de tirantes, sin sostén, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Esteban me miró con orgullo, con una mirada cómplice de lo que estaba por venir. Subimos al auto y, mientras manejaba, intentó rozarme la piel del escote con la yema de los dedos.

—Oye, si te llevás toda la leche, ¿qué le dejás al granjero? —le dije, atrevida y burlona.

Se rió y se contuvo, aunque lo notaba ansioso. La sola idea de que otro hombre viera los pechos de su mujer lo tenía excitado, y no lo disimulaba.

***

El consultorio estaba impecable, todo ordenado. El médico tendría unos cuarenta años, atractivo, sin canas todavía, de los que cuidan su imagen.

—Hola, bienvenidos. ¿Qué los trae por aquí? —dijo, invitándonos a sentarnos.

—Hola, doctor. Lo que pasa es que a mi esposa le duelen los pechos —respondió Esteban.

—El dolor de pecho puede tener varias causas, no siempre graves. La mayoría son benignas.

—Lo que sucede —intervine— es que cuando me estreso, mis pechos producen leche. Me pasa desde hace años. Los médicos dicen que es por las hormonas.

Mis dedos jugaban entre sí, mi voz era apenas un murmullo y mi vista estaba clavada en el escritorio. Una actuación digna, para esconder la excitación.

—Bien, entonces solo necesitás algo de medicación. Te voy a recetar…

Estaba por escribir cuando Esteban lo interrumpió.

—Doctor, el problema es que ahora mismo ella no puede sacarse la leche, y me pidió que viniéramos para ver si usted la ayuda con eso.

—Existen máquinas para extraer la leche. Hay marcas muy cuidadosas con la zona del pezón, no duelen…

—¿Sabe qué? Ahora no podríamos comprar una —insistió mi esposo—. Por eso estamos acá. Para que usted la ayude.

El médico se quedó pensando un momento, intentando descifrar las palabras de Esteban. Se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos en el escritorio. Por un instante creí que nos habían descubierto, que venía un sermón. El corazón me latía rápido y fuerte; traté de controlar la respiración.

—Sí, puedo guiar a su esposa para que la leche empiece a salir. Con un poco de agua tibia no será problema, y casi no le dolerá.

Acepté la ayuda. El médico fue por agua tibia y un recipiente pequeño.

—Estoy lista. ¿Qué tengo que hacer? —pregunté.

—Primero, mojás los pezones con el agua tibia. Después, con las yemas de los dedos, apretás suave hasta que la leche fluya. Masajeás despacio y vas a ver que sale sin esfuerzo.

Me bajé la blusa y dejé mis pechos expuestos frente a los dos. Ambos me miraban sin disimulo; el médico carraspeó. Empecé a humedecer un pezón, masajeé lento, y luego apreté un poco.

—Ay, me duele. Creo que no sé hacerlo bien —dije, soltándome con un dolor fingido.

—Amor, seguro que el doctor lo hace mejor que vos —dijo Esteban—. Él tiene experiencia, para eso es profesional. ¿Qué dice, doctor?

—A mí me parece buena idea —agregué con voz inocente, los ojos implorando ayuda—. ¿Me ayuda, doctor?

—Bueno… creo que sí puedo ayudar en algo —su voz sonaba dudosa mientras se ponía de pie y se acercaba, sin apartar la vista de mis pechos.

Su mano se aproximó a mi pecho derecho, ya húmedo por el agua.

—Voy a empezar a tocar, ¿está bien?

No me dejó responder; ya sentía su mano sobre mí. Lo hizo tan bien que la leche salió en varios chorros casi de inmediato. Acerqué el recipiente para recogerla. Cada vez que apretaba, brotaba más, y daba unos pequeños tirones a mi pezón. Se inclinó hacia adelante y, al moverme para acomodarme en la silla, mi hombro rozó su entrepierna. Lo sentí firme, listo. Volví la vista a su mano: tenía leche entre los dedos.

—Oiga, doctor, ¿qué le parece si le saca también la del otro pecho? —dijo Esteban.

El médico pareció sobresaltarse con la voz de mi esposo, pero se recompuso rápido.

—Ah, sí. Creo que tengo otro recipiente.

Me soltó para ir a buscarlo, y en el reflejo del vidrio de una vitrina lo vi llevarse los dedos a la boca y limpiar la leche con la lengua. Sonreí para mis adentros, como si hubiera ganado una batalla. Cuando volvió, me entregó el segundo recipiente, humedeció su otra mano y mojó mi pecho izquierdo. Sostuve los dos recipientes bajo mis pezones mientras él empezaba a ordeñarme de ambos lados.

Parado detrás de mí, sentí su erección contra mi espalda. Yo intentaba no gemir mientras me ordeñaban delante de mi esposo, sintiendo apenas la presión y los tirones de sus manos.

—¿Cómo vas, amor? ¿Ya te sentís mejor? —preguntó Esteban.

—Ah, sí. El doctor está haciendo un buen trabajo —respondí, con la voz quebrada por un gemido apenas contenido.

—Parece que sabe ordeñarte bien para que no te duela.

El médico no decía una palabra; solo se concentraba en su tarea. Pero cuando Esteban pronunció la palabra «ordeñar», su erección se pegó aún más a mi espalda. En mi cabeza ya aparecían imágenes prohibidas, y supe que estaba a punto de perder el control. Por suerte, la leche dejó de salir, primero del pecho derecho y después del izquierdo. El médico me alcanzó una toallita y volvió a su silla.

Cuando terminé de limpiarme y de acomodar la blusa, lo vi juntar el contenido de los dos recipientes en uno solo y observar la cantidad con atención.

—Casi setecientos cincuenta mililitros. Es muchísimo. ¿Cómo te sentís ahora?

—Mucho mejor. Ya no me duelen, hasta las siento más livianas.

—Cuando la leche se acumula, es normal que duela. Por eso conviene tomar la medicación o extraerla antes de que llegue a doler.

—Gracias, doctor. Mi esposa está agradecida, y sin duda volveremos si vuelve a sentirse mal —dijo Esteban, satisfecho.

Pagamos la consulta y, ya en el auto, no aguanté la pregunta.

—Oye, ¿te gustó?

—Me encantó. Ver a mi vaquita ordeñada por otro es de las mejores sensaciones que existen.

—Qué malo sos conmigo, amor.

—Lo soy. Pero sé que te encanta cuando te trato así.

—¿Y ahora? ¿Eso era todo lo que tenías planeado?

—Ah, no. Sabés que no soy tan simple. Todavía me toca atender a mi perrita.

No hice más preguntas; quería que el resto fuera sorpresa. La emoción no me dejaba quieta.

***

Esteban estacionó frente a una galería de locales. Bajó, lo seguí y me llevó de la mano hasta una tienda de mascotas. Me condujo directo a la sección de juguetes para perros y se puso a mirar collares y correas.

—¿Cuál te parece más bonito? —preguntó.

—Pero no tenemos perro —dije en voz baja.

—Ah, yo sí tengo una perra. Y es muy puta —me susurró al oído.

Sus palabras me aceleraron el corazón y me encendieron las mejillas.

—Igual voy a elegir el que más me guste.

Eligió un collar de cuero color camel con su correa a juego. En el mostrador, el vendedor le comentó que con la compra venía de regalo una placa con el nombre del animal. «Puti», dijo Esteban sin pestañear. Yo me esforcé por mantener la calma. Los dos se rieron con tanta naturalidad que el hombre no preguntó nada, y eligieron una placa con forma de hueso, azul, para grabar el nombre. Después fuimos a comer a un restaurante. Para ser sincera, no pasó nada fuera de lo común; comimos tan tranquilos que casi me olvidé del médico y de la correa.

***

Llegamos a casa. Entré directo a la habitación mientras mi suegro llamaba a Esteban para hablar de algo. Me recosté y me quedé dormida sin querer. No desperté hasta que él me movió suavemente.

—Amor, despertá. Vamos a continuar con lo de la tarde.

—¿Qué hora es? —murmuré, sentándome en el borde de la cama.

—Pasada la medianoche. Es perfecto para seguir con el plan.

—¿A esta hora? ¿No puede ser de día?

—Claro que a esta hora. Mirá, ya tengo tus cosas listas.

Me entregó la ropa que habíamos comprado y la correa con la placa.

—¿Todo esto es necesario?

—Por supuesto. Andá a cambiarte al vestidor.

Entré, cerré la puerta y me puse las medias blancas que me llegaban a la mitad del muslo, la microfalda rosa y un top blanco que apenas cubría mis pechos. Sumé la correa con la placa que decía «Puti». Busqué ropa interior y no encontré ninguna. Salí así.

—¿No hay ropa interior?

—Uf, qué rica estás. Hasta se te asoman las areolas por el top —dijo, acercándose para darme una nalgada que retumbó en el cuarto—. No vas a necesitar ropa interior. Ahora, Puti, ponte en cuatro como la perra que sos.

Su voz autoritaria hizo que obedeciera al instante, y a la vez me excitó.

—Muy bien. Me encantan las perras obedientes. Pero si me desobedecés, te castigo con nalgadas. ¿Entendiste, puta?

No respondí ni me moví, así que me dio otra palmada que me arrancó un gemido.

—Uf, qué vulgar te ves. Casi te confundo con una cerda.

Otra nalgada, otro gemido. Sus manos buscaron mi collar y engancharon la correa.

—Muy bien. Es hora de tu paseo nocturno.

Caminó hacia la puerta y la abrió. La emoción me desbordaba. Sentí la correa tirando de mí, pero no me moví: el riesgo de que me viera mi suegro era altísimo, y eso me aterraba tanto como me prendía. Una nalgada me hizo olvidar la razón, y empecé a avanzar en cuatro mientras él tiraba.

—Muy bien, perra. Te voy a hacer sentir lo que tu amigo no supo darte.

Avancé despacio, intentando no hacer ruido, paso a paso, hasta pasar frente a la puerta del dormitorio de mi suegro. Mi culo queda a la vista de cualquiera en esta posición, pensé, mientras el top me traicionaba y dejaba mis pechos colgando. Llegamos a la cocina, donde me sentí más a salvo por los rincones que la cubrían, pero no duramos mucho. Esteban me llevó al sillón del recibidor, el punto más expuesto de toda la casa, justo en el centro. Palmeó un cojín, invitándome a subir como si fuera su mascota.

Una vez arriba, me dio vuelta hasta dejarme boca arriba, con las piernas apoyadas en el respaldo y bien abiertas. Liberó su erección y la metió en mi boca, su mano sujetándome la nuca, marcando el ritmo sin piedad. Sus dedos bajaron a mi sexo y me acariciaron mientras yo, con la boca ocupada, solo producía sonidos huecos. La saliva escapaba y me cubría la cara, pero el placer superaba con creces la incomodidad.

Me soltó, me tomó del pelo y prácticamente me arrastró por el piso. Mis reflejos me pusieron de pie y caminé hacia donde me guiaba: hasta una puerta, donde apoyé las manos en el marco. Me tomó de las caderas, me inclinó y me penetró de un solo movimiento, hasta el fondo. Se me escapó un gemido, pero su mano me tapó la boca y siguió embistiendo, duro, sin tregua. Recién entonces me di cuenta de que estábamos frente a la habitación de mi suegro.

—¿Ves, puta? Tu esposo sí sabe lo que necesita una perra —me susurró al oído, sin destaparme la boca, sabiendo que gemiría apenas pudiera.

Las piernas me fallaron y caí hasta quedar otra vez en cuatro, con él todavía dentro. No desaprovechó la posición: me apoyó la cabeza contra el suelo, dejó mi trasero en alto, salió de mi sexo y me clavó por detrás, sin delicadeza. El gemido que solté no le gustó, así que me quitó una de las medias, la hizo un bollo y me la metió en la boca, y pasó la correa alrededor de mi cabeza para que no la escupiera. Apoyó el pie en mi cabeza y siguió embistiéndome como un poseído. Cada golpe tocaba puntos que me hacían perder la razón. Un orgasmo como ningún otro empezó a apoderarse de mí; cada músculo de mi cuerpo se tensó: el cuello, las manos, los brazos, los muslos, el vientre. Empecé a ver manchas negras que crecían y crecían, hasta que me desmayé.

***

Desperté en la cama, con el cuerpo dolorido y a Esteban sacudiéndome con la mano.

—Caro, amor, despertá.

Lo noté desesperado; seguro pensó que algo grave me había pasado. Sonreí.

—¿Cómo llegué hasta acá? —pregunté, intentando sentarme. En el movimiento sentí el trasero pegajoso: él también me había dejado su regalo.

—¿Estás bien? Me asusté muchísimo. De pronto dejaste de moverte y creí que la media te había cortado la respiración. Te puse los dedos en la nariz para asegurarme de que respiraras.

De verdad se lo veía preocupado.

—Estoy bien. Me duelen los músculos, nada más.

Me lancé sobre él, le rodeé el cuello con los brazos y le di un beso en los labios.

—Sos un machote. Me hiciste sentir tan bien que me desmayé.

Después de asegurarnos de que todo estaba en orden, decidimos dormir. Y por primera vez en semanas, lo hice completamente satisfecha.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (4)

BeatrizNocturna

tremendo relato!! me encantó cada detalle. estas dinamicas de pareja son otro nivel

NachoBaires

Por favor una segunda parte!! me quede con ganas de saber mas

MarceloR

Mi pareja y yo lo leimos juntos y quedamos sin palabras jaja. Muy bien narrado, se siente autentico. Esperamos mas de estos

Maxi_Cba

corto pero intensísimo, me gustó

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.