La mujer que imponía su dominación con una zapatilla
Eran casi las once cuando Marisol se levantó por fin. Damián había desayunado con ella antes de marcharse a la clínica, pero en cuanto él cerró la puerta ella decidió volver a tumbarse un rato. Los últimos días habían sido intensos y su cuerpo le pedía tregua de vez en cuando. No había mejor momento que aquel, con el chico fuera de casa.
Se preparó un café, se acomodó en una de las tumbonas del jardín, frente a la piscina, y se lo bebió con calma. Pensaba en lo distinta que era aquella vida de su piso en la ciudad, sin el ruido ni las prisas. Llevaba seis días en el pueblo y ya sabía que le costaría olvidarlos, aunque en el fondo tenía claro que aquel no era su lugar.
Le sacaba más de veinte años al muchacho. Podría haber sido su madre antes que su amante, y para colmo la madre de Damián era una de sus mejores amigas. ¿Qué pensaría de mí si se enterara de que me he liado con su hijo? Cerró los ojos y dejó que los recuerdos de la semana volvieran por sí solos.
El primer día lo había puesto firme por una insolencia tonta, y desde entonces se instaló entre ellos una regla que ninguno había escrito pero que ambos respetaban a rajatabla. Cuando él contestaba mal o se hacía el remolón, ella se quitaba la zapatilla con una lentitud calculada y le calentaba el trasero hasta que aprendía la lección. Lo curioso era que al chico le gustaba. Le gustaba el ritual, la espera, esa suela blanca y rugosa moviéndose de lado a lado antes de caer sobre sus nalgas.
Una mañana, ella le había pedido que bajara a por el pan mientras terminaba de cocinar. Él, enfrascado en el periódico, resopló sin levantar la vista.
—¿Qué te acabo de decir? —preguntó Marisol secándose las manos en el delantal.
—Que vaya a por el pan, ufff —contestó el joven, cansado de la cantinela.
—¿Ufff? Levanta. Ahora mismo.
Lo agarró del brazo, dobló la pierna para descalzarse y le bajó el pantalón corto de un tirón. Veinticinco zapatillazos por desobediente y otros veinticinco por bufar. El pobre Damián salió a la calle a comprar el pan sin saber que la rojez le asomaba por debajo del pantalón. Marisol sonrió al recordarlo, dio otro sorbo al café y siguió rememorando.
Lo mejor había llegado el lunes, cuando ella sacó otra ley no escrita: él se iría a trabajar con el culo calentito. Antes de salir hacia la clínica, Damián apoyaba las manos en la pared del recibidor, se bajaba el pantalón y la ropa interior, y esperaba. Tenía un espejo de cuerpo entero a cada lado, así que ni siquiera necesitaba girar la cara para verlo todo.
—Y me llegas puntual, ¿entendido? O te juro que la pruebas hasta que no puedas sentarte en una semana —le decía ella mostrándole la suela.
Dos docenas de zapatillazos repartidos entre las dos nalgas le dejaban las posaderas ardiendo durante todo el camino hasta el pueblo. Y cuando él volvía a mediodía había dos posibilidades: si llegaba tarde, recibía más; si llegaba pronto, se encontraba con que aquella mujer se arrodillaba ante él sin decir palabra, le sacaba la verga y se la comía despacio, como aperitivo antes de la comida.
—Madre mía, lo felices que hubiéramos sido si te hubiera conocido en mi juventud —murmuró ahora en voz baja, sola en el jardín.
***
Terminado el café, se calzó y salió a por el pan, que era todo lo que necesitaba. Caminaba feliz como una perdiz, y al pasar junto a la casa de los vecinos oyó un sonido inconfundible: el chasquido seco de una zapatilla contra una piel desnuda, acompañado de quejidos. Amparo, la vecina, le estaba leyendo la cartilla a su hija una vez más.
Marisol pensó en aquella muchacha, Noelia, y en lo evidente que era que su joven amante sentía algo por ella. Una chica de pelo castaño y carita de ángel, voz dulce, cuerpo de los que despiertan envidias. Con un culo así no me extraña que la madre lo tenga tan bien atendido, se dijo, si yo con el de Damián hago exactamente lo mismo. Y entonces se le ocurrió una idea.
—¿Cómo dice, señora? ¿Le pongo algo? —La panadera la había pillado hablando sola frente al mostrador.
—Dos barras, por favor —contestó azorada.
De vuelta a casa se cruzó con Noelia, que aún tenía los ojos llorosos del castigo recién recibido.
—¿Noelia, verdad? Soy la tía de Damián, el dentista nuevo —se presentó deteniéndola en plena calle.
—Hola, sí. Los vi paseando el otro día. Encantada —contestó la joven, educada y un poco sorprendida.
—¿Estás bien, corazón? Se te nota que has llorado, y al pasar por delante de tu casa enseguida he entendido por qué.
—Bueno… ya conoce cómo es mi madre. Tengo prisa, no quiero que se enfade otra vez —respondió la muchacha reanudando el paso, avergonzada de que hasta una recién llegada supiera de qué pie cojeaba en su casa.
Sí, definitivamente era una buena chica para Damián. Marisol decidió allanarle el camino. En lugar de seguir hasta su casa, llamó a la puerta de Amparo con la firme intención de invitarla a cenar el sábado, ella y la niña, junto a su sobrino. Estrecharían lazos, y quién sabe si los jóvenes terminarían conociéndose mejor.
Amparo la hizo pasar y le ofreció un café. Era una mujer amable y atenta, nada que ver con la fiera que gritaba desde la calle. Hicieron buenas migas enseguida. La madre también había notado que su hija le hacía ojitos al dentista, pero un chico de ciudad no le inspiraba confianza. Eso podía cambiar ahora que conocía a su «tía».
—Si he de serle sincera, desconfiaba de su sobrino. Ya sabe lo que se cuenta de los de ciudad —admitió Amparo cruzando las piernas.
—La entiendo, pero con mi sobrino puede estar tranquila. Su madre y yo lo hemos llevado siempre por el camino recto, y cuando se desviaba un poco ya sabía lo que le esperaba —contestó Marisol haciendo ese gesto de la palma de la mano que no necesita explicación.
—Entonces somos de la misma escuela. Mi chica es muy buena, pero contestona, y eso lo llevo fatal. Cada vez que cruza la raya me quito esta y la pongo en su sitio —dijo Amparo estirando la pierna para enseñarle la zapatilla de andar por casa, de suela amarilla rugosa y desgastada.
—Esas obran milagros. Yo siempre tengo unas parecidas a mano, por si acaso —respondió Marisol mirando aquella suela con un cosquilleo de excitación. Así que con estas le has calentado las nalgas a la niña esta mañana.
***
Cuando Damián volvió a comer, ella lo puso al corriente del plan y de que Amparo había aceptado la invitación.
—¿Estás segura de esto? A esa mujer no le caigo bien —dijo él, dudoso.
—Sabe que a su hija le gustas, y teme que se la quites y se quede sola. Déjame a mí y verás —contestó Marisol con una seguridad absoluta.
—¿Y nosotros? Si acabo con ella, tú y yo…
—Yo tengo que volver a la ciudad, cariño. Esa chica te gusta y puede hacerte feliz. Sabes a lo que me refiero. —Abrió las piernas bajo la mesa, se subió la falda casi hasta las caderas y sonrió con malicia—. ¿Has terminado de comer? Pues agáchate, que el postre te está esperando.
Damián apartó la silla y se arrodilló al otro lado de la mesa. Caminó a cuatro patas por debajo, hipnotizado, la lengua ya fuera. Marisol echó la cabeza atrás en cuanto sintió el primer contacto. El chico buscó el clítoris con rapidez, lo cubrió de saliva, lo mordió y lo lamió una y otra vez. Cuando los gemidos de ella se volvieron audibles, deslizó dos dedos dentro y empezó a entrar y salir, acelerando despacio, mientras la lengua no daba tregua. Ella le aprisionó la cabeza con los muslos hasta que no pudo casi respirar, y se corrió con un temblor que le inundó la cara.
—Joder, cada día lo haces mejor —jadeó cerrando las piernas sobre él.
—Te lo comería todos los días de mi vida —contestó el chico recuperando el aire.
—Vuelve a la clínica, truhán, que se te hace tarde. No me obligues a calentarte el culo.
***
El sábado por la noche el timbre anunció a las invitadas. La mesa estaba puesta con antelación. Tía y sobrino las recibieron en el porche del jardín, copa en mano, presumiendo de la casa que probablemente acabaría siendo el refugio de los jóvenes si la cosa fructificaba.
—Qué suerte vivir tan cerca, ¿verdad? —deslizó Marisol, dando justo en el centro de la diana. Si la hija salía con su sobrino, no la tendría lejos.
—Sí, la verdad es que sí —admitió Amparo ante el asombro de los chicos.
La velada fluyó. Damián, como buen anfitrión, hacía los viajes a la cocina trayendo platos y retirando los degustados, y Amparo lo miraba cada vez con mejores ojos. Al final, Marisol pidió a su sobrino que sacara una botella de licor de hierbas comprada para la ocasión.
—Venga, mujer, un vaso al menos. Nosotros casi no bebemos, así que se queda muerto en el mueble bar —insistió, dando a entender que el alcohol su sobrino ni lo probaba.
—Bueno, pero porque eres tú. A mí estas cosas me sientan mal —contestó Amparo ante los ojos incrédulos de su hija.
A una copa le siguió otra, y a quien no está acostumbrado el alcohol le pasa factura. Por primera vez en su vida, Noelia pudo regañar a su madre sin que esta le chistara ni amagara con la zapatilla. Mareada, Amparo quiso irse a casa a despejarse con el paseo. Y entonces la mente de Marisol fraguó un plan instantáneo.
—Te acompaño yo, que también me viene bien un poco de aire. Dejamos a los chicos recogiendo la cocina, y luego le digo a Damián que acerque a la niña a casa.
Las miradas de tía y sobrino se cruzaron, cómplices. Las dos mujeres se alejaron del brazo, y los jóvenes se quedaron solos con los cacharros.
No tardó ni dos minutos Damián en llevar las manos donde no debía mientras Noelia fregaba unos vasos.
—¿Qué haces? Tu tía vuelve enseguida y puede pillarnos —protestó ella moviendo la cadera, sin demasiada convicción.
—Mi tía no dice nada. Todo esto lo ha montado para que tu madre vea con buenos ojos lo nuestro —murmuró él besándole el cuello, ese punto que tan bien conocía.
—Ya, pero ninguna de las dos sabe que ya estamos saliendo a escondidas. Saca las manos de mi falda.
Damián no le hizo caso. Se arrodilló a su espalda, le levantó la falda, apartó la tela con dedos ágiles y arrimó la cara. La lengua hizo el resto, y los reproches de ella se transformaron en suspiros. Entre vaso y vaso, un lametazo iba y otro venía, hasta que Noelia se dio la vuelta y se puso en cuclillas para devolverle el favor con la verga del chico en la boca.
El éxtasis detuvo el tiempo para los dos. Cuando ella necesitó sentirlo dentro, se incorporó, apoyó las manos en la encimera y subió un pie hasta colocarlo encima.
—Fóllame —pidió.
Damián la penetró sin contemplaciones, con una intensidad que la hizo estremecerse entera. Las piernas le temblaban; tuvo que bajar el pie y apoyar las dos en el suelo, pero ni así dejaron de temblar.
—No pares… me voy a correr —jadeó ella, mientras él la sujetaba por la cadera con una mano y le tiraba del pelo castaño con la otra, embistiendo como un potro.
—¡Pero qué demonios está pasando aquí!
La voz cayó sobre ellos como un jarro de agua helada. Los dos giraron la cabeza hacia la puerta. Marisol los había pillado en pleno acto. Noelia empujó a Damián hacia atrás y se recompuso la ropa a toda prisa.
—¿Me podéis explicar esto? —preguntó la mujer con los ojos abiertos de par en par y un acento de rabia muy marcado.
—Tía, no es lo que parece —balbuceó él subiéndose los pantalones, ya flácido por el susto.
—Claro que tiene explicación, pero qué ingenua he sido. Ya estáis saliendo, ¿verdad? Me habéis tomado el pelo como a una tonta. Verás cuando se lo cuente a tu madre —dijo Marisol señalando a la joven con el dedo.
—¡No, por favor, a mi madre no! —rogó Noelia juntando las manos.
—Tú calla, que contigo ajustaré cuentas luego. Y vaya si las voy a ajustar: te voy a dejar la zapatilla marcada en el culo un mes —bramó fulminando a su sobrino.
—Perdone, señora —intervino la chica con lágrimas en los ojos—. Tendríamos que haber confiado en usted desde el principio. Aceptaré el castigo que quiera, el que sea, pero no le diga nada a mi madre. Se lo suplico.
Marisol sopesó la situación. Hacer bailar aquellas nalgas jóvenes al son que ella marcara no le desagradaba en absoluto. Y, a su manera, también aquella muchacha había sido engañada por el sinvergüenza de su sobrino.
—Si crees que va a ser un paseo de rosas, estás muy equivocada, jovencita —dijo, dejando un resquicio de esperanza—. Al salón los dos. Damián ya sabe cómo tenéis que esperarme.
***
Cuando ella volvió con dos zapatillas en la mano, los encontró en sendas esquinas del salón, desnudos de cintura para abajo, las manos en la cabeza y la cara contra la pared. Hizo que Damián colocara dos sillas, una frente a otra.
—Manos sobre el asiento y el culo bien expuesto. Los dos.
Noelia ocupó su sitio la primera. Marisol se situó casi a la espalda de su sobrino, lo justo para que la muchacha viera cómo doblaba la pierna y se descalzaba. Era una zapatilla verde botella, de suela blanca y rugosa, con el talón pisado. No hizo falta probarla para saber que picaría como el demonio.
—Pero qué bien me tenías engañada, sinvergüenza —dijo, y empezó a llover.
La suela dibujó su forma en el trasero de Damián, que apretaba los dientes tras cada golpe intentando no quejarse. Sabía el porqué de aquellas palabras: ella estaba herida en su orgullo, y esa paliza se la había ganado a pulso. Dame fuerte, que esta vez me lo tengo merecido, se dijo dejando caer una lágrima.
Tras veinticinco zapatillazos, Marisol se calzó esa zapatilla y se descalzó la otra para encarar el culo de Noelia. La chica la siguió con la mirada, tragando saliva.
—¿No te da vergüenza cómo me habéis utilizado? —Y descargó.
—¡Ay! Lo siento, señora, de verdad —se quejó la muchacha tras el primer impacto. Aquella mujer pegaba igual o más fuerte que su propia madre.
—Te voy a dejar el culo encendido. Ya puedes portarte bien, porque como tu madre te lo vea, a ver cómo le explicas quién te lo ha calentado.
Noelia lloraba a lágrima viva, el trasero ardiendo. Pero entendió que la advertencia era cierta: tendría que andarse con cuidado los días siguientes.
Marisol le dio una segunda tanda a su sobrino, esta vez bastaron tres golpes para arrancarle el perdón. A la chica, en cambio, se apiadó de ella al verle el miedo en la cara. A ti también te ha engañado el muy desgraciado, pensó, y has aguantado el castigo como una jabata. Quieres mucho a este despojo de hombre.
—Damián, ve a mi cuarto y tráeme el cinturón de la maleta —ordenó.
El chico volvió con un cinturón de cuero de tres dedos de ancho que imponía respeto con solo mirarlo. Noelia había acercado su silla a la de él, adoptando la postura de castigo, ambos con las nalgas ya rojas como tomates maduros.
—¡Zas! —El primero para uno—. ¡Zas! —El segundo para el otro. Dos correazos intensos que trazaron sendas líneas gruesas sobre la piel ya castigada.
—¡Contad y dad las gracias! —gritó Marisol.
—Dos. Gracias, no volveremos a mentir —dijeron al unísono.
Veinticinco correazos se llevó cada uno. Noelia se frotaba el trasero entre golpe y golpe, pero en ningún momento pidió que parase. Damián apenas se atrevió a llevarse las manos atrás una sola vez, retirándolas de inmediato como si estuviera prohibido. Cuando terminó, Marisol les tanteó las nalgas con la palma, comprobando dónde estaban más magulladas. Las marcas tardarían días en desaparecer, semanas quizá.
—Acompáñala a casa, no vaya a pasarle algo. Te quiero aquí en diez minutos, ni uno más, o te vuelvo a pelar el culo —le dijo a su sobrino.
Los jóvenes se vistieron deprisa y salieron a la noche. No se dijeron nada; con la mirada se lo dijeron todo. Damián le pidió perdón con un beso y la mandó de vuelta a su casa, sabiendo que su tía cumplía siempre lo que prometía. Cuando él regresó, la casa estaba en silencio. Su dormitorio estaba vacío: esa noche Marisol dormiría sola en su cuarto, y aquello le dolió más que cualquier zapatilla. Comprendió el daño que había hecho a una mujer que lo quería de verdad, y se prometió que al día siguiente hablaría con las dos, por separado, y se lo explicaría todo. Aunque eso significara quedarse sin ninguna. No hay nada más estúpido que la estupidez humana.