Su amo adelantó el final de la cuarentena
Maite fregaba los platos con una lentitud cuidadosa, midiendo cada movimiento para no forzar la cicatriz. Habían pasado poco más de cinco semanas desde la cesárea y todavía sentía un tirón sordo cada vez que se inclinaba sobre la encimera. Aun así, no se quejaba. Le gustaba tener la casa en orden para cuando Andrés volviera del estudio.
La cocina olía a limón y a leche tibia. En el monitor del salón, Olivia dormía con los puños cerrados junto a la cara. Maite se permitió un instante de quietud, las manos hundidas en el agua, pensando en la vida nueva que estaban armando los tres.
Habían sido semanas extrañas. El embarazo primero, la cesárea después, y luego ese paréntesis raro en el que su cuerpo había dejado de pertenecerle del todo para convertirse en refugio de otra persona. Lo entendía. Lo aceptaba. Pero había algo que echaba de menos con una intensidad que la sorprendía a sí misma, y no era el sueño ni la libertad de antes. Era la forma en que Andrés la miraba cuando la deseaba. Era, para ser honesta consigo misma, la manera en que la abría de piernas y le follaba el coño hasta dejarla con los muslos temblando.
No oyó los pasos de Andrés hasta que lo tuvo detrás, su pecho casi rozándole la espalda.
—¿Necesitas algo? —preguntó ella sin volverse, aunque ya reconocía el calor de su cuerpo.
—Quiero hablar contigo —dijo él.
Había algo en su tono. Esa gravedad suave que Maite conocía demasiado bien. En los tres años que llevaban jugando a este juego, ella había aprendido a leer cada inflexión de su voz, y aquella significaba una sola cosa: la decisión ya estaba tomada.
Cerró el grifo, se secó las manos en el delantal y se giró despacio.
—Te escucho.
Andrés no respondió enseguida. Le tomó la muñeca, sin apretar, y la fue guiando fuera de la cocina. Maite lo siguió. Sabía adónde la llevaba antes incluso de cruzar el pasillo: a su despacho, esa habitación de paredes oscuras y persianas bajas donde ella siempre se sentía distinta, más pequeña, más dispuesta a abrirse.
***
—Faltan tres días para que se cumplan las seis semanas —dijo él, cerrando la puerta a su espalda—. Tres días, Maite. ¿De verdad crees que necesito esperar tres días para follarme lo que es mío?
Ella tragó saliva. Una parte de su cuerpo respondió antes que su cabeza: un latigazo húmedo entre las piernas, el coño apretándose solo, los pezones endureciéndose bajo la camiseta.
—El médico dijo entre seis y ocho semanas —murmuró—. Y la cicatriz todavía me molesta. No sé si es buena idea apresurarnos.
Andrés la miró con esa media sonrisa que ella odiaba y deseaba en partes iguales.
—No te he preguntado si es buena idea. Te he dicho que hoy te vuelvo a abrir de piernas.
Maite bajó la vista. El corazón le latía contra las costillas. Llevaban semanas sin tocarse y el cuerpo de ella había empezado a olvidar lo que era esa tensión, esa entrega. Lo recordó de golpe, con la boca seca y las bragas ya mojadas.
—¿Y si me hago daño? —preguntó en voz muy baja.
—Entonces te la meto despacio —respondió él, acercándose hasta que apenas quedó aire entre los dos—. Milímetro a milímetro. Y si tu coño no aguanta, me lo dices y paro. Lo sabes. Siempre paro.
Y ahí estaba: la palabra que sostenía todo el juego. Ella podía detenerlo con una sílaba y él se apartaría sin discutir. Esa certeza era, precisamente, lo que le permitía soltarse. Maite lo sabía. Por eso le había entregado las riendas tantas veces.
—Está bien —susurró—. Pero quiero hacerlo a mi manera primero. Déjame a mí.
Andrés arqueó una ceja, divertido.
—¿Tú? ¿Negociando?
—Pidiendo —corrigió ella, y se arrodilló.
***
El suelo de madera estaba frío bajo sus rodillas, pero Maite apenas lo notó. Le desabrochó el cinturón, le bajó la cremallera y le tiró del pantalón y del calzoncillo hasta los muslos. La polla de Andrés saltó dura contra su cara, gruesa, la punta ya brillante de una gota transparente. Maite se quedó mirándola un segundo, casi con hambre. Se le hizo la boca agua.
La agarró por la base con una mano, la sostuvo firme y sacó la lengua. Primero lamió despacio, desde los huevos pesados hasta el glande, un lametón largo y plano que hizo que Andrés soltara el aire por la nariz. Repitió el movimiento, esta vez cerrando los labios alrededor de la punta y succionando con suavidad, chupándole solo la cabeza mientras la lengua le hacía círculos por debajo.
—Joder —gruñó él.
Andrés le hundió los dedos en el pelo. No tiró. Solo la sostuvo, marcando un ritmo silencioso que ella obedeció sin que hiciera falta una palabra. Maite abrió la boca y se la fue tragando entera, centímetro a centímetro, hasta que la sintió chocar contra el fondo de la garganta. Se atragantó un poco, los ojos llorosos, y se retiró para respirar antes de volver a hundírsela hasta la base. Un hilo de saliva le colgaba del labio.
—Así —dijo él, la voz ronca—. Buena chica. Chúpamela toda.
Esas palabras le recorrieron la espalda como una corriente. Maite cerró los ojos y se concentró en el calor, en el peso duro dentro de su boca, en el sabor salado que empezaba a inundarle la lengua. Empezó a subir y bajar la cabeza a un ritmo constante, mamándosela con succiones profundas, ayudándose con la mano en la base para masturbarlo mientras se la chupaba. Con la otra mano le acariciaba los huevos, tirando suavecito, pesándolos en la palma.
Andrés empezó a mover las caderas, follándole la boca con embestidas cortas, cuidadosas. Le sostenía la nuca con firmeza, dejándole claro que era él quien marcaba el ritmo, pero sin forzar más de lo que ella podía. Maite lo miró desde abajo, con los labios estirados alrededor de la verga y las mejillas hundidas por la succión, y vio cómo se le tensaba la mandíbula.
Durante esos minutos no existió la cicatriz, ni el cansancio, ni el monitor del bebé. Solo existía él y la manera en que ella conseguía deshacerlo con la boca.
Justo cuando notó que los huevos de Andrés se le apretaban contra el cuerpo y la polla le palpitaba avisando la corrida, él la detuvo. La sacó de su boca con un gesto brusco, un hilo de baba uniéndolos todavía. La tomó de los hombros y la levantó.
—No —dijo—. No así. Quiero correrme dentro de tu coño.
Maite sintió que las piernas le flaqueaban.
—Andrés…
—Despacio —repitió él, leyéndole el miedo en la cara—. Te lo prometí.
***
La sentó sobre el escritorio, apartando con el brazo los papeles y el portátil sin mirar dónde caían. Las piernas de Maite quedaron colgando del borde, y él se colocó entre ellas, las manos abiertas sobre sus muslos, separándolos con una lentitud que era casi una pregunta.
—Si te duele, lo dices —murmuró contra su cuello.
Ella asintió, incapaz de hablar. Andrés le subió la falda hasta la cintura con una paciencia deliberada, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Le enganchó los dedos en el elástico de las bragas y se las bajó por las piernas, dejándolas colgando de un tobillo. La tela estaba empapada.
—Mira cómo estás —murmuró él, pasándole dos dedos por la raja abierta, de arriba abajo—. Estás chorreando, Maite. Llevas semanas conteniéndote y este coño ya no puede más.
Ella se arqueó, sorprendida de lo lista que estaba su propio cuerpo, de cuánto lo había echado de menos sin permitírselo. Los dedos de Andrés le abrieron los labios mayores, encontraron el clítoris hinchado y empezaron a acariciarlo en círculos lentos, resbaladizos por su propia humedad. Maite ahogó un gemido contra el hombro de él.
—No hace falta que finjas conmigo —murmuró él, leyéndola como siempre—. Aquí dentro estás desesperada. Se te nota.
Le hundió un dedo. Solo uno, y despacio, tanteando. Maite contuvo el aliento, pero no hubo dolor, solo esa sensación olvidada de ser abierta, de dejar entrar algo. Andrés lo movió con cuidado, entrando y saliendo, midiendo cómo respondía. Añadió un segundo dedo y ella gimió bajito, apretándose alrededor de él.
—Eso es —dijo Andrés—. Ábrete. Que sepa mi polla que puede entrar.
Con él no tenía que pretender ser fuerte ni decidida ni nada. Solo tenía que estar, abierta de piernas sobre el escritorio, y dejarse follar.
—Mírame —ordenó él.
Maite abrió los ojos. Andrés tenía la mandíbula apretada, conteniéndose, y eso la conmovió más que cualquier brusquedad. Él se inclinó y la besó, profundo y lento, la lengua metiéndosele en la boca al mismo ritmo que los dedos le follaban el coño, mientras el pulgar le presionaba el clítoris. Ella empezó a empujar las caderas contra su mano, cabalgándole los dedos, pidiendo sin palabras.
—Por favor —dijo Maite al fin.
—¿Por favor qué? Dilo.
—Por favor, métemela. Fóllame otra vez. Necesito tu polla dentro.
Andrés sonrió contra su boca. Sacó los dedos, se los llevó a los labios y los chupó, saboreándola, sin apartar los ojos de los de ella. Se agarró la verga con la mano, la restregó por toda la raja empapada, pasándole el glande por el clítoris hasta hacerla gemir, y por fin la apoyó en la entrada.
Presionó con cuidado, atento a cada gesto de la cara de ella. Maite contuvo el aliento, tensa, esperando un dolor que no llegó. Él entró despacio, milímetro a milímetro, dándole tiempo a su coño a recordar cómo se estiraba para recibirlo. Ella sintió cómo la iba abriendo por dentro, cómo la llenaba centímetro a centímetro, la carne cediendo alrededor de la polla dura que se le hundía hasta el fondo.
—¿Bien? —preguntó él, inmóvil, hasta la base.
—Bien —jadeó ella—. Muévete. Fóllame.
***
Se movió con una contención que a Maite le pareció más erótica que cualquier embestida bestial. Cada empuje era medido, profundo, pendiente de ella. Salía casi entera y volvía a entrar hasta el fondo, con un ritmo pausado que le sacaba el aire a cada envite. El escritorio crujía bajo su culo. Los pechos de ella, hinchados y sensibles, se mecían con cada empuje bajo la camiseta.
Andrés le levantó la camiseta hasta el cuello, le soltó una copa del sujetador de lactancia y le atrapó un pezón con los labios. Chupó con suavidad, sabiendo que estaban sensibles, y Maite gimió más alto de lo que quería. Una gota de leche le brotó en la punta cuando él la soltó, y Andrés la miró con una mezcla de deseo y ternura que la hizo apretar las piernas alrededor de su cintura.
Le sostuvo las caderas con una mano, tirándola hacia sí para que cada embestida entrara más honda, y con la otra le buscó la cara, los dedos rozándole los labios hasta que ella los abrió y los aceptó, chupándoselos igual que había chupado la polla.
—Este coño es mío —dijo él, y no era una pregunta—. Dilo.
—Es tuyo —jadeó Maite entre embestidas—. Todo tuyo. Fóllamelo cuando quieras.
Y al decirlo sintió que algo dentro de ella se soltaba del todo. Andrés aceleró un poco, sin perder el cuidado, y bajó la mano libre para buscarle el clítoris. Empezó a frotárselo con dos dedos en círculos apretados mientras seguía metiéndosela hasta el fondo, y a Maite se le nubló la vista.
El placer la fue ganando en oleadas lentas, distintas a las de antes, más hondas. Sentía cada centímetro de él dentro, cada roce del glande contra un punto que llevaba semanas sin ser tocado. El miedo se había convertido en otra cosa: en una entrega completa, en la certeza de que él la sostenía, de que no la dejaría caer aunque le estuviera follando el coño recién curado sobre un escritorio. Se aferró a sus antebrazos, las uñas marcándole la piel.
—Andrés, me voy a correr…
—Hazlo —dijo él contra su oído, sin bajar el ritmo de los dedos ni el de las caderas—. Córrete en mi polla. Empápamela.
Maite se rompió en mil pedazos. El orgasmo la atravesó de golpe, tan intenso que tuvo que morderse el labio hasta hacerse sangre para no gritar y despertar a la niña. El coño se le cerró en espasmos alrededor de la verga de Andrés, apretándolo, ordeñándolo. Él soltó un gemido gutural y siguió moviéndose mientras ella temblaba, prolongándole el clímax, sacándole cada oleada.
Y solo cuando la sintió deshecha por completo, floja y jadeante, se permitió terminar él. Se hundió hondo, la agarró de las caderas con las dos manos y se corrió dentro con tres o cuatro embestidas cortas y furiosas, vaciándose entero, la polla latiendo dentro de ella, llenándola de semen caliente. Maite sintió cada chorro contra la pared del fondo, esa sensación olvidada de ser mojada por dentro, y se le escaparon unas lágrimas silenciosas por el rabillo del ojo.
Se quedaron así un largo rato, abrazados sobre el escritorio en desorden, él todavía dentro de ella, ablandándose despacio, las respiraciones buscando su ritmo normal. Cuando por fin salió, un hilo espeso de corrida le resbaló a Maite por la raja hasta el borde de la mesa.
—¿Te he hecho daño? —preguntó él, apartándole un mechón de pelo de la frente sudada.
Maite negó con la cabeza. Tenía los ojos húmedos, pero sonreía.
—No —dijo—. Me has hecho sentir viva otra vez.
***
El llanto de Olivia llegó por el monitor, fino y urgente. Maite se incorporó despacio, sintiendo el cuerpo distinto, reclamado, el semen de Andrés escurriéndole todavía por la cara interna de los muslos. Se limpió como pudo con un pañuelo, se subió las bragas empapadas, se arregló la falda y fue a buscar a la niña mientras Andrés se dejaba caer en el sillón con esa expresión de hombre satisfecho que ella conocía bien.
Volvió a los pocos minutos con Olivia prendida al pecho y se sentó junto a él. Andrés le pasó el brazo por encima de los hombros y la atrajo hacia su costado.
—Gracias —dijo ella en voz baja.
—¿Por qué?
—Por esperar lo justo. Y por no esperar de más.
Andrés rio bajito y le besó la coronilla.
—Tres días me parecían una eternidad —admitió—. Y tú llevabas semanas mirándome como si quisieras pedirme que te follara contra la primera pared que pillara.
Maite no lo negó. Apoyó la cabeza en su hombro y miró a su hija mamar con los ojos cerrados, ajena al mundo. Pensó que aquel equilibrio raro que habían construido entre los dos —él al mando, ella entregada, ambos cuidándose— era lo que la hacía sentir más segura que nunca.
—La próxima vez —dijo él, casi medio dormido—, no pienso preguntarte si estás lista. Te abro de piernas y te la meto. Lo decidiré yo.
Maite sonrió contra su camisa, sintiendo cómo el coño se le apretaba otra vez de solo pensarlo.
—Cuento con ello —murmuró.





