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Relatos Ardientes

Me arrodillé frente a él y le susurré: úsame

Salíamos de la tienda de Marcos y yo estaba ardiendo. La respiración entrecortada, las mejillas encendidas, la boca llena de saliva y los pezones marcándose descarados contra la blusa. No me importó cruzar entre la multitud así, expuesta. Lo único que quería era llegar al auto y que Damián me hiciera suya.

Todavía sentía las manos de mi marido y de Marcos recorriéndome, lo calientes que estaban sus palmas contra mis tetas —tan grandes que ni con esas manos enormes alcanzaban a abarcarlas— y el ardor de las nalgadas que aún me latía a cada paso.

Llegamos por fin al auto y Damián arrancó. No supe a dónde íbamos y tampoco me importó; ni la emoción ni la calentura bajaban un solo grado.

—Amor, ¿te gustó cómo te tocaba Marcos? —preguntó sin apartar la vista del camino.

—Muchísimo. Sentir tantas manos a la vez es demasiado excitante. Mirá cómo tengo los pezones.

Pasé la yema del dedo por encima de la tela, marcando el bulto duro, mientras lo observaba conducir.

—Qué ricas tetas tan enormes tenés —dijo—. Seguro Marcos se quedó con ganas de probarlas.

Su mano volvió a posarse sobre mi pecho. Lo apretó, me jaló del pezón y, cada vez que lo soltaba, la tela quedaba atrapada un instante entre sus dedos.

—Concentrate en el camino —gemí—, aunque me encanta que me los jales así.

—Sos bien puta cuando te calentás —murmuró—. Me encanta que te saques esa máscara de santa. Si vieras cómo me tenés, y al pobre Marcos lo dejaste reventado.

Mi marido sabe hablarme cuando estoy en ese estado. Las palabras sucias, gráficas, me prenden más que cualquier caricia.

—Yo creo que el pobre se quedó con ganas de más —contesté.

Mientras lo decía, Damián se abrió la bragueta. Su verga quedó libre, gruesa y firme, y al mismo tiempo suave, brillando bajo el sol como si la cubriera una película de aceite. En un movimiento me apoyó la mano en la nuca y me empujó hacia abajo, obligándome a agacharme y a dejar las nalgas casi a la altura de la ventanilla.

—Mirá cómo me tenés —dijo—. ¿Qué tal si empezás a limpiarme?

El olor de su sexo era penetrante y mi boca se abrió sola. De la lengua me cayó un hilo de saliva espesa antes de engullirlo. Empecé a moverme de adelante hacia atrás, sin parar, porque sé exactamente lo que le gusta.

—Te encanta mamar, ¿verdad? —jadeó—. Seguí así, como una buena perra.

La saliva se me acumulaba en la boca y la tragaba sin sacarlo, como una experta. Llevábamos varios minutos de camino cuando noté que el auto abandonaba el asfalto y entraba a un sendero de tierra. Dejé de mamar y me incorporé para mirar: nos habíamos salido apenas unos metros de la ruta, hacia un descampado lleno de vegetación y árboles.

—Tu amigo Rubén te folló al borde de la carretera —dijo—. Ahora quiero hacerte lo mismo.

Damián bajó del auto sin disimular la erección y rodeó hasta mi puerta. No dijo una palabra. Me tomó de la cabeza con una mano y con la otra dirigió la verga a mi boca; en un solo empujón, brusco y preciso, me la clavó hasta la garganta. Mi mentón apretaba sus testículos y sus manos me sostenían quieta.

—Qué rica tragona sos —dijo—. Me encantás cuando tenés la boca ocupada y no podés ni hablar.

Subí la mirada hasta sus ojos y vi cómo se le dibujaba una sonrisa casi cruel. Sacó la verga lo justo para dejarme respirar, tosí buscando aire, y antes de recuperarlo del todo volvió a llenarme la garganta. Me follaba la boca a su ritmo, moviéndome la cabeza, y la saliva escurría por mi barbilla hasta sus testículos y mis tetas.

—Ningún amigo te disfruta como debe —dijo—. Eso lo hago yo.

Me liberó la boca, pero no el cabello.

—Rubén no sabe tratar a una buena puta como vos —le contesté con una sonrisa cubierta de saliva.

Me arrastró del pelo hasta la parte trasera del auto. Me acomodó contra el maletero, con una pierna apoyada en la rueda, dejándome la vagina completamente abierta. Entró de un golpe, fácil de lo mojada que estaba, y con las manos en mis caderas empezó a moverme a un ritmo feroz. Mis tetas rebotaban, el placer me nublaba la cabeza y no me importaba la gente que pasaba en sus autos por la ruta. Me destapó los pechos, expuestos a la vista de cualquiera, y me jaló los pezones hasta que un orgasmo me sacudió entera: las paredes apretándose, las piernas temblando, la voz quebrada.

—Qué rico apretás —gruñó—. Me vas a hacer terminar.

Me dio una nalgada y, sin darme cuenta de cómo, terminé de rodillas frente a él mientras se masturbaba. Abrí la boca por puro instinto, como si el cuerpo actuara solo, hasta que sentí su leche caer sobre mi cara, mi lengua y mis tetas. Jadeaba como si hubiera corrido una maratón. ¿Qué hago acá?, pensé cuando la razón empezó a volver. Le dije que nos fuéramos rápido, me arreglé como pude y subí al auto.

De regreso a casa mi corazón seguía acelerado, pero la sonrisa de satisfacción no se me borraba. Damián tenía la misma, y nos miramos un segundo con la complicidad de quienes guardan un secreto que solo les pertenece a ellos.

***

Por días mi marido recordó aquella tarde como un niño orgulloso de su travesura. Una semana después, ya de vuelta del trabajo, me quedé sola en casa con mi suegro, como tantas veces. A mí me gusta ser seductora sin ser obvia, y esa tarde quise jugar un poco con él. Estaba en el sofá, descansando, viéndolo ir y venir de la cocina, hasta que se me ocurrió la idea.

—¿Qué está preparando, suegro? Seguro algo rico. Ninguno de sus platillos me ha decepcionado nunca.

—Ya sabés que me esfuerzo —contestó con orgullo—. Creo que por fin le encontré el gusto a tu paladar.

—Hoy estoy alegre. Voy a abrir una botella de mi champaña favorita.

—Me extraña que tomes sin ser un día especial.

—Es solo por el gusto de tomar. Un par de copas, nada más.

Entré a mi habitación, me planté frente al espejo y acomodé la ropa de forma más provocativa: bajé un poco la blusa para marcar el escote, subí la falda y retoqué el maquillaje. Salí con la botella en la mano y volví al sofá.

—Suegro, ¿me trae dos copas?

—¿Dos? ¿Con quién vas a tomar? —dijo riéndose de su propio chiste.

—¿No me va a acompañar? ¿Dejaría a una dama beber sola?

Después de un intercambio liviano de bromas malas, se sentó cerca, en el otro sofá, lo bastante próximo sin invadir mi espacio. Me pasó una copa con su sonrisa amable. Abrí la botella con cuidado, le serví a él hasta el borde, de un modo que cualquier entendido habría llamado irreverente, y a mi copa apenas le cubrí la base.

—¿Te servís tan poco? Ahora parezco un borracho —rió.

—Primero quiero probarlo despacio, deleitar el paladar, disfrutar la primera lamida —dije, y dejé que la mirada se me volviera profunda.

Lo noté. Se quedó pensativo un instante antes de recomponer su gesto amistoso.

—A veces sos un poco caprichosa.

—Pues brindo: ¡por lo caprichosa!

Levanté la copa a la altura de su pecho sin despegar los ojos de los suyos, los labios pintados sin soltar la sonrisa atrevida. Las copas chocaron suaves. Esperé a que él bebiera primero. Entonces adopté un perfil de tres cuartos, enderecé la espalda, estiré el cuello y, al subir la copa, fui levantando el mentón con los ojos cerrados. Mientras bebía, deslicé el índice y el medio por un camino que iba de la mandíbula al cuello, lento, sensual. Cuando terminé, mi suegro estaba completamente absorto. Tragó saliva.

—Me encanta esta champaña, es mi favorita —dije, devolviéndolo a la realidad.

—S-sí, sé que es tu favorita —tartamudeó, la voz quebrada por los nervios.

—¿Me sirve otra? Igual que la anterior.

Estiré la mano frente a él sin abandonar la sonrisa. No dijo nada y, con los dedos temblando, volvió a llenarme la copa.

—Gracias, suegro. Es tan amable, tan caballeroso.

No le di tiempo a responder. Llevé la copa a la boca otra vez, el mentón en alto, pero ahora de frente, y dejé caer a propósito una gota en mis labios. Al alejar la copa volví a mirarlo y pasé la lengua por la boca con descaro; la gota jugó a mi favor y resbaló hasta perderse entre mis tetas.

—Uy, creo que tomé muy rápido —dije con nervios fingidos.

Me incliné sobre la mesa para alcanzar una servilleta y, al hacerlo, vi el bulto duro tensando sus pantalones. Actué con normalidad y me limpié. ¿Voy más allá?, me pregunté. No, es suficiente. No quiero que se me escape de las manos.

—Fue un buen rato, pero ya es suficiente para mí. Sabe que cuido la figura.

Me puse de pie y dejé la copa sobre la mesa.

—Claro, claro —dijo sin moverse, intentando ocultar la erección—. Esperemos la próxima oportunidad.

Me fui a mi habitación orgullosa de mi pequeña victoria.

***

Un par de días más tarde me desperté y encontré a Damián ya vestido y de buen humor.

—¿Tan emocionado estás por conocer a mi amigo? —le pregunté.

—La verdad que sí. ¿Te vas a vestir sexy para él?

—Puede ser. Tanto a vos como a él los voy a dejar fascinados.

Se acercó y me besó en los labios. No perdí tiempo: me bañé y me arreglé con maquillaje ligero, una falda ceñida a media pierna que dejaba muslos y nalgas demasiado a la vista, una blusa negra con escote en V y, debajo, un conjunto de lencería negra de encaje semitransparente. Damián me dio una nalgada al verme.

—A Rubén le va a encantar cómo te ves. A mí también —dijo, y me llevó casi de la mano hasta el auto.

En el restaurante, Rubén ya esperaba en la mesa reservada, redonda y de madera maciza. Me senté entre él y mi marido. Lo saludé con un beso en la mejilla y me acomodé con elegancia.

—Rubén, este es mi esposo, Damián —dije, presentándolo con un gesto de la mano—. Amor, él es mi amigo Rubén.

Se saludaron de mano. Al principio todo fue conversación de cortesía. Nada extraordinario, hasta que Damián se levantó al baño y me dejó a solas con Rubén.

—Tu esposo es muy agradable —dijo él.

—Lo es, por eso me enamoré. Pero no vinimos solo a charlar, ¿o sí?

Mientras terminaba la frase tomé su mano con delicadeza y la llevé a mi muslo, justo en el borde entre la piel y la tela, con las piernas cruzadas.

—Así me gusta más —murmuró—. Desde que entraste quería hacer esto.

—A mí también me da placer. Pero recordá una cosa: podés tocarme como quieras, mientras mi esposo no se entere. ¿Estamos?

Rubén recorría mi muslo y jugaba con el borde de la falda. Mi vista vigilaba el salón por si alguna mirada indiscreta nos descubría. Damián volvió y él retiró la mano, aunque la dejó rondando, listo para atacar a la primera ocasión.

Al terminar de comer, Rubén propuso ir a un parque cercano. Habíamos quedado en ir al cine, así que nos sorprendió el cambio, pero en sus ojos leí que tenía un plan. Damián también lo notó y fue el primero en aceptar. No pasó nada interesante en el trayecto, y empecé a pensar que Rubén no sería tan atrevido como yo creía, quizá por la presencia de mi marido. Me aburría. Hasta que entendí: en el parque había una casa del terror, de esas oscuras, llenas de muñecos que asustan. La penumbra era perfecta para que Rubén hiciera de las suyas con mi esposo al lado.

—¿Te gusta este tipo de cosas? —preguntó Damián.

—Me dieron ganas de entrar. Hace mucho que no piso una —contestó Rubén.

Mi marido sonrió, dándome a entender que ya estaba al tanto del plan. Entramos: él adelante, yo en medio, Rubén detrás. En cuanto se hizo la oscuridad sentí una mano en la nalga, apretándome, subiendo de la pierna hacia arriba. Avanzábamos lento por los pasillos angostos. La falda se me iba subiendo con esos movimientos hábiles y yo no la devolvía a su lugar; solo me concentraba en caminar, sostener la mano de mi esposo y morderme el gemido.

La falda ya estaba a media nalga y Rubén me tocaba directo, sin tela de por medio, apretando con más fuerza. No paró ahí: también exploró mis tetas, con más cuidado para que Damián no lo notara. Mi mano juguetona quiso sostener algo, así que la posé sobre la entrepierna de mi marido y lo descubrí erecto. Él sabía lo que pasaba y lo disfrutaba tanto como yo. Los tres caminábamos lentos, Rubén recorriéndome el cuerpo, yo acariciando a Damián por encima del pantalón, tan caliente que ni veía a los monstruos. Cuando apareció la salida y la luz despejó la penumbra, acomodé la falda y la blusa, y salimos sonriendo en lugar de asustados.

Damián fingió una llamada, se alejó unos metros y al minuto me llamó. Dejé a Rubén y fui con él.

—¿La estás disfrutando, amor? —dijo en voz baja, como si hubiera descubierto mi secreto—. ¿Te gustó que te tocara tu amigo?

Me puse colorada.

—Sé que solo íbamos a vernos con él, pero le dije que podía tocarme mientras no te dieras cuenta.

Se pasó la lengua por los dientes, se acercó tanto que sentí su aliento y me besó largo, una mano en mi cintura.

—Te dejó muy caliente, ya veo. Entonces me voy y vos te divertís con tu amigo. En casa me lo contás con detalle, ¿está bien?

Acepté. Lo vi alejarse hasta perderse entre la gente y volví con Rubén.

—¿Qué pasó? ¿A dónde fue tu esposo? —preguntó, seguro de que se había molestado.

—Tuvo una emergencia en el trabajo. Te manda saludos y dice que repitamos otro día.

—¿Y vos también te tenés que ir?

—No. ¿Sabés? Hoy fuiste un poco descarado —mentí, fingiendo molestia cuando en realidad lo hubiera querido mucho más descarado.

—Lo siento, no pude parar.

—¿Y ahora qué? ¿Hay algo más planeado? —dije con desgano calculado.

—Podemos ir a un hotel. O a donde quieras, incluso quedarnos acá.

—Cualquiera diría que olvidás que soy casada.

Mi voz sonaba a reproche, pero mis intenciones eran las contrarias. Empecé a caminar hacia la salida.

—Oye, ¿a dónde vas? —preguntó, apurado, siguiéndome.

—Pues a donde dijiste, ¿no?

***

Tomamos un taxi al hotel. En la habitación, Rubén empezó a besarme y acariciarme, me llevó a la cama con una delicadeza casi romántica, y mi excitación fue cayendo hasta incomodarme. Tuve que frenarlo.

—Esto no está funcionando.

—¿Qué pasa? ¿Hago algo mal?

Tuve que ser sincera, algo que detesto cuando se trata de mi deseo, pero hacía falta.

—Lo romántico me aburre. Yo… necesito algo más atrevido.

—¿Con más pasión? —preguntó.

A esa altura ya estaba desesperada, no por él, sino por mí. Reuní todo el valor, me arrodillé frente a él, lo miré a los ojos y apoyé las palmas sobre mis rodillas.

—Úsame.

Una sola palabra. Abrí la boca. Estaba nerviosa, sintiendo una humillación que no me agrada, pero aguanté. Rubén no se movía y yo ya pensaba en levantarme e irme, hasta que una sonrisa torcida le cruzó la cara. Se acercó, se abrió la bragueta y liberó la verga frente a mí.

—¿Querés que te use?

Me tomó de la cabeza y me la metió en la boca. Empecé a chupar al instante; su textura y su calor me prendían tanto que la ropa interior se me empapó. Sin perder la posición mamé más rápido y más profundo, hasta hacerla desaparecer entera, mostrándole mis verdaderas habilidades.

—Joder, qué profunda tenés la boca. Seguí así.

Hice lo opuesto: bajé la velocidad de forma dramática.

—¿Por qué parás? —preguntó, mirándome.

No respondí. Sostuve la mirada como un desafío, hasta que entendió.

—Te dije que siguieras mamando.

El tono ya era autoritario. Me sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la boca y la garganta sin tregua.

—¿Te gusta que te usen así?

Lo preguntaba mientras me movía la cabeza, y el único sonido que salía de mi garganta era el que respondía por mí que me encantaba. Al poco me puso de pie y me llevó a un sillón. Quedé con los brazos en el respaldo y las rodillas en el asiento, el trasero ofrecido. Se acercó por detrás y, sin medir bien, entró. No supo dónde la estaba metiendo, pero mi culo se fue abriendo conforme avanzaba, y no dije nada: si algo me enloquece es que me partan por detrás.

Me empezó a follar con fuerza, seguramente sin darse cuenta del agujero. Yo gemía como una loca ante la sensación. Una mano me sujetaba el cuello, la otra se apoyaba en el respaldo para embestirme más duro. Se escuchaba el golpe de mis nalgas contra su pelvis.

—Qué rico me la estás metiendo —jadeé.

Mis palabras lo encendieron. Cuando se irguió y descubrió que me estaba dando por el culo, no dijo nada sucio, como yo esperaba; solo me tomó de las caderas y siguió taladrando rápido y fuerte. El orgasmo me arrancó un gemido largo, y para alargarlo me llevé la mano a la vagina, abriendo las piernas al máximo en una posición obscena, hasta que sentí el interior inundado por su descarga. Las piernas dejaron de responderme y casi caigo, sostenida apenas por las manos en el sillón. Cuando salió, un hilo blanco resbaló hasta el piso. Me senté, temblando, recuperando el aliento con la cabeza echada hacia atrás.

—No sabía que te gustaba por detrás —dijo.

No le respondí. A pesar de lo mucho que había disfrutado, una frustración me quedaba dentro: esperaba que fuera más bruto, más descarado, y no solo en la cama, sino desde el restaurante.

—¿Te dolió mucho?

—Algo, pero me recupero rápido —mentí. Estaba feliz de que usara mi culo.

—Tal vez la próxima sea más cuidadoso.

Espero todo lo contrario, pensé.

—Me tengo que ir. No quiero dejar a mi esposo solo en casa.

Me levanté, acomodé la ropa y me limpié con unas toallitas húmedas que había en la habitación. Si me hablaba, no lo escuchaba. Salí sin recordar siquiera haberme despedido, subí al primer taxi y volví a casa.

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Comentarios (3)

VeroMDP

excelente!!! me dejo temblando

MateoNoche

El titulo me engancho de entrada y el relato no decepciono para nada. Espero que sigas escribiendo historias asi!!

Claudia_Cba

Me recordo a algo que lei hace tiempo pero esto esta mil veces mejor narrado. Muy bien logrado sin pasarse de explicito.

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