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Relatos Ardientes

La sierva que eligió volver al harem de su amo

Volver a la casa de mi padre fue distinto de lo que esperaba. El servicio me trataba como a la hija de un juez y no como a la sierva en la que me habían convertido: consentían mis antojos, me hablaban con respeto, no me dejaban mover un dedo. Una vida cómoda a la que ya me había desacostumbrado.

Pero sabía que todas esas comodidades tenían un precio. Aquella vida terminaría el día que mi padre decidiera entregarme a algún hombre rico y poderoso, a cambio de favores políticos o alianzas que lo beneficiaran. Igual que la primera vez. Igual que cuando me obligó a casarme.

Para él nunca fui más que una ficha en su tablero.

Desde que supo que mi padre había venido a buscarme al departamento de mi amo, desde que entendí que mi vida volvería a estar en sus manos, empecé a diseñar un plan. Uno que se fortaleció con cada semana, enraizado en un odio que se alimentaba de cada recuerdo de lo que me hizo el comandante con el que me había casado. Solo necesitaba esperar el momento justo.

***

—Te lo dije, lo hago porque necesito el apoyo de los sectores que controla tu familia para llegar a la presidencia de la primera corte —decía mi padre—. No hay segundas intenciones, Damián.

Yo estaba con la espalda pegada a la pared del salón, en un rincón, escuchando cada palabra. El hombre con el que hablaba era joven para su posición: comandante de uno de los distritos más ricos, líder de una de las familias más temidas del Gobierno Central.

—Su señoría, perdone mi incredulidad, pero ni mi familia ni yo llegamos hasta aquí confiando en las buenas intenciones ajenas —respondió Damián, con una cortesía que sonaba a burla—. Escucharé su oferta, pero solo si me dice qué pretende hacer exactamente cuando lo sentemos en esa silla.

Mi padre suspiró, resignado, y supe que estaba a punto de confesar lo que de verdad buscaba.

—Supongo que sabes lo que pasó con mi hija y su difunto esposo.

—Lo sé. Una tragedia, según los diarios. Aunque más de uno la veíamos venir. Te advertí que no la casaras con ese sádico, que se desquitaría con ella por no haberse podido casar con la mujer que amaba. Fue una suerte que sobreviviera. A varios nos sorprendió que tuviera el temple de deshacerse de él.

Mi padre apretó la mandíbula. Yo, desde mi rincón, sentí algo parecido al orgullo.

—Quiero esa posición porque quiero devolverle la libertad a mi hija —continuó el juez—. No pienso entregarla siendo una sierva. Quiero que se case con alguien de buena familia, que vuelva a ser respetable. Pero para eso necesito autoridad para modificar la ley Vesta, y solo la tendré al frente de la primera corte.

Damián soltó una carcajada.

—Qué sorpresa me he llevado contigo. Te dije que no promulgaras esa ley sin revisarla, te dije que pusieras fecha de caducidad a los castigos. Ignoraste mis consejos, insististe con terquedad en que se aprobara cuanto antes. ¿Y ahora quieres deshacer la misma ley que defendías con más ahínco que a tu propia hija?

Mi padre tardó en contestar. Le costó tragarse la humillación.

—No permitiré que mi hija sea tratada como una mujer de segunda —dijo al fin, con una voz apagada. No por amor: por orgullo. Le avergonzaba que yo fuera víctima de la misma ley que él había impulsado.

Un silencio espeso llenó el salón. Hasta a mí, que era ajena a la escena, me incomodó.

—De acuerdo. Te ayudaré —concedió Damián—. Tendrás el respaldo de mi familia y de otros seis distritos cuyos comandantes me deben favores. Tu ascenso estará garantizado. —Hizo una pausa calculada—. Pero ese poder que me ofreces no alcanza para pagar el favor que voy a hacerte. Si quieres la primera corte, quiero que me entregues a tu hija.

Se me secó la boca. Las piernas me temblaron. Pensé que mi destino sería el mismo infierno de antes, porque venían de la misma estirpe de monstruos.

—No me malinterpretes —siguió—. No la quiero como sierva. La quiero como esposa, una vez que la liberes. Pero antes de cerrar el trato, antes de convertirte en presidente, quiero pasar un momento a solas con ella. En su alcoba. Si he de subirte tan alto, primero quiero comprobar que tu hija esté a la altura.

Esperé que mi padre lo mandara al diablo. Que lo golpeara. Lo que dijo, en cambio, me dolió más que cualquier cosa.

—¿Qué me garantiza que no le harás lo que tu primo? —preguntó el juez. Ni una palabra sobre mi vida. Solo sobre cómo lo hacía quedar a él.

—Yo no soy ese animal. Sé tratar a una mujer, y mi linaje aceptará el matrimonio. Me aseguraré de que en mi casa todos sepan que quien la trate mal terminará con una bala en la cabeza. —Lo dijo con un placer enfermo, como si saborear la idea de matar le diera un éxtasis adictivo.

—Está bien. Solo espero que cumplas. Mi carrera no soportaría otro escándalo.

—Te prometo que la haré feliz. Tienes mi palabra.

Mi padre suspiró aliviado, encantado de poder limpiar su nombre. La rabia me subió como fuego: cerré los puños, apreté los dientes, temblé de pies a cabeza. Y entonces Damián dijo lo que yo llevaba meses esperando oír.

—Por cierto, hace unas horas me informaron que el historial de ese tal Adrián quedó limpio. Un primo mío trabaja en la Unidad de Vigilancia y se encargó de borrar cualquier alerta de su ficha. —Resopló, sorprendido—. Vaya sujeto. Más peligroso de lo que parecía: conexiones en el mercado negro, tratos con gente muy violenta. Me cuesta entender por qué quisiste limpiar su historial.

—Le di mi palabra a mi hija. Y… ese chico me impresionó. No le importó que yo fuera juez. Creo que estuvo a punto de matarme cuando le di una bofetada a ella. Defendía lo suyo sin medir las consecuencias. Se ganó mi respeto.

—Intrigante. ¿Llamamos a tu hija para cerrar el trato?

Salí de mi escondite. Vi cómo los ojos del juez se abrían de par en par al entender que lo había escuchado todo, que sabía que volvía a venderme por una jugada política.

—Buenas noches —dije.

Damián me miró con una sonrisa de complicidad, como si le hubiera gustado mi descaro.

—Si quiere que subamos a mi habitación, podemos hacerlo ahora —ofrecí, mirando a mi padre con todo el rencor que me cabía en el pecho—. No necesito ningún protocolo para ser usada como la sierva que soy.

—Me parece una idea estupenda, cariño —respondió Damián, mientras el juez bajaba la vista al suelo sin atreverse a mirarlo.

Avancé hacia las escaleras con él detrás. Sabía que esa sería la última noche que pasaría en la casa de mi padre.

***

—Eres una delicia —jadeó Damián con la cara hundida entre mis piernas, succionando mi clítoris sin guardarse nada.

Me hizo retorcerme contra las sábanas, presa de un placer que casi se comparaba con hacer el amor bajo el influjo de la ambrosía. Pero por delicioso que fuera, por intenso que fuera el orgasmo que me arrancó con su boca, nada de aquello lograba sentirse del todo bien. No cuando sabía que era la consecuencia de un trato sucio entre dos hombres.

Se desnudó frente a mí con la mirada clavada en mi entrepierna, una expresión febril en el rostro que me daba miedo y, al mismo tiempo, me encendía. Como si el peligro despertara una llama de lujuria que no sabía apagar.

Se colocó entre mis piernas y me penetró de golpe, sin caricias, sin palabras dulces, demostrando toda la ansiedad que lo movía. Gruñía mientras embestía, marcando un ritmo brutal, apretándome un pecho con una fuerza egoísta que me hacía gritar.

—Serás una esposa perfecta —decía, enloquecido—. No volverás a lavar un plato, ni a cocinar, ni a limpiar. Eres demasiado hermosa para eso. Te quedarás en casa criando a todos los hijos que ponga en tu vientre, y te follaré cada día.

Cerré los ojos para no ver su rostro demente. Obedecí: moví las caderas, dejé que hiciera lo que quería, tragué su semen sin derramar una gota y limpié su miembro con la boca hasta dejarlo impecable, hasta que tuvo suficiente y se desplomó sobre mi cama, agitado.

—Dime, Valeria, ¿qué opinas de casarte conmigo? No quiero respuestas correctas. Quiero la verdad, porque lo que haga al salir de esta habitación dependerá de ella.

Pensé mis palabras con cuidado. Después entendí que, siendo una sierva, ya no me quedaba nada que perder.

—Lo siento, pero ese matrimonio jamás ocurrirá.

En vez de ofenderse, sonrió. Se recostó de lado, obsesivamente interesado.

—¿Y cómo estás tan segura? La vida que te ofrezco suena mejor que ser una sierva, ¿no?

—Esa vida la quiere mi padre para mí, no yo. Y, con perdón, se parece demasiado a la de una sierva: vivir bajo su voluntad, vestirme y comportarme como usted decida, sin elegir nada. No veo la diferencia.

—No todos los hombres somos como ese tal Adrián —dijo, probándome—. La mayoría vemos a las siervas como un accesorio del que deshacernos cuando se nos antoja.

—En eso tiene razón. Basta mirar a mi padre. —Sonrió con ganas al oírlo—. Pero aun así preferiría volver a ser una sierva, porque eso sí sería mi decisión, aunque salga mal. No me importa serlo. Mentiría si dijera que no deseo con toda el alma regresar al harem de mi amo Adrián. Fue el único lugar donde fui feliz.

—¿De verdad quieres volver con ese tipo? —Lo dijo maravillado, no molesto.

—Sí. Porque sé que tarde o temprano volvería a un lugar que siento mi hogar, donde hay alguien dispuesto a arriesgar la vida con tal de que yo esté bien.

—¿Y cómo piensas lograrlo? El trato con tu padre ya está en marcha.

—Si se lo dijera, lo haría cómplice de lo que va a pasar esta noche.

Ambos sonreímos. Lo tomé de la nuca y lo besé en los labios antes de volver a recostarme, orgullosa de lo que planeaba.

—Me muero por saber cómo termina tu historia, cariño. Estaré atento a ti —dijo mientras se vestía—. Pero si las cosas siguen el rumbo que tomaron, no podré hacer nada. Tendrás que darle un giro a la trama. —Me sonrió desde la puerta—. Mucha suerte, sierva.

Aquella última palabra me arrancó una sonrisa. Al llamarme así estaba validando mi sueño, dándome a entender que no me creía loca.

***

Saber que el historial de mi amo había quedado limpio fue la señal. Todo terminaría esa misma noche. Me puse el vestido más hermoso del armario y unos tacones que no me gustaban, pero que me obligaban a una postura distinguida. Frente al espejo me sentí peligrosa. Abrí el cajón y saqué lo que necesitaba para romper el círculo vicioso en que se había convertido mi vida.

Caminé por el pasillo de la mansión escuchando mis tacones resonar contra las paredes, la banda sonora que me acompañó hasta la puerta de la habitación de mi padre. Adentro, miles de emociones se aglomeraron en mi pecho, todas alimentadas por la adrenalina.

Abrí con cuidado, sin un ruido. Sabía que solo podría hacerlo mientras dormía; despierto jamás habría podido vencerlo.

Verlo dormir tan tranquilo me enfureció. Ese hombre que descansaba en paz era el mismo que horas antes me había entregado a un desquiciado a cambio de un favor, con el falso pretexto de hacerlo por mi bien. El mismo que en el pasado pagó cada error con mi cuerpo, el que me dio a aquel animal que me convirtió en su moneda y me arrastró por los peores recuerdos de mi vida. Esos recuerdos fueron los que me dieron el valor para alzar las tijeras con ambas manos por encima de mi cabeza y dejarlas caer contra su cuello.

Sentí cómo se hundían. Vi sus ojos abrirse, la sangre asomar a su boca. Sonreí al verlo rendirse ante la muerte a la que yo lo había llevado. La última decisión que tomaría por mi cuenta.

—¡No puede ser! ¿Qué ha hecho? —gritó horrorizada una de las mujeres del servicio, cayendo de rodillas al verme con las tijeras en las manos.

—Llama al cuartel. Cuéntales lo que viste. Y después llama al señor Damián y dile lo que acaba de pasar. Hazlo ya —ordené con calma.

Solté las tijeras, me acerqué al espejo y sonreí tímida al ver mi atuendo, imaginando la cara de Adrián cuando me viera así.

Ojalá pueda volver con ustedes, chicas. Ojalá pueda regresar con usted, amo.

***

Mi vida y la de mis siervas cambiaron por completo después de que Nadia llegó al harem. El negocio que diseñamos con su ayuda resultó más fructífero de lo que imaginamos: una vez que las chicas se hicieron famosas, sus fanáticos más generosos competían mes a mes, gastando fortunas por el derecho a pasar unas horas con ellas. Las convertimos en símbolos de estatus, y la empresa despegó hasta volverse líder en contenido para adultos.

Reunimos lo suficiente para comprar una casa donde alojar a todas, que sirviera de hogar y de centro de operaciones, independiente del departamento donde yo vivía con Elena y Mariela, mis dos mujeres, reservadas solo para mí.

Contratamos personal. A Hugo, que dejó La Corporación para volverse mi buscador de talentos y gestor de trámites. A Bruno, un grandote al que Mariela le tenía cariño desde sus días en el mercado negro, que se volvió el protector perfecto de unas chicas que muy pronto lo adoraron. A Carla, encargada de mantener el orden con una naturalidad envidiable.

Todo salió bien. Y, sin embargo, en ningún momento pude sacarme de la cabeza lo que pasó con Valeria. Me dolía haberla entregado sabiendo que volvía a las manos del hombre que la torturó. Una carga de la que no podía deshacerme, porque ni mi cuenta bancaria ni mi fama igualaban el poder de uno de los jueces más importantes del Gobierno Central.

—Mi amor, llegaron los ganadores de este mes. ¿Los recibes tú o que se encargue Carla? —preguntó Elena entrando a mi oficina.

—Que los reciban ella y Nadia. Les agradará más verlas a ellas.

Elena me abrazó por detrás y besó mi mejilla.

—¿Algo bueno en el menú? —preguntó, como siempre que me encontraba revisando candidatas.

—Sí. Aunque sigue sin aparecer la sierva que quiero encontrar.

Mariela irrumpió entonces con una tableta en la mano, pálida.

—Adrián… Elena… miren lo que publicaron en las noticias.

—«Juez muere a manos de su hija» —leyó Elena el titular.

Leímos en silencio. Cuando Elena salió a dar indicaciones y volvió, los tres nos quedamos esperando, ansiosos ante la posibilidad de que alguien comprara a Valeria antes que nosotros si volvía a una galería.

El teléfono sonó más de una hora después. Era Hugo.

—¿La encontraste? —pregunté.

—Sí, pero un hombre se la estaba llevando cuando llegué. No insistí: era un comandante de distrito. Lo siento, amigo. Quizá si tú negocias con él…

Sentí una punzada en el estómago. Pero el ánimo no me duró: minutos después Bruno entró sin prisa, desenvolviendo uno de sus caramelos.

—Jefe, lo busca un hombre. Dice que es comandante de distrito y que tiene un regalo para usted. ¿Lo echo o…?

No lo dejé terminar. Bajé las escaleras corriendo hasta el recibidor y me encontré con un sujeto de ropa fina que sostenía la mano de una chica sonriente, los ojos brillantes de alegría.

—Así que tú eres el famoso Adrián —dijo el comandante—. Al fin te conozco. Estos meses has estado muy presente en mi agenda.

—¿En serio? —respondí sin poder apartar la mirada de Valeria.

—Ya no te haré esperar. Aunque… —Sacó su celular y la miró con tristeza—. ¿Estás segura de que esto es lo que quieres, Valeria? Mi oferta sigue en pie. Nunca te vería como una sierva. Te trataría como a una princesa.

Ella le acarició la mejilla y lo besó en los labios antes de mirarme de nuevo.

—Lo siento. Pero he soñado con volver con mi amo desde que mi padre me llevó.

El hombre sonrió con pesar, tocó algo en su teléfono y mi móvil vibró con la notificación: Valeria era de mi propiedad. Corrió a abrazarme y me besó, después abrazó a Elena y a Mariela.

—Cuídala mucho, Adrián. Es una mujer maravillosa —dijo el comandante, estrechándome la mano antes de marcharse, derrotado pero entero.

—Bienvenida de vuelta, Valeria —dije.

Y al verla sonreír sentí, por primera vez en meses, que ya no me faltaba nada. Que podía relajarme y disfrutar de mi vida, de mis chicas, del amor de Elena y Mariela, de ser el amo de un harem que se había convertido en una extraña y verdadera familia.

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Comentarios (5)

NocheR_91

Que intenso!!! no pude parar de leer

VentanaNocturna

El final te deja con ganas de mas... hay continuacion prevista?

Mirta_BA

Me parece muy logrado como maneja la psicologia de la protagonista. No es facil transmitir esa mezcla de decision y resignacion. Muy buen relato.

PabloLect_ba

morbo de bueno, gracias

Luisa_PM

Me recordo a algo que lei hace tiempo pero este tiene mucha mas profundidad en el personaje. Me quede pensando un rato despues de terminarlo.

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