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Relatos Ardientes

La hija del socio me puso de rodillas en el vestuario

El Club de Tenis Aurora descansaba en una calma casi total a esa hora de la tarde. El sol bajo derramaba una luz dorada y blanda a través de los ventanales que daban a las pistas vacías. Era uno de esos sitios donde la cuota anual costaba una fortuna, reservada a socios con dinero o con los contactos adecuados, y eso mantenía el aire de lujo silencioso que lo envolvía todo.

Lorena llevaba casi tres años a cargo de los vestuarios femeninos. Limpiaba las duchas, doblaba toallas impecables, reponía las botellas de agua fría y los productos caros de la repisa, y se aseguraba de que cada rincón reluciera antes y después de cada uso. Tenía treinta y cuatro años, aunque la cara aniñada le quitaba algunos. Morena, el pelo oscuro siempre en un moño bajo, apenas pasaba el metro sesenta. Vestía el uniforme del club: polo blanco con el logo discreto, falda gris plisada y zapatillas negras pensadas para no llamar la atención.

El club no era solo su trabajo; era un recordatorio diario de todo lo que no tenía. Coches caros en el aparcamiento, conversaciones sobre esquí en Andorra o playas privadas, ropa que valía más que su sueldo de un mes. Lorena limpiaba, ordenaba, reponía, siempre invisible, siempre en segundo plano. Pero observaba.

Esa tarde acababa de revisar las duchas cuando oyó las voces por el pasillo alfombrado. Eran Bianca y Daniela, terminando su partido de siempre. Risas ahogadas, algún comentario juguetón sobre un punto largo y disputado. Bianca entró primero, con esa naturalidad que parecía nacerle de dentro.

Rubia, alta, veintidós años pero con un aplomo que la hacía parecer mayor. El cuerpo fibroso de quien entrena a diario sin que se le note el esfuerzo. Hija de uno de los socios principales, se movía por el club como por su propia casa: confiada, despreocupada, con un punto de superioridad que no necesitaba decir en voz alta. El pelo revuelto por el partido, la piel bronceada brillante de sudor, el conjunto negro ajustado marcándole cada línea del cuerpo.

Lorena levantó la vista un instante, solo para confirmar quién entraba. Pero los ojos se le fueron casi solos a los pies de Bianca, a las zapatillas blancas de cuero gastado, arrugadas en la puntera por el roce de la pista. No fue una mirada casual. Fue algo más hondo, un impulso silencioso de bajar la cabeza y quedarse quieta, como si mirar ese calzado ya fuera una rendición pequeña e involuntaria.

No sabía por qué se fijaba. Al principio era envidia pura: esos pies pisaban pistas de lujo, caminaban por una vida perfecta, dejaban huellas de una confianza que ella nunca podría imitar. Pero con el tiempo la envidia se había transformado en otra cosa, más visceral. Cada vez que Bianca entraba, Lorena bajaba la vista a sus zapatillas. Esos pies eran el símbolo de su fuerza: pisaban el mundo con autoridad, controlaban el espacio.

¿Por qué me pasa esto? Nunca le habían atraído las mujeres. Pero Bianca no era solo una mujer; era una fuerza. Su seguridad tiraba de ella como un imán, la hacía sentirse pequeña, y en esa pequeñez había algo parecido al alivio. La envidia se había vuelto devoción.

Bianca lo notó al momento, porque siempre notaba esas cosas. Dejó la raqueta sobre el banco sin cuidado, abrió su taquilla —la más grande, reservada para ella— y se quitó la muñequera empapada, dejándola caer sobre la madera pulida. Miró a Lorena a través del espejo grande que cubría la pared, sin girarse del todo, con una ceja apenas arqueada.

—¿Qué miras tanto? —preguntó. Era el tono que usaba con el personal: firme, directo, con un matiz de superioridad que no llegaba a ser orden.

Lorena dio un respingo, las manos quietas sobre la toalla a medio doblar. El calor le subió por el cuello hasta las mejillas.

—Nada, señorita Bianca… solo estaba ordenando las toallas —respondió demasiado rápido, bajando la vista, pero no antes de que los ojos volvieran a rozar el calzado.

Bianca se giró despacio, apoyó una cadera en el borde de la taquilla y cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Mirabas mis zapatillas? —dijo sin rodeos, la voz casual, como si comentara el tiempo—. No lo niegues. ¿Te gustan? Pues están bien sudadas.

Lorena no supo qué contestar. El rubor se intensificó y apretó la toalla contra el pecho como un escudo improvisado. Daniela, que había entrado detrás, hablaba por teléfono en voz baja y rebuscaba en su taquilla, ajena del todo a la conversación.

Bianca dio un paso más cerca, la voz firme pero sin alzarse.

—Quítamelas, Lorena. Tengo que ducharme y estoy demasiado cansada para agacharme después de la paliza que llevo encima.

No era una orden estricta, no levantaba la voz ni usaba palabras duras. Era una petición dicha con la naturalidad de quien está acostumbrada a que le hagan las cosas, con un filo que hacía difícil negarse.

La obediencia de Lorena fue instantánea. Dejó la toalla con cuidado en el banco y se arrodilló delante de ella, el suelo frío contra las rodillas a través del pantalón del uniforme. El corazón le latía deprisa, pero no dudó.

Bianca empezó a quitarse el polo con desgana, como si nada raro estuviera pasando, y lo dejó caer junto a la raqueta sin mirarlo. Su atención estaba dividida: parte en su propia rutina, parte en observar a Lorena por el rabillo del ojo.

Lorena alzó las manos con cuidado extremo. Los dedos dudaron un momento; no era solo nervio, era reverencia. Cogió los cordones de la zapatilla derecha entre el índice y el pulgar y los sostuvo un segundo, sintiendo la textura áspera del algodón gastado y la humedad residual que se le pegaba a la piel. Temo dejar una marca con mis manos de limpiadora. Bajó la mirada, avergonzada de su propia indecisión, y solo entonces deshizo el nudo.

Lo hizo con una lentitud dolorosa. El lazo se soltó con un leve chasquido del algodón contra sí mismo. Aflojó los cordones, sujetó los bordes del calzado y tiró hacia los lados para ensanchar la cavidad. El cuero estaba cálido, no solo por el pie de Bianca, sino porque había absorbido su sudor durante hora y media de juego. Cogió el talón y tiró con suavidad. La zapatilla salió con un pequeño sonido húmedo y pegajoso, y un olor intenso subió de golpe: cuero caliente, sudor fresco y salado, esfuerzo concentrado. Era abrumador y, sin embargo, no le repugnó. Era real, vivo.

Bianca no dijo nada. Levantó el otro pie, flexionando los dedos descalzos contra las baldosas frías mientras Lorena repetía el gesto con la misma reverencia temblorosa. Deshizo el nudo, ahuecó los cordones húmedos y jaló del talón. La segunda zapatilla salió igual, dejando ver el forro acolchado hundido por la forma del pie, la huella grabada en el tejido.

Lorena se quedó un segundo más de rodillas, las zapatillas pesadas y todavía calientes en las manos. El olor llegaba en oleadas y, sin poder o sin querer resistirse, acercó una un poco más a la cara. Cerró los ojos. Inhaló, un gesto corto pero deliberado, dejando que el aroma la invadiera.

Bianca lo vio todo en el reflejo: la inclinación sutil, la nariz rozando el borde de cuero, esa mezcla de vergüenza y necesidad. Y entendió algo. Esta no es solo una empleada obediente. Era una sumisa en potencia, alguien que respondía por instinto al poder, alguien con quien jugar. Sonrió para sí misma, una sonrisa pequeña y calculadora que no le llegó a los ojos.

—Déjalas ahí en el suelo, bien alineadas —dijo con calma, terminando de desvestirse hasta quedar en ropa interior deportiva—. Y quédate quieta un momento.

Lorena obedeció al instante. Colocó las zapatillas paralelas junto al banco y se levantó con las piernas inseguras, las manos instintivamente detrás de la espalda. Bianca caminó descalza hacia las duchas del fondo, y el sonido suave de sus pies desnudos se fue apagando hasta que solo quedó el del agua empezando a caer.

***

Daniela colgó el teléfono y se giró. Vio a Lorena de pie, inmóvil, la mirada baja; vio las zapatillas en el suelo, colocadas con un cuidado casi reverencial; vio, sobre todo, la postura: hombros encogidos, manos atrás, cabeza inclinada.

Tenía también veintiún años, casi tan alta como Bianca, delgada y atlética, con esa gracia suelta de quien juega varias veces por semana y pisa el gimnasio de la facultad. Pelirroja, la coleta alta medio deshecha por el partido, la faldita blanca muy corta y el polo ajustado húmedo en la espalda. Dejó el móvil en la taquilla abierta y se acercó despacio, cruzando los brazos, hasta detenerse justo enfrente de Lorena.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó, entre la curiosidad y la diversión.

Lorena levantó la vista un segundo y volvió a bajarla rápido.

—Nada, señorita Daniela… la señorita Bianca me pidió que le quitara las zapatillas.

—¿Y te arrodillaste así, sin más? —Daniela arqueó una ceja pelirroja.

Lorena no contestó. El rubor le volvió a subir por el cuello.

Daniela miró las zapatillas en el suelo, luego a Lorena, luego al pasillo por donde había desaparecido Bianca. Una sonrisa lenta empezó a dibujársele en la cara, no muy distinta a la de la otra chica minutos antes.

—Interesante —murmuró. Se acercó un paso más y bajó la voz, aunque el vestuario seguía vacío—. ¿Y si yo también quiero que me las quites?

No esperó respuesta. Se sentó en el borde del banco con naturalidad y extendió la pierna derecha hacia adelante con un movimiento fluido, apoyando el talón en el suelo, la zapatilla suspendida a unos centímetros de la cara de Lorena, la puntera apuntándole directamente.

—Vamos —dijo en voz baja, juguetona, con un filo que no dejaba lugar a dudas—. Quítamelas. Igual que le has quitado las suyas a Bianca.

No era una orden tan fría como la de Bianca; era una invitación cargada de curiosidad, como si probara un juguete nuevo para ver hasta dónde llegaba. Pero el tono tenía ese matiz de quien ya sabe que va a ser obedecida.

Y Lorena obedeció otra vez. Se arrodilló despacio, el suelo frío de nuevo contra las rodillas, y cogió con cuidado el talón de la zapatilla derecha. El cuero era más rígido que el de Bianca, pero igual de caliente por dentro. Tiró suavemente y salió con un sonido más seco, dejando al descubierto el interior acolchado y húmedo. El olor era distinto: más limpio, pero igual de real, sudor fresco y un toque dulce de crema. Repitió con la izquierda, los dedos temblorosos y torpes, hasta dejar los dos pies descalzos sobre las baldosas.

Daniela flexionó los dedos, observándola desde arriba con una mezcla de curiosidad y satisfacción.

—Eres buena obedeciendo, ¿eh? —comentó con media sonrisa, quitándose el polo y la falda con una prisa práctica, sin teatro—. Mételas en mi taquilla, bien ordenadas. Y no te vayas todavía.

Lorena las guardó con el mismo cuidado que había usado con las de Bianca y se quedó junto al banco, sin saber muy bien qué hacer, mientras Daniela también desaparecía hacia las duchas.

***

Unos minutos después, el agua se cortó casi a la vez en las dos cabinas. Bianca salió primero, envuelta en una toalla blanca grande del club, el pelo rubio húmedo pegado a los hombros. Detrás venía Daniela, con otra toalla igual, el pelo pelirrojo más oscuro por el agua.

Bianca se acercó a su taquilla, se detuvo a medio camino, se giró hacia Lorena y la miró de frente, sin el menor gesto de cubrirse.

—Lorena, tráenos otras toallas, estas están empapadas. Y sécanos.

Lorena parpadeó, la boca entreabierta.

—¿Se… secarlas, señorita Bianca?

—Sí. Sécanos. Empieza por mí.

Daniela soltó una risita baja y se apoyó de lado en su taquilla, cruzando los brazos bajo el pecho. No dijo nada, pero los ojos le brillaban de diversión. Lorena tragó saliva, fue al armario de suministros con pasos cortos, sacó dos toallas grandes de algodón y volvió. Le tendió una a Bianca, pero esta no la cogió: solo levantó un poco los brazos, abriendo el cuerpo, como dándole permiso para empezar.

Lorena extendió la toalla con manos temblorosas y empezó por los hombros, absorbiendo las gotas que resbalaban por la clavícula y los brazos. Bajó por los costados, por la cintura estrecha. El contacto era suave, casi reverente. Cuando llegó al pecho, dudó visiblemente: la toalla quedó suspendida un segundo en el aire. Pasó la tela con lentitud extrema, rozando apenas la piel.

—¿Tanto te cuesta? —preguntó Bianca, con tono burlón—. No muerden.

Daniela soltó una carcajada abierta esta vez.

—Parece que sí le cuesta. Mira cómo tiembla.

Lorena siguió, la cara roja hasta las orejas, secando con movimientos torpes pero cuidadosos, sintiendo el calor de la piel todavía húmeda. Cuando bajó al vientre y a las caderas, el temblor de sus manos se hizo más evidente. Bianca separó un poco las piernas, sin decir nada, solo con una mirada fija y expectante. Lorena tuvo que arrodillarse otra vez para llegar bien abajo. Pasó la toalla entre los muslos con toda la delicadeza posible, sintiendo el calor, la humedad residual, el aroma limpio del gel de ducha. La respiración se le entrecortó.

—Mírala —dijo Bianca con una risa baja—. Está a punto de desmayarse solo por secarme.

—Es adorable —añadió Daniela, apoyando una mano en la cadera—. Parece que nunca ha estado tan cerca de otra mujer.

Lorena terminó con las piernas y los pies lo más rápido que pudo. Se levantó con las piernas temblorosas y le tendió la toalla usada a Bianca, que por fin la cogió y se la pasó por el pelo con indiferencia.

—Ahora Daniela —dijo, sentándose en el banco como si nada hubiera pasado.

Daniela se plantó delante de Lorena con una sonrisa traviesa. Abrió los brazos y separó un poco los pies, imitando la postura de Bianca pero con más teatralidad.

—Venga, sécame igual. No seas tímida ahora.

Lorena repitió el proceso. Empezó por los hombros y la espalda, salpicada de pecas diminutas. Cuando llegó al pecho, Daniela empujó ligeramente hacia adelante para que la tela rozara más directo.

—Más fuerte —dijo, juguetona—. No me vas a romper.

El temblor era ya incontrolable. Bajó al abdomen, a las caderas, y cuando llegó a la entrepierna Daniela separó más las piernas con un suspiro exagerado.

—Uy, qué cuidadosa… ¿te da vergüenza tocarme ahí?

—Claro que le da vergüenza —soltó Bianca, ya secándose el pelo—. Mírala: roja como un tomate y sin saber dónde meter la mirada.

Lorena secó la zona con la misma delicadeza desesperada, rozando apenas, y Daniela dejó escapar un pequeño gemido burlón.

—Qué mona. Creo que le gusta más de lo que admite.

Terminó con las piernas y los pies. Cuando se incorporó tenía la frente empapada de sudor frío y vergüenza, y las manos tan temblorosas que casi dejó caer la toalla. Bianca y Daniela se miraron y sonrieron al mismo tiempo, cómplices y un punto crueles.

—Buen trabajo —dijo Bianca, casual, mientras terminaba de secarse el pelo—. Ahora limpia el suelo. Hay gotas por todas partes.

Se vistieron sin prisa —ropa interior, vaqueros, camisetas, zapatillas de calle—, sin volver a mirarla. Cuando terminaron, se echaron las bolsas al hombro y caminaron hacia la puerta. Bianca dejó pasar a Daniela primero y, justo antes de salir, giró apenas la cabeza hacia Lorena. La puerta se cerró con un clic suave.

***

Lorena se quedó sola en el vestuario silencioso. Solo el zumbido lejano de la climatización y, de vez en cuando, el gotear de alguna ducha mal cerrada. El suelo tenía pequeñas gotas dispersas. Cogió el trapo del carrito y empezó a secar las baldosas, una por una, con movimientos lentos y mecánicos.

Cuando terminó, echó la llave a la puerta principal, comprobó el pestillo y se quedó un momento con la frente apoyada en la madera fría. Después volvió despacio adentro. Las luces principales ya estaban apagadas; solo quedaban las de emergencia y las pequeñas luces LED de los bancos y los espejos. El aire conservaba rastros: el gel cítrico de Bianca, el más floral y dulce de Daniela y, debajo de todo, persistente, el olor cálido de las zapatillas que habían estado en el suelo hacía menos de media hora.

Se sentó en el banco, justo donde Bianca había estado antes de la ducha. Las rodillas le dolían un poco de tanto suelo, pero no era un dolor malo. Era un recordatorio físico, tangible, de lo que había pasado.

Cerró los ojos y los pensamientos llegaron todos a la vez, como agua que se desborda.

¿Qué acabo de hacer? No. La pregunta real era más profunda, más cruda. ¿Por qué me ha gustado tanto?

Recordó el momento exacto en que Bianca salió de la ducha. Solo caminó, y el mundo pareció ajustarse a su alrededor como si ella fuera el centro y todo lo demás tuviera que orbitarla. Y le había dicho que la secara. Y ella lo había hecho, con las manos temblando tanto que casi se le cae la toalla dos veces. El calor de la piel húmeda, el olor limpio mezclado con algo más íntimo y real. Y cuando tuvo que arrodillarse y secar entre las piernas, rozando apenas, sintió que se le nublaba la vista. No era solo vergüenza: era un calor que se extendía desde el estómago hasta más abajo, hasta entre sus propios muslos. Una excitación tan intensa que casi dolía.

Y ellas se habían reído. Bianca con esa risa seca, casi despectiva. Daniela con carcajadas más abiertas y juguetonas. Está a punto de desmayarse solo por secarme. Cada vez que repetía la frase mentalmente sentía un pinchazo de humillación y, al mismo tiempo, un escalofrío de placer. Porque era verdad. Se había sentido ridícula, torpe, expuesta. Y aun así había querido seguir. Quería que le dijeran qué hacer. Quería que se rieran de ella. Quería que la miraran así: pequeña, obediente, útil.

¿Desde cuándo soy así?

Nunca le habían atraído las mujeres. Había tenido fantasías, sí, pero nunca algo tan visceral, tan inmediato, tan humillante y excitante a la vez. Daniela había sido distinta —más juguetona, menos fría—, pero también había disfrutado viéndola temblar, también había separado las piernas un poco más de lo necesario. Aunque al final fue Bianca quien llevó la voz cantante, quien decidió cuándo empezar y cuándo parar.

Lorena abrió los ojos de golpe. Se levantó, recogió las toallas usadas, las que habían tocado sus cuerpos, y las dobló con un cuidado excesivo, como si fueran algo valioso. Cuando llegó a la que había usado con Bianca, la acercó un instante a la cara. No olía a ella —solo a algodón limpio y suavizante—, pero cerró los ojos igual e imaginó que sí.

Apagó las luces de emergencia una por una. Antes de salir se detuvo frente al espejo grande y se miró: la cara colorada todavía, los ojos brillantes, los labios entreabiertos. Parecía distinta. Más viva. Más asustada. Más deseosa.

¿Qué me está pasando?

No tenía respuesta. Solo sabía que al día siguiente, cuando oyera los pasos de Bianca por el pasillo, su cuerpo reaccionaría antes que su mente. Y que probablemente volvería a arrodillarse. Sin que nadie se lo pidiera dos veces.

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Comentarios (5)

Nachito_77

buenisimo!!!

Gabi_55

tremendo relato, me engancho de entrada jaja

MilaCba

El titulo me llamo la atencion y el relato no decepciono para nada. Muy bueno!

Cuentero88

Que giro interesante tiene la historia, no me lo esperaba. Espero que haya continuacion!

LauraVdT

Me gustan mucho este tipo de relatos donde el que parece tener el control al final no lo tiene jaja. Muy bien escrito, se nota dedicacion. Saludos desde BsAs

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