La hija del socio me puso de rodillas en el vestuario
El Club de Tenis Aurora descansaba en una calma casi total a esa hora de la tarde. El sol bajo derramaba una luz dorada y blanda a través de los ventanales que daban a las pistas vacías. Era uno de esos sitios donde la cuota anual costaba una fortuna, reservada a socios con dinero o con los contactos adecuados, y eso mantenía el aire de lujo silencioso que lo envolvía todo.
Lorena llevaba casi tres años a cargo de los vestuarios femeninos. Limpiaba las duchas, doblaba toallas impecables, reponía las botellas de agua fría y los productos caros de la repisa, y se aseguraba de que cada rincón reluciera antes y después de cada uso. Tenía treinta y cuatro años, aunque la cara aniñada le quitaba algunos. Morena, el pelo oscuro siempre en un moño bajo, apenas pasaba el metro sesenta. Vestía el uniforme del club: polo blanco con el logo discreto, falda gris plisada y zapatillas negras pensadas para no llamar la atención.
El club no era solo su trabajo; era un recordatorio diario de todo lo que no tenía. Coches caros en el aparcamiento, conversaciones sobre esquí en Andorra o playas privadas, ropa que valía más que su sueldo de un mes. Lorena limpiaba, ordenaba, reponía, siempre invisible, siempre en segundo plano. Pero observaba.
Esa tarde acababa de revisar las duchas cuando oyó las voces por el pasillo alfombrado. Eran Bianca y Daniela, terminando su partido de siempre. Risas ahogadas, algún comentario juguetón sobre un punto largo y disputado. Bianca entró primero, con esa naturalidad que parecía nacerle de dentro.
Rubia, alta, veintidós años pero con un aplomo que la hacía parecer mayor. El cuerpo fibroso de quien entrena a diario sin que se le note el esfuerzo. Hija de uno de los socios principales, se movía por el club como por su propia casa: confiada, despreocupada, con un punto de superioridad que no necesitaba decir en voz alta. El pelo revuelto por el partido, la piel bronceada brillante de sudor, el conjunto negro ajustado marcándole cada línea del cuerpo, las tetas pequeñas y firmes marcándose bajo el polo, los pezones erguidos por el roce de la tela sudada.
Lorena levantó la vista un instante, solo para confirmar quién entraba. Pero los ojos se le fueron casi solos a los pies de Bianca, a las zapatillas blancas de cuero gastado, arrugadas en la puntera por el roce de la pista. No fue una mirada casual. Fue algo más hondo, un impulso silencioso de bajar la cabeza y quedarse quieta, como si mirar ese calzado ya fuera una rendición pequeña e involuntaria.
No sabía por qué se fijaba. Al principio era envidia pura: esos pies pisaban pistas de lujo, caminaban por una vida perfecta, dejaban huellas de una confianza que ella nunca podría imitar. Pero con el tiempo la envidia se había transformado en otra cosa, más visceral. Cada vez que Bianca entraba, Lorena bajaba la vista a sus zapatillas. Esos pies eran el símbolo de su fuerza: pisaban el mundo con autoridad, controlaban el espacio.
¿Por qué me pasa esto? Nunca le habían atraído las mujeres. Pero Bianca no era solo una mujer; era una fuerza. Su seguridad tiraba de ella como un imán, la hacía sentirse pequeña, y en esa pequeñez había algo parecido al alivio. La envidia se había vuelto devoción.
Bianca lo notó al momento, porque siempre notaba esas cosas. Dejó la raqueta sobre el banco sin cuidado, abrió su taquilla —la más grande, reservada para ella— y se quitó la muñequera empapada, dejándola caer sobre la madera pulida. Miró a Lorena a través del espejo grande que cubría la pared, sin girarse del todo, con una ceja apenas arqueada.
—¿Qué miras tanto? —preguntó. Era el tono que usaba con el personal: firme, directo, con un matiz de superioridad que no llegaba a ser orden.
Lorena dio un respingo, las manos quietas sobre la toalla a medio doblar. El calor le subió por el cuello hasta las mejillas.
—Nada, señorita Bianca… solo estaba ordenando las toallas —respondió demasiado rápido, bajando la vista, pero no antes de que los ojos volvieran a rozar el calzado.
Bianca se giró despacio, apoyó una cadera en el borde de la taquilla y cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Mirabas mis zapatillas? —dijo sin rodeos, la voz casual, como si comentara el tiempo—. No lo niegues. ¿Te gustan? Pues están bien sudadas.
Lorena no supo qué contestar. El rubor se intensificó y apretó la toalla contra el pecho como un escudo improvisado. Daniela, que había entrado detrás, hablaba por teléfono en voz baja y rebuscaba en su taquilla, ajena del todo a la conversación.
Bianca dio un paso más cerca, la voz firme pero sin alzarse.
—Quítamelas, Lorena. Tengo que ducharme y estoy demasiado cansada para agacharme después de la paliza que llevo encima.
No era una orden estricta, no levantaba la voz ni usaba palabras duras. Era una petición dicha con la naturalidad de quien está acostumbrada a que le hagan las cosas, con un filo que hacía difícil negarse.
La obediencia de Lorena fue instantánea. Dejó la toalla con cuidado en el banco y se arrodilló delante de ella, el suelo frío contra las rodillas a través del pantalón del uniforme. El corazón le latía deprisa, pero no dudó.
Bianca empezó a quitarse el polo con desgana, como si nada raro estuviera pasando, y lo dejó caer junto a la raqueta sin mirarlo. Su atención estaba dividida: parte en su propia rutina, parte en observar a Lorena por el rabillo del ojo.
Lorena alzó las manos con cuidado extremo. Los dedos dudaron un momento; no era solo nervio, era reverencia. Cogió los cordones de la zapatilla derecha entre el índice y el pulgar y los sostuvo un segundo, sintiendo la textura áspera del algodón gastado y la humedad residual que se le pegaba a la piel. Temo dejar una marca con mis manos de limpiadora. Bajó la mirada, avergonzada de su propia indecisión, y solo entonces deshizo el nudo.
Lo hizo con una lentitud dolorosa. El lazo se soltó con un leve chasquido del algodón contra sí mismo. Aflojó los cordones, sujetó los bordes del calzado y tiró hacia los lados para ensanchar la cavidad. El cuero estaba cálido, no solo por el pie de Bianca, sino porque había absorbido su sudor durante hora y media de juego. Cogió el talón y tiró con suavidad. La zapatilla salió con un pequeño sonido húmedo y pegajoso, y un olor intenso subió de golpe: cuero caliente, sudor fresco y salado, esfuerzo concentrado. Era abrumador y, sin embargo, no le repugnó. Era real, vivo, y le encharcó las bragas de golpe, un latigazo húmedo entre las piernas que la dejó sin aire.
Bianca no dijo nada. Levantó el otro pie, flexionando los dedos descalzos contra las baldosas frías mientras Lorena repetía el gesto con la misma reverencia temblorosa. Deshizo el nudo, ahuecó los cordones húmedos y jaló del talón. La segunda zapatilla salió igual, dejando ver el forro acolchado hundido por la forma del pie, la huella grabada en el tejido.
Lorena se quedó un segundo más de rodillas, las zapatillas pesadas y todavía calientes en las manos. El olor llegaba en oleadas y, sin poder o sin querer resistirse, acercó una un poco más a la cara. Cerró los ojos. Inhaló, un gesto corto pero deliberado, dejando que el aroma la invadiera. Sintió cómo el coño se le contraía bajo la falda, cómo se le humedecía todavía más el algodón de las bragas, y una punzada de calor le subió hasta los pezones. Se le escapó un suspiro corto, casi inaudible, y notó de golpe la vergüenza de haber gemido delante de la niña rica.
Bianca lo vio todo en el reflejo: la inclinación sutil, la nariz rozando el borde de cuero, el suspiro contenido, esa mezcla de vergüenza y necesidad. Y entendió algo. Esta no es solo una empleada obediente. Era una sumisa en potencia, alguien que respondía por instinto al poder, alguien con quien jugar. Sonrió para sí misma, una sonrisa pequeña y calculadora que no le llegó a los ojos.
—Déjalas ahí en el suelo, bien alineadas —dijo con calma, terminando de desvestirse hasta quedar en ropa interior deportiva—. Y quédate quieta un momento.
Lorena obedeció al instante. Colocó las zapatillas paralelas junto al banco y se levantó con las piernas inseguras, las manos instintivamente detrás de la espalda. Bianca caminó descalza hacia las duchas del fondo, y el sonido suave de sus pies desnudos se fue apagando hasta que solo quedó el del agua empezando a caer.
***
Daniela colgó el teléfono y se giró. Vio a Lorena de pie, inmóvil, la mirada baja; vio las zapatillas en el suelo, colocadas con un cuidado casi reverencial; vio, sobre todo, la postura: hombros encogidos, manos atrás, cabeza inclinada.
Tenía también veintiún años, casi tan alta como Bianca, delgada y atlética, con esa gracia suelta de quien juega varias veces por semana y pisa el gimnasio de la facultad. Pelirroja, la coleta alta medio deshecha por el partido, la faldita blanca muy corta y el polo ajustado húmedo en la espalda. Dejó el móvil en la taquilla abierta y se acercó despacio, cruzando los brazos, hasta detenerse justo enfrente de Lorena.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó, entre la curiosidad y la diversión.
Lorena levantó la vista un segundo y volvió a bajarla rápido.
—Nada, señorita Daniela… la señorita Bianca me pidió que le quitara las zapatillas.
—¿Y te arrodillaste así, sin más? —Daniela arqueó una ceja pelirroja.
Lorena no contestó. El rubor le volvió a subir por el cuello.
Daniela miró las zapatillas en el suelo, luego a Lorena, luego al pasillo por donde había desaparecido Bianca. Una sonrisa lenta empezó a dibujársele en la cara, no muy distinta a la de la otra chica minutos antes.
—Interesante —murmuró. Se acercó un paso más y bajó la voz, aunque el vestuario seguía vacío—. ¿Y si yo también quiero que me las quites?
No esperó respuesta. Se sentó en el borde del banco con naturalidad y extendió la pierna derecha hacia adelante con un movimiento fluido, apoyando el talón en el suelo, la zapatilla suspendida a unos centímetros de la cara de Lorena, la puntera apuntándole directamente.
—Vamos —dijo en voz baja, juguetona, con un filo que no dejaba lugar a dudas—. Quítamelas. Igual que le has quitado las suyas a Bianca.
No era una orden tan fría como la de Bianca; era una invitación cargada de curiosidad, como si probara un juguete nuevo para ver hasta dónde llegaba. Pero el tono tenía ese matiz de quien ya sabe que va a ser obedecida.
Y Lorena obedeció otra vez. Se arrodilló despacio, el suelo frío de nuevo contra las rodillas, y cogió con cuidado el talón de la zapatilla derecha. El cuero era más rígido que el de Bianca, pero igual de caliente por dentro. Tiró suavemente y salió con un sonido más seco, dejando al descubierto el interior acolchado y húmedo. El olor era distinto: más limpio, pero igual de real, sudor fresco y un toque dulce de crema. Repitió con la izquierda, los dedos temblorosos y torpes, hasta dejar los dos pies descalzos sobre las baldosas.
Daniela flexionó los dedos, observándola desde arriba con una mezcla de curiosidad y satisfacción. Sin previo aviso levantó el pie derecho y apoyó la planta directamente sobre la boca de Lorena, apretando los dedos sudados contra sus labios cerrados.
—Sácame la lengua —dijo, con la misma sonrisa juguetona—. Vamos a ver cuánto obedeces.
Lorena entreabrió los labios sin pensarlo. La planta caliente y salada le llenó la boca, los dedos de Daniela empujando entre sus dientes. Sacó la lengua y lamió, un lametón largo desde el talón hasta el hueco entre los dedos, y luego los chupó uno a uno como si fueran caramelos, saboreando la sal del sudor, el polvo fino de la pista, el gusto crudo de un pie que llevaba dos horas encerrado en cuero. Se le escapó un gemido ahogado y sintió las bragas empapadas pegadas a los labios del coño.
—Joder, mira cómo chupa —murmuró Daniela, ya sin risa, la voz un poco más ronca—. Está disfrutando. La muy guarra está disfrutando.
Le retiró el pie de la boca con un hilo de saliva colgando y le presentó el otro. Lorena repitió sin dudar, cerrando los ojos, tragando saliva mezclada con sudor, y por un segundo lo único que existió en el mundo fueron esos dedos pelirrojos empujándose contra su lengua.
—Eres buena obedeciendo, ¿eh? —comentó Daniela, retirando por fin el pie con un chasquido húmedo, quitándose el polo y la falda con una prisa práctica, sin teatro, hasta quedar en un conjunto de ropa interior blanco que le marcaba el coño depilado bajo la tela fina—. Mételas en mi taquilla, bien ordenadas. Y no te vayas todavía.
Lorena las guardó con el mismo cuidado que había usado con las de Bianca y se quedó junto al banco, sin saber muy bien qué hacer, la boca todavía con sabor a Daniela y el coño palpitándole como un tambor, mientras la pelirroja también desaparecía hacia las duchas.
***
Unos minutos después, el agua se cortó casi a la vez en las dos cabinas. Bianca salió primero, envuelta en una toalla blanca grande del club, el pelo rubio húmedo pegado a los hombros. Detrás venía Daniela, con otra toalla igual, el pelo pelirrojo más oscuro por el agua.
Bianca se acercó a su taquilla, se detuvo a medio camino, se giró hacia Lorena y la miró de frente. Con un gesto seco tiró de la toalla y la dejó caer al suelo, plantándose completamente desnuda delante de ella, las tetas pequeñas y firmes con los pezones rosados endurecidos por el aire fresco, el vientre plano marcado, el pubis rubio recortado en una franja fina que apuntaba directamente hacia el coño rosado y jugoso.
—Lorena, tráenos otras toallas, estas están empapadas. Y sécanos.
Lorena parpadeó, la boca entreabierta, los ojos clavados donde no debían.
—¿Se… secarlas, señorita Bianca?
—Sí. Sécanos. Empieza por mí. Y deja de mirarme el coño con esa cara de idiota, o al menos hazlo mientras trabajas.
Daniela soltó una risita baja, dejó caer también su toalla y se apoyó de lado en su taquilla, cruzando los brazos bajo el pecho, dejando a la vista dos tetas pequeñas y respingonas cubiertas de pecas y un pubis pelirrojo depilado casi al ras. No dijo nada, pero los ojos le brillaban de diversión. Lorena tragó saliva, fue al armario de suministros con pasos cortos y torpes —le costaba caminar con las bragas tan mojadas—, sacó dos toallas grandes de algodón y volvió. Le tendió una a Bianca, pero esta no la cogió: solo levantó un poco los brazos, abriendo el cuerpo, como dándole permiso para empezar.
Lorena extendió la toalla con manos temblorosas y empezó por los hombros, absorbiendo las gotas que resbalaban por la clavícula y los brazos. Bajó por los costados, por la cintura estrecha. El contacto era suave, casi reverente. Cuando llegó al pecho, dudó visiblemente: la toalla quedó suspendida un segundo en el aire.
—Con la mano —dijo Bianca de golpe, cortando el gesto—. Deja la toalla. Sécame las tetas con la mano.
Lorena dejó caer la toalla al banco y alzó las palmas temblorosas. Las apoyó en los dos pechos húmedos, sintiendo el peso pequeño y firme rellenando exactamente sus manos, los pezones duros clavándosele en el centro de la palma. Los frotó despacio, en círculos, absorbiendo el agua contra su propia piel, y sin querer los pulgares se le fueron a los pezones y los pellizcaron con torpeza.
—Uy, mira qué atrevida —susurró Bianca, sin apartarle las manos—. Sigue. Chúpamelos también, para asegurarnos de que están bien secos.
Lorena se inclinó y capturó un pezón entre los labios. Lo chupó, lo enroscó con la lengua, sintió cómo se endurecía todavía más en su boca, y notó cómo Bianca soltaba un suspiro corto por la nariz. Pasó al otro, con la misma devoción torpe, mientras las manos le bajaban solas por los costados hasta las caderas de la rubia.
—Ay, la putita se está soltando —comentó Daniela desde el banco, con una risa cachonda—. Ya no tiembla tanto.
Bianca la separó con un gesto suave pero firme.
—Abajo. Ponte de rodillas y séquenme las piernas. Empieza por los pies.
Lorena cayó de rodillas como si le hubieran cortado los tendones. Cogió la toalla y empezó por los tobillos delgados de Bianca, subiendo por las pantorrillas fibrosas, por los muslos duros de tenista. Cuando llegó al interior de los muslos, Bianca separó las piernas sin ninguna vergüenza, plantando los pies un palmo más abiertos, ofreciéndole el sexo abierto y todavía brillante de agua.
—Ahí también. Séquemelo bien. No quiero irme con el coño húmedo debajo del pantalón.
Lorena acercó la toalla temblorosa y la pasó por el pubis rubio, luego por los labios exteriores, cuidando de no apretar. Pero Bianca chasqueó la lengua.
—Con la boca, tonta. La toalla no va a llegar donde tiene que llegar.
El corazón le dio un vuelco. Levantó la vista. La rubia la miraba desde arriba con esa media sonrisa fría, una mano ya enredada en el moño flojo de Lorena, empujándola sin brusquedad pero sin margen hacia el coño abierto. Lorena entreabrió los labios y sacó la lengua. El primer contacto la electrizó: sabor a jabón, a agua tibia, y debajo, empezando a asomar, el gusto salado y cargado del coño mojado de Bianca. Lamió despacio, de abajo arriba, todo el largo de la vulva, recogiendo la humedad con la lengua plana.
—Así —jadeó Bianca, cerrando un poco los ojos—. Sécamelo bien. Con la lengua. Ahí, el clítoris. Chúpamelo.
Lorena buscó el clítoris rosado que asomaba entre los pliegues y lo envolvió con los labios. Lo chupó con hambre, con la lengua vibrándole encima, y sintió cómo la mano de Bianca se cerraba con más fuerza en su pelo, cómo las caderas de la rubia empezaban a mecerse contra su cara. El olor a coño limpio y excitado le llenaba las fosas nasales, la humedad le empapaba la barbilla, y ella lamía, chupaba, empujaba la lengua dentro y volvía al clítoris, hipnotizada.
—Mira la muy guarra —oyó a Daniela, más cerca de lo esperado—. Se le da bien. Mucho mejor de lo que debería para ser su primera vez.
—Sí que es su primera vez, ¿verdad, Lorena? —preguntó Bianca, tirándole del pelo hacia atrás para hacerla despegar la boca del coño. Un hilo de saliva y flujo colgaba entre los labios de Lorena y la vulva enrojecida de la rubia—. ¿Nunca habías comido un coño?
—N-no, señorita Bianca —jadeó Lorena, con la cara empapada, los labios brillantes.
—Pues has nacido para esto. Sigue.
La empujó otra vez contra su sexo y Lorena obedeció, esta vez con más hambre, metiéndole la lengua bien adentro, subiendo al clítoris y chupándolo con ruido. Sentía sus propias bragas literalmente chorreando; los muslos le resbalaban el uno contra el otro cuando se movía. Bianca se apoyó con una mano en el hombro de Daniela para mantener el equilibrio, empezó a follarle la cara sin disimulo, empujando las caderas contra la boca abierta de Lorena.
—Voy a correrme en tu boca de puta —siseó, la voz por primera vez descompuesta—. Trágatelo todo, no te atrevas a soltar ni una gota.
Lorena chupó más fuerte, la lengua enroscándose en el clítoris hinchado. Bianca soltó un gemido gutural, apretó el pelo hasta hacerle daño y se corrió contra su cara, las caderas convulsionándose, un chorro tibio y espeso inundándole la boca. Lorena tragó, tragó todo lo que pudo, notando el gusto fuerte y salado bajando por la garganta, mientras la rubia jadeaba encima de ella con los muslos temblando.
Cuando la soltó por fin, Lorena se echó hacia atrás, sentada sobre los talones, la cara brillante de flujo, los ojos vidriosos. El coño le palpitaba con tanta fuerza que le costaba respirar.
Bianca se dejó caer en el banco, abriendo las piernas otra vez, sin el menor pudor, y le señaló a Daniela con la barbilla.
—Ahora ella. Y esta vez pórtate bien, que Daniela es más quisquillosa.
Daniela ya se estaba plantando delante de ella, una mano en la cadera, la otra en el pubis pelirrojo depilado, abriéndose los labios del coño con dos dedos para mostrárselo brillante y rosado.
—Venga, guarra, no me hagas esperar. Mira lo mojada que estoy solo de verte.
Lorena se lanzó sin dudarlo. Le hundió la cara entre las piernas, chupando como si llevara años haciéndolo. Daniela sabía distinto: más ácido, más joven, con un toque casi dulce del jabón. Le lamió los labios interiores uno por uno, luego subió al clítoris y lo enroscó con la lengua, chupándolo con ruido húmedo.
—Ah, joder —jadeó Daniela, echando la cabeza atrás—. Sí, así, séjame los dientes también, no seas tímida.
Lorena mordisqueó suave, chupó fuerte, metió dos dedos temblorosos en el coño de Daniela mientras la lengua seguía enroscada en el clítoris. La pelirroja empezó a montarle la cara, follándole la boca con las caderas, apoyando las manos en la cabeza de Lorena para marcarle el ritmo.
—Métemela más, más profundo, joder, no tengas miedo, follame con los dedos —jadeaba, la voz ya sin nada de juguetona, ronca y agitada.
Lorena obedeció. Empujó tres dedos, curvándolos hacia arriba, mientras la lengua le vibraba encima del clítoris. Daniela gimió alto, un gemido casi de sorpresa, y en menos de un minuto se arqueaba, se le tensaban los muslos y se corría contra la cara de Lorena con un chorrito caliente que le mojó la barbilla y el cuello del polo.
—Joder… joder… joder… —jadeaba Daniela, temblando, apoyándose en el hombro de la rubia para no caerse.
Bianca soltó una risa baja y satisfecha desde el banco.
—Te lo dije. Es una máquina. Y ni siquiera lo sabía hasta hoy.
Lorena se quedó de rodillas, jadeando, la cara empapada, el coño propio latiéndole tan fuerte bajo la falda que temía correrse ella sola sin que nadie la tocara. Sin darse cuenta, la mano derecha se le había ido entre las piernas por encima del uniforme, apretándose contra el pubis a través de la tela.
Bianca lo vio. Le brillaron los ojos.
—Uy, mira. La empleada se está tocando. ¿Estás muy caliente, Lorena?
Lorena bajó la mirada, roja como un tomate, la mano paralizada.
—S-sí, señorita Bianca…
—Levántate. Bájate las bragas y súbete la falda. Enséñanos ese coño de sirvienta.
Lorena se levantó con las piernas de gelatina. Se subió la falda gris plisada hasta la cintura y bajó las bragas de algodón blanco, empapadas hasta el punto de que se le quedaron pegadas a los muslos y le costó despegarlas. Se quedó ahí, expuesta, el pubis moreno espeso, los muslos brillantes de flujo bajando hasta las rodillas.
—Mira cómo está —comentó Daniela, todavía recuperando el aliento—. Chorreando. Está literalmente chorreando.
—Súbete al banco —ordenó Bianca—. De rodillas, mirando el espejo. Y ábrete el coño con las manos. Quiero que te veas tú misma la cara de puta que se te está poniendo.
Lorena obedeció. Se subió al banco de madera, se puso a cuatro, y se giró hacia el espejo grande de la pared. En el reflejo se vio a sí misma: el uniforme del club revuelto, la falda arrugada en la cintura, el culo moreno y respingón al aire, el coño oscuro y espeso brillante entre los muslos abiertos. Detrás, Bianca desnuda de pie con esa media sonrisa de dueña, y Daniela ya rebuscando en su bolsa del gimnasio.
Se llevó las manos atrás, se abrió las nalgas primero, luego bajó los dedos y se abrió los labios del coño, mostrándose entera. El clítoris hinchado, la entrada rosada goteando flujo espeso.
Daniela sacó de la bolsa una raqueta pequeña, más corta que la de tenis —una raqueta de pádel— y se acercó por detrás. Le pasó el mango redondeado por el surco del culo, arriba y abajo, empapándolo en el flujo que le chorreaba.
—A ver si te aguanta esto —murmuró, y sin previo aviso le metió el mango en el coño de un empujón.
Lorena gritó, un grito ahogado que se le escapó de la garganta. El mango era grueso, duro, frío. La llenaba entera. Daniela empezó a follarla con él, bombeándoselo dentro con ritmo, sujetándole la cadera con la otra mano. El sonido del coño encharcado tragándose el mango, chac, chac, chac, chac, llenó el vestuario.
—Mírate en el espejo —le ordenó Bianca, cogiéndola del pelo y tirándole la cabeza hacia arriba—. Míratela, la cara. Mira cómo se te cae la baba mientras te follan con una raqueta de pádel. Esta es tu cara real, Lorena. La cara que tenías escondida detrás de las toallas.
Lorena se miró. Los ojos empañados, la boca abierta, los labios brillantes de flujo ajeno, un hilo de saliva colgándole. La cara de puta. La suya. Y en lugar de esconderse, gimió más alto.
—S-sí, señorita Bianca… soy una puta… soy su puta…
—Nuestra puta —corrigió Daniela, empujando el mango más adentro—. Di que eres nuestra puta.
—Soy vuestra puta… soy la puta de las señoritas…
—Buena chica —susurró Bianca, agachándose para meterle dos dedos en la boca abierta, hasta el fondo de la garganta—. Chúpame los dedos, guarra. Los mismos que tenías dentro hace un rato.
Lorena chupó los dedos con ansia, atragantándose un poco, la baba corriéndole por la barbilla, mientras Daniela le abría el coño con el mango de la raqueta. Bianca se sentó a horcajadas frente a ella en el banco, apoyó los pies a los lados y le empujó la cabeza contra su coño otra vez.
—Cómemelo mientras te follan. Sin parar. Si paras te echo del club.
Lorena se hundió en el coño rubio con desesperación. Lamía, chupaba, gemía contra los labios de Bianca mientras Daniela le taladraba el coño con la raqueta desde atrás. El vestuario se llenó de ruidos crudos: el chapoteo del mango entrando y saliendo, los gemidos ahogados de Lorena entre los muslos de Bianca, los jadeos de la rubia disfrutando de otra vuelta, la respiración pesada de Daniela.
—Me voy a correr otra vez —anunció Bianca, cerrando los muslos alrededor de la cara de Lorena—. Trágame todo, puta. Todo.
Y se corrió por segunda vez, esta con más rabia, apretándole la cara contra el coño hasta casi asfixiarla. Lorena tragaba, chupaba, gemía. Detrás, Daniela sacó de golpe la raqueta, le dio la vuelta —el mango goteaba flujo espeso—, y se la pasó por la boca a Lorena.
—Límpiala. Con la lengua.
Lorena, todavía atontada, sacó la lengua y lamió el mango de su propio flujo, saboreándose a sí misma, mientras Daniela le hundía dos dedos en el coño y le empezaba a frotar el clítoris con el pulgar de la otra mano.
—Y ahora córrete, guarra. Córrete para nosotras. Enséñanos cómo te corres.
Lorena no aguantó ni un minuto. Los dedos de Daniela dentro, el pulgar frotándole el clítoris hinchadísimo, el sabor de dos coños mezclado en su boca, la humillación de verse en el espejo con la falda subida y el uniforme empapado. Se corrió con un grito que le salió del fondo del pecho, el coño apretándose alrededor de los dedos de Daniela, las caderas convulsionándose, un chorro caliente que le bajó por los muslos hasta el banco.
—Ay, mira, la puta se corre chorreando —se rió Daniela, retirando los dedos y enseñándoselos empapados—. Chúpamelos.
Lorena chupó los dedos de Daniela con la misma ansia con la que había chupado los de Bianca, la lengua limpiando cada centímetro, tragando su propio flujo mezclado con la saliva de las otras dos.
Se quedó ahí, encima del banco, a cuatro, temblando de arriba abajo, la cara embadurnada, los muslos pegajosos, incapaz de moverse.
Bianca se levantó tranquilamente, cogió una toalla limpia y se secó la cara con un gesto lento y satisfecho.
—Buen trabajo —dijo, casual, mientras Daniela ya se estaba secando también—. Ahora limpia el suelo. Y el banco. Hay flujo por todas partes.
Se vistieron sin prisa —ropa interior, vaqueros, camisetas, zapatillas de calle—, sin volver a mirarla. Cuando terminaron, se echaron las bolsas al hombro y caminaron hacia la puerta. Bianca dejó pasar a Daniela primero y, justo antes de salir, giró apenas la cabeza hacia Lorena.
—Mañana a la misma hora. Y ponte bragas limpias, guarra.
La puerta se cerró con un clic suave.
***
Lorena se quedó sola en el vestuario silencioso. Solo el zumbido lejano de la climatización y, de vez en cuando, el gotear de alguna ducha mal cerrada. El suelo tenía pequeñas gotas dispersas, y el banco un charco brillante donde había estado su coño. Cogió el trapo del carrito y empezó a secar las baldosas, una por una, con movimientos lentos y mecánicos, las bragas todavía en el suelo, la falda pegada a los muslos por su propio flujo.
Cuando terminó, echó la llave a la puerta principal, comprobó el pestillo y se quedó un momento con la frente apoyada en la madera fría. Después volvió despacio adentro. Las luces principales ya estaban apagadas; solo quedaban las de emergencia y las pequeñas luces LED de los bancos y los espejos. El aire conservaba rastros: el gel cítrico de Bianca, el más floral y dulce de Daniela, el olor a coño y sudor y sexo, y, debajo de todo, persistente, el olor cálido de las zapatillas que habían estado en el suelo hacía menos de media hora.
Se sentó en el banco, justo donde Bianca había estado antes de la ducha, notando el charco pegajoso mojarle el culo desnudo bajo la falda. Las rodillas le dolían un poco de tanto suelo, pero no era un dolor malo. Era un recordatorio físico, tangible, de lo que había pasado.
Cerró los ojos y los pensamientos llegaron todos a la vez, como agua que se desborda.
¿Qué acabo de hacer? No. La pregunta real era más profunda, más cruda. ¿Por qué me ha gustado tanto?
Recordó el momento exacto en que Bianca salió de la ducha, desnuda y sin pudor. Solo caminó, y el mundo pareció ajustarse a su alrededor como si ella fuera el centro y todo lo demás tuviera que orbitarla. Y le había dicho que la secara. Y ella lo había hecho, y había acabado con la lengua metida en el coño de la rubia, tragándose su corrida como si fuera lo más natural del mundo. Y luego la de Daniela. Y luego la raqueta de pádel abriéndole el coño mientras se veía en el espejo. Cada vez que la escena volvía, sentía un latigazo entre las piernas, y sin darse cuenta se llevó dos dedos al coño otra vez, encontrándolo todavía hinchado, todavía chorreando.
Y ellas se habían reído. Bianca con esa risa seca, casi despectiva. Daniela con carcajadas más abiertas y juguetonas. Nuestra puta. Cada vez que repetía la frase mentalmente sentía un pinchazo de humillación y, al mismo tiempo, un escalofrío de placer. Porque era verdad. Se había sentido ridícula, torpe, expuesta, follada como un juguete. Y aun así había querido seguir. Quería que le dijeran qué hacer. Quería que se rieran de ella. Quería que la miraran así: pequeña, obediente, útil. Su puta.
¿Desde cuándo soy así?
Empezó a frotarse el clítoris despacio, ahí sentada en el charco del banco, la cabeza echada hacia atrás. Nunca le habían atraído las mujeres. Había tenido fantasías, sí, pero nunca algo tan visceral, tan inmediato, tan humillante y excitante a la vez. Daniela había sido distinta —más juguetona, menos fría—, pero también había disfrutado follándole el coño con el mango de la raqueta, también había separado las piernas un poco más de lo necesario. Aunque al final fue Bianca quien llevó la voz cantante, quien decidió cuándo empezar y cuándo parar, quien le había marcado la cara con su coño.
Se frotó más rápido, dos dedos metiéndose en el coño, el pulgar en el clítoris, imitando lo que Daniela le había hecho. Se corrió por segunda vez esa tarde, mordiéndose el labio, ella sola en el vestuario vacío, imaginándose las dos caras riéndose desde arriba.
Se levantó, recogió las toallas usadas, las que habían tocado sus cuerpos, y las dobló con un cuidado excesivo, como si fueran algo valioso. Cuando llegó a la que había usado con Bianca, la acercó un instante a la cara. No olía a ella —solo a algodón limpio y suavizante—, pero cerró los ojos igual e imaginó que sí. Luego se agachó, cogió las bragas empapadas del suelo, y en lugar de guardárselas en el bolsillo se las llevó a la nariz. Olían a ella, a coño excitado durante horas. Las guardó en el bolsillo del uniforme.
Apagó las luces de emergencia una por una. Antes de salir se detuvo frente al espejo grande y se miró: la cara colorada todavía, los ojos brillantes, los labios entreabiertos e hinchados de tanto chupar coño, un pequeño resto de flujo seco en la barbilla que se limpió con el dorso de la mano. Parecía distinta. Más viva. Más asustada. Más deseosa.
¿Qué me está pasando?
No tenía respuesta. Solo sabía que al día siguiente, cuando oyera los pasos de Bianca por el pasillo, su cuerpo reaccionaría antes que su mente. Y que probablemente volvería a arrodillarse. Sin que nadie se lo pidiera dos veces. Con bragas limpias, como le habían ordenado. Y con la boca lista.





