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Relatos Ardientes

El precio que pagó la abogada por salvar a su padre

Entró al despacho con ese traje gris marengo que le conocía de las audiencias, el mismo que se le ceñía en los hombros como si la tela quisiera contener algo que no le cabía dentro. A sus veintinueve años todavía conservaba esa cara de alumna aplicada, pero las ojeras y la mandíbula apretada la traicionaban: no había dormido, estaba furiosa y estaba aterrada. Justo como me gustaba verla.

La conocí en la facultad, cuando yo daba Derecho Procesal y ella se sentaba en la primera fila tomando apuntes que nunca necesitaba. Era imposible no fijarse en Mariana Sotelo. No solo por el cuerpo, sino por la forma en que respondía: rápida, segura, sin dejar resquicio. La deseé desde el primer parcial y nunca me dio el menor margen. Una década después, el azar la había puesto donde yo siempre quise tenerla. El futuro de su padre, y con él el de toda su familia, dependía de la firma que yo decidiera estampar.

El expediente lo tenía sobre la mesa desde hacía semanas. Una causa armada con pruebas frágiles, testigos que se contradecían, un fiscal con más ambición que oficio. Cualquier magistrado honesto la habría archivado en primera lectura. Yo la dejé madurar, audiencia tras audiencia, sabiendo que tarde o temprano ella vendría a sentarse del otro lado de este escritorio. Conocía a Mariana: jamás dejaría que su padre se pudriera en una celda sin agotar hasta el último recurso. Y el último recurso era yo.

La había visto litigar esa misma mañana, de pie ante el estrado, la voz firme, citando jurisprudencia de memoria sin que le temblara una sílaba. Esa mujer no se quebraba en público. Por eso me interesaba tanto la otra, la que aparecía cuando se cerraba la puerta y se quedaba sin auditorio: la que estaba a punto de descubrir hasta dónde era capaz de bajar.

Me recosté en el sillón con la toga abierta y la miré de arriba abajo, despacio, sin disimulo. Le dediqué la misma sonrisa lenta que usaba en la cátedra cuando la reprobaba por no quedarse a repasar conmigo. Funcionaba entonces y siguió funcionando.

—Siéntate —dije.

Obedeció de inmediato, rígida, las manos cruzadas en el regazo como si quisiera estrangularse a sí misma. Le solté la noticia sin rodeos.

—Tu padre sale mañana. Absolución confirmada en segunda instancia, todo archivado. Pero ya sabes lo que cuesta.

Tragó saliva. Asintió una sola vez. No hizo falta más. Me levanté, rodeé el escritorio y me planté frente a ella. Olía a miedo y a un perfume caro que ya no disimulaba nada.

—De rodillas. Ahora.

Vi cómo se le quebraba el gesto un segundo. Cerró los ojos. Imaginé que estaba viendo la foto de su padre en la celda, más flaco en cada visita. Cuando los abrió, se arrodilló despacio sobre la alfombra. Las rodillas le temblaban, pero no se quejó. Me desabroché el pantalón con toda la calma del mundo. Ya estaba duro desde que la vi cruzar la puerta. La saqué y se la acerqué a la cara.

—Abre la boca. Y no me hagas repetirlo.

Apretó los dientes un instante. Pensé que iba a escupirme, a insultarme, a intentar alguna estupidez. Pero no. Pensó en su padre y abrió. Empujé despacio al principio, disfrutando cómo se le abrían los labios alrededor de mí, cómo la lengua se aplastaba por puro instinto contra el tronco. Empecé a moverme, marcándole el ritmo con la mano en la nuca, hundiéndome en su boca con embestidas lentas y profundas.

—Así, despacio… como si te fuera la vida en ello.

Lo hacía bien, mecánica, con lágrimas resbalándole por las mejillas y un hilo de saliva colgándole de la barbilla. Odiaba cada segundo, se le notaba en los ojos cerrados con fuerza, en los puños apretados a los costados. Y eso me encendía todavía más. Gruñí, me tensé y me corrí sin avisar, llenándole la boca. Tragó por reflejo, tosiendo, conteniendo apenas una arcada.

—Buena chica.

Le acaricié la mejilla como a una mascota obediente.

—Ahora levántate y quítate todo menos los tacones.

***

Se puso de pie temblando. Se quitó la chaqueta, la blusa, el sostén. Los pechos quedaron libres, pesados, los pezones ya endurecidos a pesar de todo. Bajó la falda, las medias, la tanga. Quedó completamente desnuda, intentando cubrirse con los brazos cruzados. Patética y hermosa a la vez.

—Manos a los lados. Apóyate en el escritorio. Separa las piernas.

Obedeció. Se inclinó hacia adelante, las palmas abiertas sobre la madera, la espalda arqueada, las piernas separadas. El despacho estaba en silencio salvo por su respiración entrecortada y el zumbido lejano del aire acondicionado. Sobre la pared, los diplomas enmarcados y la balanza de bronce miraban la escena con la misma indiferencia con que yo la observaba a ella. Me tomé mi tiempo. Le pasé la palma por la espalda, sintiendo la piel erizada bajo los dedos, el leve temblor que recorría cada vértebra.

Me acerqué por detrás. Le abrí los labios con los dedos y sonreí al comprobarlo: estaba mojada, brillante, traicionándose a sí misma.

—Estás empapada —dije al oído—. Aunque lo niegues.

—No… no es por ti —susurró con la voz rota.

Me reí por lo bajo. Apoyé la punta y empujé de un solo movimiento hasta el fondo. Soltó un grito ahogado. Era estrecha, caliente, se cerraba alrededor de mí como si quisiera expulsarme y retenerme al mismo tiempo. Empecé a embestirla con fuerza, agarrándola de las caderas, disfrutando cada golpe contra sus nalgas, cada vez que los pechos se le bamboleaban hacia adelante. Lloraba en silencio, las lágrimas cayendo sobre los expedientes, pero el cuerpo empezó a responderle. Lo noté en la respiración, que se le aceleraba, y en las caderas, que empezaron a moverse apenas, buscándome.

—Dime que te gusta —gruñí, acelerando.

—No… me… gusta… —jadeó entre sollozos.

Mentía. Bajé una mano y le froté el clítoris sin contemplaciones. Se arqueó, se le escapó un gemido roto. Y entonces se corrió: fuerte, violento, apretándome dentro, temblando entera de los muslos a los hombros. La humillación la hizo acabar todavía más duro.

—Ahí está… ahora sí te gusta, ¿verdad?

Ya no lo negó. Solo jadeaba, la cabeza colgando, el pelo pegado a la cara sudada. La follé más fuerte, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí una y otra vez. Cuando no aguanté más, me corrí dentro, hasta sentir que se desbordaba. Ella volvió a estremecerse, un segundo orgasmo más pequeño, igual de derrotado.

Salí despacio.

—De rodillas otra vez. Límpiame, doctora Sotelo.

Cayó sin resistencia. Abrió la boca y me tomó entero, lamiendo el sabor mezclado de los dos. Chupó despacio, tragando todo, ya sin arcadas, ya sin lágrimas. Rendida del todo.

Cuando terminó, le acaricié el pelo.

—Mañana a las nueve. Y ven sin ropa interior… porque vas a salir sin ella de todos modos.

***

Se vistió en silencio, con movimientos rígidos, mientras yo me acomodaba la toga como si nada hubiera pasado. La vi recoger la tanga del suelo y guardarla en el bolso con dedos torpes. Se pasó el dorso de la mano por la mejilla para borrar los restos de las lágrimas, se acomodó el cuello de la blusa, recompuso a la abogada que minutos antes había hablado ante el estrado sin que le temblara la voz. La máscara volvió a su sitio con una facilidad que me resultó casi tierna. Pero los ojos seguían vidriosos, y las manos no terminaban de obedecerle.

No me miró ni una vez. En la puerta se detuvo un segundo, la mano en el picaporte, como buscando palabras que no llegaron. Las dejé morir. No hacían falta.

Cuando salió, abrí la laptop y miré las cámaras del pasillo. La vi apoyarse contra la pared de mármol, el pecho hinchándose al respirar hondo, una mano sobre el estómago. Se quedó así un buen rato, recomponiéndose, antes de caminar hacia el ascensor con las piernas todavía flojas.

Firmé la resolución esa misma tarde. Cumplí mi parte: su padre dormiría en su cama al día siguiente, libre de toda causa, sin enterarse jamás del precio. Esa era la elegancia del trato. Ella cargaría sola con el secreto, y el secreto la ataría a mí mucho más que cualquier amenaza.

Porque la conozco. Sé leerla mejor de lo que ella se lee a sí misma, igual que en aquellas clases en las que adivinaba la respuesta antes de que levantara la mano. Y sé que mañana a las nueve en punto volverá a llamar a esta puerta. No solo por su padre, que ya estará libre y a salvo. Volverá porque una parte de ella —la que más se odia esta noche— ya no puede dejar de pensar en lo que sintió hoy, inclinada sobre mi escritorio, corriéndose contra su voluntad mientras juraba que no le gustaba.

Y esa parte siempre gana.

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Comentarios (5)

EduardoFdez

excelente!!! Se hizo muy corto, quiero mas

SilviaMV

Por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de saber como termina todo esto...

MaxBuenos_07

La premisa esta muy bien planteada. El personaje de la abogada engancha desde el principio, se siente real.

LectorNoche88

Me gusto mucho la manera en que construye la tension sin apurarse. Eso es lo que diferencia un buen relato de uno del monton. Sigue publicando!

GabrielBsAs

increible como transmite esa mezcla de sensaciones desde el primer parrafo, tremendo

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