La única vez que mi amo me ató de verdad
Hay una escena que vuelve a mí cada vez que necesito sentirme pequeña otra vez. La recuerdo en los momentos más oscuros, cuando el cuerpo me pide ser doblegado, cuando quiero revivir esa mezcla exacta de miedo y deseo. Es la única vez que él me ató de verdad. La única vez que cumplió, al pie de la letra, lo que tantas noches me había prometido al oído sin que yo le creyera.
Yo lo había pedido. No una, sino muchas veces, en esos ratos de confesiones a media voz en los que una dice cosas que después no se atreve a sostener a la luz del día. Le había contado mi fantasía con detalle: las cuerdas, la indefensión, su falta de piedad. Él la había imaginado conmigo mientras hablábamos, lo notaba en su respiración. Pero una cosa es desearlo en susurros y otra muy distinta verlo suceder.
Esa tarde lo presentí desde temprano. Lo noté en la forma en que me miró durante la cena, sin decir casi nada, midiéndome, como quien guarda un secreto que va a soltar más tarde. Recogí los platos con las manos un poco temblorosas, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Cuando me dijo, sin levantar la voz, que me fuera al cuarto y me desnudara, supe que esa noche era distinta. Que esa noche tocaba.
Subí despacio. Me quité la ropa con una mezcla de obediencia y vértigo, doblándola con un cuidado innecesario, como para retrasar el momento. Me senté al borde de la cama a esperarlo, desnuda, con la piel erizada por el aire y por la anticipación. Escuché cómo abría el cajón donde guardaba las cuerdas, ese sonido seco de la madera, y sentí que el estómago se me encogía.
Cuando asumía el rol, él era severo, firme, duro. Y se ponía bien duro, también, lo siento, sigamos. Pero después de cada encuentro volvía a ser dulce, suave, casi romántico. Por eso dudaba tanto de que algún día me tomara la palabra de esa forma tan literal, tan cruda. Hasta que llegó ese día. Vaya día.
Dejó las cuerdas un poco flojas, lo justo para darme un rango de movimiento mínimo, suficiente para forcejear y darme cuenta de que el forcejeo no servía de nada. Me ató boca abajo sobre la cama, abierta como una estrella. Las piernas separadas, los tobillos sujetos a las esquinas, las manos inútiles a cada costado. Me quedé un momento ensimismada, midiendo la presión de la soga contra mi piel, comprobando con pequeños tirones que no había escapatoria.
Sus pasos llegaron suaves y certeros hasta ponerse frente a mí. No dijo nada. El silencio fue lo primero que me erizó.
Cuando levanté la mirada, su erección ya estaba completa frente a mi cara. Normalmente tardaba en ponerse así de duro dentro de mi boca, pero esa noche llegó listo, hinchado, brillante, antes siquiera de rozarme los labios. Estaba tan excitado como yo, aunque él sabía esconderlo mejor. Abrí la boca, saqué la lengua, dispuesta, y sentí el calor de su miembro acercándose centímetro a centímetro hasta el fondo de mi garganta.
Empujó con fuerza. Una vez, y otra, y otra más, sin medir mi resistencia. Atada como estaba no podía hacerle ninguna señal, no podía avisarle si me faltaba el aire, si necesitaba una bocanada para seguir. Me ardía la cara, los ojos se me llenaban de lágrimas y se ponían rojos, y eso lo deleitaba. Yo solo pensaba en aprovechar los segundos en que se retiraba para robar un poco de aire.
—Imagínate cómo lo vas a sentir en el culo dentro de un rato —dijo con la voz ronca—. Igual de fuerte. Sin piedad.
Su voz iba preparando el terreno, tensándome, llenándome de miedo y de lujuria a partes iguales. No tengo control sobre nada de lo que va a pasar. Y sin embargo, mientras lo pensaba, sentía mi propia humedad rendida una vez más entre las piernas, delatándome.
Una bofetada seca puso fin a mi falta de aire. Respiré agitada, nerviosa, un par de veces. Él se desplazó con calma alrededor de la cama, dejándome sentir su mano en cada parte de mi cuerpo desnudo, marcando su territorio. Solía jugar primero: las nalgas, los muslos, la espalda, despertarme despacio antes de hacer nada. Esa vez fue distinto.
Sus manos me separaron las nalgas con fuerza, tensando la piel de toda la zona, abriéndome sin pedir permiso. El gesto me puso en alerta. Sabía que él lo notaba, que saboreaba mi miedo, mis muslos endurecidos, todo mi cuerpo en guardia.
Se tomó su tiempo. Pasó la yema de los dedos por la parte baja de mi espalda, bajó hasta el inicio de las nalgas y volvió a subir, dibujando círculos lentos que contrastaban con lo que sabía que venía. Era su forma de jugar con el contraste, de hacerme bajar la guardia justo antes de quebrarla. Cada caricia me decía «todavía no», y cada «todavía no» me ponía más nerviosa que cualquier golpe.
Sentí el calor de su cuerpo acomodándose entre mis piernas abiertas. Su respiración se había vuelto más densa, más audible. Apoyó una mano abierta en el centro de mi espalda, empujándome contra el colchón, recordándome con ese solo gesto quién mandaba ahí. Yo tragué saliva y cerré los ojos.
El glande recorrió mi clítoris, se humedeció en mis labios y siguió subiendo, firme, sin titubear, hasta la entrada de mi ano. Cerrado, tenso, listo para librar una batalla que ya tenía perdida. Empezó a presionar mi anillo apretado, todavía en silencio, un silencio certero que me recorrió la espalda como un escalofrío. La presión fue creciendo y un dolor agudo, profundo, me nubló el pensamiento. Intenté escapar por instinto.
Sentí los primeros zarpazos del dolor, y junto a ellos la humillación de no poder hacer absolutamente nada. El dolor se agrandaba, me atravesaba. Le rogué que parara, que no entrara, que al menos me diera tiempo a adaptarme.
—Por favor, espera, déjame respirar —supliqué.
No esperó. Sentía como si un hierro caliente siguiera abriéndose paso dentro de mí. Él me sujetaba firme; su peso, su fuerza, me dominaban por completo. Me desesperé y empecé a forcejear, una lucha inútil contra las cuerdas, mientras él seguía hundiéndose sin prisa. A cada empuje, el dolor y la tensión iban en aumento.
Grité. Le grité pidiendo piedad. Mi mente recordaba vagamente sus palabras de aquellas noches: lo estaba cumpliendo todo, cada paso, al pie de la letra, mientras yo pataleaba restringida sobre el colchón. Levanté la cara y busqué su mirada en el espejo del armario, buscando a mi amo en él.
Ahí estaba su cuerpo, sí, pero su mirada era otra: concentrada, intensa, oscura, decidida a sostener cada promesa. Esa media sonrisa suya que, según el momento, me parecía sexy o ligeramente macabra, estaba plantada en su cara. Esa noche era macabra. Y entonces, por dentro, algo cedió.
Cuando entendí que suplicar no servía de nada, me rendí de verdad. Solté todos los músculos, dejé de pelear, relajé el ano. Y en cuanto empecé a respirar hondo y a soltar quejidos de dolor en lugar de gritos, él empezó a moverse con una fuerza cada vez más voraz dentro de mí, con lascivia, con una pizca de crueldad, buscando más dolor, más intensidad. Fue ahí cuando mis gemidos empezaron a mezclarse con los quejidos, sin que yo supiera ya dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Y se detuvo. Justo cuando sentía lo empapada que estaba, cuando el dolor empezaba a tener forma de placer, se detuvo en seco.
—Ofrécete para tu amo —ordenó—. Y no pierdas la posición.
Obedecí, como una buena perra. Como pude, con las cuerdas dándome apenas el margen necesario, me acomodé en cuatro patas. La cintura completamente quebrada, el cuerpo otra vez en tensión. Muslos, brazos, caderas, todo apretado por el esfuerzo de sostener la postura que él me exigía. Y cuando volvió a entrar, entendí del todo la orden: no era solo aguantar, era entregarme.
***
Sentí de nuevo la presión, todo el dolor regresando de golpe, palpitando dentro de mí. Otra vez sodomizada, obediente, sumisa, ofreciéndome en lugar de resistirme. Me miré en el espejo porque él lo exigió, porque quería que yo me viera. Y me vi: montada como una yegua, como un animal salvaje al que estaba domando, al que estaba enseñando a respetar, a comportarse, a aguantar.
Una perra recibiendo su lección. Todo lo mío le pertenece a mi amo. Mi dolor, mi placer, mis ganas, todo.
Fue en ese momento, viéndome reflejada con la cara descompuesta y el cuerpo entregado, cuando entendí que ahí no había lugar para la dignidad. No valía nada. Yo solo era útil como lo que él había hecho de mí esa noche: una perra que presenta su obediencia, su cuerpo y su sumisión al deseo de su dueño.
Y aun así, anhelaba algo. Anhelaba que, al quedar satisfecho, mi amo me premiara. Con su semen, primero. Y después con esas pocas palabras que me llegaban hasta el tuétano cada vez que las decía, las que justifican toda la entrega, todo el dolor, toda la humillación.
Empujó más fuerte, sujetándome de las caderas, clavándome contra él. Yo ya no peleaba; me movía con su ritmo, devolviéndole cada embestida, buscándolo. El dolor seguía ahí, pero ya no era un enemigo: era el peaje exacto que yo había pedido pagar, el precio de sentirme suya por completo.
—Buena chica —murmuró, y solo eso bastó para que el cuerpo entero se me sacudiera.
Cuando por fin lo sentí terminar, caliente, hundido hasta el fondo, dejé caer la cara contra el colchón con un suspiro largo. Las cuerdas seguían tensas, mi cuerpo seguía abierto, pero ya no había miedo. Solo esa calma extraña, densa, que llega después de entregarlo todo.
—Eres una buena perra —dijo él, deshaciendo el primer nudo con una suavidad que contrastaba con todo lo anterior.
Y esas palabras, exactamente esas, son las que todavía me acompañan en los momentos más calientes y oscuros, cuando vuelvo a desear sentirme así de doblegada. Cuando cierro los ojos y regreso, una vez más, a la única noche en que mi amo cumplió, al pie de la letra, todo lo que le había pedido.