Le bastó una palabra para doblegarme esa noche
La conexión había sido brutal desde el primer mensaje. Semanas enteras hablando a través de una pantalla, descubriendo que aquel hombre parecía leerme por dentro, anticipar lo que yo callaba. Y aun así, mientras esperaba en la barra de aquel bar de la calle Mendoza, solo podía pensar en una cosa.
¿Y si en persona no le gusto y se pierde toda la magia?
Lo vi entrar antes de que él me viera a mí. Reconocí su forma de caminar, sin prisa, como si el lugar entero le perteneciera. Mi piel, siempre tan tímida, dijo que sí mucho antes que yo. Y cuando sus ojos me encontraron, supe que también le gustaba lo que veía.
Llevaba toda la tarde ensayando frente al espejo cómo iba a comportarme. Distante, controlada, una mujer que no se entrega en la primera cita. Había elegido el vestido con cuidado, me había repetido mil veces que no iba a dejar que se me notara cuánto lo deseaba. Y bastó verlo cruzar el umbral para que todo ese plan se deshiciera como azúcar en agua caliente.
Se sentó en el taburete contiguo y el calor de su cuerpo me llegó antes que su perfume. No dijo nada durante unos segundos. Solo me observó, con esa calma suya que ya conocía de las llamadas, y yo sentí que me desnudaba sin tocarme.
—¿Qué vas a tomar? —preguntó, apoyando un codo en la barra, demasiado cerca.
—Hummm —tragué saliva, nerviosa—. Creo que un poco de caramelo.
Se me escapó una risa torpe. Era una tontería, una de esas bromas privadas que habíamos construido en los mensajes. Pero él no se rió. Sonrió de medio lado, como si acabara de confirmar algo, y esa sonrisa me erizó la nuca.
Me puse de pie sin pensarlo y él me besó. No fue un beso de saludo. Me comió la boca allí mismo, con la gente alrededor, una mano cerrándose en mi cintura como si yo le perteneciera desde siempre. Estaba nerviosa, temblaba, y aun así mis bragas empezaron a humedecerse de inmediato.
Quise llevármelo a casa en ese instante. Pero él tenía otros planes.
—Siéntate —dijo en voz baja—. Vamos a tomar algo primero.
Y obedecí. Me senté frente a él, con un café que ni siquiera había pedido, las manos me picaban de las ganas de tocarlo. Mi instinto entero gritaba que me lanzara encima, y sin embargo me contuve. Siempre me había contenido. Toda mi vida había sido eso: una mujer que aprieta los dientes y guarda lo que arde dentro.
Pero esa noche algo se estaba abriendo paso.
***
Su boca volvió a la mía entre frase y frase, y yo ya no podía esconder lo que quería. Ese instinto animal me subía por la garganta. Él jugaba conmigo a su antojo, deteniéndose justo cuando yo más lo necesitaba, dejándome con la respiración entrecortada.
—Mírate —murmuró, lo bastante alto para que una pareja de la mesa de al lado girara la cabeza—. No puedes ni quedarte quieta.
Me ardió la cara. Había miradas sobre nosotros, era imposible no notar las ganas que desprendíamos. Junté las piernas bajo la mesa y noté la humedad entre los muslos. Algo en su voz me activaba por completo. O quizá no era la voz. Quizá era su sola presencia, esa forma de mirarme que conseguía que yo agachara la cabeza, que quisiera servirle.
Y eso me llenaba como llevaba esperando demasiado tiempo.
Pensé en todas las relaciones anteriores, en los hombres que me habían pedido que tomara la iniciativa, que decidiera, que llevara las riendas. Y en cómo, cada vez, una parte de mí se apagaba un poco más. Con él era al revés. Cuanto menos control tenía, más viva me sentía. Era una verdad que llevaba años evitando mirar de frente.
Había algo dentro de mí que llevaba años encerrado, una parte que se me escapaba de entre las manos sin que me diera cuenta. Una parte que, en el fondo, deseaba escapar de verdad.
—Vámonos —dije, y mi propia voz me sonó ajena.
Él dejó unos billetes sobre la mesa, sin apuro, y me tendió la mano.
***
Del café del bar pasamos a su departamento, y del recibidor a la cama, devorándonos. Mi cadera se movía sola, con voluntad propia. Estaba restregando mi sexo contra su muslo, que se había colado entre mis piernas, y fue un comentario suyo lo que me sacó de la neblina.
—Qué desesperada estás.
Me avergoncé. Nunca había hecho algo así, nunca me había frotado contra nadie como un animal en celo. Pero había una niebla espesa cubriéndolo todo, como cuando una bestia tiene hambre y solo ve la presa, nada más, nada alrededor. Desnudos sobre las sábanas, solo podía pensar en una cosa.
—Necesito más caramelo —susurré.
Esa era la palabra. La que habíamos acordado entre tantos mensajes. La que significaba más, la que decía sin decirlo que quería que no parara, que fuera más lejos.
Bajé hasta tenerlo en la boca. Sus manos se cerraron en mi cabeza y empezó a usarla a su ritmo, sin pedir permiso. Hubo arcadas, se me saltaron las lágrimas, y aun así ese instinto animal se me escapó de las manos y tomó el control. La niebla volvió, más densa. Solo quería más. Más. Suplicaba con la mirada.
—Por favor —alcancé a decir cuando me dejó respirar.
Me costaba reconocerme. Esa noche yo estaba desconocida hasta para mí misma. Pero me daba igual. Lo necesitaba y se lo rogué, dejando claro lo que era en ese momento: una mujer hambrienta, una mujer que necesitaba sentirlo por todas partes. Le habría entregado cualquier cosa, porque todo se sentía jodidamente bien.
Cada orden suya encontraba en mí una obediencia que yo no sabía que tenía. No me reconocía y, al mismo tiempo, nunca me había sentido tan yo. Como si toda mi vida hubiera sido un disfraz y solo ahora, desnuda y rendida, apareciera la mujer de verdad.
Su mano subió hasta mi cuello.
—Quieta —ordenó.
Y apretó. No fuerte, lo justo. Notar cómo cerraba los dedos me hizo perder la cordura, y mientras lo hacía me hablaba, en voz baja, palabras que se me clavaban dentro. Mi sexo se mojó todavía más, si es que eso era posible.
***
Cuando por fin lo sentí entrar, fue devastador. Me mordía el cuerpo y yo lo lamía, lo llenaba de mordiscos, marcándolo igual que él me marcaba. Me dio una bofetada en la cara, suave la primera, más firme la segunda, y mi sexo solo palpitó con más fuerza. Me escupió y palpité de nuevo.
El monstruo que siempre había tenido tras una puerta cerrada estaba ya medio fuera de la habitación.
Lo había alimentado en silencio durante años, a oscuras, en fantasías que jamás había confesado a nadie. En la timidez con que pedía perdón por desear. En las noches en que me tocaba imaginando exactamente esto y luego me avergonzaba al amanecer. Y ahora ese monstruo respiraba al aire libre por primera vez, y descubría que no daba miedo. Que era, simplemente, yo.
Él me sonrió, y esa sonrisa decía algo que entendí sin palabras: esto es lo que necesitas, y aunque luches, ya no hay vuelta atrás.
—Dilo —exigió.
—Caramelo —obedecí.
Seguía en la niebla. Entre gemidos de puro placer notaba cómo me llenaba, cómo me tomaba como yo había suplicado que me tomaran, como sentía que merecía. Todo lo que decía me calaba hasta el hueso. Se sentía bien. Era lo que había querido siempre, sin atreverme a nombrarlo. Me leía las necesidades demasiado bien, mejor que cualquiera antes que él.
—Córrete —dijo.
Una parte de mí se rió por dentro al escucharlo. Era imposible, así no funcionaba mi cuerpo, nadie me hacía acabar a la orden. Pero mi sexo palpitó al ritmo de su voz, seguí esa voz como si fuera lo único real, y se lo di.
Una vez. Y otra. Y otra más, hasta perder la cuenta.
No lo entendía. Era imposible y aun así estaba ocurriendo. Solo podía ser testigo de cómo su voz me atravesaba. Porque él no le hablaba a la mujer tímida que se contenía en los bares. Le hablaba a ese monstruo que ahora se dejaba ver, con la cabeza gacha y una sonrisa. Ese era el que le daba lo que pedía. El que apagaba mis pensamientos, uno a uno.
Era víctima de él y de mí misma a la vez.
***
Después quedamos enredados sobre las sábanas revueltas, sudados, mi respiración todavía rota contra su pecho. Él me acariciaba el pelo, despacio, como si los últimos minutos no hubieran existido, como si no acabara de partirme en dos.
—¿Estás bien? —preguntó, y por primera vez su voz era suave de verdad.
Asentí contra su piel. No me salían las palabras. Una parte de mí seguía buscando el camino de vuelta, intentando recomponer a la mujer que había entrado en aquel bar hacía apenas unas horas. Pero esa mujer ya no estaba sola ahí dentro.
Me rindo, pensé. No del todo todavía. Pero me rindo.
Él me levantó la barbilla con dos dedos, obligándome a mirarlo.
—La próxima vez —dijo— no vas a contenerte ni en el bar.
No era una pregunta. Y yo, que había pasado la vida entera guardándolo todo tras una puerta, supe que iba a abrirla de par en par.
—Caramelo —respondí.
Y él sonrió, porque ya sabía lo que esa palabra significaba.