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Relatos Ardientes

El precio del alquiler se paga con el trasero

Regento una pensión para mujeres en un caserón gris que heredé de mi tía, una mujer austera que murió cuando yo tenía veintipocos años y me dejó dinero de sobra. Odiaba la casa tal como me llegó: enorme, húmeda, sombría. Así que tiré tabiques, abrí las habitaciones sofocantes hasta convertirlas en otras más amplias, lo pinté todo de blanco y empecé a recibir huéspedes.

Cuando decidí abrir la pensión quise que fuera solo para mujeres. Pensé que sería más sencillo que enredarlo todo con la presencia de hombres. Me equivoqué. Mantener el orden en una casa «solo de mujeres» resultó mucho más difícil de lo previsto. Pueden ser increíblemente desordenadas, y conseguir que recojan la cocina o sus cosas del salón es una tarea interminable, por más horarios que cuelgue y por más amenazas que reparta.

Sin embargo, después de un par de años en esto, descubrí por pura casualidad una forma muy poco habitual y enormemente eficaz de manejar a mi rebaño rebelde.

Todo empezó con Mariana Duarte.

Mariana es una de esas mujeres de primera: alta, morena, de piernas largas, piel aceitunada, con cara, cuerpo y aire de modelo. Daba igual la hora o lo que llevara puesto —una de sus prendas carísimas o unos simples vaqueros—, siempre estaba espléndida, para fastidio de varias de las otras. También era una arpía: altiva, arrogante, encerrada en su mundo, rara vez se dignaba a bajar al «nivel» de las demás. Cuando nos honraba con su presencia, casi siempre estallaba alguna riña de gatas por culpa de su lengua afilada. Las otras la odiaron en cuestión de días.

A pesar de toda esa soberbia, se mostró curiosamente vulnerable el día que vino a pedirme una habitación. Le costaba conseguir trabajo, había tenido que dejar su apartamento, y mi casa vieja y respetable era el único sitio decente que podía permitirse. Al verla plantada en mi puerta con un vestido rojo ceñido que se le pegaba a las curvas como una segunda piel, me pregunté qué efecto tendría su llegada sobre las demás. Le alquilé un cuarto aunque no traía buenas referencias ni ingresos fijos. Así, rompiendo mi primera regla del negocio, dejé que ella y sus diez baúles de ropa cruzaran la puerta del número 7. No tenía ni idea del espectáculo que armaría en mi dominio tranquilo.

—Es una bruja, Renata —me dijo Lina sin rodeos.

Lina era una de mis huéspedes favoritas: dulce, siempre llena de energía y buen humor, salvo cuando salía a colación Mariana. Tomábamos té helado en el porche viejo.

—¿Sabes que me miró por encima del hombro esta mañana? Odio a las mujeres así, tan perfectas. Apuesto a que hasta hace el amor sin despeinarse, sin que se le corra el maquillaje.

—Estás celosa —observé.

—¡Ni hablar! —saltó, aunque yo sabía que sí—. Es que no lo soporto. No tiene un solo defecto, y eso lo detesto.

Lina no era Mariana Duarte, pero no le hacía falta. Su figura baja y voluptuosa resultaba muy atractiva; en muchos sentidos, más que la de Mariana, porque tenía una personalidad cálida y una sonrisa que iluminaba. El único problema de Lina, como pronto descubriría, eran esos celos ardientes que podían volverse crueles sin esfuerzo.

—No va a tratarme como basura, Renata. No se lo pienso permitir.

—Oye, te estás alterando demasiado con esto —le dije.

No me gustaba la veta rencorosa que asomaba en mi huésped preferida. Pero mi atención se desvió pronto hacia la señorita Duarte.

***

Después de apenas un mes, Mariana se atrasó con el alquiler. Lo temía. Pensé que una charla amable, un poco de comprensión por mi parte, quizá algunas sugerencias para ordenar sus finanzas, bastarían para arreglarlo. Pero cuando subí a su cuarto una noche a tratar el asunto, se plantó en la puerta visiblemente molesta por la intromisión. Debía de estar haciendo ejercicio: pantalón corto holgado, top recortado, el pelo hecho un desastre, sudada. Y aun así, deslumbrante.

—¿Qué quieres? —soltó con rudeza al abrir.

—Llevas veinte días de retraso, Mariana —dije con calma—. Creo que tenemos que hablar.

—Sí, voy retrasada —afirmó, como si esa fuera toda la explicación necesaria.

—Por eso estoy aquí. ¿Cuándo crees que lo tendrás?

—No lo tengo. Se supone que cobro un trabajo a fin de semana. Aunque suelen pagarme dos semanas después.

—Eso serían treinta días de retraso. Tengo por norma no permitir tanto.

—No creo que tengas opción. No puedes echarme —habló con una naturalidad casi aburrida—. Conozco mis derechos.

Intentó cerrar la puerta. La detuve y me abrí paso. Aquello iba a exigir algo más de firmeza.

—El contrato que firmaste me da derecho a echarte si no pagas en treinta días. No quiero hacerlo. Pero si no puedes pagar y no llegamos a un acuerdo, lo haré.

—No te atreverías.

—No sé nada de ti, querida. Llevas unas semanas aquí y traías pésimas referencias. Conseguiste el cuarto por tu cara bonita, nada más.

Casi se ablandó un instante. Después volvió a su mirada gélida. Me horrorizó su descaro y se me agotaron las ganas de ser amable.

—¿Por qué te comportas como una arpía? —le pregunté.

La pillé desprevenida, pero no contestó. Respiré hondo. Tenía una forma de despertar en mí pasiones que no sabía de dónde salían. Y de pronto, con una claridad deliciosa, supe exactamente qué iba a decir.

—Te doy dos semanas. Paga lo atrasado y el mes que viene a tiempo, y todo bien entre nosotras. Pero si me faltas, aunque sea un solo céntimo, me lo cobraré con tu carne.

—¿Qué significa eso? —los ojos se le abrieron como los de un gato asustado.

—Que si quieres quedarte, pagarás el precio con ese trasero perfecto que tienes.

La miré con tal severidad que se encogió. Antes de que pudiera articular palabra, giré sobre mis talones y salí. Qué triunfo más exquisito. Salí exultante, de un modo oscuro y poco decoroso, saboreando por anticipado lo que estaba por venir.

***

Dos semanas más tarde dejó un mensaje en mi contestador. Puntual, eso se lo reconozco. Valiente, no tanto.

—Te dejo en tu casillero el alquiler del mes pasado, pero todavía me faltan dos semanas para el de este. Espero que estés satisfecha.

¿Satisfecha? Ni de lejos. Mi determinación no había hecho más que crecer. Cuando subí a verla, sobre las siete de la tarde, abrió con la suficiencia de costumbre.

—Creí haberte dicho por teléfono todo lo que necesitabas saber.

—¿Olvidaste nuestra conversación? Fui muy clara.

Me miró un momento como si no tuviera ni idea de qué le hablaba. Después recordó.

—¿Dijiste algo de cobrarte de otra forma?

—Exactamente. Te avisé de que, si no lo tenías todo para hoy, hacías las maletas o me cobraba con tu culo.

Abrió los ojos de par en par, horrorizada. Allí de pie, con un pantalón corto de ciclista negro y una sudadera roja descolorida a la que ella misma le había cortado el escote para que le cayera por los hombros, seguía siendo arrebatadora.

—¿Me dejas pasar? —no era una pregunta.

Se apartó, en estado de shock. Me senté en el sofá de mimbre y examiné la habitación, decorada con gusto pero abarrotada de ropa y lencería.

—No vine a jugar, Mariana. Es un intercambio sencillo. Ven aquí y bájate el pantalón.

Me miró espantada.

—No lo pienses. Enséñame el trasero. Necesitas un castigo.

—¿Me vas a azotar?

—Hasta que lo tengas bien rojo y te duela tanto que se te caigan las lágrimas.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. La mirada se le suavizó y se le formaron lágrimas. Estaba más dócil de lo que la había visto nunca. En el fondo sospeché que Mariana necesitaba, quizá incluso deseaba, esa disciplina. Dudó un segundo —¿se rebelaría?— y al final obedeció. La observé bajarse el pantalón hasta que cayó al suelo. Desde ese momento fue mía, toda mía.

—Sobre mis rodillas.

Llevaba apenas un tanga fino y transparente. Sus nalgas eran redondas, carnosas, temblorosas. Cuando se tumbó sobre mi regazo, el calor de su entrepierna me quemaba los muslos. Empecé con unas palmadas tentativas y enseguida, tomando impulso, le solté un golpe firme y alegre que arrancó su primer grito.

—¡Dios mío, esto duele!

—Claro que sí.

No se retorcía tanto como parecía hundirse contra mi cuerpo. Las palmadas se sucedían, una tras otra. Mi mano no quería parar; disfrutaba viendo cómo la piel color oliva pasaba del rosa al rojo encendido.

—¡Para, por favor! —jadeó.

—Silencio.

—¿Pagarás el alquiler a tiempo, señorita Duarte? —pregunté, marcando cada palabra con un golpe sonoro.

—¡Sí, Renata!

—¿Y se acabaron los desplantes?

—Sí, Renata. ¡Ay!

Le di unas cuantas palmadas finales y se desplomó sobre mi regazo, exhausta. La puse de pie con suavidad. Temblaba.

—Ve al espejo. Te conviene verte el trasero castigado.

Se acercó al espejo de cuerpo entero y evaluó el daño, frotándose las nalgas encendidas.

—Resultas mucho más agradable así, Mariana, mucho más suave de lo que te he visto jamás —dije, y era verdad: con la soberbia momentáneamente apagada, era hermosa de otra manera—. Y recuerda: la próxima vez, si la hay, y espero que no, buscaré algo más castigador que mi mano. Y tendrás público. Tu corrección es demasiado agradable como para no compartirla.

—¡No te atreverías! —exclamó, recuperando de golpe el filo amenazante.

Sonreí, me levanté del encantador sofá de mimbre y salí sin mirar atrás.

***

—Tendrías que haberla visto —le conté a Lina—. Sin toda esa fanfarronería, era un encanto. Solo hay que saber dominarla.

—¿Me dejas darle yo una zurra hasta que se le ponga rosado el culo? —preguntó, sin disimular la emoción.

—Ese es mi trabajo —le recordé—. Pero cuidado, señorita, o tendré que azotarte a ti también.

No me tomó en serio. Yo sí lo decía en serio. Roto el hielo, no tendría reparos en poner sobre mis rodillas a cualquier otra huésped si su conducta lo justificaba.

Durante unas semanas la vida en la pensión fue plácida. La calma antes de la tormenta. Poco a poco, las pullas y los desaires venenosos volvieron a copar cada cena entre Mariana y Lina. Cuando la guerra de gatas se volvió insoportable, las convoqué a las dos en mi despacho.

—Os comportáis como crías. Así que escuchad lo que va a pasar: si oigo a una gritarle a la otra, o a quien sea, la traigo aquí delante de la otra y le caliento el trasero hasta que le duela de verdad. ¿Queda claro?

Ambas me miraron con un respeto nuevo.

—Y a la segunda falta, reúno a toda la casa para que lo vea.

—No tienes derecho a eso, Renata —protestó Mariana.

—¿Ah, no? Cumples mis reglas y mis castigos, o a la calle. Y las dos sabemos los pocos sitios que te aceptarían con tu historial.

Ese era su miedo particular: acabar en una pensión barata, con «esa otra clase de gente», como ella decía. No tuvo nada que responder.

***

El alto el fuego duró poco. Unas semanas después, Mariana me contó que había perdido varias cosas: una bufanda rosa, un frasco de perfume Belladona, su mejor cepillo del pelo. No le di importancia, hasta que la noche siguiente vi en el tocador de Lina ese mismo frasco, demasiado caro para su bolsillo, y en su bolso entreabierto asomaba el inconfundible pañuelo rosa que tantas veces le había visto a Mariana. Mis peores sospechas se confirmaron. Solo necesitaba el momento oportuno para matar dos pájaros de un tiro.

Llegaba fin de mes y, como suponía, Mariana volvía a retrasarse; me evitaba, no bajaba a cenar, cambiaba de dirección en cuanto me veía. La llamé por teléfono.

—Soy Renata, querida. Vas atrasada otra vez. ¿Cuándo me pagas?

—Me temo que tendré que negociar contigo —respondió, dulce, conciliadora—. Ando corta de nuevo.

—Estaré en tu cuarto en quince minutos a recoger el pago.

Después llamé a Lina. No sé si fue entusiasmo o pura venganza lo que la trajo a mi puerta en cuestión de minutos.

—Sígueme la corriente, querida. Con lo que sientes por Mariana, esta noche te espera un regalo.

Mariana nos abrió con una expresión resignada que se quebró en cuanto vio a Lina a mi lado.

—¡Dios mío, ella no!

—No es tu decisión, Mariana. Siéntate.

Tomé la silla de mimbre; Lina se acomodó en un banco bajo, con cara de ir a disfrutar del espectáculo.

—Antes de empezar, necesito saber algo. Pudiste evitar esto y no lo hiciste. ¿Por qué?

Me clavó los ojos. Algo cruel los recorría. Carraspeó, respiró hondo, irguió la cabeza en un último gesto de orgullo desesperado.

—Solo puedo decir que... que lo necesito.

—¿Que lo necesitas?

—Sí —dijo, casi a la defensiva—. Ya sé que soy difícil. Mi padre me azotaba de niña. Eres la única que lo ha hecho desde entonces, y hasta que te provoqué no me di cuenta de que soy mucho mejor persona cuando, de vez en cuando, alguien me pone en mi sitio.

Una confesión más fuerte de lo que esperaba.

—Aprecio tu sinceridad. Y, dicho eso, creo que deberías pedir tu castigo.

—No, no puedo —se quejó.

—Quiero oírte pedirlo.

Tras un largo silencio, su soberbia pareció derretirse.

—Por favor, Renata, necesito que me castigues.

—Otra vez —ordené—. Mirando a Lina.

Roja de humillación frente a su enemiga, lo repitió. Le ordené arrastrar el banco al centro de la habitación y colocar un par de almohadas en un extremo para dejar el trasero bien expuesto. Obedeció con una docilidad asombrosa.

—Pásame el bolso, Lina. Traje algo especial.

Saqué una correa de cuero suave, de cinco centímetros de ancho y casi medio metro de largo. La expresión de Mariana se descompuso. Le quité el pantalón de ciclista y la camiseta, y quedó frente a mí desnuda salvo por unas diminutas bragas rosas. La tumbé sobre el banco y le até muñecas y tobillos a las patas con varios pañuelos, lo justo para que entendiera que, por el momento, era mía. Le envolví la boca con el último.

—No queremos que toda la casa nos oiga, ¿verdad?

Negó con la cabeza. Con las piernas abiertas al ancho de la madera, el trasero quedaba ofrecido, un blanco impecable. La correa cortó el aire y aterrizó con un chasquido en el centro de sus nalgas firmes. Su grito, amortiguado por la tela, fue inconfundible. De nuevo silbó el cuero, dejando una franja roja donde antes la piel era pálida.

Golpe tras golpe, la carne se estremecía y Mariana se retorcía contra sus ataduras, aunque sin la fuerza suficiente para soltarse; podría haberse liberado si de verdad lo hubiera intentado, y no lo intentó. Lo necesitaba. Lina observaba embelesada cómo el trasero se encendía. Cuando noté que llegaba al límite de su aguante —porque esto era castigo, no crueldad— bajé la intensidad hasta terminar.

La desaté. Se desplomó sobre las almohadas, sudada, con el trasero todavía ardiendo. La levanté con cuidado y le puse encima una bata de seda.

—Tranquila. Ya pagaste tu precio.

Nunca la había visto tan suave.

—Gracias, Renata —murmuró, mirándome con los ojos llenos de sentimiento—. Y espero que no pares. Necesito esto.

La respeté más de lo que jamás habría imaginado.

—Y ahora, Lina —dije, volviéndome hacia mi amiga, que sonreía satisfecha—, es tu turno.

—¿Qué? —me miró horrorizada.

Saqué del bolso el cepillo, el frasco de Belladona y el pañuelo rosa que había recuperado del cuarto de Lina durante el día.

—¿Reconoces esto, Mariana?

—Son mías. Desaparecieron hace días.

Lina empezaba a sonrojarse.

—No puedo creer que hicieras esto. Nos debes una explicación.

—Yo... las dejó en el baño —tartamudeó—. Supongo que solo quería vengarme.

—La venganza no funciona, al menos no bajo mi techo.

—¡Por favor, no lo volveré a hacer! —temblaba.

Para mi sorpresa, en la cara de Mariana no había triunfo, sino casi compasión: sabía exactamente lo que le esperaba a Lina.

—Quítate el vestido y súbete al banco. Mariana, haz tú los honores con los pañuelos.

Lina dejó caer el vestido al suelo y se tendió, desnuda y radiante de vergüenza, sobre el banco. Mariana le ató los tobillos y las muñecas a las patas con una delicadeza notable. Empecé con la mano: su trasero redondo, una montaña de carne blanca y rosada, era mucho más amplio que el de Mariana. Le di una palmada en cada nalga, y otra, y otra. Debí de soltarle dos docenas antes de detenerme.

—¡Por favor, Renata, para! —suplicaba sin cesar, pero le quedaba mucho.

Continué con otra ronda furiosa, su trasero rebotando sobre los cojines, hasta dejarlo rojo de arriba abajo. Entonces tomé la correa.

—¿Robarás algo otra vez, Lina?

—¡No, señora!

—¿Y se acabaron las venganzas contra Mariana o contra quien sea?

—¡No, señora! —era más un lamento que una respuesta.

¡Zas! El último golpe fue contundente. Me alegré de haber terminado; por mucho que supiera que el castigo era justo, me dolía verla llorar.

—Ayúdala a levantarse, Mariana.

Con la misma delicadeza con que la había atado, Mariana desató a Lina y la ayudó a incorporarse, incluso le tendió el vestido para cubrirse. Las miré a las dos en la misma habitación, sin mirarse con odio por primera vez en meses.

—Ahora pasad un rato juntas. —Le di un frasco de loción a Mariana—. Conoceos un poco mejor, para que no haya más teatro. Y basta de arrogancia.

Ninguna se atrevió a contestar. Al salir al pasillo, casi pude oír a mis otras huéspedes escabullirse como ratones. Me había asegurado a propósito de que oyeran el tormento de Lina; no quería que se perdieran lo que podía pasarles a ellas si se portaban mal. Le sonreí a una jovencita que intentaba cruzarse conmigo, dócil y un poco avergonzada. Imaginé que pronto habría más traseros traviesos que poner colorados.

En las semanas siguientes, la cocina relucía, la casa estaba impecable y desaparecieron las discusiones de sobremesa. Un arreglo de lo más satisfactorio. Y me sentí orgullosa de haber dado, por casualidad, con esta manera inigualable de mantener mi pensión en orden.

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Comentarios (4)

Valdez_GBA

tremendo relato, de los mejores que lei aca en mucho tiempo

ElCarlos_84

segunda parte por favor!! quede con ganas de mas

LectoraNocturna

Me encanto la dinamica de poder, se siente muy real sin ser burdo. Bien logrado

Pablin_88

jaja la situacion del alquiler me mato, muy original la idea. Sigue subiendo!

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