Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El precio del alquiler se paga con el trasero

Regento una pensión para mujeres en un caserón gris que heredé de mi tía, una mujer austera que murió cuando yo tenía veintipocos años y me dejó dinero de sobra. Odiaba la casa tal como me llegó: enorme, húmeda, sombría. Así que tiré tabiques, abrí las habitaciones sofocantes hasta convertirlas en otras más amplias, lo pinté todo de blanco y empecé a recibir huéspedes.

Cuando decidí abrir la pensión quise que fuera solo para mujeres. Pensé que sería más sencillo que enredarlo todo con la presencia de hombres. Me equivoqué. Mantener el orden en una casa «solo de mujeres» resultó mucho más difícil de lo previsto. Pueden ser increíblemente desordenadas, y conseguir que recojan la cocina o sus cosas del salón es una tarea interminable, por más horarios que cuelgue y por más amenazas que reparta.

Sin embargo, después de un par de años en esto, descubrí por pura casualidad una forma muy poco habitual y enormemente eficaz de manejar a mi rebaño rebelde.

Todo empezó con Mariana Duarte.

Mariana es una de esas mujeres de primera: alta, morena, de piernas largas, piel aceitunada, con cara, cuerpo y aire de modelo. Daba igual la hora o lo que llevara puesto —una de sus prendas carísimas o unos simples vaqueros—, siempre estaba espléndida, para fastidio de varias de las otras. También era una arpía: altiva, arrogante, encerrada en su mundo, rara vez se dignaba a bajar al «nivel» de las demás. Cuando nos honraba con su presencia, casi siempre estallaba alguna riña de gatas por culpa de su lengua afilada. Las otras la odiaron en cuestión de días.

A pesar de toda esa soberbia, se mostró curiosamente vulnerable el día que vino a pedirme una habitación. Le costaba conseguir trabajo, había tenido que dejar su apartamento, y mi casa vieja y respetable era el único sitio decente que podía permitirse. Al verla plantada en mi puerta con un vestido rojo ceñido que se le pegaba a las curvas como una segunda piel, marcándole las tetas turgentes y el culo redondo de yegua fina, se me humedecieron las bragas sin permiso. Me pregunté qué efecto tendría su llegada sobre las demás, y qué efecto tendría sobre mí. Le alquilé un cuarto aunque no traía buenas referencias ni ingresos fijos. Así, rompiendo mi primera regla del negocio, dejé que ella y sus diez baúles de ropa cruzaran la puerta del número 7. No tenía ni idea del espectáculo que armaría en mi dominio tranquilo.

—Es una bruja, Renata —me dijo Lina sin rodeos.

Lina era una de mis huéspedes favoritas: dulce, siempre llena de energía y buen humor, salvo cuando salía a colación Mariana. Tomábamos té helado en el porche viejo.

—¿Sabes que me miró por encima del hombro esta mañana? Odio a las mujeres así, tan perfectas. Apuesto a que hasta folla sin despeinarse, sin que se le corra el maquillaje, con la polla del tipo entrando y saliendo de ese coño perfecto suyo mientras ella pone cara de estatua.

—Estás celosa —observé.

—¡Ni hablar! —saltó, aunque yo sabía que sí—. Es que no lo soporto. No tiene un solo defecto, y eso lo detesto.

Lina no era Mariana Duarte, pero no le hacía falta. Su figura baja y voluptuosa resultaba muy atractiva; tetas grandes que le desbordaban el escote, caderas anchas, un culo generoso que se le movía al andar. En muchos sentidos, más excitante que la de Mariana, porque tenía una personalidad cálida y una sonrisa que iluminaba. El único problema de Lina, como pronto descubriría, eran esos celos ardientes que podían volverse crueles sin esfuerzo.

—No va a tratarme como basura, Renata. No se lo pienso permitir.

—Oye, te estás alterando demasiado con esto —le dije.

No me gustaba la veta rencorosa que asomaba en mi huésped preferida. Pero mi atención se desvió pronto hacia la señorita Duarte.

***

Después de apenas un mes, Mariana se atrasó con el alquiler. Lo temía. Pensé que una charla amable, un poco de comprensión por mi parte, quizá algunas sugerencias para ordenar sus finanzas, bastarían para arreglarlo. Pero cuando subí a su cuarto una noche a tratar el asunto, se plantó en la puerta visiblemente molesta por la intromisión. Debía de estar haciendo ejercicio: pantalón corto holgado, top recortado, el pelo hecho un desastre, sudada. Los pezones marcados contra la tela fina, sin sujetador. Y aun así, deslumbrante.

—¿Qué quieres? —soltó con rudeza al abrir.

—Llevas veinte días de retraso, Mariana —dije con calma—. Creo que tenemos que hablar.

—Sí, voy retrasada —afirmó, como si esa fuera toda la explicación necesaria.

—Por eso estoy aquí. ¿Cuándo crees que lo tendrás?

—No lo tengo. Se supone que cobro un trabajo a fin de semana. Aunque suelen pagarme dos semanas después.

—Eso serían treinta días de retraso. Tengo por norma no permitir tanto.

—No creo que tengas opción. No puedes echarme —habló con una naturalidad casi aburrida—. Conozco mis derechos.

Intentó cerrar la puerta. La detuve y me abrí paso. Aquello iba a exigir algo más de firmeza.

—El contrato que firmaste me da derecho a echarte si no pagas en treinta días. No quiero hacerlo. Pero si no puedes pagar y no llegamos a un acuerdo, lo haré.

—No te atreverías.

—No sé nada de ti, querida. Llevas unas semanas aquí y traías pésimas referencias. Conseguiste el cuarto por tu cara bonita, nada más.

Casi se ablandó un instante. Después volvió a su mirada gélida. Me horrorizó su descaro y se me agotaron las ganas de ser amable.

—¿Por qué te comportas como una arpía? —le pregunté.

La pillé desprevenida, pero no contestó. Respiré hondo. Tenía una forma de despertar en mí pasiones que no sabía de dónde salían. Y de pronto, con una claridad deliciosa, supe exactamente qué iba a decir.

—Te doy dos semanas. Paga lo atrasado y el mes que viene a tiempo, y todo bien entre nosotras. Pero si me faltas, aunque sea un solo céntimo, me lo cobraré con tu carne.

—¿Qué significa eso? —los ojos se le abrieron como los de un gato asustado.

—Que si quieres quedarte, pagarás el precio con ese culo perfecto que tienes.

La miré con tal severidad que se encogió. Antes de que pudiera articular palabra, giré sobre mis talones y salí. Qué triunfo más exquisito. Salí exultante, de un modo oscuro y poco decoroso, saboreando por anticipado lo que estaba por venir. Esa noche me metí en la cama con las bragas empapadas y me hice dedos pensando en el culo aceitunado de Mariana enrojeciéndose bajo mi mano.

***

Dos semanas más tarde dejó un mensaje en mi contestador. Puntual, eso se lo reconozco. Valiente, no tanto.

—Te dejo en tu casillero el alquiler del mes pasado, pero todavía me faltan dos semanas para el de este. Espero que estés satisfecha.

¿Satisfecha? Ni de lejos. Mi determinación no había hecho más que crecer. Cuando subí a verla, sobre las siete de la tarde, abrió con la suficiencia de costumbre.

—Creí haberte dicho por teléfono todo lo que necesitabas saber.

—¿Olvidaste nuestra conversación? Fui muy clara.

Me miró un momento como si no tuviera ni idea de qué le hablaba. Después recordó.

—¿Dijiste algo de cobrarte de otra forma?

—Exactamente. Te avisé de que, si no lo tenías todo para hoy, hacías las maletas o me cobraba con tu culo.

Abrió los ojos de par en par, horrorizada. Allí de pie, con un pantalón corto de ciclista negro que le marcaba el coño como si estuviera desnuda y una sudadera roja descolorida a la que ella misma le había cortado el escote para que le cayera por los hombros, seguía siendo arrebatadora.

—¿Me dejas pasar? —no era una pregunta.

Se apartó, en estado de shock. Me senté en el sofá de mimbre y examiné la habitación, decorada con gusto pero abarrotada de ropa y lencería.

—No vine a jugar, Mariana. Es un intercambio sencillo. Ven aquí y bájate el pantalón.

Me miró espantada.

—No lo pienses. Enséñame el culo. Necesitas un castigo.

—¿Me vas a azotar?

—Hasta que lo tengas bien rojo y te duela tanto que se te caigan las lágrimas.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. La mirada se le suavizó y se le formaron lágrimas. Estaba más dócil de lo que la había visto nunca. En el fondo sospeché que Mariana necesitaba, quizá incluso deseaba, esa disciplina. Dudó un segundo —¿se rebelaría?— y al final obedeció. La observé bajarse el pantalón hasta que cayó al suelo. Desde ese momento fue mía, toda mía.

—Sobre mis rodillas.

Llevaba apenas un tanga fino y transparente que se le hundía entre las nalgas y dejaba ver los labios hinchados del coño, depilado impecable, con un vello mínimo y oscuro justo encima. Sus nalgas eran redondas, carnosas, temblorosas. Cuando se tumbó sobre mi regazo, el calor de su entrepierna me quemaba los muslos, y noté enseguida la humedad de ella empapando la tela del tanga y filtrándose contra mi pierna. La muy zorra se estaba mojando, aunque su boca dijera otra cosa.

Empecé con unas palmadas tentativas y enseguida, tomando impulso, le solté un golpe firme y alegre que arrancó su primer grito.

—¡Dios mío, esto duele!

—Claro que sí.

No se retorcía tanto como parecía hundirse contra mi cuerpo, restregando el coño hinchado contra mi muslo cada vez que caía la mano. Las palmadas se sucedían, una tras otra. Mi mano no quería parar; disfrutaba viendo cómo la piel color oliva pasaba del rosa al rojo encendido, y disfrutaba todavía más notando cómo el chorro caliente de su excitación me mojaba la falda.

—¡Para, por favor! —jadeó, aunque abría más las piernas cada vez, ofreciendo sin querer el coño.

—Silencio.

Bajé la mano entre sus muslos, aparté a un lado el tanga empapado y le metí dos dedos sin previo aviso. Estaba tan mojada que entraron enteros de un solo empujón, hasta los nudillos. Mariana soltó un gemido largo, ahogado, muy distinto de los gritos de antes.

—Mírate —le dije, moviendo los dedos dentro con calma, sintiendo cómo sus paredes se cerraban golosas alrededor—. Estás chorreando, zorra. Te encanta que te castigue.

—No... no...

—No mientas. —Saqué los dedos brillantes y se los pasé por los labios—. Chúpalos. Pruébate.

Obedeció, con la cara ardiendo de vergüenza, mamándome los dedos como si fueran una polla, envolviéndolos con la lengua. Se los dejé un rato dentro de la boca mientras con la otra mano seguía castigándole las nalgas. Cuando le saqué los dedos, hilos de saliva le colgaban del labio.

—¿Pagarás el alquiler a tiempo, señorita Duarte? —pregunté, marcando cada palabra con un golpe sonoro.

—¡Sí, Renata!

—¿Y se acabaron los desplantes?

—Sí, Renata. ¡Ay!

Volví a colar la mano entre sus piernas y esta vez le busqué el clítoris. Lo tenía hinchado, resbaladizo, sobresaliendo como un pequeño pezón entre los pliegues. Empecé a frotárselo en círculos lentos mientras seguía dándole palmadas con la otra mano. La combinación la volvió loca: gemía, se retorcía, se le movían las caderas buscando más fricción.

—Por... por favor... —jadeaba, ya sin saber si suplicaba que parase o que siguiera.

—¿Vas a correrte encima de mí, cerdita? —le susurré—. ¿Vas a correrte mientras te caliento el culo?

—No... sí... por favor...

Le apreté el clítoris entre dos dedos, se lo pellizqué, se lo froté rápido, y le solté una palmada durísima al mismo tiempo. Mariana estalló. Todo el cuerpo se le sacudió sobre mi regazo, los muslos apretándose contra mi mano, el coño empapándome entera mientras se corría a gritos ahogados contra la tela de mi falda. Estuvo temblando así un rato largo, con espasmos que le recorrían la espalda y las nalgas ardientes.

Le di unas cuantas palmadas finales, más suaves ya, y se desplomó sobre mi regazo, exhausta. La puse de pie con suavidad. Temblaba, con el tanga colgando de un tobillo y las piernas brillantes de flujo hasta las rodillas.

—Ve al espejo. Te conviene verte el culo castigado.

Se acercó al espejo de cuerpo entero y evaluó el daño, frotándose las nalgas encendidas y ocultando con la otra mano el coño hinchado del que todavía goteaba.

—Resultas mucho más agradable así, Mariana, mucho más suave de lo que te he visto jamás —dije, y era verdad: con la soberbia momentáneamente apagada, era hermosa de otra manera—. Y recuerda: la próxima vez, si la hay, y espero que no, buscaré algo más castigador que mi mano. Y tendrás público. Tu corrección es demasiado agradable como para no compartirla.

—¡No te atreverías! —exclamó, recuperando de golpe el filo amenazante.

Sonreí, me chupé los dedos que todavía sabían a su coño, me levanté del encantador sofá de mimbre y salí sin mirar atrás.

***

—Tendrías que haberla visto —le conté a Lina—. Sin toda esa fanfarronería, era un encanto. Solo hay que saber dominarla. Se corrió como una perra en celo mientras la azotaba, chorreándome la falda entera.

Lina abrió mucho los ojos.

—¿Me estás diciendo que la muy zorra se corrió con la zurra?

—Como no has visto en tu vida.

—¿Me dejas darle yo una zurra hasta que se le ponga rosado el culo? —preguntó, sin disimular la emoción, y noté que se le marcaban los pezones bajo la blusa.

—Ese es mi trabajo —le recordé—. Pero cuidado, señorita, o tendré que azotarte a ti también.

No me tomó en serio. Yo sí lo decía en serio. Roto el hielo, no tendría reparos en poner sobre mis rodillas a cualquier otra huésped si su conducta lo justificaba.

Durante unas semanas la vida en la pensión fue plácida. La calma antes de la tormenta. Poco a poco, las pullas y los desaires venenosos volvieron a copar cada cena entre Mariana y Lina. Cuando la guerra de gatas se volvió insoportable, las convoqué a las dos en mi despacho.

—Os comportáis como crías. Así que escuchad lo que va a pasar: si oigo a una gritarle a la otra, o a quien sea, la traigo aquí delante de la otra y le caliento el culo hasta que le duela de verdad. ¿Queda claro?

Ambas me miraron con un respeto nuevo.

—Y a la segunda falta, reúno a toda la casa para que lo vea.

—No tienes derecho a eso, Renata —protestó Mariana.

—¿Ah, no? Cumples mis reglas y mis castigos, o a la calle. Y las dos sabemos los pocos sitios que te aceptarían con tu historial.

Ese era su miedo particular: acabar en una pensión barata, con «esa otra clase de gente», como ella decía. No tuvo nada que responder.

***

El alto el fuego duró poco. Unas semanas después, Mariana me contó que había perdido varias cosas: una bufanda rosa, un frasco de perfume Belladona, su mejor cepillo del pelo. No le di importancia, hasta que la noche siguiente vi en el tocador de Lina ese mismo frasco, demasiado caro para su bolsillo, y en su bolso entreabierto asomaba el inconfundible pañuelo rosa que tantas veces le había visto a Mariana. Mis peores sospechas se confirmaron. Solo necesitaba el momento oportuno para matar dos pájaros de un tiro.

Llegaba fin de mes y, como suponía, Mariana volvía a retrasarse; me evitaba, no bajaba a cenar, cambiaba de dirección en cuanto me veía. La llamé por teléfono.

—Soy Renata, querida. Vas atrasada otra vez. ¿Cuándo me pagas?

—Me temo que tendré que negociar contigo —respondió, dulce, conciliadora—. Ando corta de nuevo.

—Estaré en tu cuarto en quince minutos a recoger el pago.

Después llamé a Lina. No sé si fue entusiasmo o pura venganza lo que la trajo a mi puerta en cuestión de minutos.

—Sígueme la corriente, querida. Con lo que sientes por Mariana, esta noche te espera un regalo.

Mariana nos abrió con una expresión resignada que se quebró en cuanto vio a Lina a mi lado.

—¡Dios mío, ella no!

—No es tu decisión, Mariana. Siéntate.

Tomé la silla de mimbre; Lina se acomodó en un banco bajo, con cara de ir a disfrutar del espectáculo.

—Antes de empezar, necesito saber algo. Pudiste evitar esto y no lo hiciste. ¿Por qué?

Me clavó los ojos. Algo cruel los recorría. Carraspeó, respiró hondo, irguió la cabeza en un último gesto de orgullo desesperado.

—Solo puedo decir que... que lo necesito.

—¿Que lo necesitas?

—Sí —dijo, casi a la defensiva—. Ya sé que soy difícil. Mi padre me azotaba de niña. Eres la única que lo ha hecho desde entonces, y hasta que te provoqué no me di cuenta de que soy mucho mejor persona cuando, de vez en cuando, alguien me pone en mi sitio. Y... —bajó la voz— ...la última vez me hiciste correr como nunca en la vida. Llevo semanas metiéndome los dedos por las noches pensando en aquello.

Una confesión más fuerte de lo que esperaba.

—Aprecio tu sinceridad. Y, dicho eso, creo que deberías pedir tu castigo.

—No, no puedo —se quejó.

—Quiero oírte pedirlo.

Tras un largo silencio, su soberbia pareció derretirse.

—Por favor, Renata, necesito que me castigues.

—Otra vez —ordené—. Mirando a Lina.

Roja de humillación frente a su enemiga, lo repitió. Le ordené arrastrar el banco al centro de la habitación y colocar un par de almohadas en un extremo para dejar el trasero bien expuesto. Obedeció con una docilidad asombrosa.

—Pásame el bolso, Lina. Traje algo especial.

Saqué una correa de cuero suave, de cinco centímetros de ancho y casi medio metro de largo. La expresión de Mariana se descompuso. Le quité el pantalón de ciclista y la camiseta, y quedó frente a mí desnuda salvo por unas diminutas bragas rosas. Le desabroché también las bragas de un tirón: el coño quedó al aire, ya brillante de humedad. Lina soltó un jadeo audible al ver la carne desnuda de su enemiga.

La tumbé sobre el banco y le até muñecas y tobillos a las patas con varios pañuelos, lo justo para que entendiera que, por el momento, era mía. Le envolví la boca con el último.

—No queremos que toda la casa nos oiga, ¿verdad?

Negó con la cabeza. Con las piernas abiertas al ancho de la madera, el culo quedaba ofrecido, un blanco impecable, y entre los muslos se le veía el coño hinchado y goteante, y el ojete oscuro apretado sobre él. La correa cortó el aire y aterrizó con un chasquido en el centro de sus nalgas firmes. Su grito, amortiguado por la tela, fue inconfundible. De nuevo silbó el cuero, dejando una franja roja donde antes la piel era pálida.

Golpe tras golpe, la carne se estremecía y Mariana se retorcía contra sus ataduras, aunque sin la fuerza suficiente para soltarse; podría haberse liberado si de verdad lo hubiera intentado, y no lo intentó. Lo necesitaba. Lina observaba embelesada cómo el culo se encendía, y noté que se metía la mano bajo el vestido y empezaba a tocarse sin disimulo.

—Mira cómo chorrea —le dije a Lina, señalando con la punta de la correa el coño abierto de Mariana, del que caían hilos brillantes hasta las almohadas—. La zorra se está corriendo solo con la correa.

Dejé la correa y me arrodillé detrás del banco. Le abrí las nalgas ardientes con las dos manos —Mariana pegó un respingo al notar mi contacto sobre la piel castigada— y le hundí la cara entre los muslos. La lamí con toda la boca, chupándole los labios hinchados, metiéndole la lengua entera dentro del coño. Sabía a sal, a hembra en celo, a puro deseo reprimido. Mariana gritó dentro de la mordaza, y las caderas se le movieron solas buscando mi lengua.

Subí un poco la lengua y le pasé la punta por el ojete apretado. Otro grito ahogado, más agudo. Volví al coño, se lo chupé sin piedad, atrapándole el clítoris entre los labios y mamándolo hasta que la sentí temblar. Con dos dedos le busqué el punto de dentro, ese lugar rugoso que a las mujeres las pone locas, y se lo froté sin descanso mientras seguía chupándole el clítoris. Mariana explotó. Se corrió a chorros contra mi boca, empapándome la barbilla, con el cuerpo entero convulsionándose sobre el banco, las nalgas ardientes contrayéndose bajo mis manos. Sacudida tras sacudida, mientras yo le seguía lamiendo todo, tragándome lo que podía.

Cuando por fin se quedó quieta, jadeando, tomé la correa otra vez y le solté tres golpes más, secos, definitivos. Cuando noté que llegaba al límite de su aguante —porque esto era castigo, no crueldad— bajé la intensidad hasta terminar.

La desaté. Se desplomó sobre las almohadas, sudada, con el culo todavía ardiendo y el coño hinchado, colorado, todavía palpitando. La levanté con cuidado y le puse encima una bata de seda.

—Tranquila. Ya pagaste tu precio.

Nunca la había visto tan suave.

—Gracias, Renata —murmuró, mirándome con los ojos llenos de sentimiento—. Y espero que no pares. Necesito esto.

La respeté más de lo que jamás habría imaginado.

—Y ahora, Lina —dije, volviéndome hacia mi amiga, que sonreía satisfecha con la mano todavía entre las piernas—, es tu turno.

—¿Qué? —me miró horrorizada, sacando la mano de golpe.

Saqué del bolso el cepillo, el frasco de Belladona y el pañuelo rosa que había recuperado del cuarto de Lina durante el día.

—¿Reconoces esto, Mariana?

—Son mías. Desaparecieron hace días.

Lina empezaba a sonrojarse.

—No puedo creer que hicieras esto. Nos debes una explicación.

—Yo... las dejó en el baño —tartamudeó—. Supongo que solo quería vengarme.

—La venganza no funciona, al menos no bajo mi techo.

—¡Por favor, no lo volveré a hacer! —temblaba.

Para mi sorpresa, en la cara de Mariana no había triunfo, sino casi compasión: sabía exactamente lo que le esperaba a Lina.

—Quítate el vestido y súbete al banco. Mariana, haz tú los honores con los pañuelos.

Lina dejó caer el vestido al suelo y se quedó en un sujetador negro que apenas le contenía las tetas enormes y unas bragas del mismo color, que le desaparecían entre las nalgas anchas. Le hice una seña y se desabrochó el sujetador; los pechos cayeron pesados, con pezones grandes y oscuros ya duros como piedras. Se bajó las bragas y se tendió, desnuda y radiante de vergüenza, sobre el banco. Su culo, mucho más generoso que el de Mariana, se ofrecía como dos lunas blancas, y entre ellas se le veía el coño peludo, oscuro, apretado.

Mariana le ató los tobillos y las muñecas a las patas con una delicadeza notable. Con el culo levantado por las almohadas, Lina quedó tan expuesta como Mariana antes que ella.

Empecé con la mano: su trasero redondo, una montaña de carne blanca y rosada, era mucho más amplio que el de Mariana. Le di una palmada en cada nalga, y otra, y otra. El sonido era distinto, más carnoso, y la piel se le marcaba con la forma exacta de mis dedos. Debí de soltarle dos docenas antes de detenerme.

—¡Por favor, Renata, para! —suplicaba sin cesar, pero le quedaba mucho.

Continué con otra ronda furiosa, su culo rebotando sobre los cojines, las tetas aplastadas contra la madera, hasta dejarlo rojo de arriba abajo. Lina también empezaba a mojarse: entre golpe y golpe le veía el coño brillar, hinchándose, abriéndose un poco.

—Mírala, la ladrona también se pone caliente —dije en voz alta—. Mariana, acércate. Métele un dedo. Comprueba lo puta que es.

Mariana, con la bata entreabierta y una sonrisa nueva en los labios, se arrodilló al lado del banco. Estiró una mano y le pasó dos dedos por la raja empapada. Lina soltó un gemido largo cuando esos dedos se le hundieron dentro. Mariana los sacó chorreando y me los enseñó. —Chorreando, Renata.

—Chúpaselos.

Mariana le llevó los dedos a la boca a Lina, que los aceptó gimoteando, mamándolos con la lengua caliente, probándose. Después Mariana, sin que se lo pidiera, se agachó y le enterró la cara entre las nalgas rojas. Empezó a lamerle el coño desde atrás, con ganas, con una avidez sorprendente en una mujer que decía odiarla. Lina se retorció y gritó dentro de la mordaza improvisada de sus propios gemidos.

Entonces tomé la correa.

—Aparta un momento, Mariana. Todavía no ha terminado.

Mariana obedeció, con la boca brillante del coño de Lina, y se quedó de rodillas a mi lado mirando.

—¿Robarás algo otra vez, Lina?

—¡No, señora!

—¿Y se acabaron las venganzas contra Mariana o contra quien sea?

—¡No, señora! —era más un lamento que una respuesta.

Silbó la correa. Zas, en el centro del culo. Zas, otra vez, sobre la línea anterior. Zas, más abajo, donde la nalga se junta con el muslo. Lina lloraba y se corría al mismo tiempo, con espasmos que le recorrían todo el cuerpo, el coño palpitando visible entre los muslos.

¡Zas! El último golpe fue contundente. Me alegré de haber terminado; por mucho que supiera que el castigo era justo, me dolía verla llorar. Pero también estaba empapada bajo la falda, la humedad corriéndome por los muslos.

—Ayúdala a levantarse, Mariana.

Con la misma delicadeza con que la había atado, Mariana desató a Lina y la ayudó a incorporarse. Pero en lugar de tenderle el vestido, la abrazó. Dos cuerpos desnudos, uno moreno y esbelto, otro blanco y voluptuoso, temblando pegados el uno contra el otro. Los pezones de Mariana se le clavaban a Lina en las tetas grandes; los muslos se rozaban, resbaladizos de flujo.

—Ahora pasad un rato juntas —dije, echándoles un frasco de loción en las manos—. Conoceos un poco mejor, para que no haya más teatro. Y basta de arrogancia.

Las miré. Mariana ya tenía una mano en el culo castigado de Lina, y Lina había bajado la boca al pezón oscuro y erecto de Mariana y empezaba a chuparlo. Cuando Mariana empujó suavemente a Lina de vuelta al banco y se acomodó a horcajadas sobre su cara, hundiendo el coño chorreante contra la boca ansiosa de su antigua enemiga, decidí que ya había cumplido mi trabajo por esa noche.

Antes de salir alcancé a verlas: Lina devorándole el coño a Mariana como si llevara meses de hambre, y Mariana echada hacia atrás, con las manos apretándole las tetas enormes, cabalgándole la cara sin vergüenza. Un gemido largo, agudo, de Mariana, me confirmó que iba a correrse por segunda vez en la noche, ahora en la boca de la mujer que hasta esa mañana la había odiado.

Ninguna se atrevió a decir nada más. Al salir al pasillo, casi pude oír a mis otras huéspedes escabullirse como ratones. Me había asegurado a propósito de que oyeran el tormento de Lina; no quería que se perdieran lo que podía pasarles a ellas si se portaban mal. Le sonreí a una jovencita que intentaba cruzarse conmigo, dócil y un poco avergonzada, y le noté los pezones marcados y las mejillas encendidas. Habría estado con la oreja pegada a la puerta, seguro. Imaginé que pronto habría más traseros traviesos que poner colorados, y más coños empapados que atender de paso.

En las semanas siguientes, la cocina relucía, la casa estaba impecable y desaparecieron las discusiones de sobremesa. También empezaron a oírse, de vez en cuando por las noches, los gemidos ahogados de Mariana y Lina compartiendo cama. Un arreglo de lo más satisfactorio. Y me sentí orgullosa de haber dado, por casualidad, con esta manera inigualable de mantener mi pensión en orden.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios(9)

Valdez_GBA

tremendo relato, de los mejores que lei aca en mucho tiempo

ElCarlos_84

segunda parte por favor!! quede con ganas de mas

LectoraNocturna

Me encanto la dinamica de poder, se siente muy real sin ser burdo. Bien logrado

Pablin_88

jaja la situacion del alquiler me mato, muy original la idea. Sigue subiendo!

NadiaNoche

buenisimo!!! de las mejores historias de BDSM que lei en mucho tiempo, la tension desde el primer parrafo engancha

PatricioR_ok

¿hay segunda parte? porque el final deja con ganas de saber que paso despues

Tania_lectora

Me gusto como construiste la situacion, el personaje del casero tiene mucho carisma. Ojala siguas escribiendo, se nota que sabes del tema

Fede1985

Increible. Me hizo acordar a una situacion parecida que viví, claro que no exactamente igual jaja. Saludos desde cordoba!

MilaVelarde

excelente!! muy bien escrito

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.