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Relatos Ardientes

Él eligió a mi prima para sustituirme en la cama

El embarazo cambió el cuerpo de Lorena semana a semana, y con él cambió la forma en que Adrián la miraba. La ropa empezó a quedarle ajustada, las curvas se redondearon, y aunque ella se sentía insegura, él encontraba siempre la manera de recordarle lo hermosa que estaba. Pasaba largos ratos con la mano apoyada en su vientre, esperando un movimiento, sonriendo cada vez que lo notaba.

Adrián controlaba todo en aquella casa, también lo que Lorena comía. Pero el embarazo trastocaba sus planes: ella se pasaba de lo permitido, arrastrada por antojos, y él, en lugar de regañarla, se volvía indulgente. Era su forma de mandar: dejarla creer que cedía.

La sala de ecografías estaba llena de emoción contenida cuando el técnico deslizó el transductor por su vientre. En la pantalla se movía el bebé, y al anunciar que sería una niña, los ojos de Lorena se llenaron de lágrimas. Adrián, a su lado, le apretó la mano.

—Es una niña —susurró ella, mirándolo.

—Daniela —dijo él casi de inmediato, como si el nombre ya estuviera decidido.

Lorena frunció el ceño.

—Había pensado en Marina, como mi madre. Sería un homenaje bonito.

—Daniela es precioso. No es por nadie, simplemente me gusta cómo suena.

—¿Seguro que no es por alguien?

Él se encogió de hombros.

—Fue el nombre de mi primera novia, pero eso no tiene nada que ver.

El aire se tensó un instante, hasta que Lorena recordó algo que le devolvió la calma.

—Las decisiones importantes las tomas tú. Esa fue una de las reglas que pusiste desde el principio, y me gusta que sea así.

Él asintió, satisfecho.

—Entonces será Daniela.

Ella tomó aire y sonrió.

—Gracias por poner normas claras. Así no discutimos por tonterías.

***

La fecha del parto se acercaba, y con ella el miedo. Tendría una cesárea, una recuperación larga, y eso la inquietaba. Una tarde, mientras descansaban, Lorena notó a Adrián distraído, como si masticara algo que no terminaba de decir.

—¿Qué te preocupa? —preguntó, acariciándose el vientre.

—He estado pensando en lo que viene después. Será una cesárea, la recuperación será difícil. No quiero que te preocupes por mí, pero... sabes que tengo necesidades. Durante esas semanas no podrás abrirme las piernas.

La burbuja de felicidad de Lorena pareció a punto de estallar. No era la niña ni su recuperación lo que más ocupaba a Adrián, sino las semanas que pasaría sin follársela. Sabía que enfrentarse a él no servía de nada, así que respiró y buscó la salida más fácil.

—Puedo usar la boca para vaciarte. Te la chuparé todos los días si hace falta, hasta que te corras en mi garganta.

—Podrías, pero estarás agotada. Y prefiero aprovechar para darle un poco de variedad a la polla. Van a ser días duros, no quiero conformarme con una mamada apresurada cada noche. Creo que merezco algo mejor: un coño fresco donde meterla entera.

Lorena lo miró, atrapada entre la indignación y la costumbre de obedecer. Las lágrimas le picaron en los ojos.

—Entiendo —dijo con la voz temblorosa—. ¿Qué propones?

Él le tomó la mano con una ternura calculada.

—Necesitamos a alguien en casa. Alguien de confianza que pueda abrirse de piernas para mí por las noches mientras tú te recuperas. Solo mientras tanto.

Ella bajó la mirada y dejó escapar un suspiro. La lógica de Adrián era irrefutable dentro de la dinámica que habían construido juntos durante años.

—¿Y en quién has pensado?

—Pensé en Carla, del trabajo. Es discreta y confío en ella. Pero después se me ocurrió que sería mejor alguien de la familia. —Hizo una pausa—. Vanesa.

El corazón de Lorena dio un vuelco. Vanesa era su prima, más joven, de ojos azules y pecho generoso. Y, sobre todo, había estado con Adrián en el pasado.

—Pero ¿y su trabajo? ¿Y Gorka? —preguntó, buscando la excusa que la librara de ser sustituida por su prima.

—Será complicado, lo sé. Pero si se lo explicas tú, aceptará. Es importante que se lo pidas tú. Y a Gorka habrá que disfrazarle un poco la propuesta para que la acepte.

***

Vanesa y Gorka llevaban tiempo intentando tener un hijo sin éxito. Cada mes que terminaba en una nueva regla apagaba un poco más su optimismo, y Vanesa empezaba a preguntarse si el problema era de él o de ella misma.

Lorena y Adrián la invitaron a cenar una noche tranquila. Hablaron de cosas triviales hasta que llegó el postre y Lorena supo que era el momento.

—Vanesa, hay algo de lo que queremos hablarte.

La prima dejó de reír y se puso seria.

—Claro, dime.

—Voy a dar a luz pronto, será una cesárea. La recuperación será dura, y no podré estar tan presente, sobre todo para Adrián. Hemos pensado en quién podría ayudarnos esas semanas, alguien de plena confianza. Y pensamos en ti.

Los ojos de Vanesa se abrieron.

—¿Yo?

Adrián se adelantó, tomando la mano de Lorena.

—Serías la persona perfecta. No solo por ser familia, sino porque confiamos en ti. Si pidieras unas vacaciones, podrías quedarte con nosotros. Ayudarías con Lorena y con la niña, y también me abrirías el coño en la cama cuando ella no pueda. Tendrías que dormir aquí, para tenerte siempre a mano, cada vez que se me ponga dura.

Vanesa los miró a los dos, procesando la magnitud de lo que le pedían. Por un segundo dirigió la vista al marido de su prima y se sonrojó, apretando los muslos bajo la mesa.

—Me siento halagada de que hayáis pensado en mí. Quiero ayudar, pero necesito hablarlo con Gorka. Y con mi jefe. No puedo prometeros nada todavía.

—Por supuesto —dijo Lorena rápido—. No queremos presionarte.

Vanesa asintió, y mientras lo hacía ya no pensaba en su prima, sino en Adrián montándola otra vez, vaciándole la polla dentro como hacía años.

***

Esa noche, Vanesa encontró a Gorka en el sofá. Sabía que la conversación no sería fácil.

—Lorena y Adrián me han pedido algo. Va a tener una cesárea y durante la recuperación necesitará ayuda. Me han pedido que me tome unas vacaciones y me quede con ellos unas semanas.

Gorka apagó la televisión, el rostro endurecido.

—¿Quieres decir que te vas a vivir con ellos?

—Sí. Sé que es mucho pedir, pero es mi prima. Si yo estuviera en su lugar, ella haría lo mismo. Solo será un tiempo.

Él se levantó y caminó hacia la ventana.

—¿Te das cuenta de lo que me pides? ¿Que me quede aquí mientras tú vives con ellos? Esto puede cambiarlo todo.

—Lo sé. Pero es mi familia. No quiero que esto nos afecte, pero creo que es lo correcto.

Gorka guardó silencio durante lo que pareció una eternidad. Al fin se dio la vuelta.

—Si de verdad crees que debes hacerlo, no te lo voy a impedir. Pero quiero que sepas que para mí no es fácil. Y espero que entiendas lo que arriesgas.

Vanesa sintió una mezcla de alivio y tristeza. Estaba poniendo a prueba su matrimonio, pero por dentro solo deseaba complacer a Adrián y ser suya de nuevo, sentir otra vez esa verga gruesa clavándose hasta el fondo, empapándola por dentro.

***

Cuando Vanesa se mudó, Adrián reunió a las dos mujeres en el salón para dejar claras las reglas.

—Cuando Daniela nazca, las cosas cambiarán. Lorena, has cogido kilos de más y debes perderlos; dar el pecho te ayudará. Para que descanses, dormirás en la habitación pequeña con la niña, así sus llantos no me despiertan. Vanesa, tú ocuparás el lugar de Lorena en nuestra cama. Te quiero siempre disponible, con el coño mojado y las tetas fuera. Ya sabes que soy exigente, en la casa y en la cama.

—Por supuesto, Adrián. Haré lo que desees —contestó Vanesa, entre la obediencia y la resignación.

—Las tareas de la casa también recaen en ti. Quiero que Lorena se centre solo en el bebé.

Lorena escuchaba en silencio, con un nudo en la garganta. La idea de separarse de él por las noches le dolía, pero no se permitió cuestionarlo. Había confiado en él para manejarlo todo.

***

Daniela nació sin complicaciones. Hasta Adrián, siempre reservado, dejó escapar una lágrima cuando la sostuvo por primera vez. De vuelta en casa empezó una etapa nueva. Lorena, todavía dolorida, intentaba dar el pecho con torpeza de madre primeriza mientras Vanesa asumía su papel sin mostrar la tensión que sentía.

La primera noche, agotados, cada uno se retiró a su cama. Lorena con Daniela en la habitación pequeña; Adrián a la principal, donde Vanesa lo esperaba con un camisón fino que apenas le tapaba las tetas.

—Ha sido un gran día —dijo él metiéndose en la cama.

—Sí. Habéis recibido una bendición.

Tras un silencio, Vanesa no pudo callar lo que la atormentaba.

—Gorka y yo llevamos meses follando sin parar para tener un hijo y no lo conseguimos. Cada vez que me viene la regla es como una derrota. Temo que algo no funciona en mí.

—No te preocupes —dijo él con una compasión que escondía otra intención—. Vamos a solucionarlo. Haré todo lo que esté en mi mano para llenarte de leche este coño.

La besó, mordiéndole el labio de abajo, y ella cerró los ojos y se dejó llevar. Los labios de él recorrieron su cuello, mordisqueándolo, y sus manos se colaron bajo el camisón y le arrancaron los tirantes para dejarle las tetas al aire. Se las agarró enteras, apretándoselas con las dos manos hasta hacerle sacar los pezones, y bajó la boca para chupárselos uno detrás del otro, tirando de ellos con los dientes hasta que ella jadeó. Los dedos de él trazaban círculos, los pellizcaba, los estiraba, mientras la otra mano bajaba y le abría los muslos.

—Estás empapada, guarra —le susurró al notar lo mojada que la había puesto—. Este coño ha estado esperando volver a comerse mi polla.

—Sí —gimió ella—. Fóllame, Adrián, por favor.

Él bajó por su cuerpo dejando un rastro de besos y mordiscos, se detuvo en el vientre, en la curva de la cintura, y llegó a su sexo. Le abrió los labios con dos dedos y hundió la lengua entera, lamiéndole el clítoris con hambre. Vanesa se retorció, agarrándole el pelo, apretándole la cara contra su coño mientras él la lamía y la chupaba hasta dejarla temblando. Le metió dos dedos y luego tres, hurgándole por dentro, buscándole el punto que la hacía gritar, y cuando la tuvo al borde se apartó y le dio la vuelta a cuatro patas.

—Enséñame el culo —le ordenó, dándole una nalgada seca.

Vanesa arqueó la espalda, le sacó las nalgas y bajó la cara contra la almohada. Adrián se puso de rodillas detrás de ella, se agarró la polla y le pasó el glande por los labios del coño, mojándoselo antes de meterla. Cuando empujó, entró de golpe hasta el fondo, arrancándole un grito ahogado.

—Joder, sigues estando estrecha —gruñó él, agarrándola por las caderas—. Igualita que la primera vez.

Empezó a follársela con embestidas largas y profundas, sacándola casi entera y volviendo a clavársela hasta los huevos. Las nalgas de Vanesa chocaban contra su pelvis con un sonido húmedo y rítmico. Él le agarró el pelo con una mano y le tiró de él hasta hacerle levantar la cabeza, mientras con la otra le apretaba una teta desde atrás. La cama crujía. Vanesa gemía sin poder callarse, mordiendo la almohada, con miedo a que Lorena la oyera desde el cuarto de al lado y disfrutando al mismo tiempo con la idea de que la oyera.

—Dime que te gusta —siseó él, embistiendo más fuerte.

—Me encanta, Adrián, no pares, me encanta tu polla, méteme más.

Le dio la vuelta otra vez y la puso boca arriba, le enganchó las piernas por encima de los hombros y la dobló casi por la mitad. Así, con el coño abierto y ofrecido, la penetró de nuevo, esta vez viéndole la cara. Vanesa arqueó la espalda y se estremeció con un orgasmo largo, apretándole la verga por dentro con espasmos, y él la siguió poco después, hundiéndose hasta el fondo y descargando dentro de ella chorro a chorro, vaciándose con gruñidos apretados entre los dientes.

Cuando quedaron tumbados, Adrián no se salió enseguida. Se quedó dentro un rato, sintiendo cómo su corrida empapaba las paredes de aquel coño. Luego se retiró despacio y con dos dedos empujó de vuelta la leche que se le escapaba. Tomó la ropa interior de Vanesa del suelo y se la metió dentro, como un tapón.

—Así no se escapa nada. Esta es mi ayuda para tu maternidad —dijo en voz baja—. Te daré mi semen cada día. No te lo limpies, déjalo dentro, que trabaje.

El corazón de ella dio un vuelco al entenderlo. Él quería que llevara a su hijo. Y supo que era lo que más deseaba en el mundo.

***

Los días pasaban en una rutina de pañales y tareas que Vanesa cumplía con método, dejando descansar a Lorena, a quien Daniela apenas le permitía dormir. Adrián pasaba las tardes con su mujer, le cogía a la niña en brazos y le hablaba con dulzura. Después, cuando la pequeña terminaba de mamar, él se prendía con cuidado de los pechos de Lorena para probar un poco de su leche antes de dormir.

Y cada noche acudía al cuarto donde Vanesa lo esperaba, despierta o dormida, daba igual: él la despertaba metiéndole la mano entre las piernas, abriéndoselas y montándola sin preámbulos. Algunas noches la ponía boca abajo y se la clavaba mientras ella aún estaba medio dormida; otras la sentaba encima y le hacía cabalgarlo hasta que las tetas le rebotaban en la cara y él se las mordía. La follaba en cuatro patas, contra la pared, con las piernas al aire, de lado. Cada noche la llenaba con dos o tres corridas seguidas y le repetía, mientras le empujaba el semen adentro con los dedos:

—No te lo limpies. Te voy a regalar un bebé. Te lo mereces, guarra, por abrirme las piernas cada noche.

Una tarde Lorena le dijo que pensaba dejar de dar el pecho, porque la niña le mordisqueaba los pezones y le dolía.

—El que te va a hacer daño soy yo —dijo Adrián riendo, y se metió en la boca uno de sus pezones.

Cumplió su palabra. No la mordió fuerte, pero sí lo bastante para arrancarle un grito que despertó a Daniela. Buscó un lápiz de madera y se lo tendió.

—Muerde esto, así te desahogas sin gritar.

Volvió a morderle el pecho, dispuesto a dejárselo en carne viva. Cuando Lorena partió el lápiz con los dientes, él le habló con dulzura y firmeza a la vez.

—Vas a darle el pecho a la niña y vas a hacer lo que yo diga. No es un capricho: te ayudará a perder peso y a ella a fortalecerse. No me importa si te duele.

—Tienes razón, cariño. Gracias por recordármelo —dijo ella, sabiendo que la próxima toma le dolería tanto como el castigo.

Él cambió de pezón, succionó hasta sacar un chorro de leche caliente que le bajó por la barbilla, y la mordió de nuevo, esta vez apretando los dientes hasta ver la marca roja quedar grabada en la piel.

—Espero que no se te olvide la lección, o mañana dolerá más.

Lorena temblaba, en una especie de trance. Hacía semanas que Adrián no disfrutaba así con ella, y a pesar del dolor, o precisamente por él, sintió cómo se le empapaban las bragas. Se excitó, se le endurecieron los pezones humillados, y se sentó a horcajadas sobre su pecho. Le sacó la polla del pantalón, la vio dura y palpitando, y se la pasó entre los dos senos, apretándoselos con las dos manos alrededor mientras le clavaba las uñas en los pezones doloridos. Le hizo una paja rusa lenta, subiendo y bajando las tetas por la verga hinchada, escupiéndole encima para que resbalara mejor. Cuando notó que él iba a estallar, le agarró la polla y se la puso sobre la cara. Terminó sobre su boca abierta y su nariz, dejándola perlada y pegajosa de semen espeso que le corría por las mejillas y las pestañas. Ella tragó lo que le cayó en la lengua y entonces él llamó a Vanesa para que la limpiara.

La prima entró, sorprendida y avergonzada por la escena, y con una toallita de bebé limpió a Lorena en silencio, recogiendo la corrida que le resbalaba por el cuello y las tetas mordidas. Lorena mantenía los ojos apretados, humillada como nunca al ser expuesta así ante su prima, con la leche del marido escurriéndole por la cara.

Después, Adrián besó la frente de su mujer, le dio las buenas noches y se llevó a Vanesa de la mano, con la toallita empapada en la otra. En el dormitorio la tumbó, le abrió las piernas y le pasó la toallita por los labios del coño, empujándosela dentro luego con dos dedos, tan profundo como pudo.

—Aquí tienes la ayuda de hoy, carita guapa. La leche que sobró de tu prima, ahora está donde tiene que estar. Pronto serás mamá como ella.

Y sin sacar la toallita, se colocó encima y la penetró de nuevo, empujándola aún más adentro con la polla, follándola despacio hasta correrse otra vez sobre esa mezcla que le había metido dentro.

***

En la cuarta semana, algo se sintió distinto desde que Adrián cruzó la puerta. Vanesa notó la tensión que lo envolvía como una cuerda apretada. El trabajo lo había dejado agotado e irritable, y necesitaba descargarlo antes de relajarse. Apenas saludó a Lorena con un beso frío y tomó a Vanesa de la mano sin una palabra para llevarla al dormitorio.

Se desnudó con movimientos bruscos y ella hizo lo mismo. El cuerpo de Vanesa se tensó por completo, reaccionando solo. Sabía que esa noche no habría ternura. La empujó sobre la cama de un manotazo, le abrió las piernas de un tirón y le escupió en el coño antes de meterse dentro. Cuando lo sintió empujar hasta el fondo de una sola embestida, cerró los ojos con fuerza y se preparó para soportarlo, esperando que pasara rápido.

Él le agarró los pechos con dureza, le clavó los dedos en la carne hasta dejarle marcas moradas, y la penetró cambiándola de postura a su antojo. La puso boca abajo y le levantó las caderas para embestirla desde atrás, tirándole del pelo hasta hacerle arquear el cuello. La dio la vuelta otra vez, le puso las piernas al hombro y la clavó contra el colchón, follándola con rabia, ignorando los quejidos que se le escapaban.

—No quiero oír quejas —dijo, cruzándole la cara de una bofetada cuando ella pidió un poco de suavidad.

Le metió dos dedos en la boca para callarla, y le siguió dando con la polla hasta que la cama chocaba contra la pared. Después la puso a cuatro patas al borde del colchón, la agarró por las muñecas cruzándoselas a la espalda como si fueran riendas, y la usó así, embistiéndola con toda la pelvis, haciéndole rebotar las tetas contra las sábanas. Le escupió en el culo y le pasó el pulgar por el ojete, presionándolo mientras la seguía follando el coño.

De pronto salió de ella y se sentó sobre su pecho. Vanesa abrió los ojos y lo encontró mirándola fijamente, con la verga chorreando saliva y jugos, roja e hinchada a un palmo de su cara.

—Hoy va a haber una fiesta en tus ojos azules —dijo él, sonriendo.

A pesar de los nervios, Vanesa rió un instante, recordando la primera vez que él había dicho lo mismo. Intentó apartar la cara, pero Adrián la sujetaba demasiado fuerte, con las rodillas cerrándole los hombros. No tenía más remedio que someterse.

—Hoy serás mi lienzo —dijo él, la voz teñida de sensualidad—. Sujétate los párpados con los dedos, cariño. Quiero que todo esto te caiga bien dentro.

Vanesa obedeció, temblando, y se abrió los ojos con los dedos índice y corazón de cada mano, dejándolos expuestos como dos dianas azules. Él se montó a horcajadas sobre su pecho, le levantó la cabeza tirándole del pelo y se movió con la otra mano a un ritmo enloquecido, machacándose la polla a dos centímetros de su cara. Le apoyó el glande sobre la frente, sobre la nariz, se la pasó por los labios, y volvió a empezar. Cuando estalló, apuntó directamente y dejó correr todo sobre su cara, chorro tras chorro, de la frente a la boca, apuntando con la punta de la verga a los ojos abiertos de par en par. Vanesa luchó por mantener los ojos abiertos pese al escozor, sollozando y retorciéndose, mientras él se deleitaba con su sometimiento y le pasaba la polla aún dura por las pestañas empapadas.

Esta vez no se ensañó como aquella primera. Al verla cada vez más sumisa, los ojos azules ahora brumosos e inyectados en sangre, se sintió satisfecho. Le metió la verga entera en la boca, hasta el fondo de la garganta, y la hizo mamársela así, con la cara sucia y las lágrimas mezclándose con su semen. Vanesa tragó y chupó lo poco que quedaba, obediente, hasta que él se la sacó y le recogió con dos dedos lo que aún resbalaba por su cara, mezcla de semen y lágrimas. La empujó boca arriba, le abrió las piernas y llevó esa mezcla al interior de ella metódicamente, empujándola con dos, tres dedos, tan dentro como pudo. Luego se volvió a meter, ya medio dura otra vez, para asegurar el trabajo, y la folló despacio, con la cara todavía manchada, hasta descargarle una segunda tanda de leche en el fondo del coño.

—Hoy también tendrás semilla para nuestro niño, Vanesa, mi cielo azul. Bien adentro, donde importa.

—Gracias —dijo ella, aliviada tanto por terminar pronto como por lo que esa simiente prometía—. Me ha gustado mucho —se obligó a añadir, fingiendo una sonrisa entre los rastros pegajosos que aún le colgaban del mentón.

Esa noche, millones de espermatozoides se perdieron en los ojos irritados de Vanesa, pero uno, solo uno, llegó a su destino y la dejó embarazada de verdad.

***

A la mañana siguiente, con Adrián ya en la oficina, Lorena se ocupaba de las tareas más ligeras mientras Daniela dormía. Al entrar en la cocina encontró a Vanesa fregando los platos con los ojos enrojecidos.

—¿Estás bien? Tienes los ojos muy irritados.

Vanesa se encogió de hombros con una sonrisa débil.

—No te preocupes. Miles de pequeñas criaturas decidieron hacer una fiesta en mis ojos azules, eso es todo.

Lorena frunció el ceño. El comentario le resultó extrañamente familiar. De pronto recordó: Adrián había dicho exactamente eso la última vez que Vanesa había tenido problemas en los ojos. La coincidencia era demasiado grande, y una incomodidad empezó a instalarse en su pecho.

—¿De dónde sacaste eso? Adrián dijo lo mismo la otra vez. ¿Qué está pasando? ¿Hay algo que me ocultáis?

Vanesa bajó la mirada. El silencio se hizo tenso.

—¿Qué quieres decir con pequeñas criaturas? —presionó Lorena.

Vanesa dudó antes de admitir:

—Anoche Adrián se corrió en mis ojos.

Lorena sintió una mezcla de celos y de algo más difícil de nombrar. No era morbo: era la necesidad de defender su espacio. Adrián era su marido, y todo lo que a él le complaciera debía hacerlo ella. Quería que la polla de él estallara en su cara, no en la de otra, aunque esa otra fuera su prima.

Por la tarde lo confrontó.

—Vanesa me contó lo de anoche. Le corriste en los ojos.

Él dudó.

—Sí. Lamento que te incomode, pero es algo que ella disfruta. —Luego se corrigió—: Bueno, fui yo. Necesitaba descargar la polla de un mal día en algún sitio sucio.

—Yo también quiero que me la vacíes así —dijo Lorena en voz baja—. En la cara, en los ojos, en la boca. Donde quieras.

Él la miró, sorprendido.

—Nunca quise hacerlo contigo porque es guarro. No quiero humillarte sin motivo, por eso lo hice con ella.

—Me has humillado siempre que has querido durante años, a veces con motivo y a veces no. Me has follado el culo hasta hacerme llorar, me has hecho tragar hasta atragantarme, me has meado encima. No te hagas el angelito ahora —dijo ella, con la voz cargada de rabia y de deseo.

Adrián asintió, con una media sonrisa.

—Está bien. Lo haré por ti, aunque creo que no te va a gustar. Te correré en esos ojos verdes hasta dejártelos rojos como los de tu prima.

Lorena tenía unos ojos entre verdes y marrones que cambiaban con la luz, y a él le encantaban. Verla tan dispuesta, con esa mezcla de sumisión y desafío, le hizo desearlo de pronto, y notó cómo se le tensaba la polla dentro del pantalón.

Esa noche acudió, como siempre, a abrazarla un rato y a probar un poco de su leche con cuidado. Le chupó los pezones suavemente, sacándose gotas tibias a la boca, y le pasó la lengua por el escote.

—Tienes unos pechos deliciosos —dijo.

—Son tuyos, cariño —contestó ella—, pero ahora el usufructo lo tiene Daniela.

Rieron, y él bajó una mano entre sus piernas, por debajo del camisón, y le acarició despacio el coño por encima de las bragas hasta notarlas húmedas. Ella suspiró y separó un poco los muslos, invitándolo, pero él sacó la mano y se lamió los dedos.

—Todavía no, amor. Recién operada. Pero muy pronto vuelvo a partirte en dos.

La abrazó hasta que se le cerraron los ojos.

—Me debes un embarazo de ojos —murmuró ella.

—Otro día te lo hago, amor. Prometido. Te dejaré la cara empapada y luego te voy a follar la boca hasta que tragues lo que quede.

***

Un par de días después, con Lorena casi recuperada, Vanesa volvió a su casa y a su rutina con Gorka. La tensión entre ellos había bajado, aunque seguía latente la preocupación por no concebir. Esa misma semana, Vanesa se abrió de piernas para él con una entrega renovada, dejándose follar cada noche en todas las posturas, asegurándose de que la leche de Gorka acabara mezclada con la que aún llevaba dentro. Pronto empezó a notar cambios en su cuerpo. Una prueba lo confirmó: estaba embarazada. Con una mezcla de alivio y astucia, esperó varias semanas antes de decirlo, asegurándose de que Gorka no albergara ninguna duda sobre el origen del hijo que esperaba.

Aunque ella sabía perfectamente de quién era.

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Comentarios(8)

SebaNoche

Muy buen relato, se nota que está escrito con ganas. La tension desde el principio engancha bastante.

Roxana_Lomas

Por favor segui escribiendo, me quede con ganas de saber mas sobre esa dinámica. Segunda parte???

LauraK25

Como puede terminar esto??? Me enganche demasiado jaja

Andres_Cba

Relato muy intenso. Ese tipo de relaciones donde uno toma todas las decisiones son fascinantes de leer, aunque en la vida real serian complicadas. Excelente trabajo.

Caminante_77

Me gusto mucho la forma en que esta narrado, desde adentro, como si lo estuvieras viviendo. Se siente real.

RosaNegra

Tremendo, la prima!! jaja que situacion. Muy buen relato.

TintoNocturno

excelente!!! sigan asi

DiegoPlata

No esperaba que el relato tuviera tanta profundidad emocional. La dinamica de poder esta muy bien descripta sin caer en lo burdo. Me sorprendio gratamente.

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