Él eligió a mi prima para sustituirme en la cama
El embarazo cambió el cuerpo de Lorena semana a semana, y con él cambió la forma en que Adrián la miraba. La ropa empezó a quedarle ajustada, las curvas se redondearon, y aunque ella se sentía insegura, él encontraba siempre la manera de recordarle lo hermosa que estaba. Pasaba largos ratos con la mano apoyada en su vientre, esperando un movimiento, sonriendo cada vez que lo notaba.
Adrián controlaba todo en aquella casa, también lo que Lorena comía. Pero el embarazo trastocaba sus planes: ella se pasaba de lo permitido, arrastrada por antojos, y él, en lugar de regañarla, se volvía indulgente. Era su forma de mandar: dejarla creer que cedía.
La sala de ecografías estaba llena de emoción contenida cuando el técnico deslizó el transductor por su vientre. En la pantalla se movía el bebé, y al anunciar que sería una niña, los ojos de Lorena se llenaron de lágrimas. Adrián, a su lado, le apretó la mano.
—Es una niña —susurró ella, mirándolo.
—Daniela —dijo él casi de inmediato, como si el nombre ya estuviera decidido.
Lorena frunció el ceño.
—Había pensado en Marina, como mi madre. Sería un homenaje bonito.
—Daniela es precioso. No es por nadie, simplemente me gusta cómo suena.
—¿Seguro que no es por alguien?
Él se encogió de hombros.
—Fue el nombre de mi primera novia, pero eso no tiene nada que ver.
El aire se tensó un instante, hasta que Lorena recordó algo que le devolvió la calma.
—Las decisiones importantes las tomas tú. Esa fue una de las reglas que pusiste desde el principio, y me gusta que sea así.
Él asintió, satisfecho.
—Entonces será Daniela.
Ella tomó aire y sonrió.
—Gracias por poner normas claras. Así no discutimos por tonterías.
***
La fecha del parto se acercaba, y con ella el miedo. Tendría una cesárea, una recuperación larga, y eso la inquietaba. Una tarde, mientras descansaban, Lorena notó a Adrián distraído, como si masticara algo que no terminaba de decir.
—¿Qué te preocupa? —preguntó, acariciándose el vientre.
—He estado pensando en lo que viene después. Será una cesárea, la recuperación será difícil. No quiero que te preocupes por mí, pero... sabes que tengo necesidades. Durante esas semanas no podrás estar conmigo.
La burbuja de felicidad de Lorena pareció a punto de estallar. No era la niña ni su recuperación lo que más ocupaba a Adrián, sino las semanas que pasaría sin sexo. Sabía que enfrentarse a él no servía de nada, así que respiró y buscó la salida más fácil.
—Puedo usar la boca para aliviarte. Lo haré todos los días si hace falta.
—Podrías, pero estarás agotada. Y prefiero aprovechar para darle un poco de variedad. Van a ser días duros, no quiero conformarme con algo apresurado cada noche. Creo que merezco algo mejor.
Lorena lo miró, atrapada entre la indignación y la costumbre de obedecer. Las lágrimas le picaron en los ojos.
—Entiendo —dijo con la voz temblorosa—. ¿Qué propones?
Él le tomó la mano con una ternura calculada.
—Necesitamos a alguien en casa. Alguien de confianza que pueda complacerme por las noches mientras tú te recuperas. Solo mientras tanto.
Ella bajó la mirada y dejó escapar un suspiro. La lógica de Adrián era irrefutable dentro de la dinámica que habían construido juntos durante años.
—¿Y en quién has pensado?
—Pensé en Carla, del trabajo. Es discreta y confío en ella. Pero después se me ocurrió que sería mejor alguien de la familia. —Hizo una pausa—. Vanesa.
El corazón de Lorena dio un vuelco. Vanesa era su prima, más joven, de ojos azules y pecho generoso. Y, sobre todo, había estado con Adrián en el pasado.
—Pero ¿y su trabajo? ¿Y Gorka? —preguntó, buscando la excusa que la librara de ser sustituida por su prima.
—Será complicado, lo sé. Pero si se lo explicas tú, aceptará. Es importante que se lo pidas tú. Y a Gorka habrá que disfrazarle un poco la propuesta para que la acepte.
***
Vanesa y Gorka llevaban tiempo intentando tener un hijo sin éxito. Cada mes que terminaba en una nueva regla apagaba un poco más su optimismo, y Vanesa empezaba a preguntarse si el problema era de él o de ella misma.
Lorena y Adrián la invitaron a cenar una noche tranquila. Hablaron de cosas triviales hasta que llegó el postre y Lorena supo que era el momento.
—Vanesa, hay algo de lo que queremos hablarte.
La prima dejó de reír y se puso seria.
—Claro, dime.
—Voy a dar a luz pronto, será una cesárea. La recuperación será dura, y no podré estar tan presente, sobre todo para Adrián. Hemos pensado en quién podría ayudarnos esas semanas, alguien de plena confianza. Y pensamos en ti.
Los ojos de Vanesa se abrieron.
—¿Yo?
Adrián se adelantó, tomando la mano de Lorena.
—Serías la persona perfecta. No solo por ser familia, sino porque confiamos en ti. Si pidieras unas vacaciones, podrías quedarte con nosotros. Ayudarías con Lorena y con la niña, y también estarías conmigo en la cama cuando ella no pueda. Tendrías que dormir aquí, para estar siempre disponible.
Vanesa los miró a los dos, procesando la magnitud de lo que le pedían. Por un segundo dirigió la vista al marido de su prima y se sonrojó.
—Me siento halagada de que hayáis pensado en mí. Quiero ayudar, pero necesito hablarlo con Gorka. Y con mi jefe. No puedo prometeros nada todavía.
—Por supuesto —dijo Lorena rápido—. No queremos presionarte.
Vanesa asintió, y mientras lo hacía ya no pensaba en su prima, sino en Adrián abrazándola otra vez.
***
Esa noche, Vanesa encontró a Gorka en el sofá. Sabía que la conversación no sería fácil.
—Lorena y Adrián me han pedido algo. Va a tener una cesárea y durante la recuperación necesitará ayuda. Me han pedido que me tome unas vacaciones y me quede con ellos unas semanas.
Gorka apagó la televisión, el rostro endurecido.
—¿Quieres decir que te vas a vivir con ellos?
—Sí. Sé que es mucho pedir, pero es mi prima. Si yo estuviera en su lugar, ella haría lo mismo. Solo será un tiempo.
Él se levantó y caminó hacia la ventana.
—¿Te das cuenta de lo que me pides? ¿Que me quede aquí mientras tú vives con ellos? Esto puede cambiarlo todo.
—Lo sé. Pero es mi familia. No quiero que esto nos afecte, pero creo que es lo correcto.
Gorka guardó silencio durante lo que pareció una eternidad. Al fin se dio la vuelta.
—Si de verdad crees que debes hacerlo, no te lo voy a impedir. Pero quiero que sepas que para mí no es fácil. Y espero que entiendas lo que arriesgas.
Vanesa sintió una mezcla de alivio y tristeza. Estaba poniendo a prueba su matrimonio, pero por dentro solo deseaba complacer a Adrián y ser suya de nuevo.
***
Cuando Vanesa se mudó, Adrián reunió a las dos mujeres en el salón para dejar claras las reglas.
—Cuando Daniela nazca, las cosas cambiarán. Lorena, has cogido kilos de más y debes perderlos; dar el pecho te ayudará. Para que descanses, dormirás en la habitación pequeña con la niña, así sus llantos no me despiertan. Vanesa, tú ocuparás el lugar de Lorena en nuestra cama. Te quiero siempre disponible. Ya sabes que soy exigente, en la casa y en la cama.
—Por supuesto, Adrián. Haré lo que desees —contestó Vanesa, entre la obediencia y la resignación.
—Las tareas de la casa también recaen en ti. Quiero que Lorena se centre solo en el bebé.
Lorena escuchaba en silencio, con un nudo en la garganta. La idea de separarse de él por las noches le dolía, pero no se permitió cuestionarlo. Había confiado en él para manejarlo todo.
***
Daniela nació sin complicaciones. Hasta Adrián, siempre reservado, dejó escapar una lágrima cuando la sostuvo por primera vez. De vuelta en casa empezó una etapa nueva. Lorena, todavía dolorida, intentaba dar el pecho con torpeza de madre primeriza mientras Vanesa asumía su papel sin mostrar la tensión que sentía.
La primera noche, agotados, cada uno se retiró a su cama. Lorena con Daniela en la habitación pequeña; Adrián a la principal, donde Vanesa lo esperaba.
—Ha sido un gran día —dijo él metiéndose en la cama.
—Sí. Habéis recibido una bendición.
Tras un silencio, Vanesa no pudo callar lo que la atormentaba.
—Gorka y yo llevamos meses intentando tener un hijo y no lo conseguimos. Cada vez que me viene la regla es como una derrota. Temo que algo no funciona en mí.
—No te preocupes —dijo él con una compasión que escondía otra intención—. Vamos a solucionarlo. Haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte.
La besó, y ella cerró los ojos y se dejó llevar. Los labios de él recorrieron su cuello, sus manos se deslizaron bajo el camisón, los dedos trazaron círculos sobre sus pezones. Él bajó por su cuerpo dejando un rastro de besos, se detuvo en el vientre, en la curva de la cintura, y ella se retorció buscando su contacto. Cuando la penetró, se movieron juntos hasta que Vanesa arqueó la espalda y se estremeció, y él la siguió poco después, vaciándose dentro de ella.
Cuando quedaron tumbados, Adrián tomó la ropa interior de Vanesa y la empujó dentro de ella, como un tapón.
—Así no se escapa nada. Esta es mi ayuda para tu maternidad —dijo en voz baja—. Te daré mi semilla cada día. No te la limpies, déjala dentro.
El corazón de ella dio un vuelco al entenderlo. Él quería que llevara a su hijo. Y supo que era lo que más deseaba en el mundo.
***
Los días pasaban en una rutina de pañales y tareas que Vanesa cumplía con método, dejando descansar a Lorena, a quien Daniela apenas le permitía dormir. Adrián pasaba las tardes con su mujer, le cogía a la niña en brazos y le hablaba con dulzura. Después, cuando la pequeña terminaba de mamar, él se prendía con cuidado de los pechos de Lorena para probar un poco de su leche antes de dormir.
Y cada noche acudía al cuarto donde Vanesa lo esperaba, despierta o dormida, daba igual: él la despertaba para que cumpliera. Cada noche la llenaba y le repetía:
—No te lo limpies. Te voy a regalar un bebé. Te lo mereces.
Una tarde Lorena le dijo que pensaba dejar de dar el pecho, porque la niña le mordisqueaba los pezones y le dolía.
—El que te va a hacer daño soy yo —dijo Adrián riendo, y se metió en la boca uno de sus pezones.
Cumplió su palabra. No la mordió fuerte, pero sí lo bastante para arrancarle un grito que despertó a Daniela. Buscó un lápiz de madera y se lo tendió.
—Muerde esto, así te desahogas sin gritar.
Volvió a morderle el pecho, dispuesto a dejárselo en carne viva. Cuando Lorena partió el lápiz con los dientes, él le habló con dulzura y firmeza a la vez.
—Vas a darle el pecho a la niña y vas a hacer lo que yo diga. No es un capricho: te ayudará a perder peso y a ella a fortalecerse. No me importa si te duele.
—Tienes razón, cariño. Gracias por recordármelo —dijo ella, sabiendo que la próxima toma le dolería tanto como el castigo.
Él cambió de pezón, succionó hasta sacar un chorro de leche y la mordió de nuevo.
—Espero que no se te olvide la lección, o mañana dolerá más.
Lorena temblaba, en una especie de trance. Hacía semanas que Adrián no disfrutaba así con ella. Se excitó, se sentó sobre su pecho, le pasó el sexo entre los senos mientras se los apretaba con las dos manos y le clavaba las uñas en los pezones doloridos. Terminó sobre su cara, dejándola perlada y pegajosa, y entonces llamó a Vanesa para que la limpiara.
La prima entró, sorprendida y avergonzada por la escena, y con una toallita de bebé limpió a Lorena en silencio. Lorena mantenía los ojos apretados, humillada como nunca al ser expuesta así ante su prima.
Después, Adrián besó la frente de su mujer, le dio las buenas noches y se llevó a Vanesa de la mano, con la toallita empapada en la otra. Antes de acostarse, se la introdujo a ella lo más profundo que pudo.
—Aquí tienes la ayuda de hoy, carita guapa. Pronto serás mamá como tu prima.
***
En la cuarta semana, algo se sintió distinto desde que Adrián cruzó la puerta. Vanesa notó la tensión que lo envolvía como una cuerda apretada. El trabajo lo había dejado agotado e irritable, y necesitaba descargarlo antes de relajarse. Apenas saludó a Lorena con un beso frío y tomó a Vanesa de la mano sin una palabra para llevarla al dormitorio.
Se desnudó con movimientos bruscos y ella hizo lo mismo. El cuerpo de Vanesa se tensó por completo, reaccionando solo. Sabía que esa noche no habría ternura. Cuando lo sintió empujar dentro, cerró los ojos con fuerza y se preparó para soportarlo, esperando que pasara rápido.
Él le agarró los pechos con dureza, le clavó los dedos en la carne y la penetró cambiándola de postura a su antojo, ignorando los quejidos que se le escapaban.
—No quiero oír quejas —dijo, cruzándole la cara de una bofetada cuando ella pidió un poco de suavidad.
De pronto salió de ella y se sentó sobre su pecho. Vanesa abrió los ojos y lo encontró mirándola fijamente.
—Hoy va a haber una fiesta en tus ojos azules —dijo él, sonriendo.
A pesar de los nervios, Vanesa rió un instante, recordando la primera vez que él había dicho lo mismo. Intentó apartarse, pero Adrián la sujetaba demasiado fuerte. No tenía más remedio que someterse.
—Hoy serás mi lienzo —dijo él, la voz teñida de sensualidad—. Sujétate los párpados con los dedos, cariño.
Se montó a horcajadas sobre su pecho, le levantó la cabeza tirándole del pelo y se movió con la otra mano a un ritmo enloquecido. Cuando estalló, dejó correr todo sobre su cara, de la frente a la boca. Vanesa luchó por mantener los ojos abiertos pese al escozor, sollozando y retorciéndose, mientras él se deleitaba con su sometimiento.
Esta vez no se ensañó como aquella primera. Al verla cada vez más sumisa, los ojos azules ahora brumosos, se sintió satisfecho. Le metió el sexo en la boca, recogió con dos dedos lo que aún resbalaba por su cara, mezcla de semen y lágrimas, y lo llevó metódicamente al interior de ella, tan dentro como pudo.
—Hoy también tendrás semilla para nuestro niño, Vanesa, mi cielo azul.
—Gracias —dijo ella, aliviada tanto por terminar pronto como por lo que esa simiente prometía—. Me ha gustado mucho —se obligó a añadir, fingiendo una sonrisa.
Esa noche, millones de espermatozoides se perdieron en los ojos irritados de Vanesa, pero uno, solo uno, llegó a su destino y la dejó embarazada de verdad.
***
A la mañana siguiente, con Adrián ya en la oficina, Lorena se ocupaba de las tareas más ligeras mientras Daniela dormía. Al entrar en la cocina encontró a Vanesa fregando los platos con los ojos enrojecidos.
—¿Estás bien? Tienes los ojos muy irritados.
Vanesa se encogió de hombros con una sonrisa débil.
—No te preocupes. Miles de pequeñas criaturas decidieron hacer una fiesta en mis ojos azules, eso es todo.
Lorena frunció el ceño. El comentario le resultó extrañamente familiar. De pronto recordó: Adrián había dicho exactamente eso la última vez que Vanesa había tenido problemas en los ojos. La coincidencia era demasiado grande, y una incomodidad empezó a instalarse en su pecho.
—¿De dónde sacaste eso? Adrián dijo lo mismo la otra vez. ¿Qué está pasando? ¿Hay algo que me ocultáis?
Vanesa bajó la mirada. El silencio se hizo tenso.
—¿Qué quieres decir con pequeñas criaturas? —presionó Lorena.
Vanesa dudó antes de admitir:
—Anoche Adrián se corrió en mis ojos.
Lorena sintió una mezcla de celos y de algo más difícil de nombrar. No era morbo: era la necesidad de defender su espacio. Adrián era su marido, y todo lo que a él le complaciera debía hacerlo ella. Quería complacerlo más que cualquier otra mujer.
Por la tarde lo confrontó.
—Vanesa me contó lo de anoche. Eyaculaste en sus ojos.
Él dudó.
—Sí. Lamento que te incomode, pero es algo que ella disfruta. —Luego se corrigió—: Bueno, fui yo. Necesitaba desahogarme de un mal día.
—Yo también quiero complacerte así —dijo Lorena en voz baja.
Él la miró, sorprendido.
—Nunca quise hacerlo contigo porque es desagradable. No quiero humillarte sin motivo, por eso lo hice con ella.
—Me has humillado siempre que has querido durante años, a veces con motivo y a veces no. No te hagas el angelito ahora —dijo ella, con la voz cargada de rabia y de deseo.
Adrián asintió.
—Está bien. Lo haré por ti, aunque creo que no te va a gustar.
Lorena tenía unos ojos entre verdes y marrones que cambiaban con la luz, y a él le encantaban. Verla tan dispuesta le hizo desearlo de pronto.
Esa noche acudió, como siempre, a abrazarla un rato y a probar un poco de su leche con cuidado.
—Tienes unos pechos deliciosos —dijo.
—Son tuyos, cariño —contestó ella—, pero ahora el usufructo lo tiene Daniela.
Rieron, y él la abrazó hasta que se le cerraron los ojos.
—Me debes un embarazo de ojos —murmuró ella.
—Otro día te lo hago, amor. Prometido.
***
Un par de días después, con Lorena casi recuperada, Vanesa volvió a su casa y a su rutina con Gorka. La tensión entre ellos había bajado, aunque seguía latente la preocupación por no concebir. Pero pronto Vanesa empezó a notar cambios en su cuerpo. Una prueba lo confirmó: estaba embarazada. Con una mezcla de alivio y astucia, esperó varias semanas antes de decirlo, asegurándose de que Gorka no albergara ninguna duda sobre el origen del hijo que esperaba.
Aunque ella sabía perfectamente de quién era.