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Relatos Ardientes

Lo que acepté en ese hotel cambió quién soy

Hace medio año mi vida era una condena que cumplía en silencio. Llevaba siete años casada con un hombre que se había convertido en mueble, en peso muerto, en alguien empeñado en hacerme los días un poco más grises cada mañana. Sin amigas, sin planes, sin nada que me perteneciera de verdad. Mi mundo se reducía a dos coordenadas: la casa y la oficina, ida y vuelta, una y otra vez, como un animal que ya ni recuerda que la jaula tiene puerta.

Mi única grieta de aire era el teléfono. Andrés —así se llamaba el tipo con el que me casé— no era precisamente brillante, y por más que quería, jamás supo controlar qué leía yo, por dónde navegaba ni con quién hablaba en esas horas en las que él roncaba en el sofá. Ahí, en esa pantalla iluminada en la oscuridad, yo era otra. Ahí dejé de ser la esposa abnegada, la del sexo por compromiso cuando a él se le antojaba, la que estaba siempre a su servicio y siempre infeliz.

En esos ratos muertos descubrí algo que me dio la vuelta entera. Para mí, entregarme a un hombre siempre había estado atado a la idea de lo irreversible, de lo definitivo, de una puerta que se cierra y tira la llave. Y de pronto entendí que no tenía por qué ser así. Que podía entregarme a alguien que se lo ganara, que se lo mereciera, y que esa entrega podía retirarse. Que ahí fuera, en el mundo real, rendirse no era una cadena perpetua.

Y aun así seguí queriendo rendirme. Porque esa era mi forma secreta de ser feliz: dejarme llevar, obedecer, no pensar, sentirme objeto. Pero un objeto deseado, no el adorno olvidado en el que me había convertido.

Si salir de la trampa en la que vivía ya me parecía un esfuerzo casi imposible, el paso siguiente era directamente inimaginable: encontrar a alguien que sintiera lo mismo que yo. No sabía ni por dónde empezar a buscarlo.

Pero a veces los astros se ordenan solos. Una cuenta sin foto en una de esas aplicaciones, apenas un puñado de mensajes; un hombre que decía usarla como anzuelo para «despertar vainillas dormidas». Despertar. Saltar a otra app más discreta. Intrigarme. Cruzar palabras. Ilusionarme. Compartir fotos. Encenderme. Hablar de vernos. Asustarme.

Sí, me daba todo el miedo del mundo. Aunque tenía decidido separarme, seguía casada, seguía durmiendo bajo el mismo techo que ese hombre.

Me costó semanas y algún plantón a medias —di con alguien que tenía la paciencia de un santo, y se lo agradezco—, pero al final me atreví. Al final lo hice. Acepté entregarme a otro para que me usara, para que disfrutara de mí. Quería sentirme deseada. Quería comprobar si era capaz.

No fue romántico. Tampoco lo habría querido. Él me propuso un plan directo, sin adornos, y precisamente por eso me excitaba más de lo que recordaba haberme excitado nunca.

***

Hotel por horas, en una avenida que jamás piso. Yo llegué primero, como habíamos quedado. Estoy convencida de que en recepción sospechaban a qué venía una mujer sola con las manos apretadas sobre el bolso. Qué vergüenza pasé en esos treinta segundos frente al mostrador. Subí, metí la tarjeta en la ranura y empujé la puerta.

La habitación era sencilla. Una cama, una lámpara torcida, una ventana que daba a un patio interior. Nada que mereciera una segunda mirada. Mis manos temblaban mientras corría las cortinas y empezaba a prepararme tal y como me había ordenado.

Desnuda, le escribí un único mensaje: «Estoy lista».

«Un minuto, cosa. Ya sabes cómo esperarme.»

Cómo me ponía que ni siquiera usara mi nombre. Que me llamara cosa. Que me redujera a eso, a una palabra de tres letras.

Apagué la luz. Dejé la habitación casi a oscuras y entreabrí la puerta, una rendija, como él había dicho. Caminé hasta la cama y me tumbé boca arriba con la cabeza colgando por el borde, fuera del colchón. Me cubrí con la sábana, casi con pudor. No quería que viera mi cuerpo; años de abandono me habían enseñado a avergonzarme de él. No. Solo quería ser una boca disponible, nada más. Al menos por ahora.

Con los ojos cerrados, oí la puerta cerrarse. Ya estaba dentro.

—Bien hecho, cosa. Abre bien la boca —dijo.

Su voz era más grave de lo que sonaba en los audios. Escuché la hebilla de un cinturón soltarse, el peso de la tela cayendo al suelo. Y un par de segundos después noté algo apoyarse en mis labios. Solo había estado con un hombre en toda mi vida. Y este, el segundo, no estaba ahí para que yo gozara. Estaba ahí para servirse de mí.

Fue despacio. Muchísimo más despacio de lo que él quería, ahora lo sé; lo hizo así por mí, para darme tiempo. Y consiguió exactamente lo que buscaba: mis nervios, mis dudas, mis prejuicios se fueron deshaciendo uno a uno hasta desaparecer del todo. Ya no era la mujer que había cruzado esa puerta temblando. Ya no era la que había salido de casa con el estómago hecho un nudo.

Mi cabeza dejó de pensar. Dejó de dar vueltas, de pelear contra años de «otra vida», de recordarme quién se suponía que debía ser. En ese instante, justo en ese, algo encajó dentro de mí con un clic limpio. Pasé de ser lo que era por obligación a ser lo que siempre había querido ser: algo para el placer de otro, algo que se usa, nada más.

Saqué la lengua buscándolo. Lo quería. Lo necesitaba. Deseaba sentir que me usaba para su gusto, devolverle de algún modo lo que me estaba dando sin saberlo: una vida nueva.

Poco a poco fue tomándose más espacio. Entraba y salía con calma, cada vez un poco más hondo. Yo me aferraba a sus indicaciones como a un cabo. «Cuanto más cuelgue la cabeza, más fácil te será. Pero, sobre todo, ni se te ocurra mover las manos.»

No las moví. Las dejé muertas a los lados, palmas abiertas. Solo pensaba en colocarme de la manera que le resultara más cómoda. No registraba si me dolía el cuello, no registraba nada que no fuera él. El mundo entero se había encogido hasta caber en esa habitación a oscuras. Hasta respirar me parecía un detalle prescindible.

—Va hasta el fondo, cosa.

Abrí más la boca. Quería saber hasta dónde aguantaba, hasta dónde podía darle. Lo noté llegar a la garganta, cortándome el aire de golpe, y retirarse justo en el borde de la primera arcada. El muy cabrón sabía leer las señales de mi cuerpo mejor que yo misma. No me estaba poseyendo la garganta. Me estaba poseyendo la cabeza.

—Me voy a correr, cosa. Te toca elegir.

Habíamos acordado un código. Bueno, más bien él me lo había impuesto y yo lo había aceptado encantada. Si tiraba de la sábana y me destapaba, él terminaría sobre mi pecho, se vestiría y se iría sin decir nada más. Esa era la señal de «no quiero repetir». Si no lo hacía, terminaría en mi boca, y eso significaba «me ha gustado, quiero más». Pero había un matiz extra que él no me había explicado del todo, y yo lo sospechaba.

Sentí cómo se tensaba, cómo crecía contra mis labios, que cerré con más fuerza todavía. Noté su calor inundándome la boca mientras dejaba escapar un gruñido ronco, sostenido. No quise apartarme. No todavía. Porque apartarme era tomar la decisión sobre la otra señal, la última.

Él lo sabía y se demoró en salir. Cuando por fin lo hizo, apenas se movió: se quedó inclinado sobre mí, mirándome en la penumbra. Yo seguía con los ojos cerrados, pero lo sentía ahí, esperando.

No lo pensé demasiado. No dudé. No había una sola razón para dudar; ya había descubierto que era feliz entregándome por voluntad propia, sintiéndome cosa, objeto, algo destinado a ser usado.

Abrí la boca para enseñársela vacía. Para demostrarle que había decidido. Al tragar, le estaba diciendo que era suya, que desde ese segundo mi cuerpo, mi mente y mi vida le pertenecían, que se los entregaba sin que me los pidiera y que deseaba que hiciera conmigo lo que se le antojara.

Entonces sentí sus manos moverme la cabeza con cuidado. Aún tenía los párpados apretados, así que no vi de dónde lo sacó. Solo noté algo cerrarse alrededor de mi cuello. Metálico. Redondo. Rígido. Frío. Y cargado de un peso que no era el de su material.

—A partir de ahora, cosa, me perteneces —dijo, y su voz había bajado hasta casi un susurro—. Voy a cuidar de ti como de la más valiosa de mis posesiones, como de lo más preciado que tengo. Voy a entrenarte, a educarte y a convertirte en lo que de verdad eres: un objeto para ser usado.

En pleno estallido de algo que no sé nombrar pero que se parecía mucho a la felicidad, levanté la mano y tiré yo misma de la sábana. La aparté de mi cuerpo, lo expuse entero por primera vez sin un átomo de vergüenza, y supe que mi vida acababa de cambiar de dirección. Que por fin tenía un propósito, un rumbo, una existencia de verdad.

Abrí los ojos. Él me sostenía la mirada, todavía de pie, con una media sonrisa que no tenía nada de cruel. Me llevé los dedos al collar, palpé el cierre, comprobé que era real, que no podía quitármelo sola. Y descubrí que esa imposibilidad, en lugar de asustarme, me dejaba en una calma que llevaba años sin conocer.

—Gracias —dije. Fue lo único que se me ocurrió. Lo único cierto.

—Vístete despacio. Hablamos del resto fuera —respondió, y me tendió la mano para ayudarme a incorporarme, como si el cuerpo que un minuto antes había usado mereciera ahora todo el cuidado del mundo.

Salí de aquel hotel siendo otra. No la que entró temblando, no la que había salido de casa con el alma encogida. Llevaba el collar oculto bajo la bufanda y, por primera vez en años, las manos quietas de pura paz. Andrés ni siquiera levantó la vista del televisor cuando llegué. No tenía la menor idea de que la mujer que cruzó la puerta esa noche ya no le pertenecía a nadie más que a sí misma. Y, por elección propia, a él.

Han pasado seis meses y aún llevo su collar. Si alguien quiere saber en qué me he convertido desde entonces, lo contaré. Y si no, también está bien así.

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Comentarios (4)

Damian_BsAs

Que golazo de relato. En serio.

ElCurioso22

No puede quedar asi, necesito saber que paso despues. Por favor una segunda parte!!

SofiaBA_22

Hay relatos que te sacuden y este es uno de esos. No es solo lo que cuenta sino como lo cuenta, con esa honestidad que incomoda un poco. Me quedo pensando en el titulo mucho despues de terminar.

Fercho_rdp

tremendo!!!

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