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Relatos Ardientes

Cómo me convertí en la sumisa de mi celda

Todo el mundo ha oído historias sobre lo que pasa entre rejas, y quiero contaros la mía.

Las cadenas tintineaban contra mis tobillos mientras el autobús cruzaba el campo abierto rumbo a la cárcel donde iba a pasar un año entero. La vista era hermosa y quise grabármela segundo a segundo, porque sería la última que vería en mucho tiempo. Los prados se fundían con las colinas lejanas; las ovejas y las vacas pastaban como si ningún problema del mundo pudiera alcanzarlas.

Vi también un ave de presa que planeó unos instantes y luego se dejó caer con una elegancia perfecta para atrapar a su víctima. Cuánto envidié a aquel pájaro solitario, libre del todo, ajeno a las miserias de este mundo.

Pronto las colinas dieron paso a los muros y a las alambradas del penal. Cerré los ojos un momento, intentando retener las imágenes que acababa de ver, y después me giré para observar al resto de las reclusas.

Sentí un escalofrío. Todas llevaban tatuajes y piercings, y charlaban entre ellas como si se conocieran de toda la vida.

Me sentí completamente fuera de lugar. Era la única que no había abierto la boca en todo el viaje. Iba sentada con mi vestido de flores, la melena castaña cayéndome por la espalda, intentando guardar la compostura a pesar de las ataduras.

¿De verdad valía la pena el lío en el que me había metido?

Mi hijo había estado cultivando marihuana en el trastero de casa. Yo no lo sabía, pero asumí la culpa para protegerlo: estaba a punto de terminar la carrera de Medicina y un antecedente penal le habría arruinado el futuro. Él iba a hacer grandes cosas, al contrario que yo, que seguía siendo una simple administrativa en una empresa de informática de mala reputación. ¿Qué tenía yo que perder?

Eso fue lo primero que pensé. Si hubiera sabido exactamente lo que iba a perder, quizá mi decisión habría sido otra.

El autobús frenó de golpe y nos ordenaron bajar en fila.

Aquel sería mi hogar durante los próximos doce meses. Miré alrededor: ladrillo gris desnudo, rejas por todas partes, alambre de espino. Lo había visto mil veces en la televisión, pero nada te prepara para el instante en que estás ahí plantada, encadenada, sabiendo que en cuanto se cierre esa puerta enorme esa pasará a ser tu vida y tendrás que apechugar con ella pase lo que pase.

Es curioso cómo, en cuanto caminas por ese pasillo y el resto de las internas te clava la mirada, se te revuelve el estómago, se te nubla la cabeza y solo eres capaz de pensar en una cosa: sobrevivir. Nada más que sobrevivir.

No es el tiempo que pasas dentro lo que te transforma, sino el momento exacto en que las puertas se cierran a tu espalda y avanzas entre mujeres que te escupen y te insultan mientras vitorean a las que vuelven por reincidir.

Desde ese instante supe que era la forastera. Al observar a las demás, no encontré a nadie como yo. Yo tenía la típica educación católica: misa todos los domingos, incluso daba catequesis en la parroquia. Me casé a los veintitrés años y jamás había tenido relaciones antes del matrimonio. Rozaba ya los cuarenta y seguía siendo tan mojigata como siempre.

***

Uno de mis recuerdos más nítidos es el de aquella sala fría, húmeda y agobiante en la que me dejaron. Me quedé de pie, sin saber qué iba a ocurrir. Vi un escritorio y un par de sillas, y supuse que sería una entrevista o algún papeleo. Qué equivocada estaba.

La puerta se abrió y entró una figura rubia, alta y corpulenta.

—Venga, no tenemos todo el día, ¿sabes? —dijo, mirándome de arriba abajo.

—¿El qué? —pregunté con un hilo de voz y una inocencia absoluta.

—Necesito que te desnudes antes de mandarte a la celda. ¿Puedes darte prisa? Tengo que revisar a otras treinta y quiero acabar en una hora —dijo mientras se acercaba y me bajaba el tirante del vestido, como si quisiera ayudarme.

Yo era una mujer adulta y no necesitaba que me desvistiera una funcionaria con sobrepeso que parecía salida de un equipo de lucha libre. Aun así, me desnudé con su ayuda. No me atreví a protestar. Ella estaba empeñada en que lo hiciera lo más rápido posible. Me ardía la cara de vergüenza cuando vi aparecer a una segunda mujer mientras me quitaba la última prenda.

Quedé totalmente desnuda. No tenéis ni idea de los pensamientos que me cruzaron la mente; pero si tenéis algo de imaginación, podéis figurároslos.

Me inclinó sobre el escritorio y recorrió mi columna con los dedos, desde la nuca hasta el inicio de las nalgas. Despacio, introdujo dos dedos en mi ano, estirando la piel, intentando mirar dentro. Me estremecí al notar que trataba de meter más. Para mi horror, tras un empujón, creo que llegó a meter cuatro.

No me atreví a mirar. Después me volteó boca arriba sobre el escritorio y me abrió las piernas. Tras palparme los pechos endurecidos, deslizó las manos hasta mi entrepierna. Respiré hondo y contuve el aire mientras ella se colocaba mirando directamente entre mis muslos. Luego hundió los dedos en mi sexo, abriéndome del todo, examinando el interior.

—Vas a tener que esperar ahí. Sabía que ibas a darme trabajo —dijo, acercando un instante mi cara a la suya antes de salir de la sala.

Cuando volvió, traía un cubo y algo pequeño en la punta de los dedos.

—Quédate donde estás. Yo te diré cuándo puedes moverte.

Apreté las nalgas con todas mis fuerzas mientras ella parecía empujar algo dentro de mi culo con los dedos, hundiéndolo lo más arriba posible.

—Ahora levántate y aguanta. Cuando ya no puedas más, usa el cubo, ¿entendido? —me gritó.

—Sí, señora. Entendido —respondí débilmente.

Pero no lo entendía, no tenía ni idea. Lo descubriría muy pronto.

Me obligó a permanecer de pie en un rincón mientras me vigilaba, atenta a cada movimiento. El estómago empezó a rugirme y sentí unos calambres sordos en el bajo vientre. Comencé a dar vueltas por la sala, y en aquel momento espantoso me asaltaron unas ganas repentinas e incontenibles de ir al baño.

Corrí hacia el cubo agarrándome el vientre, balanceándome adelante y atrás, soltando aquello que el enema me había metido dentro. Tuve que apartarme casi a rastras. Me dolían muchísimo las entrañas y me sentí degradada hasta lo más hondo. Me arrastré a una esquina, me abracé las rodillas y me mecí intentando calmar el dolor, mientras veía a la mujer revisar lo que había en el cubo, levantándolo y examinándolo de cerca.

Estaba tan asqueada que quería vomitar. Me lanzaron un horrible mono azul, me vestí a toda prisa y salí de allí siguiendo a otra funcionaria hasta mi celda.

***

Aquella primera noche no hice otra cosa que llorar; sollocé desde que cayó la noche hasta que amaneció y sonó la campana del desayuno. Las semanas siguientes caminé, hablé, comí, me duché e incluso fui al baño con cierta normalidad.

Había un grupo de mujeres en mi mismo módulo que, durante el tiempo libre, mientras veíamos la televisión o jugábamos al billar, se reían de mí y me molestaban, llamándome mojigata.

Un día, la cabecilla del grupo me agarró del pelo y me arrastró hacia ella.

—Anda con ojo, princesa. Te estoy vigilando —me susurró.

Tenía tanto miedo que a partir de entonces apenas salía de mi celda. No me di cuenta de que era justo lo que ellas querían.

Una tarde, estando yo sola, un grupo de unas seis mujeres entró y me rodeó. Sentí pánico. La líder, que se llamaba Reina, se acercó a mi litera y se sentó a mi lado.

—Podemos hacerlo por las buenas o por las malas —dijo, guiñándome un ojo.

Sabía perfectamente lo que quería. Había oído los rumores y las historias de las que no obedecían, así que me recosté despacio y acepté sus avances.

Me metió los dedos en la boca y me atraganté al principio, hasta que ella se llevó los míos a la suya y los chupó con ternura. Seguí su ejemplo, no quería contrariarla. Le succioné las yemas con ganas mientras su otra mano empezaba a bajar por mi cuerpo.

La sentí pasar mis pechos y deslizarse por mi vientre. Respiré despacio cuando coló los dedos entre mis muslos, rozándome apenas. Me acerqué a ella, que se inclinó para besarme, y yo le devolví el beso.

La sensación era increíble, pero entonces algo se rebeló dentro de mí. No quería estar allí, no pertenecía a aquel sitio, no quería hacer eso. La empujé. Una de sus amigas se abalanzó y me inmovilizó por los hombros contra la cama. Intenté patear y forcejear todo lo que pude, pero otra me abrió las piernas, cogió una sábana de la litera de arriba y me ató los tobillos a los postes.

La atadura estaba tan apretada que me lastimaba la piel, y en ese instante supe que mi primera opción, la de obedecer, habría sido la más sensata. Me retorcí y me resistí cuanto fui capaz mientras me arrancaban el mono.

Una tras otra hicieron conmigo lo que les vino en gana. Al principio me obligaron a lamer a una de ellas, una mujer alta a la que después conocí como Marlene. Comerle el sexo me dio asco; nunca había hecho nada parecido y la sola idea me repugnaba. Pero hice lo que me ordenaban, en parte porque estaba atada y temía por mí si me negaba, y en parte porque, cuando ella me lamía a mí, me sentía extrañamente bien.

La segunda vez que vinieron a mi celda mantuve la calma. No me resistí como antes y, debo admitirlo, fue una experiencia mucho mejor, aunque esa noche yo era su esclava y no obtuve placer propio: me obligaron a complacerlas. Me arrodillé en el suelo cuando me lo pidieron y usé la lengua y los dedos hasta dejarlas agotadas.

Todavía recuerdo a Marlene agachándose sobre mí para que se lo lamiera; abrió tanto las piernas que, entre risas, empezó a orinarme encima. Mi mono quedó empapado. Me sentí como un retrete humano, usada, maltratada, humillada.

Aquello se volvió rutina. No sabría decir si lo odiaba o lo disfrutaba; creo que era una mezcla de ambas cosas, para ser sincera. El tiempo pasó y las sesiones se hicieron más largas e intensas. Me utilizaban de mil maneras: desde recoger las cosas que me lanzaban arrastrándome por el suelo como una perra, hasta seguirlas de rodillas pegada a sus talones.

***

Un día llegó el cambio. Era el primer lunes del mes, mi cuarto lunes entre rejas. Había oído que el miércoles entraría un nuevo grupo de presas y llevaba días rezando para que por fin me liberasen de todas aquellas vejaciones.

Esa tarde, Marlene vino a mi celda y se sentó en la cama.

—Sé lo humillada que te sientes, y vengo a hacerte una oferta —dijo, mirándome a los ojos—. Si estás dispuesta a pasar la iniciación, puedes convertirte en una de nosotras y ayudarnos a disfrutar de la chica nueva el miércoles.

Lo pensé un minuto. La verdad, me daba miedo lo que pudieran hacerme si me negaba, pero en el fondo de mi cabeza la idea me atraía.

—¿Qué tendría que hacer? —pregunté con timidez.

—Dejar que te haga un piercing, querida. Ya has visto el mío y el de las demás. Así iniciamos a las nuevas. Todas empezamos como tú, y has demostrado que mereces formar parte del grupo.

Respiré hondo y reflexioné unos instantes: un piercing no era algo para toda la vida; podría quitármelo si dejaba de gustarme. Y recordé cómo se retorcían de placer cuando rozaba la barra o el aro con la lengua.

—¿Duele? —pregunté.

—La verdad es que no. Queda algo sensible unos días, pero te hace sonreír al caminar.

—Pero no me atravesará el clítoris, ¿verdad?

—¡No! Será en el capuchón. Tendrás lo mismo que yo, un piercing vertical. Máximo placer, mínimo dolor, créeme —dijo sonriendo.

—Está bien. Acepto el piercing —solté de un tirón, como si temiera arrepentirme al segundo siguiente. Ya había dicho que sí y no había vuelta atrás.

***

Al día siguiente, las chicas vinieron a mi celda. Marlene traía la joya entre los dedos y Reina, la aguja y todo lo necesario. Sentí un nudo enorme en la garganta cuando dejé caer el mono al suelo y me tumbé en la cama.

Reina se acomodó entre mis muslos con cuidado y empezó a tirar suavemente de mi clítoris. Más tarde supe que era para estimularlo y prepararlo. Cerré los ojos y apreté los dientes al notar cómo colocaba el tubito. Pensé que ya era demasiado tarde para echarse atrás.

Para ser sincera, no fue tan terrible como imaginaba. Un pinchazo breve, y antes de darme cuenta la joya ya estaba en su sitio. Bajé la mirada.

—¡Vaya, es precioso! —dije.

Y al contemplar mi sexo recién perforado, añadí:

—Estoy muy orgullosa de haberlo hecho.

Marlene tenía razón: qué bien se sentía. Se arrodilló y lo lamió con la punta de la lengua. Me explicó cómo cuidarlo y luego me dejaron sola, diciendo que al día siguiente tendríamos la oportunidad de elegir a una nueva esclava y que sería mi turno, con algo de ayuda, claro.

Recordé lo que sentí al bajar del autobús y cruzar aquellos pasillos. Esta vez estaba al otro lado y era como todas las demás. Me sumé a las burlas y encajé a la perfección en el grupo. En un sitio así, lo último que quieres es seguir siendo la rara.

***

Allí estaba: la vi en cuanto bajó del autobús. Tenía exactamente el mismo aspecto que debí de tener yo al entrar en aquel mundo. Se la señalé a Marlene.

—Buena elección, chica. Excelente elección. Justo como me gustan, de las que parecen inocentes —dijo, y me guiñó un ojo—. Cuanto más inocentes parecen, más sucios son sus secretos.

Esa noche bajé los dedos hasta mi piercing recién hecho y me acaricié. Se sentía de maravilla. Seguí masturbándome hasta el borde mientras pensaba en aquella mojigata que acababa de ver bajar del autobús y en todo lo que iba a vivir con ella. Imaginar su cacheo desnuda y su enema me llevaba al límite.

Tuve sueños muy intensos aquella noche. Me estaba convirtiendo en lo que una vez había despreciado y ya no sabía qué quería, ni qué me excitaba más.

¿Envidiaba a la chica nueva y todas las experiencias que le esperaban? ¿Quería volver a ser yo misma o ansiaba tenerla como esclava y obligarla a complacerme una y otra vez?

La obligaría una y otra vez. La chica se llamaba Clara, y Marlene tenía razón: resultó tener secretos muy sucios.

No hace falta decir que, después del primer mes, mis doce meses pasaron volando. ¿Lo repetiría todo? No lo sé, pero no cambiaría lo que viví. Al final del día, son esas cosas las que te convierten en quien eres.

Tengo que dejar de escribir ya. Marlene terminará su turno pronto y se supone que debo estar preparando la cena. Adiós por ahora; espero que lo hayáis disfrutado.

Yo esperaré desnuda a Marlene para entregarme a ella, porque es lo que quiere y yo soy su perra sumisa. Más tarde iré a la celda de Clara: me estará esperando desnuda y me dará todo el placer que le pida, o será castigada. Así es la vida en nuestra prisión.

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Comentarios (4)

MiriamLT

Que relato mas oscuro y adictivo!!! me atrapó desde la primera linea, no pude parar de leer

Fede_cba22

Por favor seguí escribiendo, quede con muchas ganas de saber como termina todo esto

TatiRosales

Tremendo el arranque con el vestido de flores, que imagen tan potente. Se siente muy real sin ser burdo, eso es lo que más me gustó

SentidoHondo

Muy bien escrito. Tiene algo que no suele verse por aca, como una tensión que va creciendo. Felicidades

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