El marido de mi amiga me convirtió en su sumisa
Me quedé helada. El placer de hacía apenas unos instantes se congeló dentro de mí y se convirtió en un cristal afilado que me arañaba por dentro. Él me había estado manipulando desde el primer día. No era un juego: era una trampa armada con paciencia, y yo había sido a la vez el cebo y la presa. La rabia me subió por la garganta como ácido, pero se atascó en un silencio impotente. Quise abofetearlo, sentir el crujido de mi mano contra su mentira, pero me sujetó el brazo en el aire. Su contacto, que minutos antes había sido electricidad, ahora me quemaba.
Me invadió una pena espesa por Marisol. La había traicionado sin saberlo y, ahora, ante mis propios ojos, me sentía más culpable que nadie. Una adúltera que había saboreado cada segundo.
—Hablemos —pidió él, con una calma que me exasperó—. Aclaremos esto.
Asentí. No me quedaban palabras, solo un nudo de emociones enredadas en el pecho. Estuvimos casi una hora sentados en la cama, los dos desnudos, ya sin pudor ni misterio. La intimidad se había vuelto de vidrio: transparente y cortante. Me contó cómo lo había planeado todo, cómo se había obsesionado conmigo y no había encontrado otra manera de acercarse. Su confesión era el mapa exacto de mi propia ingenuidad.
Tuve que reconocer, ante mí misma más que ante él, que aquellos días me habían hecho sentir viva y encendida de una forma que creía olvidada. Quizá, si me hubiera abordado de frente, lo habría rechazado, escondida tras la cómoda armadura de las apariencias. Pero él había dinamitado los cimientos desde dentro.
—¿Y ahora qué? —pregunté, y mi voz sonó extraña, como si perteneciera a otra mujer.
—Eso depende de ti —dijo Damián, intentando una caballerosidad que ya no me engañaba—. Piénsalo. Lo que decidas estará bien. Si quieres, desaparezco y no vuelves a saber de mí.
Tuvo el tacto de marcharse sin añadir nada más. El silencio, en aquel momento, era lo más elocuente. Además, tanto rato en mi casa habría levantado sospechas. Tomé el teléfono y llamé a Marisol con una voz que intenté teñir de normalidad, un disfraz que en ese momento me quedaba enorme.
—Ya está resuelto —dije—. Era un lío, pero tu marido es muy mañoso. Dale las gracias de mi parte.
No sé cómo las palabras lograron salir de mi boca sin quebrarse. Colgué y me quedé inmóvil, sintiendo la mentira expandirse por la habitación como una mancha de tinta.
Pasé un día entero sin salir, ausentándome incluso del café de media mañana con las vecinas. No quería ver a nadie. Mi relación con Marisol iba a ser distinta para siempre, una amistad teñida por un secreto que yo cargaría como un peso muerto.
Y con él, con Damián, no sabía qué hacer. Continuar era cavar un abismo bajo nuestros pies. Estas cosas siempre se descubren, me repetía, y al final todos salen heridos. Pero, contradicción humana, a la vez una sensación de plenitud, de ser una mujer deseable y despierta, me bailaba en la memoria. Esa alegría carnal no la recordaba desde hacía una eternidad.
Al final, la filosofía barata venció a la prudencia: vivir el momento. Decidí seguir, pero con reglas de mi propia cosecha. Tiempo y espacio limitados. Y la firme —¿ingenuamente firme?— convicción de que aquello no pasaría del verano. Quería recuperar sensaciones, sí, pero sin atarme a un amante que ponía en peligro mi frágil equilibrio. Lo llamé dos días después y se lo solté sin rodeos.
—Vamos a intentarlo un tiempo, pero esto no puede durar, por el bien de todos.
Lo aceptó. Me prometió respetar mi decisión. Su voz, al otro lado del teléfono, sonó a victoria contenida.
***
La semana siguiente, un mensaje suyo incendió la pantalla de mi móvil: «Alquilo un piso a estudiantes y ahora está vacío. Mañana a las diez, en el bar de enfrente. Te paso la dirección. Ve preparada. Quiero una relación de amo y sumisa en toda regla. Discreción absoluta hasta el bar. Después, yo te guío».
El corazón me latió como un pájaro enjaulado: miedo y anticipación en cada aleteo. Me presenté puntual. Llevaba unos pantalones y una blusa que me empoderaban, como se dice ahora, una armadura de seda contra mi propia inseguridad. Él ya estaba en la puerta y empezó a piropearme. Le dije que esperaba algo más sofisticado, un hotel con clase. Me convenció enseguida: los hoteles de la ciudad eran peceras donde cualquier conocido podía ser un pez curioso. Tenía razón. Mi marido era una cara conocida en ese ambiente.
Caminamos hasta el apartamento, que estaba cerca. Un bloque de siete plantas, cuatro vecinos por rellano, casi todos alquilados. Un pueblo pequeño metido en vertical, sin lujos, una colmena que nos acogería un par de horas. El ascensor subió con la lentitud de un verdugo. A mí me consumían el deseo reprimido y el vértigo de lo desconocido. Hasta entonces no había probado más que unos azotes sueltos, juegos domésticos de matrimonio. Una sola vez fui con Andrés a un local de Sevilla donde asistí, como invitada, a una sesión de BDSM. Aquello me excitó, pero no se lo confesé a mi marido, porque entonces no quería abrir esa puerta. Pensar que ahora sería otro hombre, en otro lugar, bajo otras reglas, me encendía y me aterraba a partes iguales.
Establecimos las palabras de seguridad antes de llegar: amarillo para aflojar, rojo para parar. Eran balsas de salvamento en un mar de incertidumbre. El piso era espartano, funcional, el decorado de una vida prestada. Damián se apartó y me ofreció una falsa salida.
—Míralo con calma. Si quieres, me marcho un rato.
No hizo falta. Recorrí las habitaciones por encima, un ritual absurdo de normalidad.
—Adelante —dije, y la voz me salió más firme de lo que yo sentía—. Tenemos algo menos de dos horas.
—Bien —asintió él, y su tono cambió, se cubrió de una autoridad nueva, metálica—. Entonces, si todo es de tu gusto, la sesión empieza ahora.
Un escalofrío, mitad terror mitad excitación, me recorrió la columna mientras seguía de pie en medio del salón, inmóvil.
—A partir de ahora eres una perra para mí. Y yo soy tu amo. ¿Lo entiendes?
—Sí —salió mi voz en un susurro.
—Sí, ¿qué? —su voz fue un latigazo verbal.
Se acercó y su mano conectó con mi nalga en un azote seco que resonó en la habitación vacía. El dolor fue un relámpago blanco, inmediato, pero en su estela llegó una onda cálida, vergonzosa. Dudé un segundo. ¿Me había equivocado al venir?
—Perdón… sí, mi amo —corregí, y las palabras me supieron a sumisión y a una libertad extraña.
Desde ese instante, mi voluntad se deshilachó como una costura rota. Fui una marioneta de carne y él, el titiritero con manos de cirujano. Me hizo calzarme unos tacones altos y desnudarme por completo. Mi cuerpo, depilado y vulnerable, temblaba en la desnudez y en la espera. Paseé por todo el piso atada con un collar y una correa, un animal doméstico en un laberinto de paredes blancas. Los azotes llegaban a mi trasero casi sin aviso, hasta que llegó un momento en que los esperaba, los anhelaba como prueba de que era la mejor, la más sumisa, la que más podía aguantar y dar.
Damián empezó comedido con las palabras, pero pronto fueron cuchillos que buscaban humillarme con elegancia, comparándome con otras, pinchándome el orgullo. Y eso me espoleaba. Si otra puede, yo puedo más. Aunque tuve que pedir amarillo un par de veces, cuando su entusiasmo al azotarme con la mano traspasaba el umbral del juego y rozaba el castigo real.
Desnuda, me arrastró por el salón. Después me usó con un látigo de tiras de cuero que dibujaba líneas de fuego en mi espalda y mis nalgas. Luego, a cuatro patas, tuve que pasearlo por el apartamento mientras él tiraba de unas pinzas unidas por una cadenita, sujetas a mis pezones. El dolor era un río frío; el placer, un fuego subterráneo. Ambos se mezclaban en mi conciencia hasta crear un estado nuevo, un infierno placentero en el que empezaba a flotar.
Él era un maestro, un arquitecto de sensaciones. Su colonia, su voz baja, su dominio me llevaban una y otra vez al borde del orgasmo para luego negármelo, sin siquiera haberme penetrado. Se mantenía vestido, un dios contemplando a su criatura. Yo estaba caliente, perdida. Metió la mano entre mis piernas y palpó mi humedad, un reconocimiento brutal. Después vino otra tanda de azotes que borró la frontera entre el sufrimiento y el éxtasis.
Me dejó de pie, sola, en mitad del salón. Fue hasta el sofá y se bajó los pantalones. Su miembro, que ya conocía, no era enorme en longitud, pero sí en grosor, una columna gruesa y congestionada. Me arrastré hacia él como impulsada por un magnetismo antiguo, un instinto de rendición total. Me lo llevé a la boca con fruición, ensalivando cada centímetro, explorando su territorio con la lengua mientras él sonreía, sujetando firme la cadena de mi collar y murmurando que era su perra, que lo hacía muy bien, mejor que nadie.
Estaba en trance. Cada poro de mi piel era un volcán a punto de reventar, lo mismo por una caricia que por un latigazo. En un momento, con toda su verga dentro de mi boca, sentí una tensión eléctrica recorrerme entera y un orgasmo brutal emergió desde mis entrañas. Intenté disimular, que no notase cuánto me gustaba el castigo, pero era imposible. Tenía la sensibilidad a flor de piel. Me abandoné al espasmo, gritando ahogada alrededor de aquella carne que casi me descoyuntaba la mandíbula.
Mis gemidos fueron música para él, que redobló el ritmo hasta correrse en mi boca, observando cómo se bamboleaban mis pechos con cada empujón. La sesión era fantástica. Yo ya no sentía más que placer, una rendición absoluta. Y él disfrutaba de tener a una mujer así, sometida. Había encontrado los resortes secretos que me convertían en justo lo que decía: una mujer que solo buscaba satisfacer y ser satisfecha.
Pasados unos minutos de mi orgasmo, saqué la boca de su verga aún semierecta y, con una mirada suplicante, murmuré:
—Amo, por favor, córrete otra vez en mí. En los pechos, en la boca, donde quieras. Soy toda tuya.
Se desnudó del todo y, agarrándose el sexo, se plantó frente a mí.
—Espera, esclava —dijo, recuperando el tono de dominio—. Todavía queda tiempo para una última satisfacción. Túmbate boca arriba en el suelo.
—Sí, mi amo y señor.
Así lo hice. El contacto de mi espalda, caliente y magullada, con el frío del suelo de terrazo fue un alivio celestial, un bálsamo sobre el escozor. En esa postura de entrega total, me ordenó:
—Ábrete de piernas. Y prepárate para recibir mi lluvia dorada.
Un segundo de vacilación mental. ¿De verdad iba a hacer eso? Pero la hoguera que ardía dentro de mí lo quemó todo. No solo asentí; abrí la boca cuanto pude y supliqué:
—Hazlo.
Mi rendición total, mi cuerpo enrojecido y suplicante, pudo más que cualquier resto de contención en Damián. Se abandonó a un chorro largo y cálido sobre mi pecho, mi vientre, mi sexo. Me dejó probar su sabor salado y amargo y, en cuanto terminó, se montó sobre mí y, con un movimiento preciso, me penetró hasta el fondo. Su corrida llegó con la velocidad de un tren descarrilado.
Un espasmo le recorrió la columna y se desplomó encima de mí. En ese instante, incluso exhausta, encontré fuerzas para un último y profundo orgasmo, sintiendo cómo su gruesa verga parecía moldearme por dentro, ensancharme, fundiendo de nuevo el dolor y el placer en una sola cosa.
—Qué perra soy —le susurré al oído, mientras nos abrazábamos, pegajosos y mezclados en nuestros fluidos, sobre el suelo frío de aquel piso que ya no era anónimo.
***
Después, tras las duchas que nos devolvieron a una falsa normalidad, pareció sellarse entre Damián y yo un pacto de silencio. Un puente frágil sobre todo lo que acababa de suceder. El silencio solo se rompió cuando se acercó mientras yo me vestía, ya lista para volver a la calle, a mi otra vida. Me abrazó por detrás, su aliento cálido en mi nuca.
—Ha sido fantástico —susurró, y su voz tenía un asombro genuino—. De verdad, hacía mucho que no sentía tanto en una sesión. Déjame repetir en cuanto encuentre otro hueco.
En ese instante dejé de sentirme esclava. Me sentí diosa. Una sonrisa se me dibujó en los labios, primero para él y después, más ancha, para mí, guardada como un tesoro secreto.
—No va a ser fácil —respondí, ajustándome la ropa, reconstruyendo el disfraz de esposa—. Tengo que inventar excusas para faltar de casa. Pero… reconozco que a mí también me ha gustado.