Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El segundo día de adiestramiento de Diana

Ilustración del relato erótico: El segundo día de adiestramiento de Diana

Dos señoras retiraban los cinturones y los tapones a las internas para que evacuaran antes de la ducha. Diana esperaba con las rodillas juntas y la mirada baja, tal como le habían enseñado el primer día. Aún le costaba creer que ella misma hubiera firmado para estar allí.

—Tú quédate quieta. Tengo que llevarte a la sala blanca —dijo una de ellas.

Cogió una correa, la enganchó al collar y la condujo a la estancia contigua a la cocina, la misma donde el día anterior la habían ordeñado con la máquina. Otra señora la esperaba junto a una bolsa de líquido colgada de un soporte de suero.

—Sube a la camilla y ponte a cuatro patas.

—Señora, ¿puedo orinar antes? —preguntó con un hilo de voz.

—No, perra. Hoy es tu segundo día y se acabaron los favores. Cuanto más incómoda estés, más disfrutamos nosotras. Y recuerda: las esclavas sufren en silencio.

Le quitaron el tapón y le colocaron una pieza pequeña por la que se introducía la cánula de la lavativa. Hoy solo era agua templada, pero la bolsa contenía tres litros enteros.

El líquido entró sin pausa y a buen ritmo mientras ambas le manoseaban los pechos y bromeaban sobre el tamaño que debían alcanzar para satisfacer al amo Andrés.

—¿Y tus pezones, perra? ¿Siguen dándote gusto o hay que darles un repaso?

Diana ya notaba la presión en el vientre. Había entrado poco más de un litro cuando empezaron a torturarle los pezones, una señora cada lado: cuando el derecho giraba hacia dentro, el izquierdo era estirado hacia fuera. Por mucho que intentó callar, no pudo. Comenzó a quejarse, a suplicar que la dejaran vaciarse, sintiendo retortijones profundos.

—Sufre, perra. Todavía queda más de un litro por entrar.

—Habrá que ponerle de nuevo el bozal para no oírla. Aún falta ordeñarla.

—¿Me vais a dejar evacuar antes, no? —insistió.

—Pues claro que no.

En ese momento entró el señor Gustavo con dos jeringuillas el doble de grandes que las del día anterior.

—Sí, lo estás viendo bien. Ayer te puse media dosis por si había efectos indeseados, pero como toleras la medicación, a partir de hoy dosis completa.

—Ahora sí que vas a sufrir —añadió una de las señoras—. La ordeñadora va a succión máxima y los retortijones aumentarán. Tienes que aguantar los treinta minutos reglamentarios reteniendo el enema.

En cuanto se vació la bolsa, retiraron la cánula.

—A ver cómo está ese vientre —dijo una, palpándolo y apretándolo solo para aumentar su desesperación.

Diana creía que iba a desmayarse. No paraba de gemir bajo el bozal, y al dolor de los retortijones se sumaba el de los pezones, atrapados por una succión brutal. Una de las señoras empezó a azotarle las nalgas mientras la otra tiraba de los tubos de la máquina, provocando un vaivén incesante en sus pechos.

—Como sigas quejándote, te dejaremos quince minutos más sin evacuar.

Por fin la ordeñadora se detuvo. La ayudaron a bajar y la llevaron casi en volandas a la letrina.

—Ya puedes vaciarte, perra. Espero que haya quedado limpio o mañana repetimos.

—¿Qué te parece, compañera?

—Bien, el agua sale clara. Que siga con dieta blanda seis días más y pase a una lavativa semanal, como el resto.

—¿Qué tapón le toca hoy?

—El de diez por tres y medio. Pero mejor se lo ponemos después del cinturón de castidad, para comprobar que encaja. Aviso para que lo traigan.

El cinturón encargado para Diana debía impedir la masturbación y la penetración vaginal, permitiendo solo la anal. El herrero llegó y se lo ajustó: quedó impecable y funcional, tal como lo habían pedido.

—¿Dónde prefieres darle el desayuno, Tomás? ¿En tu taller o en el salón?

—En mi taller estoy más cómodo. Además podré probar alguno de mis inventos.

—Tranquilo, llévatela y nos la devuelves al acabar. Recuerda que debe beber mucho líquido.

***

Tomás se llevó a la interna caminando a cuatro patas hasta su taller. Al llegar, a Diana no se le ocurrió otra cosa que ser amable y, dirigiéndose a él como señor, le agradeció el cinturón.

—Yo no soy señor y no permito que las hembras me hablen. Nunca me ha gustado conversar con los animales. Limítate a cumplir mis órdenes.

—Colócate para recibir mi meada. Es la primera del día, llevo toda la mañana reservándome.

Diana lo pasó muy mal; el chorro de Tomás fue espeso y amargo, pero hizo de tripas corazón, se lo tragó entero y lo limpió con la lengua.

—Ponte de pie. Quiero probar unas esposas que diseñé para los pechos.

Al colocárselas, comprobó que casi se había quedado corto: tendría que fabricar otras más grandes, aunque por ahora servían. Eran mucho más prácticas que las cuerdas: rápidas de poner, ajustables, con cierre de llave y una unión central que cada amo podía apretar a su gusto.

—Arrodíllate y empieza a chupar. De ti depende desayunar antes o después.

El hambre apretaba. Dos tazones de sopa y alguna corrida no llenaban el estómago, así que Diana se entregó con una ansiedad que ni ella reconocía, buscando esa leche que se había vuelto su único alimento. No tardó en conseguirla.

—Límpiamela bien, aprovecha cada gota. Si quieres que te quite las esposas, vuelve por la tarde. Ahora te dejo en la cocina.

Al menos por hoy se libraba del ejercicio. Mientras ayudaba a preparar la comida, entró otra esclava con gotas de leche asomando en los pechos. La lluvia de la noche había dejado intransitable el camino de tierra del centro, y ningún amo había podido llegar a vaciarla.

—¿Tenéis una hembra a dieta? ¿Me la prestáis?

—Sí, anda, llévate a esta perra y que te alivie antes de que revientes.

La condujo al salón y la tuvo mamando más de veinte minutos de cada pecho. Tenía mucha leche acumulada, y el favor fue mutuo: ambas terminaron aliviadas.

El resto del día transcurrió como el anterior: un caldo, servir a señores y señoras, y por la tarde pedir permiso a Gustavo para que el herrero le retirara las esposas. Tomás accedió a cambio de una última mamada y de quedarse el invento con su llave; le había gustado demasiado.

Esa noche, antes de encerrarlas en sus cubículos, la señora no olvidó darle a Diana una última meada para que pasara la noche bien hidratada. Mientras se dormía, hizo el resumen del día: había sido duro, pero dormiría sin cadenas, al día siguiente no había lavativa y, gracias a la leche de la otra esclava, no había pasado tanta hambre.

***

Diana terminó su primera semana sin grandes cambios, salvo uno: el hambre hizo mella en ella y empezó a ofrecerse a todos los señores para chupársela y obtener algo de leche. Se había convertido en una experta, y todos quedaban contentos. Sus pechos aún no producían, pero habían crecido lo suficiente como para que las esposas del herrero ya no cerraran.

—Tomás, ¿fabricaste unas esposas más grandes? A la perra tetona se le han quedado pequeñas.

—Claro, Gustavo. Tráela y probamos las nuevas.

La condujeron al taller. El herrero notó de inmediato el aumento.

—Gustavo, ¿deben seguir creciendo?

—Sí. Su amo quiere que gane dos copas. En unos días llegará a la D y seguiremos hasta la E. Esperamos que empiece a producir leche, así que igual alcanzamos la F.

—Bien, le pruebo estas y os fabrico otras todavía más grandes.

Tomás se las colocó y le dio la llave a Gustavo.

—¡Uf! Qué bien se ven, tan redondas y juntas. No quiero ni imaginarlas goteando. Ahora, si no te importa, déjame un momento a solas con ella para que me agradezca el trabajo.

—Por supuesto. Toda tuya, te lo mereces.

Tomás colgó de sus pezones unas pinzas con pesas de cien gramos. Diana aulló como una perra herida; era lo único que les faltaba a sus pezones, ya doloridos. La obligó a arrodillarse y le metió la polla en la boca.

—Te confieso que sabía que vendrías, así que me tomé una pastilla azul. A mi edad ayuda mucho; el problema no es que se me levante, sino la duración. Ponte cómoda, porque vas a chupar un buen rato.

No la engañó. Diana estuvo cerca de una hora con la polla en la boca. Terminó agotada: ningún hombre había aguantado tanto, y menos esa semana. Conseguida la leche, la devolvieron a Gustavo con las pesas aún colgando, y él decidió ponerla a trabajar en la cocina así.

Entre tarea y tarea, no podía evitar algún quejido: las pesas se balanceaban y sus pezones lo notaban. Las cocineras le pusieron el bozal para no oírla.

—Cuidado con babear sobre la comida, perra. Hablaré con tu tutor para que de una vez te quite esa costumbre de quejica.

Tras la comida —la primera que pudo tomar como el resto—, la ordeñaron con la máquina. Pero esta vez, en lugar de llevarla al salón, Gustavo la condujo a una habitación aparte, no sin antes avisar a Sonia de que se uniera en una hora.

Dentro la esperaba Esteban, el médico que venía a comprobar sus progresos.

—Quítale las esposas y las pinzas, Gustavo. Necesito reconocerla.

Empezó a manosearle los pechos, a estirar los pezones al frente, hacia arriba, hacia abajo.

—Veo que los habéis castigado bien. Están duros e inflamados, pero lo lleva muy bien. ¿Todavía no notas tensión, perra?

—Sí, doctor. Desde ayer noto molestias —murmuró ella.

—Eso es muy buena señal: el tratamiento responde antes de lo previsto y ya ganas volumen. Quítale el cinturón y el tapón, voy a explorarla y hablamos.

Esteban apartó un poco a Gustavo para informarle.

—Todo correcto. El tapón podéis subirlo hasta doce por tres y medio, no más, y de noche usad el pequeño. Fíjate que al quitárselo el ano ya queda abierto, y el amo Andrés quiere notar estrechez cuando la penetre. Imagino que no ha tenido ningún orgasmo desde que llegó. ¿Lo aguanta?

—Va caliente, pero lo lleva. Lo que no soporta es el dolor sin quejarse. Hoy quiero darle una lección para no tener que amordazarla más.

—Adelante. En cuanto a los pechos, como responde tan bien, inyéctale la medicación mañana y noche. Los ordeños, solo con máquina o por ti, y de cuarenta minutos. A ver si la semana que viene empieza a gotear.

—Sin problema. Ya la enseñamos a chuparla; esta semana la enseñamos a follar. Si quieres, el lunes la pruebas.

—Perfecto. Tomo nota.

***

Cuando Esteban se marchó, lo primero que hizo Gustavo fue ordenarle que se colocara para recibir su meada. Luego la tendió sobre una mesa y comenzó a ordeñarla con esa destreza que solo él tenía.

—Mientras te ordeño te explico tu adiestramiento de la semana. Los ordeños serán de cuarenta minutos, solo a máquina o por mí. Te inyectaré medicación mañana y noche. Sé por experiencia que esto disparará tu tensión: vas a querer tocarte sin parar, querrás que te chupen… y lo tienes prohibido. Cada vez que te sientas incómoda, le pides a una señora que te conecte quince minutos a la ordeñadora. Eso te aliviará, y puedes pedirlo cuantas veces necesites.

—Esta semana te enseñaremos a follar —siguió—. Te penetrarán señores y señoras a todas horas. No hace falta recordarte que no puedes correrte: sería un error muy grave. Y en cuanto acabe de ordeñarte, entre Sonia y yo te enseñaremos a soportar el castigo sin que tengamos que amordazarte. Una esclava no debe ser escandalosa. ¿De acuerdo?

—Sí, señor. Le agradezco que me enseñe —respondió.

Justo al terminar la charla llegó Sonia.

—Empieza a azotarla. Me quedan veinte minutos de estimulación y luego me uno a ti.

Sonia le azotó las nalgas con la mano durante esos veinte minutos, dejándole el culo de un rojo intenso. De los ojos de Diana brotaron lágrimas y de su boca algún quejido que no logró tragarse. Luego le quitaron el cinturón, le ataron los brazos en alto a una cadena del techo y le abrieron las piernas con un separador.

—Voy a castigarte los pechos y el coño. Por cada sonido más alto que un susurro, Sonia te dará tres latigazos con el de nueve colas. ¿Entendido, perra?

—Sí, señor.

Gustavo empezó por el coño, que estaba chorreando; lo mejor era bajarle la calentura de inmediato. La palma cayó sobre el sexo expuesto cada vez con más fuerza, y Diana no pudo evitar algún aullido, que Sonia respondía con sus tres latigazos. Lejos de enfriarse, Gustavo notaba la mano más mojada a cada golpe, así que pasó a los pechos.

Diana recibía una auténtica paliza. Sus pechos eran azotados de lado a lado, a veces con ambas manos, y por mucho que apretaba los dientes se la seguía oyendo. Sonia la azotaba casi sin descanso, hasta dejarle culo y pechos igual de rojos. Los dos verdugos se detuvieron solo para disfrutar de las vistas.

—Sonia, ¿crees que conseguiremos que esta perra sea más silenciosa?

—Estas niñas finas son delicadas, pero si la acostumbramos al castigo acabará gustándole y gimiendo de placer. Tú tienes otros asuntos ahora, ¿verdad?

—Cierto. ¿Quieres quedarte un rato más con ella?

—Sí. Le pondré unas pesas y la follaré hasta que me haga correr.

Antes de soltarla, Sonia volvió a apretarle las esposas de los pechos —se veían preciosas, como dos globos rojos— y le clavó dos pinzas más en los labios del coño. La hizo gritar otra vez, pero ya no le importaba: colgó dos pesas de doscientos gramos de cada una y aumentó sus quejas.

—Saca la lengua todo lo que puedas. Te pongo una pinza, ya que no eres capaz de callarte. Más afuera, perra, que primero quiero que me comas el coño.

La liberó de la cadena, le esposó las manos a la espalda atándolas al collar y la dejó inclinada sobre una mesa estrecha: los pechos colgaban por un lado, las pesas del coño por el otro. Sonia se sentó en una especie de columpio, apoyó los pies en la mesa y le ofreció el sexo abierto. Comérselo con la pinza en la lengua no fue fácil.

—Para tus limitaciones, no ha estado mal. Ahora voy a aplicarte un lubricante especial en la zona del arnés. Primero notarás calor; en unos minutos te empezará a escocer por dentro. Dura cuarenta y ocho horas y solo lo sentirás al ser penetrada. Es el método habitual para que no disfrutes mientras aprendes a follar.

—Sí, señora. Gracias, señora —balbuceó Diana.

Sonia la penetró con uno de sus arneses más grandes, de gruesos testículos, y empezó despacio, hundiéndolo entero en cada embestida para que el lubricante llegara a lo más profundo y rozara el clítoris. Disfrutaba viendo en el espejo cómo se balanceaban las pesas.

—Avísame cuando empiece a escocerte.

—Ahora, señora —dijo a los cinco minutos.

Sonia sabía que ya podía darle caña: nadie se corría con ese escozor, imperceptible en reposo pero insoportable con la fricción. Empezó a follarla sin piedad, tirando de la cuerda que unía collar y muñecas, mirando el vaivén veloz de las pesas y los gemidos que arrancaba.

—¡Vamos, perra, sufre! ¡Que tu dolor es mi placer!

Cuando se corrió, Diana estaba exhausta y dolorida.

—Creo que necesitas hidratarte. Colócate y abre la boca.

A Diana ya no le importaba tragar; se había acostumbrado e incluso agradecía que la obsequiaran con sus fluidos. Después, Sonia la conectó a la ordeñadora con succión moderada como premio al orgasmo y le sacó el tapón, lo cual ella agradeció en silencio.

—No te confíes, perra. Voy a aplicarte el mismo lubricante de antes.

Al volver a metérselo, el recto de Diana empezó a arder y ella a mover el culo como queriendo expulsar el tapón, lo que hizo reír a Sonia. La señora se entretuvo metiéndoselo y sacándoselo, disfrutando de su desesperación.

—Pero, señora, mi amo solo permite que me dilaten, no que me follen ahí —protestó.

—Ja, ja. Tu amo quiere reventarte él el culo, eso no impide que te lo follemos con medidas menores. Esta semana aprenderás a dar placer por delante y por detrás.

Siguió con el castigo hasta que la máquina se detuvo a los cuarenta minutos.

—Venga, te llevo a cenar. Con tanta dedicación que necesitas, te estás librando de las tareas de siempre.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (4)

koque56

impresionante!!! uno de los mejores de la categoria, sin duda

ValeCba_21

Por favor que haya una tercera parte!! me quede con ganas de mas, necesito saber que pasa despues

MarcelaCordoba

Me encanto el ritmo del relato, como va construyendo la tension de a poco. Se nota que hay dedicacion en cada parrafo. Muy bien logrado.

LectoraNoche

El segundo dia siempre es el mas intenso, eso lo sabe cualquiera que conozca el tema. Excelente descripcion de la dinamica.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.